lunes, 26 de junio de 2017

15.- MENTIRAS BLANCAS - SINOPSIS


Tirso es un joven huérfano que vive en Buenos Aires, Argentina. Escéptico, irónico y muy inteligente para su edad. Quizás, demasiado. Cuando un extraño se presenta en el orfanato, las concepciones que tenía acerca de la sociedad, la justicia y la verdad se derrumban.

Descubrirá que una empresa multinacional intenta derribar los eslabones intermedios en la sociedad, la clase media, con métodos fuera de las normas éticas: involucrar a jóvenes con capacidades superiores a través de la enajenación, con el fin de disolver los lazos afectivos de las familias trabajadoras, para así poder controlarlas libremente.

Los intrincados ideales de la organización se entrelazarán con un pasado desconocido y cada vez más borroso, en la lucha del joven para subsistir bajo la mira de una revolución tiránica.

 En este mundo no todo es blanco o negro, abundan los grises. ¿Hasta dónde somos capaces de mentir?
B.K.

martes, 20 de junio de 2017

14.- LOS INVENCIBLES (2011)


Salgo de ese lugar, camino solo por caminar hasta llegar a alguna parte o quizás no, quizás no llegue a ninguna parte pero por lo menos sabré que sufro con olor a algo, algo que no sé bien que es pero me hace tan bien, tan bien como caminar sin un rumbo fijo.

Arriba llueve, arriba llueve y acá también, me rectifico, arriba las señoras cuelgan la ropa preocupadas por la demora imperceptible de segundos condenados, que atrasan a sus maridos en la llegada al hogar. Y bien sabemos que los segundos son al tiempo lo que las hormigas a la comida en un patio, o en un lugar así. Llueve, y yo rio por saber que no es más que agua y que algún día va a acabar, y que cuando acabe vamos a estar todos pendientes y ahí te quiero ver. Sin embargo, veo como todos se refugian bajo los toldos, como pelean por entrar en el paraíso seco de 2 x 2.

Las personas, ven a los perros (que no son muchos, pero que aunque sean uno sorprenden en estas circunstancias) tirados bajo el agua y piensan en que estúpido es el animal y cuan superiores somos los humanos, raza de reyes, emperadores, profetas, pero también de políticos y corruptos.

Todo y nada en nuestras manos, que macana.

A su vez el animal piensa cuan inferiores somos nosotros, que nos jactamos de fortaleza, inteligencia y superioridad; pero sin embargo le tememos a unos cuántos átomos de hidrógeno y oxígeno ordenados en forma mágicamente aleatoria y ordenada a la vez. Mientras sigo caminando, solo por caminar (hasta llegar a alguna parte o quizás no, quizás no llegue a ninguna parte pero por lo menos sabré que sufro con olor a algo, algo que no sé bien que es pero me hace tan bien como caminar sin un rumbo fijo) las nubes se decoloran y vuelven a algodonarse en perfectas almohadas de mullido blanco. Mientras eso, los perfectos estúpidos que conquistaban toldos al resguardo de la nada vuelven a las calles pululando superioridad. Volvió la raza madre, volvieron los invencibles.

B.K.

domingo, 18 de junio de 2017

13.- CON EL DIARIO DEL LUNES

Cuando Sebastián dio el primer sorbo del mismo café monótono e insípido de siempre aquel día, jamás se imaginó que el destino iba a knockearlo sin dar aviso. Al salir de su edificio, en un rincón del palier, encontró un libro desgarbado y de aspecto muy extraño. Parecía una libreta sumamente antigua, tanto la tapa como la contratapa estaban descascaradas. Las hojas a punto de convertirse en polvo, amarillentas y sucias. Desprendían un fétido olor que recordaba a mil cosas, sin embargo no se podían llegar a precisar con exactitud.

Comenzó a recorrer una a una las delicadas páginas de aquel extraño documento con una cautela y respeto propios de un cirujano. Las palabras que allí se leían estaban plasmadas en el papel con una delicadeza admirable y a su vez generaban un escozor en la espalda al leerlas. Pareciera como si hubieran sido escritas por el asesino más macabro del planeta. Lo que no se imaginaba aquel hombre era que el dueño de aquellos párrafos sería mucho peor que eso.

Cada una de las hojas contenía una cruel sentencia, con lujo de detalle, y al final de ellas una firma que rezaba: Mortimer. Los escalofríos en la espalda de Sebastián se intensificaban cada vez más a medida que su mirada iba recorriendo cada palabra de aquellas macabras oraciones. A pesar de su simpleza y contundencia en cuanto a redacción, cada oración parecía un maleficio demoníaco.
Antes de comenzar cada sentencia Mortimer se había encargado de separarlas, hoja en blanco de por medio. Había puesto además señaladores con los nombres y apellidos de las víctimas. Al comenzar cada sentencia había una breve descripción de los actos en vida de cada personaje. Entre aquel catálogo tan particular se encontraban nombres de asesinos célebres, torturadores e incluso políticos de todo el mundo. Sebastián comenzó a temer cada vez más, porque se percató de que el propietario de aquella agenda mortal no era un bebé de pecho.

Revisando las páginas algunos nombres le comenzaron a hacer ruido, eran parientes lejanos. Tatarabuelos, bisabuelos e incluso pudo llegar a leer el nombre de su abuela materna. Sintió pavor ante tal revelación y el diabólico objeto resbaló de sus manos y cayó al piso. Comenzaba a alterarse, ya no por la finalidad de aquel cuaderno, sino porque su abuela materna había muerto hacía apenas unos días en la tranquilidad de su hogar, profundamente dormida. Por curiosidad comenzó a leer la información que en aquellas hojas se detallaba y encontró que varias situaciones de su vida estaban milimétricamente detalladas a la perfección. También encontró detalles de la infancia de su madre que el mismo desconocía.

Temía dar vuelta la hoja, ya que ésta develaría el posible –y cada vez más preciso- final de sus padres. Sin embargo, la curiosidad mató –justamente- al gato y no tardó en quebrar su propia voluntad en busca de más información, detalles más minuciosos y escabrosos del futuro de sus seres amados. Al advertir sus inevitables destinos comenzó a llorar desconsoladamente.

Acto seguido apareció detrás de él un hombre delgado, de aspecto muy refinado y pelo completamente blanco. Tenía barba y bigotes prolijamente recortados que recordaban a un mosquetero y estaba vestido con las mejores marcas del mundo. Sebastián se sobresaltó al advertir su presencia tras de sí.

- “Buenos días, estimado. Mi nombre es Mortimer, creo que encontró mi agenda personal…” – Se presentó aquel sujeto inquietante con una voz profunda y gutural.

Sebastián temblaba como nunca en su vida, extendió su mano con el cuaderno casi sin pulso y se lo entregó a Mortimer completamente pálido. El hombre sonrió con una mueca tan macabra como irónica y con un refinado movimiento sacó del bolsillo de su saco unos anteojos de lectura redondeados. Se los puso y comenzó a ojear página tras página con delicadeza y sin apuros.
Pasados unos segundos, el extraño levantó la mirada como habiendo olvidado la presencia del joven y sonrió de nuevo.

- “¿Cuánto leíste de esto, pibe?“ – Preguntó en un tono extrañamente amistoso.

- “No… no… no-mucho” – Respondió el joven al borde del colapso.

- “¿Te interesaría conocer tu destino? Estaba justo después de la página que habías terminando de leer… y como fuiste tan prudente, te lo ganaste…” – Lo apremió Mortimer.

- “No, no gra-gracias… prefiero sorprenderme” – Los ojos del joven estaban completamente húmedos.

- “Sos más valiente de lo que pensaba” – Respondió el extraño hombre.

Mortimer le dio un abrazo a Sebastián que caló hasta lo más profundo de sus huesos, sentía como si todo su cuerpo se quemara y a la vez, un profundo frio que le recorría la boca del estómago y le subía por la traquea como si se le escapara el alma.

Ambos caminaron perdiéndose en la niebla hacia quién sabe donde, para siempre.

B.K.

viernes, 16 de junio de 2017

12.- LA VOZ ETERNA


En el ocaso de las civilizaciones, cuando todos los errores estaban hechos por el hombre y ya no quedaba más que destruir, cuando todos los inventos de la humanidad se habían retraído en sus teoremas primitivos como método de salvataje ante el olvido, vivía una comunidad en Oceanía, la última sobre la faz de la tierra.

Los Cthun vivían organizados de manera sumamente precaria, habían retomado la caza y la pesca tras descubrir que no había más tierra que cultivar ni más animales que quisieran doblegarse bajo el dictatorial sesgo del hombre neo-moderno. Comprendieron que nadie les regalaría nada y que Dios si es que alguna vez los había oído, se había cansado de la negligencia del ser humano. Ya no habría un manto protector ni una mano paternal que les acercara el Edén. Habría que sobrevivir, como pudieran.

Dentro de este páramo cultural subsistía un único encargado de transmitir la cultura, similar a un chamán antiguo, llamado Knuq. Se había instruido de sus antepasados a través del testimonio oral. Conocía culturas previas a la suya en un amplio rango de siglos.

Cada vez que Knuq abría la boca todo el pueblo se congregaba en la plaza central y se postraban a sus pies con la mirada atenta y despierta, como cuando los chicos esperan a que sus padres vuelvan del trabajo, suponiendo un regalo. Sin embargo, a pesar de la grandilocuencia del esfuerzo común de los congregados, nadie lograba decodificar ni un solo concepto entre todo el palabrerío del viejo chamán. Habían acordado en secreto no revelárselo, con el temor de que sufriera esta información al punto de morir y con esto se acabara la cultura para siempre.

Aquella tarde el anciano había alertado a toda la comunidad acerca de un mensaje de suma importancia que sentaría precedentes para el futuro de la civilización. Imploró puntualidad y perfecta asistencia al evento, ya que no quería que nadie se mantuviera ajeno al relato.

Una vez que se encontraba todo el pueblo reunido al pie del árbol más antiguo del planeta, de más de 5000 años, Knuq dio comienzo a su narración. Algo en el ambiente insinuaba que aquella no sería una historia más, y cuando comenzó a emitir las primeras palabras todos comprendieron por qué.

El chamán narró la historia de Thar, un hombre perteneciente a la primer civilización conocida de la humanidad. Previa a los sumerios y babilonios, previa a la institución de la escritura como herramienta del recuerdo colectivo. Cuando la tradición oral era lo único realmente infalible y eterno. Y no solo eso, anunció que había logrado comunicarse con él la noche anterior. Comentó que le había transmitido todo el conocimiento del mundo a través de los siglos con una simple imposición de manos, seguida de una luz brillante y cegadora que lo encandiló durante varios segundos. Entonces, fue como si la voz del primer y el último narrador sobre la faz de la tierra se hubieran hecho una sola, perpetuándose en ecos a través de la historia de la humanidad. Rebotando en cada historiador, científico, narrador, y creador de cualquier índole, en forma de inspiración para descubrimientos nuevos.

Ante la mirada incrédula de los espectadores, confesó también que ese conocimiento se le había otorgado debido al advenimiento del ocaso de la cultura, con el fin de salvar todo lo cosechado por el Hombre a lo largo de su historia. Sin embargo y rompiendo con las reglas tácitas impuestas por Thar, éste había optado por transmitir semejante legado a toda su gente, con el fin de quebrar la profecía maldita y pesimista.

Sonrió y levantó la mirada, esperando recorrer un campo de sonrisas, arrullado por un mar de vitores, de su pueblo hambriento de saber. Imaginó, por un segundo, la interminable fila de su gente, ávida de conocimiento. Por el contrario y para su  desgracia, lo único que encontró al levantar la mirada y enfocar sus cansados y viejos ojos en el público fue un sinfín de miradas vacías y aburridas, contemplando a la nada. Segundos después gran parte de la gente que se encontraba allí reunida comenzó a dispersarse hacia sus labores cotidianas. Algunos rearmaron los grupos de caza y encararon para el sur del poblado, donde se encontraba la selva. Otros se dispusieron a recolectar la leña faltante para el magno fogón de cada noche. Incluso, y esto fue lo que más molestó al anciano, logró escuchar un bostezo prolongado y profundo proveniente del fondo.

Arrepentido y consumido por una profunda rabia que le brotaba de los poros y hacía rechinar sus escasos dientes, Knuq proclamó sus últimas palabras antes de desaparecer por el bosque del este y perderse para siempre:

“Iknôt serefh suvan”, que en idioma Cthunés significaría algo así como: “váyanse todos a la puta que los parió”.

Así fue como se cerraron las cortinas de la cultura para siempre.

B.K.

jueves, 15 de junio de 2017

11.- RINCÓN DE OLVIDO


Juraron encontrarse en la esquina de Cabildo y Juramento a las cuatro de la tarde de aquel lunes. Él estaba más nervioso que nunca en su vida, esperando parado en la entrada del Mc Donalds. Se había puesto su mejor saco y planchado el pantalón más elegante que tenía. Consultaba el reloj cada dos segundos preso en la interminable condena del tiempo y los arrebatos del destino.

Se conocieron aquella mañana en la Plaza Las Heras, paseando ambos como todas las mañanas de sus últimos años que no los había encontrado juntos hasta entonces. Sin embargo quebraron aquel momento, ella debía seguir con algunos trámites y él había quedado en encontrarse a almorzar con un amigo de toda la vida.

Juan siempre se había caracterizado por una tenaz puntualidad y aquel día no podía ser la excepción. Luego de los primeros quince minutos de espera empezó a sentir una cosa en el estómago que lo estrangulaba por dentro.

A la media hora, la angustia ya había gobernado su mente y únicamente pensaba en el letargo de aquel encuentro, en la posibilidad de que los caminos que se cruzaron aquella mañana jamás retomaran baldosas en común, ni mañanas de risas.

Jamás en su vida Juan había sentido tanta desolación y desesperación juntas. Las lágrimas querían brotar como de una represa dentro de sus ojos y dejarlo escurrirse eternamente en una masa amorfa sin sentir. Los hombros le pesaban, su boca se había resecado y la respiración se había acelerado como si corriera una carrera contra la vida y la esperanza.

Pasó la primer hora, se despertó la desconfianza y el enojo comenzó a brotarle por los poros. Mónica, qué hija de puta. Gritó de rabia contra monstruos invisibles que no tenían la culpa de nada y abandonó aquella esquina con una furia incontenible, jurándose para si mismo nunca más volver a darle una oportunidad al amor. A sus ochenta y cinco años aquel había sido probablemente su último tren y no había pasado por su estación.

Se resignó a pasar el resto de su vida solo, en su departamento de Las Heras y Pueyrredón. Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Mónica intentaba recordar qué cosas había ido a comprar al supermercado. Desde hacía unas semanas su memoria había dejado de ser la misma.

B.K.

miércoles, 14 de junio de 2017

10.- ESCRIBA QUIEN ESCRIBA

Sostengo que la narración es parte de algo mayor, sin embargo – aunque los aquí presentes no me crean – aún no puedo demostrarlo. Intentaré hacer el esfuerzo, de todas formas, antes de que me juzguen de loco.

No hay lugar donde esconderse cuando la prosa encandila los ojos con historias ajenas y revienta las venas con un algo que no se sabe que es pero quema como el fuego. No hay excusa ni pretexto con el que negarle un café y una buena charla al espíritu de la narración. Quizás algunos, en un descuido desafortunado, sometan al olvido aquel irrecuperable momento. Probablemente por un imprevisto, quizás no había con que escribir, con que plasmar en el opresivo y despótico papel el sinfín de recovecos transitados. Me atrevo a decir que la mente incluso se duele por la pérdida estéril de la idea malformada.


Pero afortunadamente algunos pocos enjaularon el frágil y salvaje espíritu en un formato palpable para que la llama se propagara en otros tantos. Algunos pocos lograron apresar la fiera indomable de la trama en lo que conformaría la jauría de la literatura. Es en vano y fuera de margen comenzar a citar cazadores célebres. Quizás incluso algunos sean menos conocidos que sus personajes.

En ese punto es donde me quisiera detener si me permiten. El personaje, cuando se crió en cautiverio y con la debida preocupación, trasciende al creador. Para esto es ineludible concederle todo lo que pida. El más mínimo capricho es menester para su sano y prudente desarrollo. De lo contrario, la bestia –ahora bestia- muere o cae en el olvido, que es peor. Una vez que el personaje crece bajo nuestra tutela debemos dejarlo correr libre.

De todas formas, lo realmente relevante aquí es la inspiración. Sin ella el personaje queda encapsulado en una idea triste, entre la lista imaginaria de las compras y el llamado telefónico imperante de las cuatro de la tarde. Esto es realmente lo trágico, que el personaje – que puede comerse el mundo si realmente se desarrolla en el esfuerzo – muera sin pena ni gloria, así sin más.

Probablemente los aquí presentes me juzguen de enfermo, que desvarío. Pero seguramente jamás sintieron la experiencia, ese carbón que quema entre las manos pero que hay que poner a salvo porque no puede tocar el suelo. Sin embargo están a tiempo, escriba quién escriba los personajes aparecerán. Considero que viven en lo que llamamos “inconsciente colectivo” y que basta una mínima voluntad y algo de ingenio para activar sus alarmas y hacer que vengan a nuestra ayuda como bomberos a un incendio. Elijo creer esto, para así hacer de la vida algo un poco menos gris.

Y antes de que me manden al calabozo de los descreídos y me sometan a las inyecciones de olvido y las pastillas mata-memoria, es decir, antes de que me conviertan en un loco al que puedan manejar, déjenme redactar lo que creo correcto y hacer justicia por el relato. Quizás a alguien le sirva de precedente.


B.K.

domingo, 11 de junio de 2017

9.- EL CONSUELO DE LOS AHOGADOS

Ambos sabían inconscientemente que tarde o temprano deberían encontrarse para desdibujar las líneas trazadas por el destino y quebrar por fin el espejo que reflejaba ambas realidades como una sola. Sus vidas se reducían a ser cazador o convertirse en una presa. Aunque en aquel momento no eran conscientes del infortunio que les esperaba y del que no podrían escapar aunque quisieran, ambos mantenían vidas relativamente cómodas y sin mayores inconvenientes. Santiago era estudiante de física en Barcelona, tenía un conocimiento admirable acerca de cualquier asunto referido al conocimiento de la materia y sus cambios constantes. En otro lugar del mundo llamado New York vivía Jack, trabajaba como cadete en una empresa de seguros y su vida era irremediablemente monótona.
Sin embargo estas dos personas compartían un vínculo indescifrable del que aún no eran conscientes. Estaban unidos por un lazo más fuerte que la sangre, pero imperceptible como el aire. Durante toda su vida Santiago estuvo interesado en las realidades alternativas y en los posibles quiebres del Universo como si se tratara de una mitosis a gran escala. Había investigado incansablemente la posibilidad de coexistir en distintos planos con versiones alternativas de uno mismo sin estar enterados. Sin embargo era consciente de que jamás su generación, ni posiblemente la de sus hijos llegaría a comprobar lo que las interminables pilas de libros que había estudiado teorizaban y daban por sentado en un absurdo vaivén de autoconvencimientos.
No tenía más remedio que conformarse con la creencia insulsa y chata de que cada ser humano tiene un ser idéntico en aspecto, un sosías, esperándolo en alguna parte del globo, pero que sin embargo son de uno en un millón las probabilidades de que coexistan en el mismo período histórico y ni que hablar en el mismo lugar geográfico. A pesar de eso el catalán no perdía las esperanzas de encontrar a lo que el llamaba “su otra mitad celular” en referencia al proceso de multiplicación a nivel microscópico de estas unidades anatómicas. Lo que el joven no sabía es que aquello finalmente terminaría ocurriendo más temprano que tarde.
Mientras tanto en el país de las franjas, estrellas y armonía cívica el inexperto cadete estaba cumpliendo su primer mes de prueba en la empresa de seguros más importante de todo el estado. Esta tenía grandes proyecciones y un increíble potencial para convertirse en puntera a nivel nacional. Por eso Jack vivía como un manojo de nervios, pendiente del reloj y atareado por mil responsabilidades que jamás se le hubieran siquiera cruzado por la cabeza cuando terminó la secundaria, con uno de los peores promedios de su curso.
Fue por esta irrefrenable dependencia del tiempo y sus mediciones que no reparó al chocar con Santiago cuando ambos bordeaban en direcciones opuestas el Central Park. El joven catalán estaba de paso por la ciudad, a unos días de asistir a un congreso sobre Física Cuántica en el MIT, por lo que había decidido recorrer la ciudad del insomnio que había escuchado hasta el hartazgo en el disco de Sinatra de su padre.
Al reparar en la existencia de Jack, el joven catalán se sobresaltó. Sin embargo ya era demasiado tarde, el yankee había cruzado 5th. Ave perdiéndose entre la muchedumbre. Pero por suerte Santiago se caracterizaba por una memoria fotográfica alucinante y recordó el nombre de la empresa que delataba una etiqueta en el sobre que llevaba bajo su brazo.
Los siguientes días fueron todos de persecuciones incansables que llevaban a ningún lado por parte del joven físico. Nadie en aquella empresa sabía darle información, ya que los aspirantes en etapa de prueba no figuraban aún en los registros del banco de datos. Sin embargo el desconocía esto y su cólera aumentaba cada vez más.
Preso de la rabia de los obstinados, se decidió a regresar al punto exacto en donde había sido el choque de manera sagrada y regular, día tras día durante lo que durara su estadía en la Gran Manzana. Jamás había perdido en ningún aspecto vinculado con la astucia y el intelecto y aquella no sería la primera vez, de eso estaba seguro.
Faltando un día para tener que partir hacia su próximo destino, el joven del antiguo continente se encontraba en prodigiosa rutina, esperando por su presa como un guardia sin relevo. Media hora antes de las dos de la tarde el hambre era insoportable. El físico abandonó su puesto de vigilancia improvisado para comprar un pancho en uno de los incontables puestos ambulantes que recibían al público con los brazos abiertos y los bolsillos llenos. Fue en ese instante cuando Jack atravesó con un parsimonia y dejadez inigualables la exacta baldosa que Santiago había estado pisando durante horas.
Ambos se miraron, incrédulos. Sin embargo como en un chasquido del tiempo, todo transcurrió en cámara rápida y el yankee retomó su trayecto obnubilado, negando lo que había visto como si se tratara de un sueño o un espejismo cruel. Santiago finalmente asumió resignado su derrota, en parte porque se sabía también esclavo de sus obligaciones. Era impropio de él evadir un compromiso, romper las reglas establecidas. Le significaba un arrojo de rebeldía que no estaba dispuesto a asumir, apabullado como estaba en aquel momento.
Sin embargo, tenía por seguro que ambos morirían tarde o temprano por la asfixia. Aquello era inevitable, solo era cuestión de tiempo. Eran dos fuerzas iguales actuando en simultáneo, con el mismo interés. Ahí no había margen de error. Sin embargo vivirían lo que les quedaba tranquilos de saberse conocedores el uno del otro y unidos por la invisible tela de las casualidades, como nunca. Como siempre debió haber sido.
B.K.



sábado, 10 de junio de 2017

8.- LIMBO


Ambos estaban esperando su turno con una paciencia ancestral, sin embargo todo tiene un límite y el humor se les estaba comenzando a acabar. Podían sentir la asfixia de ese lugar reducido que hasta hacía unos minutos era un paraíso. Era el tiempo exacto, había llegado el fin.

A pesar de que la piel de los dos se encontraba totalmente cubierta de sangre, se sentían rejuvenecidos. Suaves, como de algodón, parecía que flotaban.

Se habían jurado hermanos de otras vidas y el destino, tan azaroso como preciso los había juntado entre un sinfín de personas a ellos dos en ese preciso momento. Desgraciadamente no habían podido conversar mucho, a pesar de que el tiempo que habían compartido era bastante. Sin embargo pareciera como si se conocieran desde siempre, percibían sus gestos, sus miradas, sus más precisos y minúsculos movimientos.

Aquel lugar que al principio había sido todo vorágine vertiginosa, ahora reposaba en calma como un mar sereno después de una tormenta. El cielo aún estaba negro y resultaba extremadamente difícil ver, pero ellos no lo necesitaban. De hecho apenas usaban el tacto para percibir su circunstancia compartida.

Pensaban sin palabras, como realmente se piensa cuando es sincero. Ya no hacía falta lenguaje alguno, por lo menos por el momento.

Comenzaban ambos a percibir un clima tenso, primero una especie de terremoto los sacudió de la apacible estabilidad que significaba para ellos la cotidianeidad. Luego, escucharon ruidos como de voces proviniendo de quién sabe dónde, más allá del espectro sonoro local, el cual era casi nulo. Varias veces antes habían experimentado situaciones análogas, sin embargo solían ser mil veces más tranquilas y monótonas las vibraciones que llegaban a ellos. Finalmente volvió la calma y pudieron volver a reposar en la tranquilidad de los que se saben puros y sin culpas.

Ese mismo día, en la hora precisa del fin, Martín fue el primero en abandonar. Se les abrió un cielo incandescente sobre ellos y vieron la luz. Inmediatamente no pudieron percibir nada más, sus pupilas estaban encandiladas por la falta de costumbre durante ese último tiempo.

Cuando Martín salió del rango visual de Matías, ambos por primera vez se sintieron genuinamente solos. Sin embargo Matías era más valiente, por lo que no lloró como su compañero. Afuera los murmullos se hicieron más legibles. Se percibía desde adentro un clima mas ameno instantáneamente después del llanto de Martín.



Al salir Matías pudo escuchar, ya con una nitidez total, la frase que marcaría el comienzo de su vida:

- “Felicitaciones. Son mellizos.”


B.K.

viernes, 9 de junio de 2017

7.- CIVILIZACIONES

Durante toda su vida Teo Smith estuvo obsesionado con la arqueología y el conocimiento profundo de las civilizaciones que presidieron a la suya. Aquello trascendía los estudios, haciendo que de joven guardara un profundo respeto por sus mayores, especialmente por sus abuelos paternos y de ellos guardaba un particular aprecio por su abuelo Milo. Este había investigado hasta el cansancio una civilización perdida en África y era para el pequeño Teo una figura heroica. Sin embargo tras su muerte dejó un legado incompleto con millones de datos certeros que conformaban un rompecabezas, al que le faltaban solamente un par de piezas para lograr llegar a aquella cultura perdida.
Por esta razón desde siempre Teo había seguido el legado de su abuelo y a sus 68 años estaba a punto de lograr completar el acertijo. Había precisado en base a la cartografía y las bitácoras de Milo, las cuales estudiaba con rigurosa profundidad noche tras noche, el lugar exacto del hallazgo.
Decidió aquel caluroso Enero emprender la travesía, con la inevitable y tozuda Claire, su nieta. La joven había seguido con orgullo y reverencia la carrera de sus generaciones anteriores y guardaba el mismo respeto por sus mayores que Teo, por eso se llevaban tan bien.
Claire era una joven de veinticinco años, morocha de ojos azules que enamoraba todo lo que pasaba a su lado. Era por este motivo, y porque su padre había muerto cuando ella era muy pequeña, que Teo guardaba un profundo recelo para con su pequeña nieta. Solían reírse en cualquier reunión sobre la absurda forma que tenía su abuelo de ahuyentar a cualquier pretendiente que osara cortejarla. Frente a la mirada externa, guardaban una relación simbiótica y de secretos guardados como si fueran una sola persona.
El viaje a África duraría poco más de una semana, el tiempo necesario para encontrar aquella civilización y estudiarla como para recopilar los datos más básicos y observar sus comportamientos y costumbres. También sería el tiempo prudente para que Claire pudiera retomar sus estudios sin perder el hilo de su ciclo universitario. Teo se había encargado de precisar con una admirable exactitud la locación exacta donde se encontraba aquel tesoro de la cultura, por lo que la búsqueda no sería un obstáculo ni dilataría el viaje. Parecía un plan perfecto, como todo lo que hacían juntos. Ambos estaban sumamente emocionados por emprender esta nueva aventura y suponían que nadie más que ellos comprendería aquella euforia compartida.
No tardaron mucho en hallar la tribu, a pesar de que esta se encontraba oculta en una inmensa caverna del tamaño de aproximadamente una hectárea. Advirtieron la entrada de esta gracias a los cálculos realizados por Milo y Teo durante años de investigación. Sin embargo todo estaba sumamente oscuro, lo que dificultaba el avance a través de aquel húmedo e inhóspito lugar. Trataban ambos de agudizar la vista entrecerrando los ojos, para acostumbrarse a aquella penumbra que escapaba a la imaginación humana. Pareciera como si la oscuridad se apoderara por completo de los intrusos, anulando su vista y alterando el resto de sus sentidos.
Intentaron abrirse paso por el intrincado y reducido ingreso de la caverna. A medida que se alejaban la escasa luz que iluminaba el resto del mundo conocido se iba difuminando hasta quedar en el olvido. Inmediatamente, abuelo y nieta sintieron en lo más profundo de sus almas un sentimiento de tristeza y desolación agobiantes. Era como si en lo más profundo de sus seres algo estuviera marchitándose por el exceso de oscuridad y la falta total de luz. Sin embargo, Teo ya había sido advertido en los escritos de Milo acerca de esto y estaba preparado para lo peor. Pero Claire, que desconocía aquella situación, comenzó a llorar desconsoladamente y sus gemidos de tristeza retumbaron como ecos de agonía por las paredes de aquel horrendo lugar. A pesar de el esfuerzo que el explorador hiciera por consolar a su nieta, por más que le recordara un sinfín de anécdotas y momentos graciosos y de plena felicidad, la joven estaba inalcanzable. Sobrevolaba como de fiebre un cielo oscuro y derruido. Su temperatura comenzaba a aumentar y su rostro se había empapado instantáneamente, como cuando aquellas noches de infancia en las que tenía fiebre su abuelo debía ponerle un paño húmedo en la frente para calmar aquella pequeña agonía.
El evocar aquel recuerdo, en apariencia triste pero sin embargo reconfortante y sincero como las más profundas soledades que a veces son necesarias, fue lo que la salvó del olvido y el desamparo. Retomó la conciencia y al sentirse de nuevo en sí trató de recordar momentos de regocijo y alegría. Vinieron a su mente juegos compartidos con Teo como si fueran las únicas dos personas en el mundo, carcajadas que se replicaron ahora sí en el mundo tangible y real de aquella cueva y no tardaron en contagiar al anciano arqueólogo. Las carcajadas retumbaron aún más ferozmente por los límites de aquel extraño mundo subterráneo. La apacible naturaleza de aquel lugar se profanó por completo, pareciera como si algún engranaje de aquella misteriosa maquinaria natural se hubiera desprendido y todo se hubiera transformado en un caos irreparable e imposible. Cuando se dieron cuenta de esto, sintieron una profunda mezcla de respeto y miedo, que les hizo dejar de reir como acto reflejo instantáneo.
Decidieron adentrarse aún más dentro de aquella realidad alternativa e imposible. A medida que avanzaban los ruidos característicos de cualquier tipo de cueva similar como las goteras y el caer de diminutas piedras se había convertido paulatinamente en algo mil veces más humano.
Consiguieron distinguir, una vez que sus vistas se habían acostumbrado a aquella oscuridad, un sinfín de siluetas que iban y venían a lo largo de los distintos precipicios y abismos que se erguían sobre sus cabezas. Comprendieron recién entonces que habían llegado, aquella era la famosa civilización que tanto habían esperado Teo y su abuelo y cuya pasión habían encendido la llama de la curiosidad en Claire desde que era pequeña.
Teo recordó que traía una linterna en el bolsillo derecho de su mochila de viaje, sin embargo hasta aquel momento no había reparado en sacarla por respeto a la situación. Pero la admiración y la euforia habían ganado en un arrebato de imprudencia el corazón de Teo, que ahora se sentía más rejuvenecido que nunca. Sacó la pequeña lumbre e iluminó por primera vez desde nunca aquel reino del olvido. Instantáneamente todos los habitantes que allí se encontraban ocultaron sus rostros tras sus brazos. Sus pieles eran completamente pálidas y sus cabezas estaban cubiertas por un tupido y enmarañado pelo que llegaba hasta el piso. Teo advirtió dos cosas que lo asombraron más que nada en el mundo. Algunos de los habitantes se encontraban en su hora de almuerzo, succionando el musgo de las paredes de aquel lugar. Otros gateaban sin rumbo fijo al haber trastabillado con un cadáver que sabe Dios desde cuando estaría inmóvil en el mismo lugar.
Teo comenzó a dudar sobre la conciencia que tendrían aquellos seres de que no estaban solos, de que aquello era una comunidad a pesar de que no se reconociera como tal. Luego se cuestionó si aquellos hombres tendrían un idioma con el cual comunicarse, ya que aparentemente jamás había sido necesario.
Sin embargo, comprendió el grave error cuando en cadena y como una reacción reflejo comenzaron todos a llorar por primera vez en sus vidas de una manera desconsolada y desgarradora. Una vez que lograron adaptar medianamente su visión al nuevo mundo que se abría ante sus ojos, se miraron despistados los unos a los otros reconociéndose. Seguidamente se separaron en grupos diferenciando y apartando a los ancianos y aquellos que se hallaban más demacrados. Como por instinto los más aptos encararon para la salida de la cueva en busca de nuevas aventuras y animales para cazar. Se sentían invencibles, omnipotentes. Por otro lado, apabullados quedaron los rezagados de aquella sociedad, apartados del mundo justo y feliz como pasa siempre. Teo y Claire comprendieron que habían creado la discriminación, el orgullo, el prejuicio y la superficialidad. Jugaron a ser Dios y se equivocaron. Entendieron que habían matado en cierta forma a un gran número de personas. Compungidos y asqueados de si mismos salieron de la cueva para no volver nunca.

B.K.

jueves, 8 de junio de 2017

6.- TRATADO DE DISCONFORMIDAD

Ernesto Rivera había gozado desde siempre de un pasar envidiable. Su familia durante generaciones había vivido en un eterno ágape con la más alta alcurnia de su pueblo. Desde su nacimiento el "ser" de Rivera había transcurrido en un perpetuo frenesí y jamás se había preocupado por nada. Los tragos, las mujeres y los más exquisitos manjares habían llegado a el desde siempre de manera natural y sin el más mínimo esfuerzo de su parte.

Un día, sin que nadie lo advirtiera, Ernesto se abstrajo de aquel desenfreno para subir al altillo de su casa, desacatando las órdenes de su padre. Encontró allí manuscritos de tiempos ancestrales, pertenecientes a las generaciones que lo precedían, en los cuales se narraban contiendas épicas para obtener las riquezas de las que él y su familia disfrutaban. Página tras página veía pasar ante sus ojos centenares de antepasados muertos en combate y aquello le generó un malestar inigualable que derivó en una irrefrenable repulsión. Llegado a cierto punto, le era imposible contener el desagrado y terminó vomitando el piso entero de aquel altillo.

Resultó ser que el fétido aroma llegó hasta la planta baja, donde transcurría el constante jolgorio. Allí había una enorme televisión que permanecía prendida desde quién sabe cuándo hacía décadas. A pesar de su funcionamiento nadie reparaba en ella, preocupados de ocultar sus propias miserias, ya con eso tenían bastante. El joven sin embargo bajó y permaneció obnubilado contemplando el sinfín de desgracias que exponía el noticiero. Se percató entonces que en el resto del mundo – del cual no había tenido real conocimiento hasta ese preciso momento – estaban pasando cosas.

Enseguida su padre lo llamó encendido en cólera para que exhibiera sus profundas y más sinceras disculpas para con el centenar de huéspedes que allí se encontraban, perplejos ante tal desagradable e inconcebible situación.

Ernesto acató las órdenes de su padre sin decir ni una sola palabra. Durante toda su vida había estado acostumbrado a no cuestionar las órdenes de sus mayores por más absurdas e irracionales que éstas parecieran. Siempre desde que el mundo era mundo la autoridad reinante en esa casa había sido su progenitor y nadie pareciera tener intenciones de que eso cambiara alguna vez.

Quizás, y me atrevo a decir seguramente, fue por esto que Ernesto detonó aquella noche. Ya no podía aguantar un minuto más en ese infame lugar, rodeado de todo lo bueno que podía ofrecerle el mundo alguna vez en su vida.

Desquiciado, Ernesto agarró unos fibrones que había encontrado en el escritorio del estudio abandonado durante siglos, en el que alguna vez algún antepasado suyo seguramente hubiera hecho algo en ese momento inconcebible, trabajar. Se dispuso de manera certera e indeclinable a redactar un tratado en todas y cada una de las paredes de todas las habitaciones de su casa. En el alegaba una profunda disconformidad y postulaba una a una las cláusulas de convivencia y buena relación que había redactado en su mente minutos antes.

Permaneció satisfecho durante unos segundos, contemplando lo que él creía que era la más parcial justicia. Sin embargo su padre lo agarró de la oreja y le propinó un sinfín de insultos sumamente desagradables y escatológicos que desentonaban del clima ameno y pacífico de aquel lugar. Aquella era la primera vez en décadas que se había caldeado el ambiente, habían pasado años desde la última vez que alguna persona en ese núcleo de confort ameno había emitido una palabra de disconformidad o desagrado.

Afectado por la mirada displicente de los que alguna vez se habían sentado a su mesa y bebido de su vino, Ernesto Rivera proclamó las que serían sus últimas palabras en sociedad:

“Me cago en todos.”


Para recluirse en el más puro auto-ostracismo y permanecer encerrado en su habitación por el resto de la eternidad. Afuera, la fiesta siguió como de costumbre, hasta que todos murieron asfixiados por los excesos del alcohol y demás menesteres.


Eventualmente Rivera tuvo que salir de su exilio para limpiar los restos.

Luego volvió a dormir.

B.K.

miércoles, 7 de junio de 2017

5.- VERSUS

El juego era tan simple como macabro. Consistía en abandonar primero, sin embargo presuponía un inmenso coraje que hasta entonces era incapaz siquiera de alquilar y me quemaba las manos. Ella, sin embargo, estaba armada hasta los dientes con una justicia por mano propia que sometía al más mínimo de mis actos; y una paciencia como de estatua viva que acalambraba a voluntad sus sentimientos y la convertía en una máquina autómata.

Fue por eso que ganó aquella tarde. Nos dijimos adiós a la vez, sin embargo mis palabras tardaron meses e incluso años en cobrar sentido. Entonces calaron en lo más profundo de mis huesos y me di cuenta que estaba vacío como un globo lleno de nada.

Sentí brotar toda la porquería que había estado acumulando dentro de mí por años que ahora parecían siglos como si fuera una cloaca atascada. Un manantial de desperdicios que rebalsaba a borbotones por cada uno de mis poros. Me sentí sucio, inferior. Me sentí en parte el problema.

Retrocedí sobre mis pasos minuciosamente intentando encontrar el error, la mínima grieta en aquel plan que hasta el momento era perfecto, que había ocasionado la eclosión. Por qué lastimamos lo que queremos y nos arrepentimos al perderlo. Por qué las personas son tan cercanas a los animales, instintivos, y sin embargo se creen superiores. Somos a fin de cuentas la misma cosa pero con la capacidad de refregarnos unos a otro lo superiores que nos creemos.

Aquella noche, cuando la cerveza ya había hecho de las suyas para eliminar aunque fuera por un instante, un breve paréntesis de horas, el vacío que me carcomía las entrañas, entendí que quizás el error había estado justamente ahí. En no haber hecho nada, ni bueno ni malo, durante todo el último tiempo que estuvimos jugando a querernos.

Malgasté lo que me quedaba de dinero en más alcohol, como tratando de tapar una represa con una carilina, hasta olvidarme de mi nombre. Sin embargo aún no podía borrar aquella mancha en las paredes dentro mio. Recordaba las palabras resonando como tambores que cada vez se hacían más y más intensos.

Comprendí que ya no habría más canciones por escuchar, más vacaciones por planear, ni más libros que leer. Por lo menos en ese universo en el que me había sumergido y malacostumbrado. Si, quizás habría más canciones, vacaciones y libros pero con otra, u otras mujeres a lo largo de mi vida. Pero jamás volvería a aquellos puntos específicos del destino que por un infame error había decidido saltear.

Retumbaban ahora como si fuera mi propia conciencia, con la fuerza de mil planetas chocando entre si, las palabras que me dijo antes de cerrar la puerta de mi cuarto y despedirse de mi vida y mis miserias para siempre. Comprendí que había ganado el juego, mucho antes de que le pidiera la última revancha aquella noche:

“No sabés estar solo”
B.K.

martes, 6 de junio de 2017

4.- EL ESPEJO DE ADAN Y EVA


Zen y Kyat eran los últimos humanos sobre la faz de la tierra. Mientras él había salido del precario refugio en el que vivían en busca de alguna presa, ya que la comida como tal no abundaba precisamente por ese entonces; ella recababa información en la inmensa biblioteca que habían ido construyendo con ejemplares de obras cumbres, pertenecientes a cualquier género y subgénero literario alrededor del mundo. Al ser los únicos seres pensantes sobre el globo no reparaban en cuestionamientos morales o éticos a la hora de apropiarse y hacer uso de lo ajeno.

Las teorías arrojadas por las culturas más antiguas de la tierra se habían alineado con el despreocupado avance tecnológico y la desidia del nuevo mundo. Pareciera como si años e incluso siglos de ciencia avanzada y desdoblamientos teóricos del ovillo del conocimiento hubieran sido lerdos. Los mayas los estaban esperando a la vuelta de la esquina, mirando el reloj con una disimulada impaciencia. Sin embargo Kyat no daría jamás el brazo a torcer.
Ya de chica había sido una ávida lectora y curioseaba cuanto postulado científico se cruzara por sus narices.

Había investigado sobre teoría de cuerdas, sobre relatividad, campos magnéticos y un sinfín de cosas sumamente importantes que en ese preciso momento eran insignificantes hasta el punto de perecer en el olvido de la humanidad. Lo que había escapado a su curiosidad y a la del mundo en si era algo mucho más genuino y aparentemente nimio. La sociedad se auto-fagocitó como mecanismo de defensa contra sí misma. El hombre finalmente se convirtió en lobo del hombre, y en uno que distaba años luz de los cuentos infantiles. Ya no había ningún chiste que contar, ya no había de que reir.

Cuando un cansado Zen volvió al refugio con malas noticias, ya que era inútil pretender conseguir algo más que morder en ese páramo en el que se había convertido la ciudad de Manhattan, Kyat rompió en llanto. Primero comenzó a temblar con un profundo sentimiento de impotencia que lentamente fue convirtiéndose en rabia. Finalmente una irrefrenable cólera se apoderó de todo su ser. Su único anhelo era revertir los errores de milenios de antepasados. Comenzó a gritarle a su compañero con un enojo que pareciera contener el de generaciones enteras. Su grito se escuchó posiblemente por todo el globo, pero lamentablemente ya no había nadie para comprobarlo. Zen, que jamás había dejado que nada ni nadie lo amedrentara, redobló la apuesta volviendo más eufórica la discusión.

Pelearon por horas e incluso días con un profundo e irreparable odio, ya no había noción del tiempo. Todos los relojes de todas las casas, en todas partes del mundo se habían detenido hacía tiempo. Algo en ellos se había cortado definitivamente y ya no había vuelta atrás. Los únicos dos seres que quedaban sobre la faz de la tierra se habían convertido cada uno en el único ser que quedaba sobre la faz de la tierra y aquello era más aterrador aún que cualquier guerra pasada o cualquier arma inventada jamás. Comprendieron entonces por qué estaban donde estaban. Comprendieron por que ya no habría jamás humanidad y se sintieron ínfimos a medida que se alejaban el uno del otro.

B.K.


3.- A UN PASO DE LA MUERTE

Rumpel sabía que su sentencia de muerte estaba cerca. Como todo duende –los eruditos en la literatura fantástica sabrán esto- era un asiduo consumidor de alcohol, tabaco, estupefacientes y cualquier tipo de exceso. Sentía el frio aliento a azufre de la muerte correr por su espalda. Había sido condenado por el Tribunal Mayor por insano, tras alegar haber visto humanos por los límites del bosque. Todo duende sabe que los humanos son un invento de las abu...elas para asustar a los duendecitos.

Los primeros días luego de la sentencia, comenzó a sentir como todas sus cicatrices desaparecían hasta tornarse imperceptibles. Luego recuperó como nunca antes su estado físico y se optimizaron sus sentidos. Su amigo Kumpel lo notó especialmente animado a pesar de saberse cerca del fin. Las amistades que había cosechado y perdido a lo largo de su vida habían tocado a su puerta rogando perdón, a pesar de que gran parte de éstas fueran profundamente perjudicadas por el destrato o algún equívoco del pequeño ser. Perdonaron todas sus deudas y aquella noche Rumpel ofreció el mayor ágape que se recordara en todos los pueblos aledaños. Su casa se había llenado de gente magnífica. Aquellos que otrora lo habían ignorado y menospreciado, ahora entonaban lisonjas y rapsodias en su honor.

Siempre se había caracterizado de entre todos los habitantes de su comuna por un particular sentido del humor. Sin embargo durante aquellos días se lo había notado más sagaz y ácido que nunca; y aquello había desconcertado a toda la comunidad.

Faltando apenas minutos para el impostergable fin, cuando un leve movimiento de hombros lo separaba del frío filo de la hoja metálica, comprendió su terrible destino. Se sentía completamente bien y en paz consigo como nunca en su vida.

-Saludame a tu mujer- Se despidió con una sonrisa irónica del verdugo, antes de que la guadaña le rebanara el pescuezo.
B. K.


lunes, 5 de junio de 2017

2- LO QUE NO DIJIMOS

Lunes de lluvia, vuelvo cansado en el 132 y de repente escucho, sentado a pocos metros de mi, a un hombre de imponente porte sosteniendo una conversación vía nota de voz de whatsapp. El hombre, de semblante serio escucha atentamente y sin expresión alguna el audio.

“Te quiero mucho Dan, quería saber si me ibas a pasar a buscar el sábado o domingo. Tengo una canción para cantarte si venís a verme el lunes en el acto”

“Si mi amor, te iba a pasar a buscar ahora, pero salí tarde del trabajo y pensé que ya ibas a estar dormida.”

“No te preocupes. Ahora, a dormir”

De repente, paf. Su cara cambia radicalmente, empiezo a advertir algunas cosas. Primero percibo como sus facciones se quiebran como grietas caladas por las cosas que duelen y no se curan. Veo sus ojos, cansados de noches en vela, llorando por una vida paralela, que pudo haber sido y no fue.
Pero amen de eso, veo lo que el debe estar viendo en este instante. Una casa en Flores con tres platos de comida caliente, una mujer a quien amar todos los días. Una hija, su hija, dándole un abrazo todas las mañanas y recibiendo las buenas noches al irse a dormir.

Veo un mal entendido, una llamada que debió atender el, pero que sin embargo atendió su mujer. Veo valijas en el umbral de esa casa, tarde a la noche de un 13 de octubre que por esas cosas del destino era martes. Veo risas los sábados por la tarde y veo llanto de uno solo aquel martes por la noche.
Por otro lado, veo a José, con 3 hermanos más que Dan. Lo veo artista, curioso, osado, inspirado. Lo veo obstinado, desobediente, agnóstico. Lo veo rebelde y fuera del margen. Lo veo dentro de las normas, hijo de embajador. Lo veo como no lo pude ver antes.

Lo veo de letras, lo veo de ciencia. Lo veo de todo porque lo veo inteligente como pocos. Lo veo Caballero, lo veo Knight. Lo veo haciendo, siempre, lo que le gusta.
Lo veo a José joven, desfachatado, lo veo aventurero. Lo veo en Bonn, Venecia. Lo veo en Madrid. Lo veo siempre en Madrid.
Lo veo conociéndola.
Lo veo, a José, sin dormir. Lo veo fumando en la puerta del hospital universitario de Madrid. Lo veo discutiendo con doctores como Quijote a los molinos. Lo veo consolado por la Doctora Arrabal. Lo veo suspirando la felicidad de cien infiernos sosteniéndome en sus brazos.
Lo veo, a José, sonriendo. Lo veo escuchándome decir “papá”.

Sin embargo no me veo, no me veo en la foto. Me desdibujo en la comparativa. Me desencuentro en la balanza del afecto. Me veo pocas veces dibujándole un “te quiero”. Me veo de pocos abrazos, de afecto disuelto.

Me veo dibujando igual que el, siempre, pero nunca con el mismo sentimiento. Me veo la sombra de el, pero orgulloso de serlo. Me veo leyendo ya no por el placer de leer, sino por las ansias de igualarlo. Me veo su estela, su capa, lo veo mi espada. Me veo defendiendo su humor en cada charla, en cada sobremesa con amigos, llevándolo como bandera.

Me veo a los 6 en la ortopedia Vallejos defendiendo su legado. Escuchando a un niño mórbido que jugaba conmigo en esa sala de espera. Escuchandolo hablar sobre su quinta en Pilar y respondiendo “y yo, tengo un Batman”.  Veo a raíz de eso, seguramente, el amor por carácter transitivo al Comic.

Lo veo musical, lo veo Bee Gees, lo veo Saturday Night Fever.
Lo veo hijo ejemplar, me veo tan lejos. Lo veo amor de madre y padre, me veo tan lejos. Lo veo hermano de mas de 6, lo veo hermano de miles. Lo veo tan María, tan Octavio, tan Fabrizio, tan Marina, tan Hugo, tan Paulo… Lo veo tan todo.
Lo veo desperdiciado en 9 años, lo veo en llanto silencioso durante 13.
Lo veo fuera del ensueño, ahora si, a Dan, preocupado como yo por lo que no dijimos.

B.K.

1.- DEJA VU TRUNCO


El hecho de que Márquez fuera simplemente un escritor de ficción no le daba derecho a intervenir de manera impetuosa y hostil en la vida de su prójimo. Cuando le preguntaban por qué escribía sobre asesinatos y suicidios –ya que su especialidad era la narrativa policial – simplemente respondía aquello de que el escritor no es esclavo de sus personajes. Sin embargo soñaba incansablemente con que alguna de sus criaturas cobrara vida como el golem de barro de la mitología hebrea. Quizás aquello era lo único que lo mantenía con vida.

Esa noche se encontraba en la presentación de la nueva obra de un estimado colega. Su mirada como de autómata generaba escalofríos en aquellos cautos que sabían interpretar aquellas cosas. En sus ojos se advertía un mensaje tan directo como cruel. Sin embargo, su actitud era tan serena y despreocupada que pareciera reflejar una comodidad ingrata con la situación general. Márquez simplemente esbozó una mueca inquebrantable como de regocijo y levantándose ligeramente del público desapareció en la oscuridad de aquel 13 de Julio por la noche.

Media hora después apagó el cigarrillo en un charco que la irrespetuosa llovizna había formado minutos antes y agarró firmemente el mango que reposaba dentro del bolsillo derecho de su gamulán. Todo lo que pasó después fue vorágine e incertidumbre. Se escucharon dos tiros certeros, uno habría sido suficiente pero no quería dejar aquello librado al azar. Cuando los primeros efectivos llegaron y comenzaron a tomar declaración, el escritor –el que aún estaba vivo- declaró que todo había sido muy claro. El mandato había bajado como directo del cielo y se había apoderado de su ser esa misma mañana.

El oficial Juárez había sido amigo de la familia desde hacía años, sin embargo debía permanecer imparcial ante el hecho. Márquez narró aquel suceso, no sin antes aclarar en inútil defensa cuales habían sido los motivos. Durante la presentación se repitieron las imágenes aún más nítidas, como si se tratara de una película en cámara rápida.

Distinguió perfectamente los volúmenes de los cuerpos pertenecientes a su colega y su mujer debajo de las sábanas de la habitación. Podía precisar con lujo de detalle la hora y el día exactos, como si fuera un espíritu omnisciente. Distinguía a la perfección cada una de las prendas desparramadas por el cuarto. Miró incluso a través de la ventana que daba directamente sobre la Av. Santa Fe. Abajo, el tránsito brillaba por su ausencia, únicamente se distinguía un efectivo policial.

Juárez lentamente tragó saliva...

Márquez comprendió el error...

B.K.

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...