viernes, 16 de junio de 2017

12.- LA VOZ ETERNA


En el ocaso de las civilizaciones, cuando todos los errores estaban hechos por el hombre y ya no quedaba más que destruir, cuando todos los inventos de la humanidad se habían retraído en sus teoremas primitivos como método de salvataje ante el olvido, vivía una comunidad en Oceanía, la última sobre la faz de la tierra.

Los Cthun vivían organizados de manera sumamente precaria, habían retomado la caza y la pesca tras descubrir que no había más tierra que cultivar ni más animales que quisieran doblegarse bajo el dictatorial sesgo del hombre neo-moderno. Comprendieron que nadie les regalaría nada y que Dios si es que alguna vez los había oído, se había cansado de la negligencia del ser humano. Ya no habría un manto protector ni una mano paternal que les acercara el Edén. Habría que sobrevivir, como pudieran.

Dentro de este páramo cultural subsistía un único encargado de transmitir la cultura, similar a un chamán antiguo, llamado Knuq. Se había instruido de sus antepasados a través del testimonio oral. Conocía culturas previas a la suya en un amplio rango de siglos.

Cada vez que Knuq abría la boca todo el pueblo se congregaba en la plaza central y se postraban a sus pies con la mirada atenta y despierta, como cuando los chicos esperan a que sus padres vuelvan del trabajo, suponiendo un regalo. Sin embargo, a pesar de la grandilocuencia del esfuerzo común de los congregados, nadie lograba decodificar ni un solo concepto entre todo el palabrerío del viejo chamán. Habían acordado en secreto no revelárselo, con el temor de que sufriera esta información al punto de morir y con esto se acabara la cultura para siempre.

Aquella tarde el anciano había alertado a toda la comunidad acerca de un mensaje de suma importancia que sentaría precedentes para el futuro de la civilización. Imploró puntualidad y perfecta asistencia al evento, ya que no quería que nadie se mantuviera ajeno al relato.

Una vez que se encontraba todo el pueblo reunido al pie del árbol más antiguo del planeta, de más de 5000 años, Knuq dio comienzo a su narración. Algo en el ambiente insinuaba que aquella no sería una historia más, y cuando comenzó a emitir las primeras palabras todos comprendieron por qué.

El chamán narró la historia de Thar, un hombre perteneciente a la primer civilización conocida de la humanidad. Previa a los sumerios y babilonios, previa a la institución de la escritura como herramienta del recuerdo colectivo. Cuando la tradición oral era lo único realmente infalible y eterno. Y no solo eso, anunció que había logrado comunicarse con él la noche anterior. Comentó que le había transmitido todo el conocimiento del mundo a través de los siglos con una simple imposición de manos, seguida de una luz brillante y cegadora que lo encandiló durante varios segundos. Entonces, fue como si la voz del primer y el último narrador sobre la faz de la tierra se hubieran hecho una sola, perpetuándose en ecos a través de la historia de la humanidad. Rebotando en cada historiador, científico, narrador, y creador de cualquier índole, en forma de inspiración para descubrimientos nuevos.

Ante la mirada incrédula de los espectadores, confesó también que ese conocimiento se le había otorgado debido al advenimiento del ocaso de la cultura, con el fin de salvar todo lo cosechado por el Hombre a lo largo de su historia. Sin embargo y rompiendo con las reglas tácitas impuestas por Thar, éste había optado por transmitir semejante legado a toda su gente, con el fin de quebrar la profecía maldita y pesimista.

Sonrió y levantó la mirada, esperando recorrer un campo de sonrisas, arrullado por un mar de vitores, de su pueblo hambriento de saber. Imaginó, por un segundo, la interminable fila de su gente, ávida de conocimiento. Por el contrario y para su  desgracia, lo único que encontró al levantar la mirada y enfocar sus cansados y viejos ojos en el público fue un sinfín de miradas vacías y aburridas, contemplando a la nada. Segundos después gran parte de la gente que se encontraba allí reunida comenzó a dispersarse hacia sus labores cotidianas. Algunos rearmaron los grupos de caza y encararon para el sur del poblado, donde se encontraba la selva. Otros se dispusieron a recolectar la leña faltante para el magno fogón de cada noche. Incluso, y esto fue lo que más molestó al anciano, logró escuchar un bostezo prolongado y profundo proveniente del fondo.

Arrepentido y consumido por una profunda rabia que le brotaba de los poros y hacía rechinar sus escasos dientes, Knuq proclamó sus últimas palabras antes de desaparecer por el bosque del este y perderse para siempre:

“Iknôt serefh suvan”, que en idioma Cthunés significaría algo así como: “váyanse todos a la puta que los parió”.

Así fue como se cerraron las cortinas de la cultura para siempre.

B.K.

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