sábado, 10 de junio de 2017

8.- LIMBO


Ambos estaban esperando su turno con una paciencia ancestral, sin embargo todo tiene un límite y el humor se les estaba comenzando a acabar. Podían sentir la asfixia de ese lugar reducido que hasta hacía unos minutos era un paraíso. Era el tiempo exacto, había llegado el fin.

A pesar de que la piel de los dos se encontraba totalmente cubierta de sangre, se sentían rejuvenecidos. Suaves, como de algodón, parecía que flotaban.

Se habían jurado hermanos de otras vidas y el destino, tan azaroso como preciso los había juntado entre un sinfín de personas a ellos dos en ese preciso momento. Desgraciadamente no habían podido conversar mucho, a pesar de que el tiempo que habían compartido era bastante. Sin embargo pareciera como si se conocieran desde siempre, percibían sus gestos, sus miradas, sus más precisos y minúsculos movimientos.

Aquel lugar que al principio había sido todo vorágine vertiginosa, ahora reposaba en calma como un mar sereno después de una tormenta. El cielo aún estaba negro y resultaba extremadamente difícil ver, pero ellos no lo necesitaban. De hecho apenas usaban el tacto para percibir su circunstancia compartida.

Pensaban sin palabras, como realmente se piensa cuando es sincero. Ya no hacía falta lenguaje alguno, por lo menos por el momento.

Comenzaban ambos a percibir un clima tenso, primero una especie de terremoto los sacudió de la apacible estabilidad que significaba para ellos la cotidianeidad. Luego, escucharon ruidos como de voces proviniendo de quién sabe dónde, más allá del espectro sonoro local, el cual era casi nulo. Varias veces antes habían experimentado situaciones análogas, sin embargo solían ser mil veces más tranquilas y monótonas las vibraciones que llegaban a ellos. Finalmente volvió la calma y pudieron volver a reposar en la tranquilidad de los que se saben puros y sin culpas.

Ese mismo día, en la hora precisa del fin, Martín fue el primero en abandonar. Se les abrió un cielo incandescente sobre ellos y vieron la luz. Inmediatamente no pudieron percibir nada más, sus pupilas estaban encandiladas por la falta de costumbre durante ese último tiempo.

Cuando Martín salió del rango visual de Matías, ambos por primera vez se sintieron genuinamente solos. Sin embargo Matías era más valiente, por lo que no lloró como su compañero. Afuera los murmullos se hicieron más legibles. Se percibía desde adentro un clima mas ameno instantáneamente después del llanto de Martín.



Al salir Matías pudo escuchar, ya con una nitidez total, la frase que marcaría el comienzo de su vida:

- “Felicitaciones. Son mellizos.”


B.K.

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