Un día, sin que nadie lo advirtiera, Ernesto se abstrajo de
aquel desenfreno para subir al altillo de su casa, desacatando las órdenes de
su padre. Encontró allí manuscritos de tiempos ancestrales, pertenecientes a
las generaciones que lo precedían, en los cuales se narraban contiendas épicas
para obtener las riquezas de las que él y su familia disfrutaban. Página tras
página veía pasar ante sus ojos centenares de antepasados muertos en combate y
aquello le generó un malestar inigualable que derivó en una irrefrenable
repulsión. Llegado a cierto punto, le era imposible contener el desagrado y
terminó vomitando el piso entero de aquel altillo.
Resultó ser que el fétido aroma llegó hasta la planta baja,
donde transcurría el constante jolgorio. Allí había una enorme televisión que
permanecía prendida desde quién sabe cuándo hacía décadas. A pesar de su funcionamiento
nadie reparaba en ella, preocupados de ocultar sus propias miserias, ya con eso
tenían bastante. El joven sin embargo bajó y permaneció obnubilado contemplando el
sinfín de desgracias que exponía el noticiero. Se percató entonces que en el
resto del mundo – del cual no había tenido real conocimiento hasta ese preciso
momento – estaban pasando cosas.
Enseguida su padre lo llamó encendido en cólera
para que exhibiera sus profundas y más sinceras disculpas para con el
centenar de huéspedes que allí se encontraban, perplejos ante tal desagradable
e inconcebible situación.
Ernesto acató las órdenes de su padre sin decir ni una sola
palabra. Durante toda su vida había estado acostumbrado a no cuestionar las órdenes de sus mayores por más absurdas e irracionales que éstas parecieran. Siempre
desde que el mundo era mundo la autoridad reinante en esa casa había sido su
progenitor y nadie pareciera tener intenciones de que eso cambiara alguna vez.
Quizás, y me atrevo a decir seguramente, fue por esto que
Ernesto detonó aquella noche. Ya no podía aguantar un minuto más en ese infame
lugar, rodeado de todo lo bueno que podía ofrecerle el mundo alguna vez en su
vida.
Desquiciado, Ernesto agarró unos fibrones que había
encontrado en el escritorio del estudio abandonado durante siglos, en el que
alguna vez algún antepasado suyo seguramente hubiera hecho algo en ese momento
inconcebible, trabajar. Se dispuso de manera certera e indeclinable a redactar
un tratado en todas y cada una de las paredes de todas las habitaciones de su
casa. En el alegaba una profunda disconformidad y postulaba una a una las
cláusulas de convivencia y buena relación que había redactado en su mente
minutos antes.
Permaneció satisfecho durante unos segundos, contemplando lo
que él creía que era la más parcial justicia. Sin embargo su padre lo agarró de
la oreja y le propinó un sinfín de insultos sumamente desagradables y
escatológicos que desentonaban del clima ameno y pacífico de aquel lugar.
Aquella era la primera vez en décadas que se había caldeado el ambiente, habían
pasado años desde la última vez que alguna persona en ese núcleo de confort ameno había emitido una palabra de disconformidad o desagrado.
Afectado por la mirada displicente de los que alguna vez se
habían sentado a su mesa y bebido de su vino, Ernesto Rivera proclamó las que
serían sus últimas palabras en sociedad:
“Me cago en todos.”
Para recluirse en el más puro auto-ostracismo y permanecer encerrado en su habitación por el resto de la eternidad. Afuera, la fiesta siguió como de costumbre, hasta que todos murieron asfixiados por los excesos del alcohol y demás menesteres.
Eventualmente Rivera tuvo que salir de su exilio para limpiar los restos.
Luego volvió a dormir.
“Me cago en todos.”
Para recluirse en el más puro auto-ostracismo y permanecer encerrado en su habitación por el resto de la eternidad. Afuera, la fiesta siguió como de costumbre, hasta que todos murieron asfixiados por los excesos del alcohol y demás menesteres.
Eventualmente Rivera tuvo que salir de su exilio para limpiar los restos.
Luego volvió a dormir.
B.K.
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