martes, 5 de diciembre de 2017

25.- YO TENGO UN BATMAN

Durante toda mi infancia tuve dos heroes. El primero era la persona mas inteligente que conocí, ávido lector, sagaz, ágil y a pesar de no tener ninguna habilidad superhumana podía (a mi infantil entender) contra cualquier cosa. El segundo era Batman.

Desde chico siempre me generó incomodidad el trabajo de mi viejo. Cuando mis amigos me preguntaban, me resultaba tan ajeno decirles que dibujaba. Lo irónico es que compartiéramos aquella pasión que por entonces... le negaba como oficio.

Con el tiempo fui asumiendo aquello, caratulándolo en un afán de solemnidad como humorista gráfico. Seguramente esto se debió a que por entonces el me presentó a su amigo de tinta, como solía llamarlo.

Ya durante mi infancia me prestaba temerosamente ediciones de Hamburgo de los números mas recientes de Detective Comics. A medida que fui creciendo, creyó prudente que pudiera ponerle palabras a aquel sujeto vestido de murciélago que deambulaba por las cornizas de los edificios y me fue acercando re-ediciones nacionales.

En un principio no lograba entender bien cual era la gracia de aquellas historietas, la fórmula era siempre la misma. Había un conflicto y el bueno en un pleno estadístico ganaba. Pero todo cambió cuando me regaló "The Killing Joke". Ahí empezó mi madurez.

La fórmula había cambiado, el paradigma se había roto en infinito. "Basta un solo día malo para que el hombre mas cuerdo pierda el juicio" sentenciaba el guasón en una de las páginas de aquel documento cuasi histórico. Ni los malos eran tan malos, ni los buenos tan buenos. Aquellas páginas eran la vida misma.

Descubrí en aquel murciélago la fuerza de voluntad. No hacían falta rayos por los ojos, ni velocidades extraordinarias. Simplemente viveza y saber imponer respeto.

Una tarde de mis seis años, en una de mis habituales visitas a la ortopedia Vallejos por el pie plano, me puse a jugar con un chico que tenía aproximádamente mi edad. Respondió a mi saludo inicial con la frase "yo tengo un country en Pilar, vos?".

Miré mi mano y lo vi. El caballero oscuro.

"Yo tengo un Batman" respondí.

Quizás, el peor error de mi padre fue haberme mostrado al caballero de la noche. Haber realizado inconcientemente el arrojo de abdicar a lo mas preciado que tiene un padre, que es el respeto y la admiración de su hijo. Haber, siquiera por un instante, apostado todo su potencial al poker imaginario de mis voluntades. O quizás no, conociéndolo en el poco tiempo que pude, elijo creer que las cartas estaban marcadas y que tenía la mano ganadora. El sabía que ese podio no se lo quitaría nadie, por mas capa que tuviera.
B.K.

24.- ENCUENTRO CERCANO DE NINGÚN TIPO

Desde hacía unas semanas, el ambiente en las profundidades de la central de Houston había sido alterado por el comportamiento de la cúpula de investigación. Los informes del Centro Kennedy en Cabo Cañaveral habían resultado satisfactorios meses atrás y por fin había llegado el día. Finalmente habría llegado el último de los tres satélites a su destino, justo a tiempo para la fecha de transmisión. Después de tanto tiempo podrían tener contacto con las primeras tres civilizaciones que habían logrado decodificar a distancia.

El Coronel John Callaghan, primero al mando en investigación espacial dentro de las instalaciones de Houston, había acordado una cena de festejo con su mujer, su hija y una familia amiga. Habían estado preparando aquella velada con aproximadamente un mes de antelación. La comida y la bebida estaban listas para ser disfrutadas aquella noche. La decoración en la casa anfitriona ya se encontraba dispuesta desde hacía un par de días. Lo único que faltaba para aquel momento eran las presencias físicas.

La primera civilización por proximidad se encontraba en una de las lunas de Saturno, más precisamente en Titán, el mayor de sus satélites. Los titanes, como habían sido bautizados los habitantes de aquel cuerpo, eran el caballo ganador a la hora de hacer apuestas. Todas las fichas estaban depositadas en aquel primer contacto. Según estudios, las características físicas de ese lugar propiciaban el avance genético para lograr contactar con una civilización emparentada a la nuestra.
En la base de investigación del núcleo húmedo de Titán, donde se encontraba la Ciudad Capital, los Akardeanos (verdadero gentilicio de los Titanes), intentaban resolver un desperfecto técnico en el acelerador de partículas que les facilitaría el viaje interdimencional. Atrás había quedado aquel satélite y la emoción pueril que habían sentido durante los primeros eclocios (medición ajena a nuestro sistema de horas y días) por contactar con nosotros.
Al llegar a su casa, Callaghan se sacó los zapatos haciendo un ruido ensordecedor contra una de las paredes del hall. Envuelto en furia se dirigió a la cocina para agarrar una cerveza fría de la heladera. Su mujer apareció advirtiendo en su mirada el fracaso de la misión en la que tantas esperanzas habían depositado durante meses. Luego de discutir unos minutos acerca de la continuidad de la velada de aquella noche, el cabo subió a la habitación para intentar dormir.

La segunda civilización con la que tuvo contacto el satélite se encontraba en Ganimedes, la mayor luna de Júpiter. Habitat inhóspito y helado en el que vivía la colonia de los Znatat, unos seres abominablemente grandes, de pieles húmedas y resbalosas y apariencia aterradora. Su capacidad de soportar el frio les había permitido trascender durante milenios. Sin embargo, el desarrollo de sus capacidades físicas había mermado sus habilidades intelectuales. Luego de la caída del satélite, utilizaron el artefacto como un objeto de culto, venerándolo durante meses.

La base de Texas había detectado ciertos movimientos hostiles en el satélite Vollage 2, destinado a Ganimedes, pero los habían pasado por alto. Sin embargo, el día del esperado contacto algo sucedió. La titilante luz roja de la consola, que correspondía al transmisor de esta luna, había dejado de parpadear. Los Znatats habían enterrado kilómetros bajo tierra el objeto a modo de culto religioso.
Una vez que Susan Callaghan pudo aplacar la resignación que le había causado la discusión con su pareja, quiso agarrar el auto de su marido para ir junto con su hija pequeña a la cena en casa de los Dunhill. Sin embargo, al buscar entre el manojo de llaves que siempre descansaba en la mesa de entrada del hall, no encontró las del auto de su esposo. Ignoró por completo que estas estaban en el pantalón de John, que dormía vestido en su habitación. Resignada se echó a llorar en el sillón del living con una botella de whiskey hasta quedarse profundamente dormida.

El vollage 3 tenía todas las de perder. De hecho se había enviado luego de la fiesta de fin de año de la estación, en un juego de ebrios por ver quién tenía mas poder sobre las consolas. Era un prototipo de pruebas que había sido anulado la tarde anterior pero que tenía en regla cada mínimo mecanismo para su accionar. El destino fue un planeta exogaláctico, ubicado en la corriente de Helmi, un grupo de estrellas que originalmente pertenecieron a una galaxia enana que fue devorada por nuestra galaxia, la Vía Láctea, en un acto de canibalismo galáctico que ocurrió hace unos nueve mil millones de años atrás.

Los habitantes, si es que puede llamárseles habitantes, del recorrido Helminiano, eran unas especies de amebas amorfas que saltaban aleatoriamente entre estrellas, así como a través de dimensiones, como si todo fuera parte de un mismo papel blanco y plano. Carecían de información genética y prescindían de cualquier tipo de inteligencia racional. Solo permanecían y trascendían. Ni se alimentaban, ni se cuestionaban, ni se enriquecían, ni se suicidaban. Simplemente vivían.

Collie Callaghan tenía apenas cuatro años cuando agarró el teléfono celular de su madre y marcó a Dora Dunhill para advertirle con monosílabos que su familia no se haría presente aquella noche en la reunión. Dora entendió las frases cortas de la niña y la tranquilizó.

Luego, la pequeña Collie se puso a jugar con sus muñecas.

B.K.

23.- LO MALO DE LOS REALITYS

Resulta que donde yo vivo existe un reality que lleva al aire varias generaciones. Según entiendo, consiste en meter en una isla a un grupo de aproximadamente quince personas. Siempre se proclaman dos líderes, uno alfa y otro beta. Sin embargo, uno de los dos suele tomar el mando verdaderamente.
Son contadas las veces que ocurren anomalías, aunque me contaron que hace un par de ediciones ocurrió una. Un grupo cerrado se autoproclamó fuera del libreto como líder alfa, tomando el poder por las armas, hasta que el beta logró finalmente derribarlos.

Pero hoy voy a hablar de la edición que tuvo relevancia en mi generación. Ocurrió por primera vez en el formato que la líder alfa electa fuera una mujer, Carolina. Decidida, inteligente, locuaz, pero también verborrágica y con ciertos aires de grandeza que no a todos agradaba. En la otra costa de la isla se encontraba Marcos, un tipo de guita que había decidido meterse en el reality con la intención de expandir el producto y comprar otra isla. A pesar de que también era inteligente como su colega, carecía del carisma y el ímpetu de la primera. Su flaqueza lo desacreditaba como líder generando descontento en los espectadores. Los adeptos a la alfa detestaban al beta y viceversa.

Como en todas las versiones del programa, surgían incipientemente otros personajes que alimentaban a la fauna del reality dándole variedad a los espectadores. En mi edición, algunos de los más relevantes eran Nazareno, un joven idealista que proponía distribuir los cocos para que, sin importar el esfuerzo o desempeño de los participantes, todos pudieran tener la misma cantidad. También estaba Liliana, una chica un tanto excedida de peso que siempre decía lo que pensaba, a pesar de que muchas veces cambiaba rápido de pensamiento. Su frontalidad muchas veces la había hecho pasar malos tragos y le costó mucho hacerse lugar en el panorama de popularidad de la isla.

Dentro de los alfa de Carolina estaba Armando, un músico frustrado devenido en mano derecha e Ismael, un deportista que quedó en el olvido. Sin embargo, el carisma de ambos distaba años luz de su líder. Por el lado de los beta, Graciela y Mariela. La primera era la mano derecha de Marcos y la segunda tenía un optimismo que muchas veces resultaba irritante.

No todo marchaba bien en la isla, y los espectadores se quejaban continuamente. Pero parecía que los reclamos no lograban traspasar la pantalla. Los protagonistas jamás se enteraban de lo que el público quería y seguían las estrategias que se habían trazado. A nadie le importaba el rating, ni que tanto gustaba el programa. Lo único que les interesaba era el poder.

Como en todas las ediciones, sucedieron episodios trágicos que tocaban al público y hacían arder los teléfonos del estudio de televisión. Una vez, las balsas destinadas a la pesca se rompieron, por culpa de la negligencia de aquel que había sido designado carpintero, generando muchas víctimas. En otra ocasión, un joven que reclamaba lo que a él le parecía justo, estuvo ausente de la pantalla durante mucho tiempo y lo que se terminó sabiendo de él fue incierto.

Como en cada versión, que salía al aire cada cuatro años, la isla terminaba siendo un pandemónium y prendida fuego. Sin embargo al terminar cada edición venía producción y pagaba los platos rotos para que hubiera una próxima vez.

Lo malo de los realitys, como este, es que reflejan la realidad. Y no siempre la realidad es una sitcom de comedia en el prime time, muchas veces el programa es telebasura.

B.K.


22.- QUIÉN MUERE UN 29 DE FEBRERO

"Realmente hay que tener mala leche eh... hay que estar mal parado en la vida..." reflexionaba Mauro junto con Juan y Tonga mientras daban batalla a tres cervezas artesanales en un bar derruido de San Telmo, que olía a meo de gato y parecía decorado por un Charly García entre Yendo de la cama al living y Piano Bar.

Después de pasarse unos minutos discutiendo acerca del dudoso fair play del mercado de la birra auto gestionada, que cada vez se alejaba mas del utópico fin de refinar el sabor y llegar a la combinación perfecta de lúpulo y malta, Juan encaró el tema que los había reunido después de un año de enemistad a los tres. En verdad a los cuatro.

"El hijo de un tonel de putas de Gambini se cagó muriendo en año bisiesto el muy pelotudo..." recordó Juan a los otros dos con una rabia contenida que ocultaba otros enojos del pasado.
Sebastián Gambini siempre había sido el último Guaymallen del verano en el kiosco. Ese que se derrite en el ostracismo mas cruel de no ser elegido nunca para nada. Pero lejos de ser resentido, siempre trataba con una amabilidad y cariño irrefutable a sus seres queridos. En verdad a cuanto ser se cruzara en su vida.

Al pibe lo elegían al último en un partido y trasca lo mandaban al arco. Y el buenudo de Gambo - porque decirle Gamba a Gambini ya era una mojada de oreja a las circunstancias - traía al día siguiente su mejor pelota. Siempre desenvainaba una sonrisa de 32 dientes que dejaba ver hasta el sarro de las muelas.

Resulta que un año antes de morir, Gambini había pegado - involuntariamente - un volantazo a su vida. Los muchachos habían arrastrado al pobre cristiano a un casino y en la primera vez en una de esas maquinolas con trampa que están siempre marcadas para que la casa gane, saltó la banca.
"Tres palos Gambo!" Le remarcó Juan con una felicidad mas propia que prestada. Mauro, el mas sensato de los cuatro, creyó mas oportuno hablar con los dueños del local para evitar malentendidos. Tonga estaba malviajando con el girar de la ruleta por un porro de dudosa procedencia que había fumado minutos antes de entrar.

Sin embargo, en el transcurso de aquel año en apariencia glorioso y basto, Gambini no había tocado siquiera la tinta de uno de esos billetes. Con el correr de los meses las palabras entre sus tres amigos se fueron tornando mas amargas y densas. Sin decirlo cada uno esperaba recibir una porción de la chocotorta financiera del bueno de Gambo.

"Te juro que es un hijo de puta" repitió en cólera Juan a Mauro mientras Tonga comparaba los piropos del reverso de los sobrecitos de azúcar. "El escribano dice que hay un bache... te juro negro, hablé con el esta mañana..."

"Un año bisiesto tiene 366 días, extendiendo la duración de Febrero en un día. Se repite cada cuatro años...o sea que el próximo... es en 2020." Reflexionaba a la par Mauro.

"Exacto... faltan cuatro años. La reputísima madre. El escribano jura y perjura que Gambo dejó expresamente escrito que la guita se nos iba a repartir en el primer aniversario de su muer- la reputa que te parió Gambini!" gritó Juan.

"Bueno muchachos... pero si quieren nos vemos antes, para el mundial. Es en Rusia esta vez no?" propuso Tonga.

B.K.

21.- QUÉ HACER CON EL FELIZ CUMPLEAÑOS

El cuchillo grande, el de cortar las verduras, cayó con un sonido sordo sobre el piso prístino de la cocina de la familia Alcorta. Durante toda la tarde, Elena había destinado su ser completo a aprontar todo para la noche y ya casi estaban por llegar los invitados. Al rededor de las ocho menos cuarto sonó por primera vez el arrollador ruido del timbre. El tiempo de descuento había terminado. Manos arriba.

Rodolfo, el padre del cumpleañero abrió la puerta de calle y recibió cordialmente a los invitados. El primero en llegar fue el matrimonio Duarte, Estelita y Raul. Amigos entrañables de la familia desde hace añares.

Luego se pronunció la familia Montes Castro - Ortiz. Don Ezequiel, señora e hijos.
Pasaron minutos incalculables, en los que continuó haciéndose presente un sinfín de gente que nada tenía que hacer allí, hasta que comenzaron a llegar los primeros amigos del cumpleañero.
Iván, que a sus 18 años creía innecesario el festejo auspiciado por sus padres, se encontraba sumamente incómodo y abochornado. Y aún no había llegado la peor parte.

Promediando las vísperas de su cumpleaños, a las doce menos cinco, Rodolfo apagó las luces del comedor con una decidia que parecía empatizar con su hijo y Elena ingresó lentamente con la torta mas opulosa que jamás se vió, cantando la canción que siempre se canta en esos casos y que tan parecida es a la fel payaso aquel al que se le pinchó la nariz.

El momento decisivo había llegado. La cara de feliz cumpleaños. Simular o reventar. Nunca en todos sus años de vida, Iván había sabido que cara poner o hacia donde mirar en esta situación. La expectativa de tanta gente puesta en la felicidad propia parecía cada vez mas una caricatura burda de la vida. Sin embargo ese año algo cambiaría.

Justo antes de tener que completar a gusto y piaccere con alguna variante aleatoria del nombre del agasajado, Iván sacó el teléfono celular de su bolsillo. A los segundos de atender su cara se deformó completamente, entrando en un rictus. Se disculpó y salió corriendo para la cocina. Su padre encendió las luces con la misma desidia con la que las había apagado, quizás aquello no era empatía con su hijo sino simplemente asco por su propia y miserable vida.

A los cinco minutos Iván volvió al comedor, anunció que habían atropellado a un ser querido que la familia no conocía aún. Compungidos por el hecho los invitados fueron abandonando la casa paulatinamente.

Elena limpió los resabios de fin de fiesta con un aire cansino y saturado a muerte que sobrevolaba la casa. Iván por su parte se tiró en el sillón del living a ver la televisión, con una media sonrisa colgándole de los pómulos y haciéndolo feliz como hacía tiempo no lo era. Había salido bien el chasco.

B.K.

20.- EL ÚLTIMO SÁBADO DE LA HUMANIDAD

Los diarios y canales informativos presagiaban aquel viernes, como una cachetada resentida de la muerte, el ominoso e indeclinable final de nuestros días. La razón aún era incierta (al menos para el status quo de la población, que venimos a ser nosotros y que nos enteramos de todo siempre al último) sin embargo aquello poco importaba, si total para qué. Del polvo venimos y al polvo vamos y en polvo se convirtió todo aquello.

Como si todo hubiese estado premeditado con meses de antelación, con el compromiso y la minuciosidad de una fiesta de casamiento, la aldea global había organizado a través de las ya sobredimensionadas redes sociales un jolgorio magno, un agape como nunca antes se había visto. La envidia de los romanos y los griegos, una fiesta que haría agachar la cabeza a cualquier monarquía de jamás nunca.

Durante las primeras horas del sábado, aún el panorama era leve e inocente, comparado con lo que vendría después. Saqueos a mercados, a los que la sociedad ya estaba acostumbrada. Manjares y brevajes de todo tipo rebalsaban por cada calle y avenida de cada país del globo. Las drogas aparecieron a eso de las once del mediodía. En un principio droga blanda, inofensiva. Al rato ya todo era el acabose. La ética y moral colectiva se sumergió en un lapsus interruptus del que jamás volvería.

Pasado el mediodía con los estómagos repletos de egoismo y miseria disfrazada, arrancaron las orgías. La lujuria invadió cada renegrido recoveco de la humanidad, que en paz descanse. Algunos, los mas púdicos, apenas asomaban sus narices para copular con sus parejas en la vía pública. Los osados -que por entonces eran mayoría indiscutida- resolvían todo tipo de fechorías que en otro tiempo escaparían incluso al imaginario legal y harían temblar a cualquier corte.

Para promediar la tarde, cuando el sol parecía decir ya basta, todo aquello era finisterre. Para entonces ya habían olvidado por completo sus lenguas maternas y se comunicaban exclusivamente por medio de gemidos y jadeos, el lenguaje del pecado. Aquellos que creían en algo se tornaron agnósticos y los que ya lo eran revalidaron sus votos con una soberbia descomunal.

Cuando asomó la luna todos durmieron de forma desfachatada. Los ronquidos inundaron la atmósfera como graznidos de un ser inmundo y cruel. Pero al pasar una hora comenzaron a despertarse, todos. Un calor insoportable sofocó a cada ente con vida. Quizás la culpa. Quizás el calor era tangible en verdad y aquello era el infierno.

Pero aún quedaba lo peor. Los sobrantes del día después. La resaca del domingo. Y ahí si, se iban a pagar los platos rotos, como cada fin de semana.

B.K.

19.- EL GOL A OSCURAS

Desde los palcos y plateas no había llegado a captarse nada. Un refucilo enceguecedor había mermado el fulgor de aquel partido de final de la copa del mundo. Elias Suárez, un defensor cuyos pies rara vez habían dañado césped contrario, vislumbró la oportunidad de su vida y la agarró como un sapo agarra una mosca al vuelo: rápida, desagradable e imperceptiblemente. La redonda había caído mansa a la suela puercoespín de sus bo...tines segunda línea -porque la primera estaba ocupada por los realmente duchos en la materia- y el joven tomó envión desde el área propia abalanzándose como guerrero maorí sobre el codiciado arco rival. Sorteó penosamente al nueve, que lo siguió con mira teledirigida, hasta que éste se rindió creyendo inútil el intento de ambos. Luego sobrepasó zigzagueante a los dos zagueros ensañados, que quedaron tendidos en el suelo mirándose las caras. Sin embargo, a pesar de su considerable desempeño, al llegar a área contraria Elías comenzó a temblar. Le brotaron lágrimas incontenibles que le nublaron la vista. Pateó errante, dirigiendo el balón a uno de los palos.

Por una de esas tretas del destino fue adentro y Suárez se desplomó en llanto luego de un grito ahogado. Pero también por ese mismo destino, había ocurrido lo del refucilo incandescente. El público entero había quedado ignorante, huérfano del gol del defensor. Las cámaras apenas habían captado sus pies de manera interrumpida. Ambos equipos habían quedado atrás, ajenos a la escena del crimen. Los únicos que sabían la verdad eran el arquero rival y el. Ambos compartían un secreto que por razones opuestas se llevarían a la tumba. El arquero receloso de la victoria contraria, el defensor insulso sin poder de influencia.

A la noche siguiente los dirigentes de la FIFA habían dado por anulado el gol. La burocracia del balón pie había resuelto caratular el "crimen deportivo" como falto de pruebas. Mas tarde fueron a la habitación de hotel de Suárez, que no contó el cuento. La cúpula canceló el mundial, que volvió a jugarse cuatro años después con los mismos resultados arbitrariamente pactados desde siempre.

B.K.

ACERCA DE LOS USOS -microrelato-

A la mañana siguiente el embajador de EEUU preguntó extrañado a su guía acerca de un error -seguramente de carácter arquitectónico- que había advertido en el baño de habitación. Resulta que en el había dos inodoros. Lo extraño era que uno de ellos venía con pequeñas modificaciones y parecía la versión reducida del otro.

Mas tarde, al visitar las oficinas de los mas altos funcionarios del gobierno, advirtió perplejo la presencia de dos escritorios. Al preguntarle a su guía este le respondió:

"Funciona igual que los inodoros: uno para la mierda y otro para limpiarla".

B.K.

18.- OJALÁ NUNCA MUERAS EN RECREO

Pobre Ricardito. No hablo del nombre, que dicho sea de paso resultaba ajeno y extraño para cada persona que se cruzara en su camino. Un purrete de seis años con un nombre que -diminutivos aparte- resonaba viejo y de cincuenta para cualquier oído ducho. Era lo abultado de sus bolsillos y las "B" que encabezaban los nombres de las islas en las que depositaban su pedazo de paraíso fiscal, lo que dotaba a sus padres de la potestad para maldecir la identidad y el rasgo mas singular de su hijo, para siempre.

Digo pobre y utilizo ese apelativo mas bien porque Ricardito había estrenado por aquellos días de su sexto cumpleaños, una grave y extraña enfermedad que lo desvanecía casi instantáneamente. Lo realmente anómalo y rebuscado eran los síntomas (o mas bien lo asintomático) del padecimiento. Antes de colapsar, Ricardo-ito podía estar haciendo cualquier cosa. Reír. Llorar. Correr. Jugar. Incluso dormir. Era por esto que incluso el diagnóstico de la patología resultaba enrevesado.
Aquella mañana en el segundo recreo antes del almuerzo, se desató mas grave y con mas caudal que nunca el caos. Ricardo-pequeño había resultado desde siempre un ávido negociador, en ese momento se encontraba intercambiando figuritas de algún mundial que habría sido mejor olvidar. Mientras efectuaba el pase del arquero titular, el delantero estrella y dos zagueros medio pelo de un equipo que quedó olvidado en cuartos de finales por la plateada esfinge de la copa fulgurante que encabezaba la colección, comenzó la debacle.

La conciencia de Ricardo-sin diminutivos se encontraba mas despierta que nunca mientras yacía inmóvil en el frio suelo del patio escolar. Pensó primero en sus amigos, creyó oportuno que salieran corriendo a avisar a las maestras de su curso acerca del imprevisto. Sin embargo, se apoderaron de su basto pilón se coleccionables como propias. Otorgándose un poder que creían suyo, dándole la diestra a Marx y defenestrando todo concepto de propiedad privada.

Resignado, Ricardo -el de el nombre que debiera apocoparse- optó por la vana esperanza de creer en la espontánea llegada de sus maestras. Lejos de eso, éstas se encontraban en la sala de profesores. Dos pisos sobre la muerte que rondaba al niño, dialogando amenamente acerca de los mancebos de veintilargos a los que habían logrado captar el fin de semana anterior. Habrá sido aquello, sumado al humo de cigarrillo prohibido que colmaba el lugar, lo que les impidió advertir la tragedia.

Ricar advirtió mágicamente aquello y comenzó a llamar con la mente a sus padres. Imaginó el BMW de su padre quemando motores hacia el colegio. Sin embargo el auto permanecía estacionado en el garage privado del edificio de oficinas y su padre en el piso diecisiete presidiendo una junta. Celulares apagados al igual que su madre.

Por último rogó al cielo que por allí pasara algún satélite que captara el infortunio y lo transmitiera por cadena nacional, incluso global... quizás después de todo aquello el presidente le daría un abrazo y un sin fin de caramelos.

Una hora después todo era llanto. Sus amiguitos recordaron el sin fin de risas y recreos compartidos. Las maestras alegaban que el joven era una promesa, una luminaria, adelantado para su curso. Sus padres lamentaron no poder verlo crecer, ni antes ni después (ya nunca mas). El presidente por su parte seguía ocupado, como siempre.

B.K.

LA SOMBRA DE UNO MISMO -microrelato-

Con el correr del tiempo, se dio cuenta de que se había convertido en un párrafo insulso que narraba las grotescas aventuras de los desalmados y de el, que ni siquiera en su dolor se sentía protagonista. Era solo un pasar del tren, una flecha errante a ningún lado, el rincón a oscuras de un comedor durante la noche, cuando todo el mundo sueña cosas mejores y más relevantes.

Era en suma una hilera de oportunidades desperdiciadas, el racconto de las cosas en las que nadie casi nunca piensa cuando está bailando la vida.

B.K.


17.- ENCONTRARNOS CON LA NADA

Quién hubiera pensado que en el eterno sinsentido de las casualidades podríamos cambiar el irrefrenable transcurso del destino para siempre. Es seguro que el, en su pequeña mente en monocromo de tres semanas, jamás lo hubiera visto venir.

Sus últimos rastros de cordura se habían desvanecido en la fría soledad de la noche, recostado en el suelo húmedo de una estación de servicio de la localidad de Azul. La perdida de su madre y el despiece paulatino y ...agónico de sus hermanos como extremidades que le fueron arrebatadas de su propio cuerpo, pesaban más que la inmensidad del cielo negro repleto de pecas blancas que yacía sobre sus orejas.

El irremediable correr del tiempo pasaba, como era habitual en los de su tipo, siete veces más rápido que para los demás. Sin embargo aquellos días resumieron años y parecieron siglos para su pequeña y sucia cabeza. Si hubiera sabido como, habría tratado de comunicar su malestar a viva voz, pero aún era muy pronto.

Al sentir las manos cálidas de una joven que apareció en la estación de servicio junto con su novio y un amigo, supo que aquel día cambiaría su vida. Recorrió durante un tiempo que no supo determinar un camino que pasó por sus ojos a velocidades exageradas. Al llegar a Tandil, fue recibido como un Dios, todos los que ahí se encontraban estaban pendientes de el. Madrugadas eternas jugando, pasto verde y húmedo entre sus pies y un sol que devolvía el aliento que creía perdido. Por un segundo, creyó que era el paraíso.

Quizás su cuerpo seguía allí, en la estación.

Sin embargo, algo le recordó que aún estaba vivo, y coleando por qué no. Los jóvenes que lo encontraron les informaron a los demás que él tenía nombre, de ahora en más era Titino. La identidad le recorrió por el diminuto cuerpo como un suero intravenoso, colmándolo de alma una vez mas.
Titino vivió alegre el resto del tiempo, sin embargo las horas y los días iban pasando y aquel fin de semana de descanso que para el significaba el paraíso estaba llegando a su fin. Sabía que el no corría la misma suerte que sus colegas los gatos y que no lo esperaban seis oportunidades más al final del camino. Quizás, seguramente, aquella sería la antesala del fin.

Pensaba esto al subir al mismo auto que lo había resucitado días atrás. A medida que pasaban los minutos y kilómetros, su corazón de pelota de ping-pong volvía a acelerarse cada vez más. Aquella adrenalina le generaba una inexplicable sensación de sentirse a un paso de la muerte, pero más vivo que nunca a la vez. Sabía que estaba acercándose al espantoso útero del que lo habían sacado apenas unos días atrás. Estaba a minutos de encontrarse, nuevamente, con la nada.

Fue cuando el joven conductor apretó el acelerador que el pequeño Titino vió el cartel tan familiar de la YPF de Azul desvanecerse a una descomunal velocidad. Fue entonces cuando pudo sentirse a salvo, para siempre.

B.K.


lunes, 4 de septiembre de 2017

16.- ENFERMAR DE DUDA METODICA

Abrió los ojos y contempló los mechones despeinados que le caían sobre la frente y se precipitaban como chaparrones húmedos de lluvia sobre sus ojos. Quizás todo había sido un mal sueño, una pesadilla más que con el correr del día terminaría olvidando.

Sin embargo, cuando bajó las escaleras, dirigiéndose al comedor y la cocina, comenzó realmente el calvario del sinsentido y la duda. Cada escalón que pisaba era un grito imperante reclamando certezas que nunca llegarían. Estaría realmente pisando aquella áspera madera con sus pies todavía descalzos, o todo eso era una alucinación, una de las tantas trampas que le jugaba su mente en el engaño colectivo al que llamamos vida? El chirriante sonido de las tablas que entraba y colmaba sus oídos, acaso sería el transcurrir de las ondas chocando con las paredes de aquella casa o simplemente un ilusorio playlist cuidadosamente ordenado para activarse ante determinadas situaciones "sonidodeescalón.mp3" que alguien quién sabe donde accionaría cuando fuera preciso.

Al untar la manteca en las tostadas a medio quemar (debido al arrebato causado por un cuestionamiento previo acerca del accionar de la tostadora) se percató del brillo del producto al pasar del estado sólido al liquido, entrando en contacto con la tibia superficie de la rebanada de pan. Aquella imagen colmó sus ojos, sería acaso el gusto salado de aquella combinación otra de las tantas trampas tendidas en su camino? Una cabriola más del destino para demostrar que no somos superiores a nada?

Decidió tomar un sorbo de café, para contrarrestar aquel sentimiento de vacío con algo aún mas amargo. Pero al levantar su taza se percató de la inscripción. Su nombre se erguía en letras de un azul intenso profanando el blanco puro de aquel objeto. Inspeccionó cada letra con cautela, con la fría pericia de los detectives que tanto había leído durante su infancia. Analizó la sonoridad de cada una de ellas por separado, y luego el conjunto. Por qué tenía ese nombre? Se reconocía acaso detrás de aquellas letras que había sido obligado a usar como escudo ante el mundo durante toda su vida? Su boca se empastaba cada vez mas al tratar de pronunciarlo. Pensó en el nombre de todos sus seres queridos, sorprendiéndose al no poder vincular los rostros con las palabras que los nombraban. El significado había quedado huérfano de significante. Sintió un vacío horrible. Pero al menos era lo único verdaderamente suyo.

Decidió finalmente faltar al trabajo. Resolvió inútil llamar e informar acerca de su ausencia ya que probablemente aquel lugar sería otra ilusión vacua de la maquinaria mayor. Otros tantos piolines del titiritero detrás de la cortina.

Se recostó en la cama que apenas unas horas atrás había sido testigo de su nuevo renacer, dudando aún si estaba levitando en el aire dentro de una simulación o si realmente aquel colchón estaba soportando su peso. Para dormirse y quizás, al cerrar los ojos, volver a sentirse verdadero. Al menos hasta mañana.

B. K.

lunes, 26 de junio de 2017

15.- MENTIRAS BLANCAS - SINOPSIS


Tirso es un joven huérfano que vive en Buenos Aires, Argentina. Escéptico, irónico y muy inteligente para su edad. Quizás, demasiado. Cuando un extraño se presenta en el orfanato, las concepciones que tenía acerca de la sociedad, la justicia y la verdad se derrumban.

Descubrirá que una empresa multinacional intenta derribar los eslabones intermedios en la sociedad, la clase media, con métodos fuera de las normas éticas: involucrar a jóvenes con capacidades superiores a través de la enajenación, con el fin de disolver los lazos afectivos de las familias trabajadoras, para así poder controlarlas libremente.

Los intrincados ideales de la organización se entrelazarán con un pasado desconocido y cada vez más borroso, en la lucha del joven para subsistir bajo la mira de una revolución tiránica.

 En este mundo no todo es blanco o negro, abundan los grises. ¿Hasta dónde somos capaces de mentir?
B.K.

martes, 20 de junio de 2017

14.- LOS INVENCIBLES (2011)


Salgo de ese lugar, camino solo por caminar hasta llegar a alguna parte o quizás no, quizás no llegue a ninguna parte pero por lo menos sabré que sufro con olor a algo, algo que no sé bien que es pero me hace tan bien, tan bien como caminar sin un rumbo fijo.

Arriba llueve, arriba llueve y acá también, me rectifico, arriba las señoras cuelgan la ropa preocupadas por la demora imperceptible de segundos condenados, que atrasan a sus maridos en la llegada al hogar. Y bien sabemos que los segundos son al tiempo lo que las hormigas a la comida en un patio, o en un lugar así. Llueve, y yo rio por saber que no es más que agua y que algún día va a acabar, y que cuando acabe vamos a estar todos pendientes y ahí te quiero ver. Sin embargo, veo como todos se refugian bajo los toldos, como pelean por entrar en el paraíso seco de 2 x 2.

Las personas, ven a los perros (que no son muchos, pero que aunque sean uno sorprenden en estas circunstancias) tirados bajo el agua y piensan en que estúpido es el animal y cuan superiores somos los humanos, raza de reyes, emperadores, profetas, pero también de políticos y corruptos.

Todo y nada en nuestras manos, que macana.

A su vez el animal piensa cuan inferiores somos nosotros, que nos jactamos de fortaleza, inteligencia y superioridad; pero sin embargo le tememos a unos cuántos átomos de hidrógeno y oxígeno ordenados en forma mágicamente aleatoria y ordenada a la vez. Mientras sigo caminando, solo por caminar (hasta llegar a alguna parte o quizás no, quizás no llegue a ninguna parte pero por lo menos sabré que sufro con olor a algo, algo que no sé bien que es pero me hace tan bien como caminar sin un rumbo fijo) las nubes se decoloran y vuelven a algodonarse en perfectas almohadas de mullido blanco. Mientras eso, los perfectos estúpidos que conquistaban toldos al resguardo de la nada vuelven a las calles pululando superioridad. Volvió la raza madre, volvieron los invencibles.

B.K.

domingo, 18 de junio de 2017

13.- CON EL DIARIO DEL LUNES

Cuando Sebastián dio el primer sorbo del mismo café monótono e insípido de siempre aquel día, jamás se imaginó que el destino iba a knockearlo sin dar aviso. Al salir de su edificio, en un rincón del palier, encontró un libro desgarbado y de aspecto muy extraño. Parecía una libreta sumamente antigua, tanto la tapa como la contratapa estaban descascaradas. Las hojas a punto de convertirse en polvo, amarillentas y sucias. Desprendían un fétido olor que recordaba a mil cosas, sin embargo no se podían llegar a precisar con exactitud.

Comenzó a recorrer una a una las delicadas páginas de aquel extraño documento con una cautela y respeto propios de un cirujano. Las palabras que allí se leían estaban plasmadas en el papel con una delicadeza admirable y a su vez generaban un escozor en la espalda al leerlas. Pareciera como si hubieran sido escritas por el asesino más macabro del planeta. Lo que no se imaginaba aquel hombre era que el dueño de aquellos párrafos sería mucho peor que eso.

Cada una de las hojas contenía una cruel sentencia, con lujo de detalle, y al final de ellas una firma que rezaba: Mortimer. Los escalofríos en la espalda de Sebastián se intensificaban cada vez más a medida que su mirada iba recorriendo cada palabra de aquellas macabras oraciones. A pesar de su simpleza y contundencia en cuanto a redacción, cada oración parecía un maleficio demoníaco.
Antes de comenzar cada sentencia Mortimer se había encargado de separarlas, hoja en blanco de por medio. Había puesto además señaladores con los nombres y apellidos de las víctimas. Al comenzar cada sentencia había una breve descripción de los actos en vida de cada personaje. Entre aquel catálogo tan particular se encontraban nombres de asesinos célebres, torturadores e incluso políticos de todo el mundo. Sebastián comenzó a temer cada vez más, porque se percató de que el propietario de aquella agenda mortal no era un bebé de pecho.

Revisando las páginas algunos nombres le comenzaron a hacer ruido, eran parientes lejanos. Tatarabuelos, bisabuelos e incluso pudo llegar a leer el nombre de su abuela materna. Sintió pavor ante tal revelación y el diabólico objeto resbaló de sus manos y cayó al piso. Comenzaba a alterarse, ya no por la finalidad de aquel cuaderno, sino porque su abuela materna había muerto hacía apenas unos días en la tranquilidad de su hogar, profundamente dormida. Por curiosidad comenzó a leer la información que en aquellas hojas se detallaba y encontró que varias situaciones de su vida estaban milimétricamente detalladas a la perfección. También encontró detalles de la infancia de su madre que el mismo desconocía.

Temía dar vuelta la hoja, ya que ésta develaría el posible –y cada vez más preciso- final de sus padres. Sin embargo, la curiosidad mató –justamente- al gato y no tardó en quebrar su propia voluntad en busca de más información, detalles más minuciosos y escabrosos del futuro de sus seres amados. Al advertir sus inevitables destinos comenzó a llorar desconsoladamente.

Acto seguido apareció detrás de él un hombre delgado, de aspecto muy refinado y pelo completamente blanco. Tenía barba y bigotes prolijamente recortados que recordaban a un mosquetero y estaba vestido con las mejores marcas del mundo. Sebastián se sobresaltó al advertir su presencia tras de sí.

- “Buenos días, estimado. Mi nombre es Mortimer, creo que encontró mi agenda personal…” – Se presentó aquel sujeto inquietante con una voz profunda y gutural.

Sebastián temblaba como nunca en su vida, extendió su mano con el cuaderno casi sin pulso y se lo entregó a Mortimer completamente pálido. El hombre sonrió con una mueca tan macabra como irónica y con un refinado movimiento sacó del bolsillo de su saco unos anteojos de lectura redondeados. Se los puso y comenzó a ojear página tras página con delicadeza y sin apuros.
Pasados unos segundos, el extraño levantó la mirada como habiendo olvidado la presencia del joven y sonrió de nuevo.

- “¿Cuánto leíste de esto, pibe?“ – Preguntó en un tono extrañamente amistoso.

- “No… no… no-mucho” – Respondió el joven al borde del colapso.

- “¿Te interesaría conocer tu destino? Estaba justo después de la página que habías terminando de leer… y como fuiste tan prudente, te lo ganaste…” – Lo apremió Mortimer.

- “No, no gra-gracias… prefiero sorprenderme” – Los ojos del joven estaban completamente húmedos.

- “Sos más valiente de lo que pensaba” – Respondió el extraño hombre.

Mortimer le dio un abrazo a Sebastián que caló hasta lo más profundo de sus huesos, sentía como si todo su cuerpo se quemara y a la vez, un profundo frio que le recorría la boca del estómago y le subía por la traquea como si se le escapara el alma.

Ambos caminaron perdiéndose en la niebla hacia quién sabe donde, para siempre.

B.K.

viernes, 16 de junio de 2017

12.- LA VOZ ETERNA


En el ocaso de las civilizaciones, cuando todos los errores estaban hechos por el hombre y ya no quedaba más que destruir, cuando todos los inventos de la humanidad se habían retraído en sus teoremas primitivos como método de salvataje ante el olvido, vivía una comunidad en Oceanía, la última sobre la faz de la tierra.

Los Cthun vivían organizados de manera sumamente precaria, habían retomado la caza y la pesca tras descubrir que no había más tierra que cultivar ni más animales que quisieran doblegarse bajo el dictatorial sesgo del hombre neo-moderno. Comprendieron que nadie les regalaría nada y que Dios si es que alguna vez los había oído, se había cansado de la negligencia del ser humano. Ya no habría un manto protector ni una mano paternal que les acercara el Edén. Habría que sobrevivir, como pudieran.

Dentro de este páramo cultural subsistía un único encargado de transmitir la cultura, similar a un chamán antiguo, llamado Knuq. Se había instruido de sus antepasados a través del testimonio oral. Conocía culturas previas a la suya en un amplio rango de siglos.

Cada vez que Knuq abría la boca todo el pueblo se congregaba en la plaza central y se postraban a sus pies con la mirada atenta y despierta, como cuando los chicos esperan a que sus padres vuelvan del trabajo, suponiendo un regalo. Sin embargo, a pesar de la grandilocuencia del esfuerzo común de los congregados, nadie lograba decodificar ni un solo concepto entre todo el palabrerío del viejo chamán. Habían acordado en secreto no revelárselo, con el temor de que sufriera esta información al punto de morir y con esto se acabara la cultura para siempre.

Aquella tarde el anciano había alertado a toda la comunidad acerca de un mensaje de suma importancia que sentaría precedentes para el futuro de la civilización. Imploró puntualidad y perfecta asistencia al evento, ya que no quería que nadie se mantuviera ajeno al relato.

Una vez que se encontraba todo el pueblo reunido al pie del árbol más antiguo del planeta, de más de 5000 años, Knuq dio comienzo a su narración. Algo en el ambiente insinuaba que aquella no sería una historia más, y cuando comenzó a emitir las primeras palabras todos comprendieron por qué.

El chamán narró la historia de Thar, un hombre perteneciente a la primer civilización conocida de la humanidad. Previa a los sumerios y babilonios, previa a la institución de la escritura como herramienta del recuerdo colectivo. Cuando la tradición oral era lo único realmente infalible y eterno. Y no solo eso, anunció que había logrado comunicarse con él la noche anterior. Comentó que le había transmitido todo el conocimiento del mundo a través de los siglos con una simple imposición de manos, seguida de una luz brillante y cegadora que lo encandiló durante varios segundos. Entonces, fue como si la voz del primer y el último narrador sobre la faz de la tierra se hubieran hecho una sola, perpetuándose en ecos a través de la historia de la humanidad. Rebotando en cada historiador, científico, narrador, y creador de cualquier índole, en forma de inspiración para descubrimientos nuevos.

Ante la mirada incrédula de los espectadores, confesó también que ese conocimiento se le había otorgado debido al advenimiento del ocaso de la cultura, con el fin de salvar todo lo cosechado por el Hombre a lo largo de su historia. Sin embargo y rompiendo con las reglas tácitas impuestas por Thar, éste había optado por transmitir semejante legado a toda su gente, con el fin de quebrar la profecía maldita y pesimista.

Sonrió y levantó la mirada, esperando recorrer un campo de sonrisas, arrullado por un mar de vitores, de su pueblo hambriento de saber. Imaginó, por un segundo, la interminable fila de su gente, ávida de conocimiento. Por el contrario y para su  desgracia, lo único que encontró al levantar la mirada y enfocar sus cansados y viejos ojos en el público fue un sinfín de miradas vacías y aburridas, contemplando a la nada. Segundos después gran parte de la gente que se encontraba allí reunida comenzó a dispersarse hacia sus labores cotidianas. Algunos rearmaron los grupos de caza y encararon para el sur del poblado, donde se encontraba la selva. Otros se dispusieron a recolectar la leña faltante para el magno fogón de cada noche. Incluso, y esto fue lo que más molestó al anciano, logró escuchar un bostezo prolongado y profundo proveniente del fondo.

Arrepentido y consumido por una profunda rabia que le brotaba de los poros y hacía rechinar sus escasos dientes, Knuq proclamó sus últimas palabras antes de desaparecer por el bosque del este y perderse para siempre:

“Iknôt serefh suvan”, que en idioma Cthunés significaría algo así como: “váyanse todos a la puta que los parió”.

Así fue como se cerraron las cortinas de la cultura para siempre.

B.K.

jueves, 15 de junio de 2017

11.- RINCÓN DE OLVIDO


Juraron encontrarse en la esquina de Cabildo y Juramento a las cuatro de la tarde de aquel lunes. Él estaba más nervioso que nunca en su vida, esperando parado en la entrada del Mc Donalds. Se había puesto su mejor saco y planchado el pantalón más elegante que tenía. Consultaba el reloj cada dos segundos preso en la interminable condena del tiempo y los arrebatos del destino.

Se conocieron aquella mañana en la Plaza Las Heras, paseando ambos como todas las mañanas de sus últimos años que no los había encontrado juntos hasta entonces. Sin embargo quebraron aquel momento, ella debía seguir con algunos trámites y él había quedado en encontrarse a almorzar con un amigo de toda la vida.

Juan siempre se había caracterizado por una tenaz puntualidad y aquel día no podía ser la excepción. Luego de los primeros quince minutos de espera empezó a sentir una cosa en el estómago que lo estrangulaba por dentro.

A la media hora, la angustia ya había gobernado su mente y únicamente pensaba en el letargo de aquel encuentro, en la posibilidad de que los caminos que se cruzaron aquella mañana jamás retomaran baldosas en común, ni mañanas de risas.

Jamás en su vida Juan había sentido tanta desolación y desesperación juntas. Las lágrimas querían brotar como de una represa dentro de sus ojos y dejarlo escurrirse eternamente en una masa amorfa sin sentir. Los hombros le pesaban, su boca se había resecado y la respiración se había acelerado como si corriera una carrera contra la vida y la esperanza.

Pasó la primer hora, se despertó la desconfianza y el enojo comenzó a brotarle por los poros. Mónica, qué hija de puta. Gritó de rabia contra monstruos invisibles que no tenían la culpa de nada y abandonó aquella esquina con una furia incontenible, jurándose para si mismo nunca más volver a darle una oportunidad al amor. A sus ochenta y cinco años aquel había sido probablemente su último tren y no había pasado por su estación.

Se resignó a pasar el resto de su vida solo, en su departamento de Las Heras y Pueyrredón. Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Mónica intentaba recordar qué cosas había ido a comprar al supermercado. Desde hacía unas semanas su memoria había dejado de ser la misma.

B.K.

miércoles, 14 de junio de 2017

10.- ESCRIBA QUIEN ESCRIBA

Sostengo que la narración es parte de algo mayor, sin embargo – aunque los aquí presentes no me crean – aún no puedo demostrarlo. Intentaré hacer el esfuerzo, de todas formas, antes de que me juzguen de loco.

No hay lugar donde esconderse cuando la prosa encandila los ojos con historias ajenas y revienta las venas con un algo que no se sabe que es pero quema como el fuego. No hay excusa ni pretexto con el que negarle un café y una buena charla al espíritu de la narración. Quizás algunos, en un descuido desafortunado, sometan al olvido aquel irrecuperable momento. Probablemente por un imprevisto, quizás no había con que escribir, con que plasmar en el opresivo y despótico papel el sinfín de recovecos transitados. Me atrevo a decir que la mente incluso se duele por la pérdida estéril de la idea malformada.


Pero afortunadamente algunos pocos enjaularon el frágil y salvaje espíritu en un formato palpable para que la llama se propagara en otros tantos. Algunos pocos lograron apresar la fiera indomable de la trama en lo que conformaría la jauría de la literatura. Es en vano y fuera de margen comenzar a citar cazadores célebres. Quizás incluso algunos sean menos conocidos que sus personajes.

En ese punto es donde me quisiera detener si me permiten. El personaje, cuando se crió en cautiverio y con la debida preocupación, trasciende al creador. Para esto es ineludible concederle todo lo que pida. El más mínimo capricho es menester para su sano y prudente desarrollo. De lo contrario, la bestia –ahora bestia- muere o cae en el olvido, que es peor. Una vez que el personaje crece bajo nuestra tutela debemos dejarlo correr libre.

De todas formas, lo realmente relevante aquí es la inspiración. Sin ella el personaje queda encapsulado en una idea triste, entre la lista imaginaria de las compras y el llamado telefónico imperante de las cuatro de la tarde. Esto es realmente lo trágico, que el personaje – que puede comerse el mundo si realmente se desarrolla en el esfuerzo – muera sin pena ni gloria, así sin más.

Probablemente los aquí presentes me juzguen de enfermo, que desvarío. Pero seguramente jamás sintieron la experiencia, ese carbón que quema entre las manos pero que hay que poner a salvo porque no puede tocar el suelo. Sin embargo están a tiempo, escriba quién escriba los personajes aparecerán. Considero que viven en lo que llamamos “inconsciente colectivo” y que basta una mínima voluntad y algo de ingenio para activar sus alarmas y hacer que vengan a nuestra ayuda como bomberos a un incendio. Elijo creer esto, para así hacer de la vida algo un poco menos gris.

Y antes de que me manden al calabozo de los descreídos y me sometan a las inyecciones de olvido y las pastillas mata-memoria, es decir, antes de que me conviertan en un loco al que puedan manejar, déjenme redactar lo que creo correcto y hacer justicia por el relato. Quizás a alguien le sirva de precedente.


B.K.

domingo, 11 de junio de 2017

9.- EL CONSUELO DE LOS AHOGADOS

Ambos sabían inconscientemente que tarde o temprano deberían encontrarse para desdibujar las líneas trazadas por el destino y quebrar por fin el espejo que reflejaba ambas realidades como una sola. Sus vidas se reducían a ser cazador o convertirse en una presa. Aunque en aquel momento no eran conscientes del infortunio que les esperaba y del que no podrían escapar aunque quisieran, ambos mantenían vidas relativamente cómodas y sin mayores inconvenientes. Santiago era estudiante de física en Barcelona, tenía un conocimiento admirable acerca de cualquier asunto referido al conocimiento de la materia y sus cambios constantes. En otro lugar del mundo llamado New York vivía Jack, trabajaba como cadete en una empresa de seguros y su vida era irremediablemente monótona.
Sin embargo estas dos personas compartían un vínculo indescifrable del que aún no eran conscientes. Estaban unidos por un lazo más fuerte que la sangre, pero imperceptible como el aire. Durante toda su vida Santiago estuvo interesado en las realidades alternativas y en los posibles quiebres del Universo como si se tratara de una mitosis a gran escala. Había investigado incansablemente la posibilidad de coexistir en distintos planos con versiones alternativas de uno mismo sin estar enterados. Sin embargo era consciente de que jamás su generación, ni posiblemente la de sus hijos llegaría a comprobar lo que las interminables pilas de libros que había estudiado teorizaban y daban por sentado en un absurdo vaivén de autoconvencimientos.
No tenía más remedio que conformarse con la creencia insulsa y chata de que cada ser humano tiene un ser idéntico en aspecto, un sosías, esperándolo en alguna parte del globo, pero que sin embargo son de uno en un millón las probabilidades de que coexistan en el mismo período histórico y ni que hablar en el mismo lugar geográfico. A pesar de eso el catalán no perdía las esperanzas de encontrar a lo que el llamaba “su otra mitad celular” en referencia al proceso de multiplicación a nivel microscópico de estas unidades anatómicas. Lo que el joven no sabía es que aquello finalmente terminaría ocurriendo más temprano que tarde.
Mientras tanto en el país de las franjas, estrellas y armonía cívica el inexperto cadete estaba cumpliendo su primer mes de prueba en la empresa de seguros más importante de todo el estado. Esta tenía grandes proyecciones y un increíble potencial para convertirse en puntera a nivel nacional. Por eso Jack vivía como un manojo de nervios, pendiente del reloj y atareado por mil responsabilidades que jamás se le hubieran siquiera cruzado por la cabeza cuando terminó la secundaria, con uno de los peores promedios de su curso.
Fue por esta irrefrenable dependencia del tiempo y sus mediciones que no reparó al chocar con Santiago cuando ambos bordeaban en direcciones opuestas el Central Park. El joven catalán estaba de paso por la ciudad, a unos días de asistir a un congreso sobre Física Cuántica en el MIT, por lo que había decidido recorrer la ciudad del insomnio que había escuchado hasta el hartazgo en el disco de Sinatra de su padre.
Al reparar en la existencia de Jack, el joven catalán se sobresaltó. Sin embargo ya era demasiado tarde, el yankee había cruzado 5th. Ave perdiéndose entre la muchedumbre. Pero por suerte Santiago se caracterizaba por una memoria fotográfica alucinante y recordó el nombre de la empresa que delataba una etiqueta en el sobre que llevaba bajo su brazo.
Los siguientes días fueron todos de persecuciones incansables que llevaban a ningún lado por parte del joven físico. Nadie en aquella empresa sabía darle información, ya que los aspirantes en etapa de prueba no figuraban aún en los registros del banco de datos. Sin embargo el desconocía esto y su cólera aumentaba cada vez más.
Preso de la rabia de los obstinados, se decidió a regresar al punto exacto en donde había sido el choque de manera sagrada y regular, día tras día durante lo que durara su estadía en la Gran Manzana. Jamás había perdido en ningún aspecto vinculado con la astucia y el intelecto y aquella no sería la primera vez, de eso estaba seguro.
Faltando un día para tener que partir hacia su próximo destino, el joven del antiguo continente se encontraba en prodigiosa rutina, esperando por su presa como un guardia sin relevo. Media hora antes de las dos de la tarde el hambre era insoportable. El físico abandonó su puesto de vigilancia improvisado para comprar un pancho en uno de los incontables puestos ambulantes que recibían al público con los brazos abiertos y los bolsillos llenos. Fue en ese instante cuando Jack atravesó con un parsimonia y dejadez inigualables la exacta baldosa que Santiago había estado pisando durante horas.
Ambos se miraron, incrédulos. Sin embargo como en un chasquido del tiempo, todo transcurrió en cámara rápida y el yankee retomó su trayecto obnubilado, negando lo que había visto como si se tratara de un sueño o un espejismo cruel. Santiago finalmente asumió resignado su derrota, en parte porque se sabía también esclavo de sus obligaciones. Era impropio de él evadir un compromiso, romper las reglas establecidas. Le significaba un arrojo de rebeldía que no estaba dispuesto a asumir, apabullado como estaba en aquel momento.
Sin embargo, tenía por seguro que ambos morirían tarde o temprano por la asfixia. Aquello era inevitable, solo era cuestión de tiempo. Eran dos fuerzas iguales actuando en simultáneo, con el mismo interés. Ahí no había margen de error. Sin embargo vivirían lo que les quedaba tranquilos de saberse conocedores el uno del otro y unidos por la invisible tela de las casualidades, como nunca. Como siempre debió haber sido.
B.K.



sábado, 10 de junio de 2017

8.- LIMBO


Ambos estaban esperando su turno con una paciencia ancestral, sin embargo todo tiene un límite y el humor se les estaba comenzando a acabar. Podían sentir la asfixia de ese lugar reducido que hasta hacía unos minutos era un paraíso. Era el tiempo exacto, había llegado el fin.

A pesar de que la piel de los dos se encontraba totalmente cubierta de sangre, se sentían rejuvenecidos. Suaves, como de algodón, parecía que flotaban.

Se habían jurado hermanos de otras vidas y el destino, tan azaroso como preciso los había juntado entre un sinfín de personas a ellos dos en ese preciso momento. Desgraciadamente no habían podido conversar mucho, a pesar de que el tiempo que habían compartido era bastante. Sin embargo pareciera como si se conocieran desde siempre, percibían sus gestos, sus miradas, sus más precisos y minúsculos movimientos.

Aquel lugar que al principio había sido todo vorágine vertiginosa, ahora reposaba en calma como un mar sereno después de una tormenta. El cielo aún estaba negro y resultaba extremadamente difícil ver, pero ellos no lo necesitaban. De hecho apenas usaban el tacto para percibir su circunstancia compartida.

Pensaban sin palabras, como realmente se piensa cuando es sincero. Ya no hacía falta lenguaje alguno, por lo menos por el momento.

Comenzaban ambos a percibir un clima tenso, primero una especie de terremoto los sacudió de la apacible estabilidad que significaba para ellos la cotidianeidad. Luego, escucharon ruidos como de voces proviniendo de quién sabe dónde, más allá del espectro sonoro local, el cual era casi nulo. Varias veces antes habían experimentado situaciones análogas, sin embargo solían ser mil veces más tranquilas y monótonas las vibraciones que llegaban a ellos. Finalmente volvió la calma y pudieron volver a reposar en la tranquilidad de los que se saben puros y sin culpas.

Ese mismo día, en la hora precisa del fin, Martín fue el primero en abandonar. Se les abrió un cielo incandescente sobre ellos y vieron la luz. Inmediatamente no pudieron percibir nada más, sus pupilas estaban encandiladas por la falta de costumbre durante ese último tiempo.

Cuando Martín salió del rango visual de Matías, ambos por primera vez se sintieron genuinamente solos. Sin embargo Matías era más valiente, por lo que no lloró como su compañero. Afuera los murmullos se hicieron más legibles. Se percibía desde adentro un clima mas ameno instantáneamente después del llanto de Martín.



Al salir Matías pudo escuchar, ya con una nitidez total, la frase que marcaría el comienzo de su vida:

- “Felicitaciones. Son mellizos.”


B.K.

viernes, 9 de junio de 2017

7.- CIVILIZACIONES

Durante toda su vida Teo Smith estuvo obsesionado con la arqueología y el conocimiento profundo de las civilizaciones que presidieron a la suya. Aquello trascendía los estudios, haciendo que de joven guardara un profundo respeto por sus mayores, especialmente por sus abuelos paternos y de ellos guardaba un particular aprecio por su abuelo Milo. Este había investigado hasta el cansancio una civilización perdida en África y era para el pequeño Teo una figura heroica. Sin embargo tras su muerte dejó un legado incompleto con millones de datos certeros que conformaban un rompecabezas, al que le faltaban solamente un par de piezas para lograr llegar a aquella cultura perdida.
Por esta razón desde siempre Teo había seguido el legado de su abuelo y a sus 68 años estaba a punto de lograr completar el acertijo. Había precisado en base a la cartografía y las bitácoras de Milo, las cuales estudiaba con rigurosa profundidad noche tras noche, el lugar exacto del hallazgo.
Decidió aquel caluroso Enero emprender la travesía, con la inevitable y tozuda Claire, su nieta. La joven había seguido con orgullo y reverencia la carrera de sus generaciones anteriores y guardaba el mismo respeto por sus mayores que Teo, por eso se llevaban tan bien.
Claire era una joven de veinticinco años, morocha de ojos azules que enamoraba todo lo que pasaba a su lado. Era por este motivo, y porque su padre había muerto cuando ella era muy pequeña, que Teo guardaba un profundo recelo para con su pequeña nieta. Solían reírse en cualquier reunión sobre la absurda forma que tenía su abuelo de ahuyentar a cualquier pretendiente que osara cortejarla. Frente a la mirada externa, guardaban una relación simbiótica y de secretos guardados como si fueran una sola persona.
El viaje a África duraría poco más de una semana, el tiempo necesario para encontrar aquella civilización y estudiarla como para recopilar los datos más básicos y observar sus comportamientos y costumbres. También sería el tiempo prudente para que Claire pudiera retomar sus estudios sin perder el hilo de su ciclo universitario. Teo se había encargado de precisar con una admirable exactitud la locación exacta donde se encontraba aquel tesoro de la cultura, por lo que la búsqueda no sería un obstáculo ni dilataría el viaje. Parecía un plan perfecto, como todo lo que hacían juntos. Ambos estaban sumamente emocionados por emprender esta nueva aventura y suponían que nadie más que ellos comprendería aquella euforia compartida.
No tardaron mucho en hallar la tribu, a pesar de que esta se encontraba oculta en una inmensa caverna del tamaño de aproximadamente una hectárea. Advirtieron la entrada de esta gracias a los cálculos realizados por Milo y Teo durante años de investigación. Sin embargo todo estaba sumamente oscuro, lo que dificultaba el avance a través de aquel húmedo e inhóspito lugar. Trataban ambos de agudizar la vista entrecerrando los ojos, para acostumbrarse a aquella penumbra que escapaba a la imaginación humana. Pareciera como si la oscuridad se apoderara por completo de los intrusos, anulando su vista y alterando el resto de sus sentidos.
Intentaron abrirse paso por el intrincado y reducido ingreso de la caverna. A medida que se alejaban la escasa luz que iluminaba el resto del mundo conocido se iba difuminando hasta quedar en el olvido. Inmediatamente, abuelo y nieta sintieron en lo más profundo de sus almas un sentimiento de tristeza y desolación agobiantes. Era como si en lo más profundo de sus seres algo estuviera marchitándose por el exceso de oscuridad y la falta total de luz. Sin embargo, Teo ya había sido advertido en los escritos de Milo acerca de esto y estaba preparado para lo peor. Pero Claire, que desconocía aquella situación, comenzó a llorar desconsoladamente y sus gemidos de tristeza retumbaron como ecos de agonía por las paredes de aquel horrendo lugar. A pesar de el esfuerzo que el explorador hiciera por consolar a su nieta, por más que le recordara un sinfín de anécdotas y momentos graciosos y de plena felicidad, la joven estaba inalcanzable. Sobrevolaba como de fiebre un cielo oscuro y derruido. Su temperatura comenzaba a aumentar y su rostro se había empapado instantáneamente, como cuando aquellas noches de infancia en las que tenía fiebre su abuelo debía ponerle un paño húmedo en la frente para calmar aquella pequeña agonía.
El evocar aquel recuerdo, en apariencia triste pero sin embargo reconfortante y sincero como las más profundas soledades que a veces son necesarias, fue lo que la salvó del olvido y el desamparo. Retomó la conciencia y al sentirse de nuevo en sí trató de recordar momentos de regocijo y alegría. Vinieron a su mente juegos compartidos con Teo como si fueran las únicas dos personas en el mundo, carcajadas que se replicaron ahora sí en el mundo tangible y real de aquella cueva y no tardaron en contagiar al anciano arqueólogo. Las carcajadas retumbaron aún más ferozmente por los límites de aquel extraño mundo subterráneo. La apacible naturaleza de aquel lugar se profanó por completo, pareciera como si algún engranaje de aquella misteriosa maquinaria natural se hubiera desprendido y todo se hubiera transformado en un caos irreparable e imposible. Cuando se dieron cuenta de esto, sintieron una profunda mezcla de respeto y miedo, que les hizo dejar de reir como acto reflejo instantáneo.
Decidieron adentrarse aún más dentro de aquella realidad alternativa e imposible. A medida que avanzaban los ruidos característicos de cualquier tipo de cueva similar como las goteras y el caer de diminutas piedras se había convertido paulatinamente en algo mil veces más humano.
Consiguieron distinguir, una vez que sus vistas se habían acostumbrado a aquella oscuridad, un sinfín de siluetas que iban y venían a lo largo de los distintos precipicios y abismos que se erguían sobre sus cabezas. Comprendieron recién entonces que habían llegado, aquella era la famosa civilización que tanto habían esperado Teo y su abuelo y cuya pasión habían encendido la llama de la curiosidad en Claire desde que era pequeña.
Teo recordó que traía una linterna en el bolsillo derecho de su mochila de viaje, sin embargo hasta aquel momento no había reparado en sacarla por respeto a la situación. Pero la admiración y la euforia habían ganado en un arrebato de imprudencia el corazón de Teo, que ahora se sentía más rejuvenecido que nunca. Sacó la pequeña lumbre e iluminó por primera vez desde nunca aquel reino del olvido. Instantáneamente todos los habitantes que allí se encontraban ocultaron sus rostros tras sus brazos. Sus pieles eran completamente pálidas y sus cabezas estaban cubiertas por un tupido y enmarañado pelo que llegaba hasta el piso. Teo advirtió dos cosas que lo asombraron más que nada en el mundo. Algunos de los habitantes se encontraban en su hora de almuerzo, succionando el musgo de las paredes de aquel lugar. Otros gateaban sin rumbo fijo al haber trastabillado con un cadáver que sabe Dios desde cuando estaría inmóvil en el mismo lugar.
Teo comenzó a dudar sobre la conciencia que tendrían aquellos seres de que no estaban solos, de que aquello era una comunidad a pesar de que no se reconociera como tal. Luego se cuestionó si aquellos hombres tendrían un idioma con el cual comunicarse, ya que aparentemente jamás había sido necesario.
Sin embargo, comprendió el grave error cuando en cadena y como una reacción reflejo comenzaron todos a llorar por primera vez en sus vidas de una manera desconsolada y desgarradora. Una vez que lograron adaptar medianamente su visión al nuevo mundo que se abría ante sus ojos, se miraron despistados los unos a los otros reconociéndose. Seguidamente se separaron en grupos diferenciando y apartando a los ancianos y aquellos que se hallaban más demacrados. Como por instinto los más aptos encararon para la salida de la cueva en busca de nuevas aventuras y animales para cazar. Se sentían invencibles, omnipotentes. Por otro lado, apabullados quedaron los rezagados de aquella sociedad, apartados del mundo justo y feliz como pasa siempre. Teo y Claire comprendieron que habían creado la discriminación, el orgullo, el prejuicio y la superficialidad. Jugaron a ser Dios y se equivocaron. Entendieron que habían matado en cierta forma a un gran número de personas. Compungidos y asqueados de si mismos salieron de la cueva para no volver nunca.

B.K.

jueves, 8 de junio de 2017

6.- TRATADO DE DISCONFORMIDAD

Ernesto Rivera había gozado desde siempre de un pasar envidiable. Su familia durante generaciones había vivido en un eterno ágape con la más alta alcurnia de su pueblo. Desde su nacimiento el "ser" de Rivera había transcurrido en un perpetuo frenesí y jamás se había preocupado por nada. Los tragos, las mujeres y los más exquisitos manjares habían llegado a el desde siempre de manera natural y sin el más mínimo esfuerzo de su parte.

Un día, sin que nadie lo advirtiera, Ernesto se abstrajo de aquel desenfreno para subir al altillo de su casa, desacatando las órdenes de su padre. Encontró allí manuscritos de tiempos ancestrales, pertenecientes a las generaciones que lo precedían, en los cuales se narraban contiendas épicas para obtener las riquezas de las que él y su familia disfrutaban. Página tras página veía pasar ante sus ojos centenares de antepasados muertos en combate y aquello le generó un malestar inigualable que derivó en una irrefrenable repulsión. Llegado a cierto punto, le era imposible contener el desagrado y terminó vomitando el piso entero de aquel altillo.

Resultó ser que el fétido aroma llegó hasta la planta baja, donde transcurría el constante jolgorio. Allí había una enorme televisión que permanecía prendida desde quién sabe cuándo hacía décadas. A pesar de su funcionamiento nadie reparaba en ella, preocupados de ocultar sus propias miserias, ya con eso tenían bastante. El joven sin embargo bajó y permaneció obnubilado contemplando el sinfín de desgracias que exponía el noticiero. Se percató entonces que en el resto del mundo – del cual no había tenido real conocimiento hasta ese preciso momento – estaban pasando cosas.

Enseguida su padre lo llamó encendido en cólera para que exhibiera sus profundas y más sinceras disculpas para con el centenar de huéspedes que allí se encontraban, perplejos ante tal desagradable e inconcebible situación.

Ernesto acató las órdenes de su padre sin decir ni una sola palabra. Durante toda su vida había estado acostumbrado a no cuestionar las órdenes de sus mayores por más absurdas e irracionales que éstas parecieran. Siempre desde que el mundo era mundo la autoridad reinante en esa casa había sido su progenitor y nadie pareciera tener intenciones de que eso cambiara alguna vez.

Quizás, y me atrevo a decir seguramente, fue por esto que Ernesto detonó aquella noche. Ya no podía aguantar un minuto más en ese infame lugar, rodeado de todo lo bueno que podía ofrecerle el mundo alguna vez en su vida.

Desquiciado, Ernesto agarró unos fibrones que había encontrado en el escritorio del estudio abandonado durante siglos, en el que alguna vez algún antepasado suyo seguramente hubiera hecho algo en ese momento inconcebible, trabajar. Se dispuso de manera certera e indeclinable a redactar un tratado en todas y cada una de las paredes de todas las habitaciones de su casa. En el alegaba una profunda disconformidad y postulaba una a una las cláusulas de convivencia y buena relación que había redactado en su mente minutos antes.

Permaneció satisfecho durante unos segundos, contemplando lo que él creía que era la más parcial justicia. Sin embargo su padre lo agarró de la oreja y le propinó un sinfín de insultos sumamente desagradables y escatológicos que desentonaban del clima ameno y pacífico de aquel lugar. Aquella era la primera vez en décadas que se había caldeado el ambiente, habían pasado años desde la última vez que alguna persona en ese núcleo de confort ameno había emitido una palabra de disconformidad o desagrado.

Afectado por la mirada displicente de los que alguna vez se habían sentado a su mesa y bebido de su vino, Ernesto Rivera proclamó las que serían sus últimas palabras en sociedad:

“Me cago en todos.”


Para recluirse en el más puro auto-ostracismo y permanecer encerrado en su habitación por el resto de la eternidad. Afuera, la fiesta siguió como de costumbre, hasta que todos murieron asfixiados por los excesos del alcohol y demás menesteres.


Eventualmente Rivera tuvo que salir de su exilio para limpiar los restos.

Luego volvió a dormir.

B.K.

miércoles, 7 de junio de 2017

5.- VERSUS

El juego era tan simple como macabro. Consistía en abandonar primero, sin embargo presuponía un inmenso coraje que hasta entonces era incapaz siquiera de alquilar y me quemaba las manos. Ella, sin embargo, estaba armada hasta los dientes con una justicia por mano propia que sometía al más mínimo de mis actos; y una paciencia como de estatua viva que acalambraba a voluntad sus sentimientos y la convertía en una máquina autómata.

Fue por eso que ganó aquella tarde. Nos dijimos adiós a la vez, sin embargo mis palabras tardaron meses e incluso años en cobrar sentido. Entonces calaron en lo más profundo de mis huesos y me di cuenta que estaba vacío como un globo lleno de nada.

Sentí brotar toda la porquería que había estado acumulando dentro de mí por años que ahora parecían siglos como si fuera una cloaca atascada. Un manantial de desperdicios que rebalsaba a borbotones por cada uno de mis poros. Me sentí sucio, inferior. Me sentí en parte el problema.

Retrocedí sobre mis pasos minuciosamente intentando encontrar el error, la mínima grieta en aquel plan que hasta el momento era perfecto, que había ocasionado la eclosión. Por qué lastimamos lo que queremos y nos arrepentimos al perderlo. Por qué las personas son tan cercanas a los animales, instintivos, y sin embargo se creen superiores. Somos a fin de cuentas la misma cosa pero con la capacidad de refregarnos unos a otro lo superiores que nos creemos.

Aquella noche, cuando la cerveza ya había hecho de las suyas para eliminar aunque fuera por un instante, un breve paréntesis de horas, el vacío que me carcomía las entrañas, entendí que quizás el error había estado justamente ahí. En no haber hecho nada, ni bueno ni malo, durante todo el último tiempo que estuvimos jugando a querernos.

Malgasté lo que me quedaba de dinero en más alcohol, como tratando de tapar una represa con una carilina, hasta olvidarme de mi nombre. Sin embargo aún no podía borrar aquella mancha en las paredes dentro mio. Recordaba las palabras resonando como tambores que cada vez se hacían más y más intensos.

Comprendí que ya no habría más canciones por escuchar, más vacaciones por planear, ni más libros que leer. Por lo menos en ese universo en el que me había sumergido y malacostumbrado. Si, quizás habría más canciones, vacaciones y libros pero con otra, u otras mujeres a lo largo de mi vida. Pero jamás volvería a aquellos puntos específicos del destino que por un infame error había decidido saltear.

Retumbaban ahora como si fuera mi propia conciencia, con la fuerza de mil planetas chocando entre si, las palabras que me dijo antes de cerrar la puerta de mi cuarto y despedirse de mi vida y mis miserias para siempre. Comprendí que había ganado el juego, mucho antes de que le pidiera la última revancha aquella noche:

“No sabés estar solo”
B.K.

martes, 6 de junio de 2017

4.- EL ESPEJO DE ADAN Y EVA


Zen y Kyat eran los últimos humanos sobre la faz de la tierra. Mientras él había salido del precario refugio en el que vivían en busca de alguna presa, ya que la comida como tal no abundaba precisamente por ese entonces; ella recababa información en la inmensa biblioteca que habían ido construyendo con ejemplares de obras cumbres, pertenecientes a cualquier género y subgénero literario alrededor del mundo. Al ser los únicos seres pensantes sobre el globo no reparaban en cuestionamientos morales o éticos a la hora de apropiarse y hacer uso de lo ajeno.

Las teorías arrojadas por las culturas más antiguas de la tierra se habían alineado con el despreocupado avance tecnológico y la desidia del nuevo mundo. Pareciera como si años e incluso siglos de ciencia avanzada y desdoblamientos teóricos del ovillo del conocimiento hubieran sido lerdos. Los mayas los estaban esperando a la vuelta de la esquina, mirando el reloj con una disimulada impaciencia. Sin embargo Kyat no daría jamás el brazo a torcer.
Ya de chica había sido una ávida lectora y curioseaba cuanto postulado científico se cruzara por sus narices.

Había investigado sobre teoría de cuerdas, sobre relatividad, campos magnéticos y un sinfín de cosas sumamente importantes que en ese preciso momento eran insignificantes hasta el punto de perecer en el olvido de la humanidad. Lo que había escapado a su curiosidad y a la del mundo en si era algo mucho más genuino y aparentemente nimio. La sociedad se auto-fagocitó como mecanismo de defensa contra sí misma. El hombre finalmente se convirtió en lobo del hombre, y en uno que distaba años luz de los cuentos infantiles. Ya no había ningún chiste que contar, ya no había de que reir.

Cuando un cansado Zen volvió al refugio con malas noticias, ya que era inútil pretender conseguir algo más que morder en ese páramo en el que se había convertido la ciudad de Manhattan, Kyat rompió en llanto. Primero comenzó a temblar con un profundo sentimiento de impotencia que lentamente fue convirtiéndose en rabia. Finalmente una irrefrenable cólera se apoderó de todo su ser. Su único anhelo era revertir los errores de milenios de antepasados. Comenzó a gritarle a su compañero con un enojo que pareciera contener el de generaciones enteras. Su grito se escuchó posiblemente por todo el globo, pero lamentablemente ya no había nadie para comprobarlo. Zen, que jamás había dejado que nada ni nadie lo amedrentara, redobló la apuesta volviendo más eufórica la discusión.

Pelearon por horas e incluso días con un profundo e irreparable odio, ya no había noción del tiempo. Todos los relojes de todas las casas, en todas partes del mundo se habían detenido hacía tiempo. Algo en ellos se había cortado definitivamente y ya no había vuelta atrás. Los únicos dos seres que quedaban sobre la faz de la tierra se habían convertido cada uno en el único ser que quedaba sobre la faz de la tierra y aquello era más aterrador aún que cualquier guerra pasada o cualquier arma inventada jamás. Comprendieron entonces por qué estaban donde estaban. Comprendieron por que ya no habría jamás humanidad y se sintieron ínfimos a medida que se alejaban el uno del otro.

B.K.


Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...