Durante toda su vida Teo Smith estuvo obsesionado con la arqueología y el conocimiento profundo de las civilizaciones que presidieron a la suya. Aquello trascendía los estudios, haciendo que de joven guardara un profundo respeto por sus mayores, especialmente por sus abuelos paternos y de ellos guardaba un particular aprecio por su abuelo Milo. Este había investigado hasta el cansancio una civilización perdida en África y era para el pequeño Teo una figura heroica. Sin embargo tras su muerte dejó un legado incompleto con millones de datos certeros que conformaban un rompecabezas, al que le faltaban solamente un par de piezas para lograr llegar a aquella cultura perdida.
Por esta razón desde siempre Teo había seguido el legado de su abuelo y a sus 68 años estaba a punto de lograr completar el acertijo. Había precisado en base a la cartografía y las bitácoras de Milo, las cuales estudiaba con rigurosa profundidad noche tras noche, el lugar exacto del hallazgo.
Decidió aquel caluroso Enero emprender la travesía, con la inevitable y tozuda Claire, su nieta. La joven había seguido con orgullo y reverencia la carrera de sus generaciones anteriores y guardaba el mismo respeto por sus mayores que Teo, por eso se llevaban tan bien.
Claire era una joven de veinticinco años, morocha de ojos azules que enamoraba todo lo que pasaba a su lado. Era por este motivo, y porque su padre había muerto cuando ella era muy pequeña, que Teo guardaba un profundo recelo para con su pequeña nieta. Solían reírse en cualquier reunión sobre la absurda forma que tenía su abuelo de ahuyentar a cualquier pretendiente que osara cortejarla. Frente a la mirada externa, guardaban una relación simbiótica y de secretos guardados como si fueran una sola persona.
El viaje a África duraría poco más de una semana, el tiempo necesario para encontrar aquella civilización y estudiarla como para recopilar los datos más básicos y observar sus comportamientos y costumbres. También sería el tiempo prudente para que Claire pudiera retomar sus estudios sin perder el hilo de su ciclo universitario. Teo se había encargado de precisar con una admirable exactitud la locación exacta donde se encontraba aquel tesoro de la cultura, por lo que la búsqueda no sería un obstáculo ni dilataría el viaje. Parecía un plan perfecto, como todo lo que hacían juntos. Ambos estaban sumamente emocionados por emprender esta nueva aventura y suponían que nadie más que ellos comprendería aquella euforia compartida.
No tardaron mucho en hallar la tribu, a pesar de que esta se encontraba oculta en una inmensa caverna del tamaño de aproximadamente una hectárea. Advirtieron la entrada de esta gracias a los cálculos realizados por Milo y Teo durante años de investigación. Sin embargo todo estaba sumamente oscuro, lo que dificultaba el avance a través de aquel húmedo e inhóspito lugar. Trataban ambos de agudizar la vista entrecerrando los ojos, para acostumbrarse a aquella penumbra que escapaba a la imaginación humana. Pareciera como si la oscuridad se apoderara por completo de los intrusos, anulando su vista y alterando el resto de sus sentidos.
Intentaron abrirse paso por el intrincado y reducido ingreso de la caverna. A medida que se alejaban la escasa luz que iluminaba el resto del mundo conocido se iba difuminando hasta quedar en el olvido. Inmediatamente, abuelo y nieta sintieron en lo más profundo de sus almas un sentimiento de tristeza y desolación agobiantes. Era como si en lo más profundo de sus seres algo estuviera marchitándose por el exceso de oscuridad y la falta total de luz. Sin embargo, Teo ya había sido advertido en los escritos de Milo acerca de esto y estaba preparado para lo peor. Pero Claire, que desconocía aquella situación, comenzó a llorar desconsoladamente y sus gemidos de tristeza retumbaron como ecos de agonía por las paredes de aquel horrendo lugar. A pesar de el esfuerzo que el explorador hiciera por consolar a su nieta, por más que le recordara un sinfín de anécdotas y momentos graciosos y de plena felicidad, la joven estaba inalcanzable. Sobrevolaba como de fiebre un cielo oscuro y derruido. Su temperatura comenzaba a aumentar y su rostro se había empapado instantáneamente, como cuando aquellas noches de infancia en las que tenía fiebre su abuelo debía ponerle un paño húmedo en la frente para calmar aquella pequeña agonía.
El evocar aquel recuerdo, en apariencia triste pero sin embargo reconfortante y sincero como las más profundas soledades que a veces son necesarias, fue lo que la salvó del olvido y el desamparo. Retomó la conciencia y al sentirse de nuevo en sí trató de recordar momentos de regocijo y alegría. Vinieron a su mente juegos compartidos con Teo como si fueran las únicas dos personas en el mundo, carcajadas que se replicaron ahora sí en el mundo tangible y real de aquella cueva y no tardaron en contagiar al anciano arqueólogo. Las carcajadas retumbaron aún más ferozmente por los límites de aquel extraño mundo subterráneo. La apacible naturaleza de aquel lugar se profanó por completo, pareciera como si algún engranaje de aquella misteriosa maquinaria natural se hubiera desprendido y todo se hubiera transformado en un caos irreparable e imposible. Cuando se dieron cuenta de esto, sintieron una profunda mezcla de respeto y miedo, que les hizo dejar de reir como acto reflejo instantáneo.
Decidieron adentrarse aún más dentro de aquella realidad alternativa e imposible. A medida que avanzaban los ruidos característicos de cualquier tipo de cueva similar como las goteras y el caer de diminutas piedras se había convertido paulatinamente en algo mil veces más humano.
Consiguieron distinguir, una vez que sus vistas se habían acostumbrado a aquella oscuridad, un sinfín de siluetas que iban y venían a lo largo de los distintos precipicios y abismos que se erguían sobre sus cabezas. Comprendieron recién entonces que habían llegado, aquella era la famosa civilización que tanto habían esperado Teo y su abuelo y cuya pasión habían encendido la llama de la curiosidad en Claire desde que era pequeña.
Teo recordó que traía una linterna en el bolsillo derecho de su mochila de viaje, sin embargo hasta aquel momento no había reparado en sacarla por respeto a la situación. Pero la admiración y la euforia habían ganado en un arrebato de imprudencia el corazón de Teo, que ahora se sentía más rejuvenecido que nunca. Sacó la pequeña lumbre e iluminó por primera vez desde nunca aquel reino del olvido. Instantáneamente todos los habitantes que allí se encontraban ocultaron sus rostros tras sus brazos. Sus pieles eran completamente pálidas y sus cabezas estaban cubiertas por un tupido y enmarañado pelo que llegaba hasta el piso. Teo advirtió dos cosas que lo asombraron más que nada en el mundo. Algunos de los habitantes se encontraban en su hora de almuerzo, succionando el musgo de las paredes de aquel lugar. Otros gateaban sin rumbo fijo al haber trastabillado con un cadáver que sabe Dios desde cuando estaría inmóvil en el mismo lugar.
Teo comenzó a dudar sobre la conciencia que tendrían aquellos seres de que no estaban solos, de que aquello era una comunidad a pesar de que no se reconociera como tal. Luego se cuestionó si aquellos hombres tendrían un idioma con el cual comunicarse, ya que aparentemente jamás había sido necesario.
Sin embargo, comprendió el grave error cuando en cadena y como una reacción reflejo comenzaron todos a llorar por primera vez en sus vidas de una manera desconsolada y desgarradora. Una vez que lograron adaptar medianamente su visión al nuevo mundo que se abría ante sus ojos, se miraron despistados los unos a los otros reconociéndose. Seguidamente se separaron en grupos diferenciando y apartando a los ancianos y aquellos que se hallaban más demacrados. Como por instinto los más aptos encararon para la salida de la cueva en busca de nuevas aventuras y animales para cazar. Se sentían invencibles, omnipotentes. Por otro lado, apabullados quedaron los rezagados de aquella sociedad, apartados del mundo justo y feliz como pasa siempre. Teo y Claire comprendieron que habían creado la discriminación, el orgullo, el prejuicio y la superficialidad. Jugaron a ser Dios y se equivocaron. Entendieron que habían matado en cierta forma a un gran número de personas. Compungidos y asqueados de si mismos salieron de la cueva para no volver nunca.
B.K.