jueves, 15 de junio de 2017

11.- RINCÓN DE OLVIDO


Juraron encontrarse en la esquina de Cabildo y Juramento a las cuatro de la tarde de aquel lunes. Él estaba más nervioso que nunca en su vida, esperando parado en la entrada del Mc Donalds. Se había puesto su mejor saco y planchado el pantalón más elegante que tenía. Consultaba el reloj cada dos segundos preso en la interminable condena del tiempo y los arrebatos del destino.

Se conocieron aquella mañana en la Plaza Las Heras, paseando ambos como todas las mañanas de sus últimos años que no los había encontrado juntos hasta entonces. Sin embargo quebraron aquel momento, ella debía seguir con algunos trámites y él había quedado en encontrarse a almorzar con un amigo de toda la vida.

Juan siempre se había caracterizado por una tenaz puntualidad y aquel día no podía ser la excepción. Luego de los primeros quince minutos de espera empezó a sentir una cosa en el estómago que lo estrangulaba por dentro.

A la media hora, la angustia ya había gobernado su mente y únicamente pensaba en el letargo de aquel encuentro, en la posibilidad de que los caminos que se cruzaron aquella mañana jamás retomaran baldosas en común, ni mañanas de risas.

Jamás en su vida Juan había sentido tanta desolación y desesperación juntas. Las lágrimas querían brotar como de una represa dentro de sus ojos y dejarlo escurrirse eternamente en una masa amorfa sin sentir. Los hombros le pesaban, su boca se había resecado y la respiración se había acelerado como si corriera una carrera contra la vida y la esperanza.

Pasó la primer hora, se despertó la desconfianza y el enojo comenzó a brotarle por los poros. Mónica, qué hija de puta. Gritó de rabia contra monstruos invisibles que no tenían la culpa de nada y abandonó aquella esquina con una furia incontenible, jurándose para si mismo nunca más volver a darle una oportunidad al amor. A sus ochenta y cinco años aquel había sido probablemente su último tren y no había pasado por su estación.

Se resignó a pasar el resto de su vida solo, en su departamento de Las Heras y Pueyrredón. Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Mónica intentaba recordar qué cosas había ido a comprar al supermercado. Desde hacía unas semanas su memoria había dejado de ser la misma.

B.K.

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