domingo, 18 de junio de 2017

13.- CON EL DIARIO DEL LUNES

Cuando Sebastián dio el primer sorbo del mismo café monótono e insípido de siempre aquel día, jamás se imaginó que el destino iba a knockearlo sin dar aviso. Al salir de su edificio, en un rincón del palier, encontró un libro desgarbado y de aspecto muy extraño. Parecía una libreta sumamente antigua, tanto la tapa como la contratapa estaban descascaradas. Las hojas a punto de convertirse en polvo, amarillentas y sucias. Desprendían un fétido olor que recordaba a mil cosas, sin embargo no se podían llegar a precisar con exactitud.

Comenzó a recorrer una a una las delicadas páginas de aquel extraño documento con una cautela y respeto propios de un cirujano. Las palabras que allí se leían estaban plasmadas en el papel con una delicadeza admirable y a su vez generaban un escozor en la espalda al leerlas. Pareciera como si hubieran sido escritas por el asesino más macabro del planeta. Lo que no se imaginaba aquel hombre era que el dueño de aquellos párrafos sería mucho peor que eso.

Cada una de las hojas contenía una cruel sentencia, con lujo de detalle, y al final de ellas una firma que rezaba: Mortimer. Los escalofríos en la espalda de Sebastián se intensificaban cada vez más a medida que su mirada iba recorriendo cada palabra de aquellas macabras oraciones. A pesar de su simpleza y contundencia en cuanto a redacción, cada oración parecía un maleficio demoníaco.
Antes de comenzar cada sentencia Mortimer se había encargado de separarlas, hoja en blanco de por medio. Había puesto además señaladores con los nombres y apellidos de las víctimas. Al comenzar cada sentencia había una breve descripción de los actos en vida de cada personaje. Entre aquel catálogo tan particular se encontraban nombres de asesinos célebres, torturadores e incluso políticos de todo el mundo. Sebastián comenzó a temer cada vez más, porque se percató de que el propietario de aquella agenda mortal no era un bebé de pecho.

Revisando las páginas algunos nombres le comenzaron a hacer ruido, eran parientes lejanos. Tatarabuelos, bisabuelos e incluso pudo llegar a leer el nombre de su abuela materna. Sintió pavor ante tal revelación y el diabólico objeto resbaló de sus manos y cayó al piso. Comenzaba a alterarse, ya no por la finalidad de aquel cuaderno, sino porque su abuela materna había muerto hacía apenas unos días en la tranquilidad de su hogar, profundamente dormida. Por curiosidad comenzó a leer la información que en aquellas hojas se detallaba y encontró que varias situaciones de su vida estaban milimétricamente detalladas a la perfección. También encontró detalles de la infancia de su madre que el mismo desconocía.

Temía dar vuelta la hoja, ya que ésta develaría el posible –y cada vez más preciso- final de sus padres. Sin embargo, la curiosidad mató –justamente- al gato y no tardó en quebrar su propia voluntad en busca de más información, detalles más minuciosos y escabrosos del futuro de sus seres amados. Al advertir sus inevitables destinos comenzó a llorar desconsoladamente.

Acto seguido apareció detrás de él un hombre delgado, de aspecto muy refinado y pelo completamente blanco. Tenía barba y bigotes prolijamente recortados que recordaban a un mosquetero y estaba vestido con las mejores marcas del mundo. Sebastián se sobresaltó al advertir su presencia tras de sí.

- “Buenos días, estimado. Mi nombre es Mortimer, creo que encontró mi agenda personal…” – Se presentó aquel sujeto inquietante con una voz profunda y gutural.

Sebastián temblaba como nunca en su vida, extendió su mano con el cuaderno casi sin pulso y se lo entregó a Mortimer completamente pálido. El hombre sonrió con una mueca tan macabra como irónica y con un refinado movimiento sacó del bolsillo de su saco unos anteojos de lectura redondeados. Se los puso y comenzó a ojear página tras página con delicadeza y sin apuros.
Pasados unos segundos, el extraño levantó la mirada como habiendo olvidado la presencia del joven y sonrió de nuevo.

- “¿Cuánto leíste de esto, pibe?“ – Preguntó en un tono extrañamente amistoso.

- “No… no… no-mucho” – Respondió el joven al borde del colapso.

- “¿Te interesaría conocer tu destino? Estaba justo después de la página que habías terminando de leer… y como fuiste tan prudente, te lo ganaste…” – Lo apremió Mortimer.

- “No, no gra-gracias… prefiero sorprenderme” – Los ojos del joven estaban completamente húmedos.

- “Sos más valiente de lo que pensaba” – Respondió el extraño hombre.

Mortimer le dio un abrazo a Sebastián que caló hasta lo más profundo de sus huesos, sentía como si todo su cuerpo se quemara y a la vez, un profundo frio que le recorría la boca del estómago y le subía por la traquea como si se le escapara el alma.

Ambos caminaron perdiéndose en la niebla hacia quién sabe donde, para siempre.

B.K.

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