En el ocaso de las
civilizaciones, cuando todos los errores estaban hechos por el hombre y ya no
quedaba más que destruir, cuando todos los inventos de la humanidad se habían retraído
en sus teoremas primitivos como método de salvataje ante el olvido, vivía una comunidad
en Oceanía, la última sobre la faz de la tierra.
Los Cthun vivían organizados de
manera sumamente precaria, habían retomado la caza y la pesca tras descubrir
que no había más tierra que cultivar ni más animales que quisieran doblegarse
bajo el dictatorial sesgo del hombre neo-moderno. Comprendieron que nadie les
regalaría nada y que Dios si es que alguna vez los había oído, se había cansado
de la negligencia del ser humano. Ya no habría un manto protector ni una mano
paternal que les acercara el Edén. Habría que sobrevivir, como pudieran.
Dentro de este páramo cultural
subsistía un único encargado de transmitir la cultura, similar a un chamán
antiguo, llamado Knuq. Se había instruido de sus antepasados a través del
testimonio oral. Conocía culturas previas a la suya en un amplio rango de
siglos.
Cada vez que Knuq abría la boca
todo el pueblo se congregaba en la plaza central y se postraban a sus pies con
la mirada atenta y despierta, como cuando los chicos esperan a que sus padres
vuelvan del trabajo, suponiendo un regalo. Sin embargo, a pesar de la
grandilocuencia del esfuerzo común de los congregados, nadie lograba
decodificar ni un solo concepto entre todo el palabrerío del viejo chamán.
Habían acordado en secreto no revelárselo, con el temor de que sufriera esta
información al punto de morir y con esto se acabara la cultura para siempre.
Aquella tarde el anciano había
alertado a toda la comunidad acerca de un mensaje de suma importancia que
sentaría precedentes para el futuro de la civilización. Imploró puntualidad y
perfecta asistencia al evento, ya que no quería que nadie se mantuviera ajeno
al relato.
Una vez que se encontraba todo el
pueblo reunido al pie del árbol más antiguo del planeta, de más de 5000 años,
Knuq dio comienzo a su narración. Algo en el ambiente insinuaba que aquella no
sería una historia más, y cuando comenzó a emitir las primeras palabras todos
comprendieron por qué.
El chamán narró la historia de
Thar, un hombre perteneciente a la primer civilización conocida de la
humanidad. Previa a los sumerios y babilonios, previa a la institución de la
escritura como herramienta del recuerdo colectivo. Cuando la tradición oral era
lo único realmente infalible y eterno. Y no solo eso, anunció que había logrado
comunicarse con él la noche anterior. Comentó que le había transmitido todo el
conocimiento del mundo a través de los siglos con una simple imposición de
manos, seguida de una luz brillante y cegadora que lo encandiló durante varios
segundos. Entonces, fue como si la voz del primer y el último narrador sobre la
faz de la tierra se hubieran hecho una sola, perpetuándose en ecos a través de
la historia de la humanidad. Rebotando en cada historiador, científico,
narrador, y creador de cualquier índole, en forma de inspiración para
descubrimientos nuevos.
Ante la mirada incrédula de los
espectadores, confesó también que ese conocimiento se le había otorgado debido
al advenimiento del ocaso de la cultura, con el fin de salvar todo lo cosechado
por el Hombre a lo largo de su historia. Sin embargo y rompiendo con las reglas
tácitas impuestas por Thar, éste había optado por transmitir semejante legado a
toda su gente, con el fin de quebrar la profecía maldita y pesimista.
Sonrió y levantó la mirada,
esperando recorrer un campo de sonrisas, arrullado por un mar de vitores, de su
pueblo hambriento de saber. Imaginó, por un segundo, la interminable fila de su
gente, ávida de conocimiento. Por el contrario y para su desgracia, lo único que encontró al levantar
la mirada y enfocar sus cansados y viejos ojos en el público fue un sinfín de
miradas vacías y aburridas, contemplando a la nada. Segundos después gran parte
de la gente que se encontraba allí reunida comenzó a dispersarse hacia sus
labores cotidianas. Algunos rearmaron los grupos de caza y encararon para el
sur del poblado, donde se encontraba la selva. Otros se dispusieron a
recolectar la leña faltante para el magno fogón de cada noche. Incluso, y esto
fue lo que más molestó al anciano, logró escuchar un bostezo prolongado y
profundo proveniente del fondo.
Arrepentido y consumido por una
profunda rabia que le brotaba de los poros y hacía rechinar sus escasos
dientes, Knuq proclamó sus últimas palabras antes de desaparecer por el bosque
del este y perderse para siempre:
“Iknôt serefh suvan”, que en
idioma Cthunés significaría algo así como: “váyanse todos a la puta que los
parió”.
Así fue como se cerraron las
cortinas de la cultura para siempre.
B.K.
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