martes, 5 de diciembre de 2017

24.- ENCUENTRO CERCANO DE NINGÚN TIPO

Desde hacía unas semanas, el ambiente en las profundidades de la central de Houston había sido alterado por el comportamiento de la cúpula de investigación. Los informes del Centro Kennedy en Cabo Cañaveral habían resultado satisfactorios meses atrás y por fin había llegado el día. Finalmente habría llegado el último de los tres satélites a su destino, justo a tiempo para la fecha de transmisión. Después de tanto tiempo podrían tener contacto con las primeras tres civilizaciones que habían logrado decodificar a distancia.

El Coronel John Callaghan, primero al mando en investigación espacial dentro de las instalaciones de Houston, había acordado una cena de festejo con su mujer, su hija y una familia amiga. Habían estado preparando aquella velada con aproximadamente un mes de antelación. La comida y la bebida estaban listas para ser disfrutadas aquella noche. La decoración en la casa anfitriona ya se encontraba dispuesta desde hacía un par de días. Lo único que faltaba para aquel momento eran las presencias físicas.

La primera civilización por proximidad se encontraba en una de las lunas de Saturno, más precisamente en Titán, el mayor de sus satélites. Los titanes, como habían sido bautizados los habitantes de aquel cuerpo, eran el caballo ganador a la hora de hacer apuestas. Todas las fichas estaban depositadas en aquel primer contacto. Según estudios, las características físicas de ese lugar propiciaban el avance genético para lograr contactar con una civilización emparentada a la nuestra.
En la base de investigación del núcleo húmedo de Titán, donde se encontraba la Ciudad Capital, los Akardeanos (verdadero gentilicio de los Titanes), intentaban resolver un desperfecto técnico en el acelerador de partículas que les facilitaría el viaje interdimencional. Atrás había quedado aquel satélite y la emoción pueril que habían sentido durante los primeros eclocios (medición ajena a nuestro sistema de horas y días) por contactar con nosotros.
Al llegar a su casa, Callaghan se sacó los zapatos haciendo un ruido ensordecedor contra una de las paredes del hall. Envuelto en furia se dirigió a la cocina para agarrar una cerveza fría de la heladera. Su mujer apareció advirtiendo en su mirada el fracaso de la misión en la que tantas esperanzas habían depositado durante meses. Luego de discutir unos minutos acerca de la continuidad de la velada de aquella noche, el cabo subió a la habitación para intentar dormir.

La segunda civilización con la que tuvo contacto el satélite se encontraba en Ganimedes, la mayor luna de Júpiter. Habitat inhóspito y helado en el que vivía la colonia de los Znatat, unos seres abominablemente grandes, de pieles húmedas y resbalosas y apariencia aterradora. Su capacidad de soportar el frio les había permitido trascender durante milenios. Sin embargo, el desarrollo de sus capacidades físicas había mermado sus habilidades intelectuales. Luego de la caída del satélite, utilizaron el artefacto como un objeto de culto, venerándolo durante meses.

La base de Texas había detectado ciertos movimientos hostiles en el satélite Vollage 2, destinado a Ganimedes, pero los habían pasado por alto. Sin embargo, el día del esperado contacto algo sucedió. La titilante luz roja de la consola, que correspondía al transmisor de esta luna, había dejado de parpadear. Los Znatats habían enterrado kilómetros bajo tierra el objeto a modo de culto religioso.
Una vez que Susan Callaghan pudo aplacar la resignación que le había causado la discusión con su pareja, quiso agarrar el auto de su marido para ir junto con su hija pequeña a la cena en casa de los Dunhill. Sin embargo, al buscar entre el manojo de llaves que siempre descansaba en la mesa de entrada del hall, no encontró las del auto de su esposo. Ignoró por completo que estas estaban en el pantalón de John, que dormía vestido en su habitación. Resignada se echó a llorar en el sillón del living con una botella de whiskey hasta quedarse profundamente dormida.

El vollage 3 tenía todas las de perder. De hecho se había enviado luego de la fiesta de fin de año de la estación, en un juego de ebrios por ver quién tenía mas poder sobre las consolas. Era un prototipo de pruebas que había sido anulado la tarde anterior pero que tenía en regla cada mínimo mecanismo para su accionar. El destino fue un planeta exogaláctico, ubicado en la corriente de Helmi, un grupo de estrellas que originalmente pertenecieron a una galaxia enana que fue devorada por nuestra galaxia, la Vía Láctea, en un acto de canibalismo galáctico que ocurrió hace unos nueve mil millones de años atrás.

Los habitantes, si es que puede llamárseles habitantes, del recorrido Helminiano, eran unas especies de amebas amorfas que saltaban aleatoriamente entre estrellas, así como a través de dimensiones, como si todo fuera parte de un mismo papel blanco y plano. Carecían de información genética y prescindían de cualquier tipo de inteligencia racional. Solo permanecían y trascendían. Ni se alimentaban, ni se cuestionaban, ni se enriquecían, ni se suicidaban. Simplemente vivían.

Collie Callaghan tenía apenas cuatro años cuando agarró el teléfono celular de su madre y marcó a Dora Dunhill para advertirle con monosílabos que su familia no se haría presente aquella noche en la reunión. Dora entendió las frases cortas de la niña y la tranquilizó.

Luego, la pequeña Collie se puso a jugar con sus muñecas.

B.K.

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