lunes, 13 de abril de 2020

30.- Dicen los vecinos.

 Cuando el encargado del edificio subió las escaleras de emergencia para comenzar el aseo diario de los núcleos, se llevó una sorpresa que jamás olvidaría en su vida. El cadáver de Gabriel Acosta, propietario del segundo “A” y jefe de consorcio desde hacía diez años, yacía sobre el rellano de la escalera cubierto de sangre. Alarmado, salió hacia el acceso de seguridad del tercer piso en busca de algún oído que pudiera escuchar su testimonio a modo de descargo.

La segunda persona en ver el cadáver fue Mari, la señora del tercero “C” que vivía únicamente en compañía de tres gatos. Cuando el encargado llamó a su puerta la señora abrió con cierto recelo y temor. Sin quitar el seguro, asomó su ojo derecho por la rendija de la puerta preguntando quién era.
- Mari, disculpe las molestias. Le habla el encargado, hay un temita… Necesito que salga un segundito.
// Dicen los vecinos que no saben quién fue, la señora Mari asegura que el encargado avisó de lo ocurrido a las seis de la mañana. Fueron a ver el cadáver y minutos más tarde apareció Claudia, una chica que vive con una amiga en el quinto "B". //
Bajando con un equipo deportivo y auriculares por las escaleras de servicio, apareció Claudia. Todas las mañanas salía a correr a la plaza de enfrente antes de ir a la facultad. Debido a sus horarios y a la poca relación que tenía con sus vecinos, poco sabían Mari y el encargado de ella.
Miró horrorizada el cadáver que yacía enfrente de ella, obstruyéndole el paso y soltó un grito ahogado mientras sus ojos comenzaban a humedecerse. Comenzó a temblar incontrolablemente hasta que Mari le pegó un grito seco:
- Nena... ¡Nena! ¿Vos sos la chiquita del quinto "C", no? ¿Estabas estudiando medicina, verdad? - preguntó la vieja con un tono seco y apagado.
- Bueno... Recién estoy empezando las prácticas...- respondió la joven intentando evadir el tema.
- Suficiente entonces... Tomale el pulso a ver si está vivo. Vení, vení...
Claudia se acercó al cadáver aún con el estómago revuelto y le tomó la muñeca derecha por unos segundos hasta dar la inevitable y previsible sentencia final.
// Luego, según aclara Claudia, entró Horacio el dueño del cuarto "D". Un hombre robusto, de aspecto escandinavo. Comentan que por las noches es común oírlo golpear un saco de boxeo. El encargado declaró también que recuerda haber ido a dejar unas boletas a su unidad y haber visto sobre una mesilla al costado de la puerta un revólver 38' descargado. //
Horacio irrumpió en la escena desconsolado, llorando desgarradamente y se arrodilló junto al cuerpo sin vida de Gabriel. Mari, Claudia y el encargado lo miraban extrañados. Él levantó la vista y aún con la voz agitada confesó:
- Lo amaba... Nos amábamos... Me prometió que la dejaría. Esa hija de puta lo debe haber matado. Estoy seguro. Seguro...
// Horacio declara con seguridad que la culpable fue Dora, esposa y copropietaria del departamento del difunto. Dos hijos, ambos se encontraban camino al colegio a la hora del crimen.//
Dora apareció con lentes negros en la escena y miró con una extraña paz el cadáver de su marido. Esquivó el cuerpo con gracia y docilidad y se detuvo detrás de los presentes con una mirada de repulsión difícil de ocultar.
- ¡Hija de puta, fuiste vos! - la increpó Horacio.- Lo tenías todo pensado y ahora tenés el descaro de bajar con lentes como la viuda desgraciada...
- No saben el sol que hace afuera...- replicó monótona Dora.- Horacio no caigo aún, bajar y encontrarme con ésto... Creeme que me duele más a mí que a vos...
// Dora alega haber comenzado una relación extra matrimonial con Justo, propietario del sexto "E". Sostiene que ambos comenzaron su relación luego de que ella se enterara de lo de Horacio. Sin embargo jura no saber quién puede haber cometido el crimen.//
Justo salió del ascensor con un jersey atado al cuello, lentes oscuros y una pulcritud envidiable. Se sorprendió al encontrar tanta gente, pero incitó a Dora a abandonar la escena:
- Bueno, veo que hay una reunión de consorcio y nadie me notificó.- soltó con una risa irónica que se transformó en una mueca de desagrado al ver el cadáver.- Dora, vamos que llegamos tarde al golf querida... Voy a vomitar...
// La policía llegó inmediatamente después, reuniendo en el hall de planta baja a los seis testigos indirectos. Se les tomó declaración por separado y ninguno pudo dar un cabo suelto del cual tirar. Dicen los vecinos que ninguno fue, pero tampoco saben a quién culpar...
- ¿Qué es esto, Galotti? ¿Fuenteovejuna? ¡Quiero un culpable y lo quiero ya, me cago en todos sus muertos!
- La causa estaba por cerrarse caratulada como suicidio... si quiere la reabrimos...
Luis llevaba diez años como encargado de aquel edificio sobre Scalabrini Ortiz, sin embargo nunca había presenciado un episodio igual. Volvió a su pequeña unidad de planta baja tras despedir a los forenses que se llevaron el cuerpo y limpiar la sangre del pasillo. Luego de tomar una ducha se dispuso lentamente y con sumo cuidado a limpiar con un trapito húmedo la sangre del cuchillo, mientras miraba con nostalgia la foto de Horacio.

sábado, 11 de abril de 2020

29.- El otro lado del tapiz.

 Llegó una calurosa mañana un comerciante foráneo al mercado de Agrabbah. El extraño hombre traía consigo alforjas, vasijas y guijarros repletos de piedras preciosas, néctares medicinales para cualquier tipo de dolencia o enfermedad y hiervas de todas las especies. El extranjero traía también consigo un enorme tapiz al lomo de su camello, cuidadosamente envuelto en telas gruesas que impedían ver su diseño.

La gente del pueblo y los comerciantes del lugar fueron agolpándose en torno al extraño visitante, a medida que este iba ubicando cada una de sus mercancías estratégicamente en un mostrador vacío. Ordenó las alforjas, colgándolas meticulosamente en la cara frontal de la estructura, colgando de los travesaños de la lona que cubría la tienda. Luego, dispuso las vasijas y guijarros en la parte inferior del puesto, de cara al público. Una vez estuvo todo el puesto repleto de sus productos, celosamente volteó de espaldas al público y desplegó el tapiz, ocultando su contenido.
La excéntrica y afable personalidad del vendedor, generaba un automático deseo de comprar en los clientes. Se amontonaban unos sobre otros, sacándole los productos de las manos. Los ungüentos medicinales fueron los primeros en irse, seguidos por hiervas curativas y por último piedras preciosas. Sin embargo, había un ítem que por más que el vendedor se esmerase en ubicar, nadie compraba debido a su elevado costo.
- Este tapiz viene de Persia, es la pieza más bella del mundo. Confeccionada con los más finos hilos de Asia.- comunicaba a viva voz el vendedor.- Quien lo tenga, replicará en sí su belleza.
Repentinamente, uno tras otro fueron yéndose y volviendo con todo lo que poseían para adquirir aquel objeto. El comerciante realizó un remate improvisado, dando por ganador a un hombre que anotó la palabra fe en un papel.
- ¡Tenemos un ganador! - exclamó el comerciante.- Este hombre está dispuesto a cambiar su fe por este hermoso tapiz.
De detrás del puesto, una voz aguda y dulce comenzó a hablar. Algunos presentes se comenzaron a acercar y advirtieron la presencia de un niño con mirada tierna y sonrisa ingenua, que miraba fijamente el reverso del tapiz.
- No venda su fe, señor.- aconsejó el niño inocente.- ¿No ve que este tapiz no es el más bello, sino que detrás está repleto de nudos como todos los demás?

28.- Su verdadero rostro.

 El bullicio en las calles comenzaba a hacerse cada vez más estridente, pues se celebraría en el castillo real la boda de la princesa Lucía. La guardia del rey había empapelado la noche anterior cada recoveco de cada muro construido del reino, informando a todo el mundo acerca de la velada. Todos estaban invitados a compartir la ceremonia, en espíritu desde sus hogares.

A la mañana siguiente, en las principales plazas se congregarían las multitudes a oír los testimonios ficticios inventados por los juglares acerca del magno evento. Éstos recorrerían, canturreando a viva voz con sus liras, entre la gente ávida de noticias que no les incumbían.
La boda se celebraría al caer la tarde, con un banquete nupcial luego de la ceremonia y baile toda la noche. El protocolo acordado era una mascarada. Nadie que tuviera desnudo el rostro podría ingresar al palacio a compartir aquel grato momento.
Las había de todas las formas y colores. Algunas eran más llamativas que otras, con plumas, ornamentos de artificio, rozando el barroquismo más absurdo y ostentoso. Pero era una en particular la que destacaba del resto, por su composición armónica y la sutileza de sus trazos y facciones angelicales. Los detalles en oro no hacían más que resaltar los gestos estáticos, apenas interrumpidos por una abertura que dejaba entrever la boca desnuda, dotándolos de una divinidad sacra.
Benjamín era el último hijo de Ezequiel, uno de los más reconocidos herreros del pueblo. También era el juglar más aclamado por el vulgo. Todo mundo se congregaba a oír sus relatos, sin importar si éstos eran noticias verídicas o las más absurdas habladurías inventadas por el joven. Sin embargo, Benjamín tenía un defecto íntimo y dañino: su resentimiento.
Desde niño había soñado con recorrer los interiores del palacio, formar parte del círculo íntimo de los reyes, pertenecer. A medida que fue creciendo, el joven juglar fue sintiendo cada vez más vergüenza por el vulgar oficio de su padre, llegando incluso a negarlo en público.
La mañana de la ceremonia, Benjamín no pudo evitar advertir las manos rojas y entumesidas del hombre, por manejar los forjados durante toda la noche, cuando éste le entregó la máscara más espectacular y maravillosa que sus ojos jamás habían visto. En la cena había comentado que su deseo más profundo era el de infiltrarse en el palacio, para tener la primicia fresca a la mañana siguiente y Ezequiel no pudo traicionar su amor de padre al ver el deseo encendido en los ojos de su hijo.
Durante toda la noche, Benjamín fue el centro de atención. Los más prodijiosos cortesanos, adiestrados en armas y versados en letras, aprobaban con cortesía al muchacho. Las doncellas caían rendidas a sus pies, enamoradas todas. Incluso la princesa desvió una o dos veces la atención de los ojos de su príncipe, para dejarla volar como una golondrina al rostro ficticio de aquel extraño. Benjamín sintió por fín lo que tanto había anhelado, el sabor de la nobleza.
A la mañana siguiente, todo el pueblo se congregó en la plaza central y sus alrededores, parándose sobre carretas, cajones de fruta e incluso montando animales de carga, con tal de oír al joven trovador. Benjamín se presentó ante ellos aún con la máscara puesta, emulando a una divinidad. Su oratoria era espléndida, las palabras fluían de su boca, como el agua en un río de conocimiento del que todos los presentes querían paladear.
Pasó las semanas siguientes con el disfraz intacto, como incrustado para siempre sobre sus verdaderas facciones. El pueblo lo ovacionaba, vitores arrolladores se desataban a su paso. Las tiendas le ofrecían mercancía gratis y el negocio familiar tuvo las mayores ventas de su vida. Sin embargo, su padre entristeció cada vez más, hasta caer en una depresión abrumadora.
Con el correr de los meses, Ezequiel empeoraba cada vez más. Comía lo justo para subsistir y enmudecía durante jornadas enteras. Una noche, cuando Benjamín fue a visitarlo a su habitación, éste lo miró perplejo y le preguntó atónito quién era. El joven enmudeció. Aquella misma noche, su padre murió con esa pregunta en los labios.
Abrumado ante aquel episodio trágico, el joven enmascarado corrió al baño y se miró al espejo. A esas alturas el y la máscara eran uno. Se concebía con ella como un todo. Sin embargo, hizo un esfuerzo considerable y léntamente se la fue despegando del rostro. El tiempo de uso, los calores sofocados por contacto con el metal y la poca ventilación habían hecho de él y la pieza, carne y uña. Dió el último tirón, sintiendo un ardor incontenible. Luego, tras pensarselo dos veces, levantó la vista hacia el espejo.
Al ver aquel retrato sintió pavor. Un completo extraño lo observaba fijamente, con una mirada enajenada. Las facciones se habían contraido, otorgándole un aspecto demoníaco. El mismo pavor que sentía se reflejaba en el espejo, devolviéndole un espectáculo aterrador.
Entró en pánico, gritando a viva voz, clamando por auxilio. Se arañaba los pómulos como buscando escapar de aquella pesadilla inusitada, desterrar de su existencia su verdadero rostro. Golpeaba desesperádamente la puerta, hasta que sus puños se entumecieron de dolor y rabia.
Pasados unos minutos, la madre y la hermana de Benjamín llegaron en su ayuda. Desgraciadamente no pudieron hacer mucho, se encontraron solo con el viento de la ventana abierta golpeándoles la cara y la máscara fabricada por Ezequiel, sonriendo con aquella expresión pacífica y artificial, diabólica.

viernes, 10 de abril de 2020

27.- Rimel en los codos.

 La vida nunca fue fácil para Sabrina. Quiso ser enfermera, pero los apuntes cada vez fueron más dificiles de comprar. Tuvo que buscar nuevos caminos, nuevas formas de curar.

Sus horarios no le permiten tener una familia. Los chicos suelen ser más demandantes por las noches. Tampoco puede comenzar una relación, no es fácil que empaticen con su trabajo. Cuando Sabrina escucha a sus amigas quejarse de sus jefes, se dibuja en su boca una media sonrisa que no es de felicidad, sino de nostalgia y amargura como el café sin azúcar. Ellas no conocen el infierno.
Su cuerpo solo es suyo por momentos. Su alma se fue en falsos jadeos hace mucho tiempo. Quiere volver a creer en algo, o en alguien. Pero la fe solo está en las estampitas.
La calle hoy estuvo difícil, más de lo que siempre está. Cada día cuesta un poco más que el anterior. Piensa en esto, agarrándose con las manos el pelo morocho, intentando que no le caiga en la cara para que no se manche mientras las lágrimas le caen por los brazos, llenándola de rímel en los codos.

miércoles, 8 de abril de 2020

26.- Pañuelo rojo.

 El frío viento de otoño congelaba los huesos de los tres, aquella mañana de Marzo en el inhóspito predio a las afueras de la ciudad. Marcel Dugan y Franco Ducat habían sido amigos desde niños, pero el amor había distanciado los afectos, abriendo una incurable herida que jamás podría cicatrizar.

La noche anterior, el estridente sonido del teléfono en la planta baja había despertado a Franco y Josefina. Él bajó rápidamente, encontrándose del otro lado de la bocina una voz que conocía desde siempre, trayendo un mensaje que jamás hubiera imaginado.
- Duelo entre caballeros, pistolas al amanecer.- sentenció con una voz seca a través del teléfono a disco Marcel Dugan.
Años atrás, los tres niños solían jugar todos los veranos en la casona vieja en el campo de los padres de Marcel. Entre sus actividades favoritas estaban las representaciones del Far West. A pesar de que la dinámica siempre era un calco exacto de la vez anterior, las risas nunca se discontinuaban. La joven Josefina, con las manos atadas detrás de la espalda con una corbata de don Ducan, gritaba con una voz aguda impostada rogando por su salvador. Ahí entraban en acción los dos amigos con las pistolas de corcho, enmarañándose en un tiroteo interminable.
La resolución del conflicto siempre sentenciaba la victoria de alguno de los dos. Sin embargo, el espectáculo resultaba más asombroso cuando la víctima era Franco, porque realizaba un truco sorprendente para esa edad. Del bolsillo de su camisa desplegaba un enorme pañuelo rojo a modo de sangre mientras fingía su muerte con la lengua afuera. Josefina solía reír a carcajadas con aquel pase de magia, desarmando el nudo débil con el que Marcel la había aprisionado.
El joven Ducan detestaba aquellas escenas, que remataban en interminables paseos entre Franco y Josefina a la orilla del lago, mientras él los miraba enfurecido desde el umbral de la galería del caserón. Vez tras vez, comenzaron a surgir los primeros besos tímidos. Las manos entrelazadas eternamente. La cabeza de ella descansando en el hombro de él hasta dormirse delicada y dulce como siempre.
Marcel recorrió los diez pasos lentamente, con una pesadez que le agobiaba el cuerpo y el alma. Cayó derrumbado en el pasto húmedo aferrando el pañuelo blanco, con el que había osado desafiar a su eterno hermano mayor, húmedo de sangre.
Franco se acercó corriendo hacia su amigo moribundo, con los ojos empapados. Se arrodilló, agarrándole la mano y con la otra sacó su pañuelo rojo.
- Mirá, el truco siempre fue que el bolsillo estaba roto... Estaba roto...- confesó con la voz quebrada, entregándole el desgastado pañuelo a Marcel.
- Si tengo que guardarme un objeto tuyo para recordarte, significa que te voy a olvidar...- citó Marcel las palabras de Romeo y Julieta, aguantando la sangre que recorría su garganta.- siempre fuiste vos, te amo.

martes, 7 de abril de 2020

25.- Cuestión de piel.

 Cuando el matrimonio Moore murió en aquel trágico accidente automovilístico, Duncan Walker no tuvo más opción que apadrinar al joven. Dion Moore y su esposa Ayana habían trabajado para la familia Walker durante décadas y el afecto mutuo no permitía a Duncan, bajo aquellas circunstancias, dejar a su bebé desprotegido.

Ante la inminente llegada, Walker había mandado todos los espejos de su hogar al sótano, en un inocente intento de ocultar al joven aquello que los diferenciaba. Al abrir la puerta, la conexión fue inmediata. Parecía que se conocían de toda la vida.
Laurence creció como un niño tranquilo y de un excepcional sentido del humor. Sin embargo, algunas tardes veía a su padre llorando en la sala, con una foto de una pareja desconocida apretujada entre sus manos. Una noche, el niño se escabulló hasta el despacho del padre y tras revolver todos los cajones del escritorio, retiró la magullada fotografía. La inspeccionó cuidadosamente. Una enamorada pareja de piel oscura le sonría con unos enormes dientes blancos como el marfil. Un retorcijón en el estómago de Laurence lo tomó por sorpresa, apoderándose de él. Esa pareja feliz era la causante de los tormentos de su padre, la única persona que tenía en el mundo.
Poco a poco fue desarrollando un odio racista injustificado, no podía siquiera encender el televisor de la sala por si aparecía en la imagen una persona de color. Duncan, sin embargo, no era capaz de advertir aquello. Alguna vez había presenciado destellos de las extrañas reacciones de Laurence, como aquella tarde en la que se encontraban viendo una película de guerra y ante la aparición de un afroamericano, el joven apagó el televisor enfurecido y se fue de la sala.
Pero todo cambió esa tarde en la nueva escuela. Al salir al patio de recreo, Laurence advirtió como un grupo golpeaba a un niño indefenso. Se acercó preocupado a la ronda, con cautela. Observó a la víctima, su piel era oscura. Súbitamente su actitud dio un vuelco radical, pasando de la preocupación a la arenga y sumándose a la golpiza infundada. El joven comenzó a proferir una caterva de insultos racistas, reproduciendo cosas espantosas que había oido en la televisión. Los demás jovenes paulatinamente detuvieron sus patadas para mirarlo, interpretando aquello como una burla. Incluso la víctima de la golpiza lo miró con los ojos desorbitados y extrañado.
Instantáneamente el foco de atención se centró en él, direccionando todas las agresiones a su persona. Fue tan sorpresivo el cambio que no tuvo tiempo de escapar, ni siquiera llegó a reaccionar para defenderse de los primeros golpes. Tras unos minutos, la paliza mermó. Magullado, la directora los llevó a él y a los agresores a dirección.
El camino a pie de Duncan y Laurence fue silencioso. Agarrados de la mano, ninguno de los dos dijo nada las cinco cuadras hasta llegar a la casa. Una vez dentro, Laurence bajó al sótano para estar solo por primera vez en su vida. Duncan esperó paciente en la sala, mientras escuchaba uno a uno el crujir de los escalones, contando los minutos, con la garganta seca.

lunes, 6 de abril de 2020

24.- Canto Pri.

 - ¡Tierra a la vista! - dijo el joven grumete desde el carajo de la Santa María a Cristobal Colón.

Aquella información desconcertó en sobremanera a la tripulación, que dudó en avisar a las otras dos carabelas que venían detrás. El destino estaba previsto para ser alcanzado hasta dentro de dos meses en la bitácora de navegación. Hasta aquí, fue lo que llegó a plasmarse para siempre en los libros de Historia Latino Americana.
- ¡Capitán, hay un objeto extraño en la costa! - continuó informando el joven.
Cristóbal Colón desenfundó su periscopio y logró avistar en la orilla un coloso metálico indescriptible. Parecía una montaña de acero ovalada, con unos cristales en la parte superior que ocultaban más información de la que revelaban.
Al bajar a tierra firme rodearon el enorme objeto, blandiendo inútilmente sus espadas cortas de asalto y apuntando sus arcabuces hacia el titán plateado. A medida que Colón y los suyos comprobaban que aquel objeto era inofensivo, sus ojos iban abriéndose cada vez más, apoderados por la codicia. Volverían al Puerto de Palos con aquel gigante botín y se lo presentarían a sus majestades los Reyes Católicos.
Seguramente la reina Isabel lo condecoraría en recompensa, nombrándolo noble. Ya podía imaginarse la ceremonia de congratulación. Distinguía las fanfarreas sonando y la multitud vitoreando su nombre, mientras la reina posaba la espada en su hombro derecho volviéndolo importante ante los ojos de Dios y del mundo.
Se adentraron en la maleza, luego de que llegara la Santa Clara -apodada La Niña- la última de las carabelas, buscando ampliar el botín. Luego de caminar algunas horas en una interminable humedad verde repleta de mosquitos, llegaron a un enorme predio con una hoguera gigante en el centro. Cuando el genovés y los suyos advirtieron lo que allí pasaba, quedaron perplejos.
Primero, vieron como una nave considerablemente más pequeña que la anterior pero similar, se trasladaba de un lado al otro llevando incalculables cantidades de oro y piedras preciosas. Se percataron de que unos seres indescriptibles, con ciertas características antropomorfas, doblegaban a unos hombres desnudos. Los obligaban a arrodillarse ante una enorme figura brillante, de colores que jamás habían visto en sus vidas. Uno de los hombres intentó rebelarse, pero fue doblegado por uno de los seres.
Colón pudo distinguir al líder y se acercó a él cautelosamente. Se percató de que el idioma con el que se comunicaban era ininteligible y prácticamente inaudible. Al llegar junto a él, éste comenzó a comunicarse con todos los españoles telepáticamente y al unísono. Una a una las palabras iban decodificándose en el cerebro de Cristóbal Colón, así como en el de los demás, como un mensaje claro y concreto.
- Soy Canto Pri. No tienen nada que hacer en estas tierras. ¡Váyanse al carajo!
Volvieron todos a las carabelas atemorizados, dejando atrás al coloso de metal. Al llegar a España informaron acerca de lo ocurrido a los reyes, que no pudieron contener las carcajadas.
- Canto Pri...- repetía la reina sollozando de la risa.
Desde entonces, cada vez que alguien quiere sacar ventaja de alguna situación u obtener algo antes que los demás, clama a viva voz el nombre del líder de los cantoprisadores.

domingo, 5 de abril de 2020

23.- El concierto de Mikaru.

 Ikei Mikaru era uno de los más galardonados directores de orquesta de su tiempo. Cuando las noticias informaron que volvería junto a su orquesta para dar un concierto en su ciudad natal, la gente enloqueció. Los palcos se agotaron a los quince minutos de haberse puesto a la venta y para cuando se cumplió la media hora no quedaba metro cuadrado en aquel teatro sin venderse.

Las semanas siguientes, previas al evento, la algarabía no había mermado entre los futuros asistentes. El júbilo era tal que no se hablaba de otra cosa en las conversaciones cotidianas de fila de supermercado o charlas de café. El alcalde, que había sido el primero en reservar palco preferencial en linea recta con la nuca del director de orquesta, había ordenado a la subsecretaría de mantenimiento urbano poner en cada avenida importante enormes afiches con el sonriente rostro oriental del buen Mikaru.
El día finalmente llegó y el eximio músico ingresó en una limusina opulenta. A su vera, una multitud colmaba ambas veredas gatillando el disparador de las cámaras fotográficas a mansalva. Sin embargo, nadie pudo ver ni un solo pelo de Mikaru, que entró rodeado de guardaespaldas al anfiteatro.
Una vez adentro, solicitó que se le llevara al camarín los más exquisitos manjares. Con más piezas de sushi que figuras en todas las partituras de todos los músicos que lo acompañarían aquella noche y un champagne más caro que el sudor de Dios.
Llegada la hora y con cada miembro de la orquesta ya dispuesto en su lugar, entró Mikaru sonriente. Se paró, regalando una reverencia al público, para luego darles la espalda y comenzar la función.
Pasaron los primeros dos minutos en silencio. Mikaru permanecía inmóvil de espaldas al público. Las primeras miradas comenzaron a sobrevolar las plateas. Al cumplirse los primeros diez minutos sonaron las primeras toses de inconformidad. A los quince, los mismos miembros de la orquesta, completamente bañados en sudor, se acribillaban a miradas los unos a los otros. Mikaru, inmóvil. Ni una sola nota había salido de ninguno de los instrumentos.
Cuando la gente comenzó a impacientarse y refunfuñaba improperios contra el músico y toda su orquesta e incluso algunos amenazaron con levantarse e irse, el director volteó con una parcimonia que lo único que hizo fue enfurecer más al público, cuya diatriba ganaba cada vez más y más fuerza.
Los rostros furiosos, regordetes y colorados de los viejos más acaudalados del lugar parecían un cuadro de Botero bañado en sangre. Ikei Mikaru advirtió esto, y tras sonreir absorto mirando aquella escena sentenció:
- Mi regalo para ustedes es este silencio. - dijo calmadamente. Luego se fue despacio, mutis por el foro.

sábado, 4 de abril de 2020

22.- Su visión de las cosas.

Su señoría, el Juez Zamboni, ingresó al estrado para presidir la audiencia oral en el tribunal número catorce de San Martín, con motivo de la denuncia por parte de Luis Galerti representado por el doctor Juan Manuel Lovato al acusado Jonathan Motti representado por el abogado defensor ofrecido por el Estado, el doctor Ricardo Fonacetti.
Todos los presentes en la sala se pusieron de pie, a medida que su señoría subía a las tablas. Luego de informar la fecha del juicio, el caso a tratarse, las partes intervinientes y la documentación de la sesión mediante grabación, conforme a lo estipulado por ley, dio inicio a los testimonios.
Primero dio bandera verde al acusado para que presentara su defensa. Sin embargo, eran tales los nervios del joven Jonathan de diecisiete años, que no pudo evitar titubear y tropezarse con sus palabras. Antes de que continuara embarrando la cancha, su abogado tomó las riendas:
- Mi cliente es un joven humilde, su señoría. No es aceptable que se lo estigmatice por su condición social. No fue un ataque, mucho menos un intento de asesinato. Simplemente intentó ayudar...
La taquígrafa a un costado de la sala, en un escritorio minúsculo, anotaba en una vieja Olivetti cada una de las palabras que el doctor Fonacetti profería, dejándolas asentadas eternamente en aquellos folios tamaño carta, que no servirían mucho para hacer justicia, sino que dormirían archivados para dejar constancia de que el bien siempre prevalece.
- Su señoría, es inadmisible lo que aquí profesa mi contraparte. Mirelo nada más, es un negrito.- exclamó el doctor Lovato, mirando luego al jurado. Honorables miembros del jurado, piensen cuantas veces se han cruzado con un negrito como éste. ¿Cuántas veces han cruzado de vereda? Es fácil distinguirlos, vamos...
Los miembros del jurado comenzaron a mirarse entre si con cierta incomodidad. Las miradas flotaban en el aire buscándose y esquivándose unas a otras. Algunos, tímidamente, asentían intentando que nadie los viera.
El primero en subir a dar su testimonio fue Luis Galerti, el defendido. Un hombre de cincuenta años, empresario. Su ajetreada vida laboral lo había distanciado de su familia y lo mantenia últimamente al borde del colapso.
Se sentó en el banco testimonial y tras poner la palma sobre la biblia y jurar por la patria y las sagradas escrituras, abrió la boca para comenzar a vomitar la acusación que durante las tardes de aquella última semana había practicado con el doctor Fonacetti.
Sin embargo, al levantar la vista y ver los ojos empañados de Jonathan, llegaron a él como un film repleto de detalle todas las secuencias acontecidas aquella tarde. Recordó la reunión con la sucursal estadounidense de una importante marca con la que se asociaría. El peso del maletín en su mano. Los pasos acercándose a la torre, a ese último piso donde se llevaría a cabo la reunión. Recordó salir del taxi, el agobio. Como el nudo de la corbata lo agobiaba. La asfixia. El desvanecimiento. Aquel carrito repleto de cartones que se acercaba borroso a lo lejos. El negrito, me va a robar la puta madre...
De repente, abrió los ojos como nunca en su vida y miró fijamente a Jonathan, luego se dirigió al juez con voz firme e inconfundible:

- Lo único que hizo el joven fue salvarme de un infarto, su señoría. No tengo más para declarar. 

viernes, 3 de abril de 2020

21.- Cuero quemado.

 Durante una de las heladas mañanas de la Edad Glaciar, Tolek separó a su hijo Tuluk del resto de la tribu, que se encontraba agrupada en torno a la gran hoguera que vinculaba las rudimentarias viviendas de todas las familias.

- Hijo, has crecido hasta llegar a tu plenitud. Eres todo un hombre. Por lo tanto, deberás ganarte el abrigo apropiado para salir a cazar con el grupo. - sentenció Tolek.
El joven lo miró atontado, toda su vida había esperado aquel momento.
- Deberás tú mismo elegir y matar al búfalo y sacarle el cuero. - explicó el padre. - Luego, deberás curar el cuero al fuego durante todo un día hasta que prácticamente se queme.
Tuluk miró a su padre aterrorizado. Cada palabra le generaba más rechazo.
- Por último, deberás cargar el cuero sobre tus carnes para moldearlo y que te sea cómodo durante las travesías. Dolerá mucho... el dolor incluso será inso-...
Tuluk interrumpió a su padre:
- Papá... papá.... cht! ¡Papá! Creo... creo que prefiero quedarme a cuidar a las crías si no te enojás...

jueves, 2 de abril de 2020

20.- Malos entendidos.

 Cuando Jackie regresó del baño a la mesa que compartía con su marido Tom en aquella pizzería de Nashville, su rostro cambió por completo. Dejó a la pequeña Lucy en la silla especial para bebés a su lado y miró fijamente el papel que declaraba la cuenta, pedida por su marido en su ausencia.

Saliendo del baño había descubierto a la distancia como la camarera que los había asistido aquella noche se acercaba con el papel, entregándoselo a Tom con una sonrisa. Éste lo observó y no pudo impedir que se dibujara otra en su rostro, devolviéndosela integramente a la chica.
Jackie sabía que no era una mujer fácil de llevar. Ex voluntaria de la armada estadounidense, no parecía una chica a la que tomar en broma. Los primeros años de maternidad le habían borrado la juventud y aquella noche había hecho lo imposible para ponerse linda y salir, a pesar del cansancio. No habían logrado contactar con la niñera, por lo que debieron llevar a Lucy a su cita.
Tom era neuro-cirujano, un tipo muy bien parecido. No era extraño que las chicas se acercaran a él, de hecho, solían bromear acerca de esto con su mujer. Seguramente la mesera le habría anotado su número en aquel papel. Sin embargo, Jackie no recordó esto, ni nada en particular; cuando con los ojos colmados de lágrimas y ante la mirada incrédula de su marido leyó aquella nota:
- Su mujer debe estar muy orgullosa de estar casada con el hombre que salvó a mi padre. Las pizzas van por mi cuenta.

19.- Los cuatro comensales.

 Una tarde llegó el cargamento mensual de alimentos al reino. Dependían de aquellos ingresos ya que habían sufrido una arrasadora peste, contaminando todo cultivo y ganado. El gobierno del otro lado del río, en un arrojo de solidaridad, había tomado medidas extremas para propiciar la supervivencia de sus hermanos, abriendo redes de comercio exclusivas con sus mejores producciones.

Sucedió que una de las partidas se había malogrado en el trayecto, enfermando a toda la comarca de uno de los condes más influyentes. Fue por esto que el rey decretó una solución práctica ante la desconfianza que aquel infortunio generó. Designó a cuatro de sus más avezados catadores, miembros de la nobleza, educados en los modales más refinados, para que comprobaran el estado de una muestra de cada una de las partidas, infiriendo así el estado total de las mismas.
Los primeros días, la medida resultó oportuna. Cada cargamento era minuciosamente inspeccionado por los cuatro comensales del rey, plato por plato, hoja por hoja, legumbre por legumbre. Sin embargo, con el pasar de los días la situación se tornó incontrolable. Los comensales engullían vorazmente hasta el más mínimo tallo o cartílago.
Pasados dos meses, el pueblo moría de hambre. La languidez había logrado apoderarse de cada una de las casas del reino.
La reina, tanto más en contacto con sus súbditos que su marido, intentó advertirle de la debacle. Sin embargo, el monarca desoía las sugerencias de su mujer. Fue hasta que su hija menor cayó enferma, producto de la falta de comida que también había alcanzado al palacio real, que el rey bajó a las mazmorras en las que se realizaban los controles, para castigar a los comensales.
Al llegar quedó perplejo, viendo a aquellos seres que habían perdido todo rastro de humanidad y se asemejaban cada vez más a fieras que lo miraban fijamente, con los platos vacíos y las bocas bañadas en saliva. Fue inútil cualquier intento de escape, no alcanzó siquiera a gritar. Ya tenía cuatro pares de colmillos perforándolo, en una agonía insoportable.

miércoles, 1 de abril de 2020

18.- Cada vez más lejos de Bresalia.

 Durante toda su vida adulta, Thomas Cunninham había buscado un lugar que en los manuscritos de su difunto padre era nombrado como Bresalia. Según narraba, allí se encontraba la respuesta a todo y las preguntas que aún nadie había formulado. Dejaba también documentado allí que aún no había podido llegar, pero que para hacerlo, quien quisiera, debía despojarse de todo tipo de prejuicios y concepciones. Quien quisiera llegar solo podría hacerlo con el alma liviana.

Lo cierto es que el joven no tenía mayor información sobre la tesis de su padre. Carecía de documentación que validara la existencia física de aquel lugar, salvo por aquel diario. Sin embargo, con el correr de los años fue obsesionándose cada vez más con aquella tierra prometida. A tal punto de vender todos sus bienes, embarcándose en una odisea que lo llevó por todos los continentes.
Fue recién en su lecho de muerte, intentando recordar un cuadro que jamás había visto en su vida, que Cunninham pudo verlo claro. Frente a él se abrieron como invitándolo pasadizos insondables, calles jamás profanadas por la huella humana y construcciones que escapaban a la lógica. Supo entonces que el único mapa para llegar a Bresalia era una hoja en blanco.

17.- Las razones de Codeland.

 Sucede que Wilbur Codeland II era un viejo hacendado del sur de Cardiff, en Gales. Para su fortuna y la de su familia, el hombre había heredado de su padre Wilbur Codeland I una vasta extensión de tierras, cubiertas por sendos hangares destinados a la fabricación de repuestos para aeronaves. La vida de su joven y despreocupado hijo Will, heredero natural del negocio familiar, así como la de su esposa e hijos, estaba resuelta. Sin embargo, la ambición desmedida se apoderó de él con el correr de los años.

A pesar de no tener hermanos, toda su vida había crecido a la sombra de sus primos, asiduos trabajadores dentro de la empresa familiar y legítimos herederos del imperio. Mientas ellos madrugaban saliendo antes que el sol para abrir los talleres, revisar inventarios y echar a andar las maquinarias, Will se perdía cada noche en los vejámenes del alcohol.
No era extraño encontrarlo deambulando, botella en mano, entre los hangares a la hora del fichaje. Esto abochornaba a su padre a tal punto que muchas veces le esquivaba, sin animarse a mantenerle la mirada.
Las discusiones y los gritos comenzaron a transformarse cada vez más en moneda corriente dentro de aquella extraña relación filial. El tenor de los gritos fue in crescendo hasta devenir en amenazas alarmantes.
Fue por eso, quizás, que aquella tarde que encontraron muerto a Wilbur padre, todas las miradas aterrizaron en Will. Entre llantos y jadeos, el joven juraba y perjuraba su inocencia ante la mirada inquisidora de sus parientes.
Las sirenas no tardaron en hacerse oír a lo lejos, marcando como un cruel reloj de arena rojo y azul, la sentencia irreversible. Dos uniformados bajaron del móvil y sin mediar palabra esposaron al impávido Will. Entre sollozos, detrás de la ventanilla miraba como se alejaba todo aquello que podría haberle correspondido por derecho, de habérselo ganado, así como también se alejaba -metafórica y físicamente- su familia de él.
El juicio fue breve, ya que nadie testificó a su favor. Sus primos parecieron olvidarse de la infancia compartida jugando en los hangares dentro de las naves en construcción, su madre no pudo mirarlo a los ojos siquiera durante la sentencia y su esposa e hijos empacaron los recuerdos dispuestos a rehacer sus vidas contando con alguna tajada de la herencia.
Su única salvación, aquel manuscrito en
el que el viejo Codeland explicaba las razones de su suicidio: una infidelidad difícil de sanar, una vida sexual tapada por tantos años en una sociedad castrante y un hijo que jamás había logrado sentir como suyo; ahora se encontraba dentro de una de las alas guardadas en el reparto de repuestos que Will había prometido revisar minuciosamente aquella mañana, rumbo a Gran Bretaña.

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...