domingo, 25 de junio de 2023

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo lo simplifica, sino a través del espejo que yo mismo te regalé. Se ve todo distinto, ¿verdad? Hay que mirar las cosas a través del espejo de la inspiración, Edrien. Con los ojos negros del carnero de los siete cuernos. Aun así, el panorama es desolador, ¿no es cierto?

Desde lo alto de las ruinas yo también contemplo todo lo que hemos hecho y me parece poco. Estar enamorado es una gran razón para crear arte y cometer errores. Ambos los cometimos, Edrien. Yo, enamorado de una mujer que solamente iba detrás de la belleza, cometí el error de encomendarte a vos, Edrien, la creación de algo bello. Simple humano que todo lo que toca lo convierte en mierda. Y por tu parte vos, Edrien, enamorado de mi como de la maldad que cobija tu alma, cometiste el error de crear el caos. No te culpo, no hay nadie a quien culpar. No se puede esperar que un mono logre hablar, mucho menos que imagine. Y de igual forma, no podía esperar que un simple vástago de Adán creara algo que no fuera imperfecto. Cargo con la culpa de mi credulidad, Edrien.

Primero el espejo reflejó tu imagen en la cima del mundo y decidiste alcanzar la gloria. El siglo en el que te veías poderoso era el décimo segundo de tu tiempo y el país en el que estabas parado y en el que lo dominabas todo era el antiguo imperio franco. Vi desde lejos como arrastrabas con esfuerzo los primeros bloques, Edrien, mientras yo mismo intentaba cortejar entre las zarzas a aquella mujer que solo podía ir detrás de la belleza. En los intervalos de mi cortejo te veía exhausto, Edrien. Pero me engañaba al verte apilar cada bloque para llegar a lo más alto y por momentos te creía capaz de alcanzar la inmortalidad. Cuando noté que habías conseguido levantar la primera torre, un atisbo de ilusión comenzó a recorrerme las entrañas, debo admitirlo Edrien. ¿Sabés lo denigrante que es sentir ilusión por las gracias de una mascota?

Al ver el éxito de tu primera torre consumado, comenzaron a acercarse hombres de todos lados, deseosos de ayudarte. Pero en verdad, esto no lo supiste entonces Edrien, se acercaban por tu éxito. Querían colgarse las medallas que vos solo habías conseguido, Edrien. Sin embargo, cuando alcanzaste a construir el pináculo de la segunda torre, mi interés había mermado y me había perdido entre el follaje persiguiendo a la ninfa como un vulgar fauno, Edrien. Perdés el interés tan rápido que no me sorprende que la gente se decepcione de vos antes de conocerte. A pesar de que te sentías vigoroso e interesante, llenando ambas torres de vitreaux coloridos en los que podía verse tu escuálida imagen erguida en lo alto, sosteniendo las cabezas de fieros leones entre tus manos, comenzaron de a poco a ignorarte al ver que no los convidabas con el fruto de tu esfuerzo. Necesitaste varios obreros fieles para concluir tu primera obra y aun así nadie reparaba en tu vanidad. Todos iban y venían levantando tu orgullo pero sin interesarse realmente por vos. ¿No es acaso la desidia peor que el más artero de los odios, Edrien el ignorado?

Para cuando regresé, las naves centrales estaban completas. Sendas filas de asientos de madera se agolpaban frente a un altar en el que te paraste para predicar tu ejemplo. Una multitud te seguía, Edrien. Me sentí orgulloso por unos segundos, mi pequeño monstruo. Pero tus primeras palabras salieron atolondradas y tus más fieles obreros, sentados en las primeras filas, comenzaron a desencantarse de tus logros. El éxito es como un pichón herido, Edrien; con alas que se mueven frágiles y con una brisa leve pueden quebrarse. Pero vos igual estabas feliz, radiante. Mi amada se había extraviado, alejándose de mi vista para bañarse en los lagos, pero encontrarte tan a gusto con tu obra me generó más repulsión que si la hubiera encontrado revolcándose con vos. Al caer la noche apareció y la invité a que contemplara nuestra obra. Estaba obnubilada por la monumentalidad de aquella enorme ventana al cielo. Atolondrado, le propuse que la bautizara con el nombre que quisiera y la llamó “soberbia”. Luego, sin decir una sola palabra, volvió a perderse en la oscuridad. 

Tardé tres siglos en volver a encontrarte, huiste como rata escurridiza, Edrien. Nuestros caminos se cruzaron en Firenze, en tiempos renacentistas. Habías logrado acomodarte en una humilde casa y transcurrías de forma discreta sin generar en otros amores ni decepciones. Pero una tarde tu ego fue más fuerte y decidiste desempolvar aquel viejo espejo, Edrien. Lo sé porque te vi. Estaba escondido entre tus ropas, esperando el momento en que volvieras a regocijarte en tu reflejo. Algo en mi había atendido al llamado, sabía que regresarías a buscar en tu reflejo aquello que no encontrabas en la mirada ajena. No me equivoqué, malherido Edrien. Te sabés hermoso, mi bien. 

Esta vez en tu reflejo viste colores, trazos, reconocimiento impregnado sobre un lienzo. Te viste a vos mismo pintándote, llenando el bastidor con la imagen impoluta de un joven casto y bello. Pero nunca es demasiado el amor propio, Edrien. Necesitabas más. Una devolución que avalara tu obra, una mirada que fuera más valiosa incluso que la tuya, ¿no es el arte, Edrien, una excusa educada para pedirle a otros que nos amen?

Entonces bajaste al pueblo para buscar todo lo necesario para llevar a cabo tu obra. Al bajar viste a una multitud agolpada en la Piazza del Duomo, pero no reparaste en el motivo del aglutinamiento. Sos tan bello, Edrien, cuando la obstinación alborota tu juicio. 

Pintaste convencido de estar creando una maravilla, como todo artista, Edrien. Cada trazo era una oportunidad para desechar tu obra y convencerte a vos mismo de que era absurdo empezar de cero. Cómo sufriste, inseguro Edrien. El rostro que veías reflejado a través de los pigmentos no era el tuyo, claro. Pero tampoco era aquel que hubieras deseado ver ante tus ojos como vómito fiel del espejo. Ustedes no suelen perdonarse las imperfecciones ¿verdad?

Lloraste sobre mi hombro durante toda la noche, con las manos embarradas de acrílico y sangre. Luego, desbordaste. Fue tan hermoso verte impregnar cada rincón de las paredes de tu casa con esa mezcla salvaje de civilización rudimentaria. Ambos mundos conviviendo en tus yemas y por debajo de la mugre de tus uñas te hizo sentir vivo, Edrien. Como si alguien cercano a vos pero miles de años en el pasado te estuviera dictando algo al oído que solo vos podrías comprender. Aunque confieso haberme sentido celoso, Edrien, al verte dialogar con tu propia locura, haciendo el amor con la demencia y desparramando el fruto de ese coito por las paredes en un acto rupestre. Sos solo mío, ¿escuchaste, Edrien, Edrien?

Por la mañana logré rescatarte de ese rapto para que siguieras pintando, Edrien (recordalo). A las pocas horas habías logrado culminar con una obra que fuera de tu agrado. Me sentí orgulloso. Entonces decidí dejarte solo contemplando tu obra, para ir detrás de la inspiración, la dama que se baña en los ríos y conversa solamente con los locos y los niños. Quizás ahora que había alimentado tu locura, cómplice Edrien, por fin querría hablar conmigo. Tal vez así podría, por fin, amarla.

Fue mi error no advertirte Edrien. Por mi correr atolondrado detrás de aquella mujer del agua dispuesta a amarme, no haberte advertido sobre lo que encontrarías al bajar al pueblo. Lamento haberte hecho entrar en contacto con la realidad. Lo siento. Cuando bajaste al pueblo por segunda vez y te topaste con la multitud, cuando por fin la viste ante tus ojos y fuiste consciente de su presencia frente a vos, empezaron las preguntas.

Recuerdo verte correr enfurecido, aún con tu obra a cuestas, al ver como la muchedumbre admiraba a la nueva promesa artística de Firenze. Todo el mundo maravillado con los frescos pintados en el Duomo, relatando escenas de la creación; mientras vos colina arriba y yo que recién llegaba de la mano de mi amada, que esperaba ver nuestra obra y al verte alejarte la bautizó “Envidia” y vos tan pequeñito a lo lejos, un punto perdido en el mar de triunfos de la humanidad, mediocre Edrien. 

Terminaste exhausto, holgazán Edrien. Tanto que dormiste durante todo un siglo, en el que te creí muerto de tan callado. No vuelvas a darme esos sustos, mi melopea. Yo, mientras tanto te cuidaba poniéndote paños fríos en la frente y escuchando tus pesadillas, en las que me nombrabas con mil nombres. Al caer las noches, cuando tu sueño se apaciguaba por estar a oscuras sin la molesta luz que se filtraba por las ventanas, yo miraba fuera en busca de la mujer que solo podía ir detrás de la belleza. Ella hacía las delicias de mis insomnios con bailes sugerentes e insinuaciones lascivas que me daban la fuerza y el néctar para mantenerme despierto en tu vigilia. De a poco empezábamos a parecer una familia, hijo nuestro, bebé Edrien.

Al despertar, con los ojos repletos de lagañas y la boca pastosa, nos encontrábamos en Gran Bretaña bajo la monarquía de Jacobo VI. Me pediste el espejo para limpiarte la cara y una vez que tuviste los ojos nuevamente despiertos, te turbaste. Me gritabas que a través de tu reflejo podías leer en una avalancha todas las palabras que describían nítido tu sueño. Suplicaste piedad al saberlas tan dañinas y oscuras, pero la verborragia no paraba, locuaz Edrien. Entonces decidí acercarte un cuaderno para que volcaras la diatriba de tus lamentos en las hojas. ¿No es hermoso escupir dolor en forma de palabras, mi verdadero faro Edrien?

Dejaste caer las palabras casi sin pensar. Una a una iban imprimiéndose en tinta sobre las hojas de aquel cuaderno interminable. De reojo, por sobre tu hombro, leía lo que expectorabas y me parecía maravilloso. Tu don es tu castigo, mi atormentado Edrien, navegando a través de tus calvarios como un marinero errante. ¿Habitás la piel que te turba o la dominás, Edrien?

Una vez que terminaste tu manuscrito sin titular, caíste rendido una vez más en brazos de Morfeo. Yo te cobijé y te acaricié el cuerpo para que te relajaras. Recién al saberte dormido, entró a nuestra habitación la mujer a la que solo se la puede ver con el espejo de la imaginación, intrigada por tus escritos. Fue aquella la primera vez en que estuvimos juntos los tres, y no hablo de vos mi inconsciente Edrien. Por primera vez estábamos juntos la Inspiración, el espejo que creé para admirarla y yo. Éramos los tres una llama viva de pasión, pero no acató mis caprichos. Al llegar se dirigió directamente al libro olvidado al costado de tu cama. Con su presencia comenzaste a temblar hervido en fiebre. Me preocupé, pero ella te acarició la frente, nuestro Edrien pero más mío. Entonces tomó entre sus manos de orfebrería y belleza el libro y sin siquiera pensarlo lo bautizó “Pereza”. Luego, besó tu frente y sin mirarme desapareció en la noche, mientras vos volvías a dormir como un bebé.

Entré de nuevo a la habitación después de un siglo, sabiéndote aún dormido. Estabas tan cansado de la fatiga que da crear, que no quería interrumpirte. Pero no estabas solo. La mujer que solo puede ser vista con los ojos de la belleza estaba susurrándote una melodía hermosa al oído. Alcancé a oírla y sentí celos, mancebo Edrien. Supe entonces que durante toda mi ausencia ella había estado velando por tu bienestar, cuidándote de mi falta, ahogándote con una protección que no era la mía. Sentí celos por ella cantándote, por vos recibiendo la melodía y por vos sonriendo al compás de una voz que no fuera mía, Edrien. ¿No sueñan los ángeles, acaso, arrullados con melodías creadas en el mismísimo infierno?

Despertaste sobresaltado. Ahora el lugar era Viendobona en los estados de los Hasburgo. Miraste a tu alrededor en busca de aquella voz divina que te había arrullado en sueños, guiado por la melodía celestial que aún te embriagaba, pero encontraste la habitación vacía y en penumbras. Me levanté de la silla en la que había estado esperándote silencioso para socorrerte, frágil Edrien, pero me apartaste de un empujón y tomaste el espejo. Esperabas verla aparecer en lugar de verme a mí, pero alrededor de tu reflejo un halo púrpura te envolvía en un susurro que solo vos alcanzabas a oír. Duele tanto el destrato del ser amado, mi rebelde Edrien. 

Sin siquiera mirarme, aún con aquella melodía en tus labios, me pediste que te alcanzara más hojas y las desparramaste por toda tu cama. Con una pluma y sangre tuya empezaste a trazar líneas impecables sobre el papel, en racimos de cinco. Después, ordenaste como hormigas centenares de puntos que saltaban y se retorcían por el camino de líneas en busca de aquella melodía que había escapado a tus oídos e intentabas retener con el suspiro de tu boca. Deseé ser melodía para que tus labios me albergaran también al reparo de tu desesperación, melódico Edrien.

Después de días de desatinos, en los que pasaste horas dentro de la cama, la sangre empezó a brotar de tus ojos y de la yema de tus dedos. Con la punta de la pluma recogías los borbotones carmesí para continuar en tu hazaña, mientras succionabas con la boca los chorros restantes para que no bañaran las hojas que cuidabas celosamente. Me preocupé, loco Edrien. Temí que aquella cordura tuya que era mi alimento se desvaneciera en el aire. Entonces, decidí acudir a la mujer que había grabado aquella melodía en tu cabeza para que te la recordara y así pudieras volver a dormir.

Al regresar con ella la miraste contraído, con el rostro pálido y los ojos tristes, como un perro acobardado que ve venir al amo después de haberse portado mal. Frente a vos le pedí a la mujer que te cantara aquella bella melodía, Edrien, para que por fin pudieras recobrar la paz que tanto anhelabas. Pero ella dijo no. Pensó algunos segundos, o quizás fingió que pensaba, para luego decir que no recordaba ni una sola nota de su cantar. 

Enfureciste, Edrien. Y tu grito de cólera resonó por toda la habitación, estremeciendo las pequeñas llamas de las velas que había encendido para que crearas. Gritaste desbocado, mi corcel de rizos Edrien. Gritaste con toda la garganta, escupiendo tu furia hacia la ninfa que no había podido cumplir con tus caprichos. Pero lejos de asustarse o estremecerse, ella sonrió. Agachándose dócil, se inclinó frente a vos y te miró a los ojos con una mirada sugerente, rozando tu pelvis con la cabeza mientras recogía una a una las hojas de tu locura. Después se incorporó y ordenándolas prolijamente dijo que las llamaría “Ira”, antes de perderse nuevamente en lo salvaje de la noche.

El alba nos sorprendió, Edrien, durante el siglo de las luces, en una España manchada por guerras sangrientas luego de la muerte del rey Carlos II. Habías dormido incómodo, mi bien, y yo te calentaba caldos que te reconfortaran porque te dolían todos los huesos. Yo, la cierva de tus placeres y caprichos, mi querubín.

Salí por la tarde al pueblo, en busca de gitanas que pudieran curar el mal que cargaba tu alma. Pero fue en mi recorrido por los callejones oscuros de la Alhambra cuando escuché aquella vieja melodía que tanto había turbado tu templanza, mi diezmado Edrien. Supuse que ella estaría seduciendo a otros incautos con su ronroneo embriagador y temí por nuestro futuro juntos, mi alma. Entonces, corrí para nuestro nido atolondrado, tropezando con las lajas de piedra que entorpecían mi regreso. En mi camino provoqué varios infortunios, lo sé Edrien. Es de bien nacido reconocer el fuego de las carrozas que uno incendia. Por eso al llegar te confesé que a mi paso murieron cien caballos precipitados por un barranco, veinte mendigos desfallecieron de hambre y lepra y un torero fue brutalmente envestido por un toro brioso. Vos no entendías nada, mi dulce y debilitado Edrien, mientras te narraba mis penurias y emparchaba con tablones las ventanas para que el canto no llegara a tus oídos. Pero fue demasiado tarde.

Alcanzaste a entenderlo cuando, aún con mis esfuerzos vanos de evitar que te encontrara, la melodía llegó a vos. Entonces sí, te pusiste de pie y de manera autómata arrancaste los tablones de la puerta que había clavado para evitarte el reencuentro con aquella sádica mujer que solo puede ir detrás de la belleza, para tenerte entero para mí, tesoro. Pero no fue suficiente.

Afuera se encontraba ya la ninfa, desnuda y moviéndose graciosa por los umbrales, coqueteándole al aire hasta hacerlo polvo. Había algo en su mirada Edrien, lo juro. Aquella que te había cuidado como a un hijo, ahora te deseaba. Vos saliste a su encuentro embelesado, con los ojos tontos de amor como el primer encanto. Yo te seguí de cerca para evitarte el daño, mi niño frágil. Pero vos mirabas únicamente a la ninfa desnuda, la dama que solo va detrás de lo que es bello y absoluto, recorriendo los umbrales y embriagando a los mozuelos y las damas que por allí pasaban.

Todos los que fueron congregándose a tu vera te parecían hermosos. Jóvenes perfectos, de rostros satinados y pieles pulcras, con cuerpos esbeltos que se mecían al compás de una brisa cálida. Te embriagaste de las bondades de la belleza, Edrien. Nadie es abstemio de lo bello, palomita, ni siquiera yo. Sin embargo, quise contarte que aquella imagen que tus ojos te prestaban no era real, sino un espejismo de puentes sobre el abismo, pero no hubo caso. Servil a tu rendido culto te entregaste a los placeres de la carne magra que te servía aquella mujer que profanaba la realidad convirtiéndola en vidrios coloridos.

Los cuerpos que la rodeaban no tardaron en convertirse en un corro amorfo de masas grises y desnudos, tal como yo los veía Edrien, que celebraban la melodía cada vez más nítida y fuerte. Intenté advertirte, mi pañuelo suave, pero no guardaste mi consejo; eran grotescos, repletos de cavidades renegridas, pelos grasientos y manchas y pústulas y cráteres. Los movimientos se volvían cada vez más fluidos y acompasados. Los asistentes a la música comenzaban a tocarse desprejuiciados, introduciéndose en los cuerpos ajenos como si rasgaran los propios, invadiéndolo todo de dedos, en una única maraña de extremidades, torsos enfermos y fluidos viscosos. 

Temí que te hicieran daño, pero ahí estabas también mi níveo y talentoso Edrien, rumiando aquella música tuya, feliz de haberla reencontrado. Te contorsionabas como el resto, ¡y qué bien lo hacías! Tanto que los demás se reunieron alrededor tuyo a admirar tus movimientos, ¡eras el mejor! Tanto que yo también me acerqué a contemplar el espectáculo de tu gracia, mi maravilla personal. 

Pero poco a poco aquella admiración fue mutando en un cariño conjugado por el deseo lascivo. Un enjambre de lenguas y manos te invadió en derredor, asustado Edrien. Llorabas como un animal indefenso, mientras aquella a la que habías brindado tu confianza miraba desde lejos, susurrando su melodía embriagadora y de tanto en tanto se acercaba para acariciarte apenas con sus dedos, estremeciéndote. Luego, volvía a contemplarlo todo desde la impunidad.

El baile se prolongó durante horas, en las que estuviste agotado de bailar y que te bailen. Confieso que intenté hacer mi parte para que te dejaran en paz, para que por fin el silencio recobrara su lugar en tu alma, pero no pude. La dama que va detrás de la belleza reía descontrolada y exclamaba “La Lujuria, hija de la Ira, habla en la lengua húmeda del movimiento”. Entonces la melodía sonó más fuerte que nunca y los roces se convirtieron en flagelos y las lenguas en tentáculos asfixiantes. Fue entonces, y no antes, que yo también me animé a bailar, Edrien. Lo siento. 

Te sentiste descompuesto durante doscientos años más, de náuseas y confusiones; asqueado de pesadillas prácticas, memorias disueltas en un espeso néctar gris que te mecía. Me ofrecí a cuidarte, pero tus nervios turbaban ya nuestra confianza y me alejaste de vos, mi ajeno Edrien. Intenté mantenerte, tenderte mi mano para que la estrujaras de dolor, para que te aferraras a ella como un tronco en medio de un revuelto río, pero no hubo caso. 

Quién sabe, quizás fue mi culpa haberte librado a la suerte de la sedienta mujer que va detrás de la belleza y sus placeres. Lo cierto es que ahora estabas hambriento y lo devorabas todo a tu paso. Te alcancé una fuente repleta de frutas y las tragaste sin pausa, una tras otra, sin siquiera descascararlas. Temí que te sentaran mal, glotón Edrien, pero parecías no sentir dolor alguno. Entonces me dispuse a facilitarte más comida para tu brutal atracón: primero llevé a nuestra morada catorce pavos reales que desplumaste y engulliste casi sin respirar, pero no estabas satisfecho. Más tarde, intentando saciarte, te alcancé cinco parejas de terneros y vaquillonas. Abrevaste de las ubres de estas de forma agónica y extrajiste su leche, como si aquel suero te supliera en las retinas un desierto del que no podías escapar. 

Cada tanto, mirabas al espejo que había quedado abandonado a un costado de tu cama e intentabas esquivar su reflejo. ¿En qué gastás la doctrina de tus desvelos, atormentado Edrien? Sabías que la imagen que te devolvería no sería aquella con la que te recordabas a vos mismo, cambiado Edrien. Pero no te bastaba la culpa para consignar el cese de tus actos. Por el contrario, llegué a creer que el saberte merecedor de aquel reflejo imperfecto te hacía atolondrarte más en la deglución.

Empecé a desesperar cuando tus ojos se extraviaron. Jamás te había visto así, autómata Edrien, ni en tus tiempos de mayor soberbia, ni en tus trances iracundos. Soñé despierto que te contenía y entre sueños imaginé que la respuesta a tu tristeza podía hallarse en mi sosiego, pero tus lágrimas tenían una única dueña.

Sentiste entonces una puntada Edrien, la primera. Sutil pero persistente, como el ronroneo de un gato ciego en medio de la noche. De ahogo y oscuridades era tu flagelo, dolorido Edrien. En cambio el segundo, el reventado pliego de escarmientos sobre vos mismo, ese si fue de llamado a la puerta con gritos y estruendos. Supiste entonces contorsionarte y aullar por un remanso que contuviera la fricción de tus tripas, pero no gritabas. Todo ese acto lo ejecutabas con profesionalidad Edrien, mudo. Tus lágrimas tampoco gritaban.  Estrangulabas tu cuerpo en formas helicoidales y desagradables, pero sin perder los modales y las formas. Te he educado bien, mi aprendiz.

Con el correr de tu suplicio la gente que merodeaba por las calles linderas empezaron a adjudicarse dominio de tus náuseas y quisieron pasar a mirar. Distribuyéndose en filas ordenadas se ubicaron frente a vos, con sonrisas elegantemente recortadas en sus bocas. 

Intenté frenarlos, Edrien. No quería que te vieran así. Pero cuando el primero de tantos extendió su mano y puso en la mía un puñado de monedas de oro, entendí que gratis tu sufrimiento sería en vano. Entonces empecé a cobrar por el espectáculo de tu agonía, rentable y productivo Edrien.

Ya estabas gris de tan pálida la piel que antes te daba un aspecto rozagante y de tan negro azabache aquellos rizos otrora rubios que ahora lucían carbonizados. Habías menguado en tu belleza, mustio Edrien. Ya casi no me valías de musa cuando caíste tumbado al suelo de lo débil que te encontrabas.

Fue desesperante ver como el silencio de tus gritos se agolpaba en los oídos de aquella gente sádica que miraba tu suplicio sin verlo de verdad. Atragantándose de odios y miserias, reían esperando algo peor que tu muerte, desdichado Edrien. Esperaban que se prolongara tu agonía hasta que las piernas se les durmieran de atestiguar tu desgracia.

Tuve un rapto de piedad al ver como reía la serpiente, aquella sádica mujer que corre desnuda detrás de la belleza, pero ya era demasiado tarde. Tus ojos vidriosos, sucios de tanto llanto seco, habían perdido el brillo y ya no querían ver siquiera el espejo. En cambio me miraste a mi, como en una súplica paterna y corrí en tu auxilio, Edrien, mientras la sádica mujer gritaba “Gula” y todos sus fieles aplaudían a carcajadas. Pero ya era demasiado tarde cuando alcancé tu rostro. Los espectadores se habían convertido en comensales, abriéndote las tripas para librarte de aquel dolor punzante, riendo y comiéndote los intestinos, expulsando de tus entrañas al producto de la Lujuria, el agente de putrefacción que habías gestado.

Quedaste achacado y demacrado, mi portentoso Edrien. Disuelto en el recuerdo de un rostro y un cuerpo que alguna vez fueron bellos, pero ahora sangraban decrepitud. Reptaste dentro de la casa sin poder ponerte en pie, abatido por aquellos que habían adorado tu divinidad al punto de absorberla de dentro de tu vientre, devolviéndote hecho poco más que un despojo de gloria. ¿Sufren las estrellas al morir, turbado Edrien, pero nosotros oímos tarde su llanto?

Confieso mi egoísmo. Había encontrado en la contemplación de aquella turba iracunda otra forma de adorarte, divertido Edrien. Era Praga el lugar en el que por fin lograste incorporarte después de una larga convalecencia y el año era 1955. Ya no había rastro de tus agresores, huidizos y dañinos, ni de la mujer que ya ambos conocemos, que había escapado detrás de la belleza hacia otra parte, sin siquiera dejar huella.

Quizás fue por saberte libre de aquella víbora ingrata que decidiste levantarte y buscaste el espejo que te había regalado con desesperación. Aún sangrabas por tu barriga y las cicatrices de tu torso se encontraban todavía abiertas, pero aullando de dolor buscaste sin descanso el reflejo de la Inspiración en tu propio reflejo, ya no hermoso e incente, sino brioso. 

En medio de tu búsqueda un llanto agudo te sobresaltó. Era punzante como mil agujas clavadas en los tímpanos. Me miraste perplejo, esperando que de mi boca saliera una explicación que mitigara los quejidos, pero yo estaba tan sorprendido como vos, Edrien. Entonces empezaste a moverte por el piso como la sombra macabra de una araña. Revolviste viejos libros y rasguñaste los ajados tablones de madera buscando derribar el mito o callar su llanto de una vez por todas. 

Fue recién al sumergirte debajo de tu deshecha cama que lo encontraste. Era un bebé hermoso, el más hermoso y adorable de los bebés. Tenía risos rubios y perfectos que poblaban su frágil cabeza se curvaban sobre su frente. Estaba rojo de tanto llanto ahogado y belicoso. Pataleaba y se estremecía sobre la fría madera como si intentara luchar contra algo invisible que lo aterrorizaba. 

Al intentar levantarlo en brazos, su llanto se magnificó retumbando por todas partes. Te miraba extrañado, absorto en tu demacrado rostro, como si buscara en él una belleza igual a la suya que alguna vez te había pertenecido. Vos lo mirabas con una expresión rara, como una mezcla de envidia y asco. Yo, por mi parte, lo miraba solo a él, tratando de que mis ojos retuvieran toda su bondad en un solo parpadeo. Era mi nuevo juguete, juguete nuevo, no juguete roto. Juguete preferido.

Se parecía tanto a vos cuando nos conocimos, Edrien. Pero conservaba una inocencia perdida por vos siglos atrás. Era como vos pero mejor hecho, sin fallas ni debilidades. Casi como si conservara de vos lo que antes me había hecho amarte pero con las certezas de mi incorruptibilidad. 

Entonces lo entendí. Creo que vos también lo entendiste a la par mía porque diste un grito ahogado y me miraste perplejo, para después mirarlo a él, primerizo Edrien. Aquel bebé era el fruto de tu vientre y mi baile cuando te festejamos embriagados por tu propia música. Te dije que también habíamos bailado, Edrien.

Pero lejos de perturbarte y dejarte paralizado, aquel llamado de la naturaleza te sirvió de motor. Volviste a agarrar el espejo y saliste al enorme patio que recibía nuestra morada. Entonces, agarraste barro a manotazos, hasta que tus uñas mezclaron sangre con sangre-tierra y tus dedos martillaron el cansancio y se entumecieron. Recién ahí regresaste y con los baldes repletos de tierra empezaste a hacer barro. Después, con el barro entre tus dedos empezaste a empastar tus heridas frente al espejo, con una sonrisa plena escapando de tus labios. 

Mirabas tu reflejo, te acariciabas las cicatrices y volvías a mirar sontiente para después llenarlas de aquel barro espeso. De vez en vez, mirabas al niño y sonreías con la mitad de la boca y la mitad del alma.

En tu labor, te escuchaba atento. Un silencio lo envolvía todo, siendo interrumpido únicamente por la viscosidad del menjunje sobre tus laceraciones, mezclándose con tu sangre seca hasta convertirse en una única pasta. A veces te escuchaba pronunciar la palabra “oro” mientras te decorabas las imperfecciones, perfeccionista Edrien. Pero fue recién cuando empezaste a cubrirte por completo en aquel espeso barral que entendí lo que ocurría. Mi Midas, mi inocente hacedor de imposibles. Te creías de oro.

Intenté advertirte que aquel no era oro líquido, pero no me oías. Seguías empecinado en embadurnarte por completo y el llanto agónico del niño, sumado al tapón terroso que para entonces ya había tomado tus oídos por completo, te hacían inmune a mis recomendaciones.

Cuando por fin diste por satisfecha tu labor, volviste a mirarte al espejo de la inspiración y te sentiste orgulloso al saberte en tu locura bañado en oro, pero no pudiste sonreír para expresarlo. 

Fue recién entonces, al saberte amo de tu propia creación sobre vos mismo, que la dama que va detrás de lo bello volvió con nosotros. Pero ya no iba detrás de vos, Edrien, por más que te supieras bello de barro. Tampoco detrás de mi, eso jamás pasó. Sino detrás de Edrien, me refiero al nuevo, me refiero al niño. A él si que le sonrió, en cambio a vos y a mi por cortesía nos escupió una mirada piadosa y una media sonrisa de misericordia y pronunció la palabra “Avaricia” bautizando tu obra sin siquiera querer hacerlo, antes de volver a desaparecer con el bebé a cuestas, con aquella única cosa que habíamos hecho bien juntos.

No pudimos hacer nada, Edrien. Quedaste petrificado mientras la mujer que iba detrás de la belleza nos robaba el fruto de nuestro amor. Te habías convertido en una parodia inmóvil y marrón de aquello que supiste ser. A tu alrededor se habían congregado tus más fieles seguidores que esperaban frente a tu estatua, creyendo que llegarías para amarlos. Eran millones y te miraban con la misma devoción con la que te había mirado yo cuando te elegí, mi promesa. No sabían que dentro de esa jaula de oro y barro se escondían tus más repugnantes miserias. Para entonces ya no eras bello, Edrien. Habías quedado desprovisto de toda sutileza.

Habían pasado siete años desde el rapto del niño Edrien, cuando el último de tus adoradores se presentó ante vos. Aún permanecías inmóvil, convertido en estatua, y decidí romper tu coraza para que todos vieran en lo que te habías convertido. Pero no lo haría yo mismo con cinceles ni martillos, lo harían ellos.

Parándome a tu lado contemple a la multitud. Habían gentes de todas las edades, sexos y colores. Algunos cargaban con más dudas en sus almas, mientras otros hubieran cortado uno de sus brazos por cumplir tu voluntad. Estaban aquellos que te habían ayudado a erigir la Soberbia, dispuestos en la primera fila de tu público, más atentos a las miradas de las filas posteriores sobre ellos que a adorarte. Parecían orgullosos de un logro que en definitiva jamás había sido de ellos. En la fila siguiente, los que habían admirado tu Vanidad, preocupados por estar presentables para cuando por fin aparecieras. En la tercer fila, recostados en los largos asientos, los que habían sucumbido a la Pereza, cansados por aquello que aún no había sucedido. Una fila más atrás, la cuarta, impacientes y fastidiados se hallaban aquellos que habían tarareado la Ira hasta el hartazgo. Por detrás de estos, los que habían bailado con vos y conmigo en la Lujuria te guiñaban el ojo a la distancia, esperando que aparecieras para amarlos. En la penúltima fila, mordiéndose las uñas por la desesperación, los que habían hecho un despojo de vos bajo el mandato de la Gula. Y por último quienes estaban más preocupados por la estatua, a la que veían de oro reluciente como vos, en lugar de estar ansiosos por tu presencia, los esclavos de la Avaricia.

Recorrí todos sus rostros y me percaté de que tus obras no los habían congregado allí, sino el espejo que yo mismo había creado. Entendí que la maldad que habitaba en todas esas personas no había sido obra tuya, sino mía y me regodeé en mi creación. Un millón de operas primas, de primeros intentos fructíferos y dignos de mi orgullo; no como vos, aquel primer intento fatídico y que es mejor intentar olvidar. 

Entonces, alcé la voz y les ordené a las siete filas que hicieran lo que quisieran con tu estatua. Los soberbios te escupieron y se fueron sin decir nada. Los vanidosos intentaron mejorarte y en su intento comenzaron a resquebrajarte. Los perezosos ni siquiera se acercaron a vos. Los iracundos te gritaron improperios y golpearon tu dureza rompiéndose las manos y agrietándote aún más. Los lujuriosos orinaron y se corrieron en tu imagen, mientras tocaban tus partes petrificadas sin que sintieras nada. Los hijos de la gula intentaron morder tus dedos pero se rompieron los dientes y se fueron cabizbajos. Por último, los avaros recogieron casi todos tus restos y se los guardaron en los bolsillos.

Al partir el último de ellos, llevé tus restos a Francia, Edrien. Dónde lo habíamos comenzado todo, donde habíamos empezado a soñar las pesadillas que al final nos consumirían.

 Qué felices éramos juntos, creyéndonos nuestras mentiras. ¿Te acordás lo radiantes que estábamos armando nuestras ventanas al paraíso? Ya no me importaba el espejo, ni aquella arpía que va detrás de la belleza y la malogra. Solo me importabas vos, mi amado Edrien. La causa de mis desvelos, la agonía en mis turbadas noches de soledad. La última esperanza de mi redención. ¿Creés que alguna vez seré capaz de salvarme? ¿Me creés bueno, Edrien?

Pero ya era tarde, había corrompido tu alma y todo aquello que habías sido alguna vez ahora estaba reducido a polvo y escombros. ¿Serás capaz de perdonarme algún día, mi benévolo cordero Edrien? 

Entonces recordé que alguno de esos ineptos tendría, sin merecerla, una parte de tu esencia sin siquiera saberte junto a él y sentí rencor. La rabia más enferma se apoderó de mi y tomé entre mis manos uno de los vidrios que habían cargado con tu colorida y heroica imagen, pero ahora estaba agrietado y cubierto de polvo. Me corté con él, Edrien. Me lastimaste y por primera vez, sangré. Sentí como un cálido río recorría mi mano y bajaba por mi brazo hacia mi cuerpo, mientras contemplaba mi mano azorado. ¿Será que estamos hechos de lo mismo, mi mortal Edrien? 

Me sentí furioso y abatido, pero no por haberme lastimado como si fuera un mortal. Siempre supe que el amor debilita, lo que sentía ahora era previsible. Sino por haber ido detrás de aquella mujer maldita, de aquella arpía que malogra la belleza y no haberte protegido. Mi niño Edrien, mi promesa, mi aprendiz. 

Una sensación extraña me invadió, tomándome por completo. Empecé a retorcerme de espanto y a gritar al cielo que acabara este suplicio de añorarte, mi único Edrien. Desplomado en el suelo, achacado entre las ruinas, supliqué a los cielos que me hicieran olvidarte. Ya sin poder contener los espasmos vomité de rabia, tiré tus restos en las ruinas de la Soberbia y lloré por no tenerte. 

Envuelto en la melancolía de tu olvido sentí una mano que tocaba mi hombro. Era frágil, delicada, como si fueran los delicados dedos de una mujer, pero no era la dama que va detrás de la belleza. Al levantar la mirada vi tus rizos, pero no eran tuyos; vi tu rostro angelical,  tan joven como cuando me enamoré de vos, pero a pesar de ser idénticos, no eran tus ojos ni tampoco tu boca. Intenté convencerme de la verdad pero estaba débil, demasiado como para tener la fortaleza de asumir que ya no estabas conmigo. Me mentí, lo sé. No hay peor mentira que aquella que uno mismo se cuenta, pero siempre fui bueno mintiendo. Ya no eras joven y sin embargo estabas frente a mi, espléndido. Entonces, por fin, reapareciste.


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