Ambos estaban esperando su turno
con una paciencia ancestral, sin embargo todo tiene un límite y el humor se les
estaba comenzando a acabar. Podían sentir la asfixia de ese lugar reducido que
hasta hacía unos minutos era un paraíso. Era el tiempo exacto, había llegado el
fin.
A pesar de que la piel de los dos
se encontraba totalmente cubierta de sangre, se sentían rejuvenecidos. Suaves,
como de algodón, parecía que flotaban.
Se habían jurado hermanos de
otras vidas y el destino, tan azaroso como preciso los había juntado entre un
sinfín de personas a ellos dos en ese preciso momento. Desgraciadamente no
habían podido conversar mucho, a pesar de que el tiempo que habían compartido
era bastante. Sin embargo pareciera como si se conocieran desde siempre,
percibían sus gestos, sus miradas, sus más precisos y minúsculos movimientos.
Aquel lugar que al principio
había sido todo vorágine vertiginosa, ahora reposaba en calma como un mar
sereno después de una tormenta. El cielo aún estaba negro y resultaba
extremadamente difícil ver, pero ellos no lo necesitaban. De hecho apenas
usaban el tacto para percibir su circunstancia compartida.
Pensaban sin palabras, como
realmente se piensa cuando es sincero. Ya no hacía falta lenguaje alguno, por
lo menos por el momento.
Comenzaban ambos a percibir un
clima tenso, primero una especie de terremoto los sacudió de la apacible
estabilidad que significaba para ellos la cotidianeidad. Luego, escucharon
ruidos como de voces proviniendo de quién sabe dónde, más allá del espectro
sonoro local, el cual era casi nulo. Varias veces antes habían experimentado
situaciones análogas, sin embargo solían ser mil veces más tranquilas y
monótonas las vibraciones que llegaban a ellos. Finalmente volvió la calma y
pudieron volver a reposar en la tranquilidad de los que se saben puros y sin
culpas.
Ese mismo día, en la hora precisa
del fin, Martín fue el primero en abandonar. Se les abrió un cielo
incandescente sobre ellos y vieron la luz. Inmediatamente no pudieron percibir
nada más, sus pupilas estaban encandiladas por la falta de costumbre durante ese
último tiempo.
Cuando Martín salió del rango
visual de Matías, ambos por primera vez se sintieron genuinamente solos. Sin
embargo Matías era más valiente, por lo que no lloró como su compañero. Afuera
los murmullos se hicieron más legibles. Se percibía desde adentro un clima mas
ameno instantáneamente después del llanto de Martín.
Al salir Matías pudo escuchar, ya
con una nitidez total, la frase que marcaría el comienzo de su vida:
- “Felicitaciones. Son mellizos.”
B.K.
- “Felicitaciones. Son mellizos.”
B.K.
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