jueves, 8 de junio de 2017

6.- TRATADO DE DISCONFORMIDAD

Ernesto Rivera había gozado desde siempre de un pasar envidiable. Su familia durante generaciones había vivido en un eterno ágape con la más alta alcurnia de su pueblo. Desde su nacimiento el "ser" de Rivera había transcurrido en un perpetuo frenesí y jamás se había preocupado por nada. Los tragos, las mujeres y los más exquisitos manjares habían llegado a el desde siempre de manera natural y sin el más mínimo esfuerzo de su parte.

Un día, sin que nadie lo advirtiera, Ernesto se abstrajo de aquel desenfreno para subir al altillo de su casa, desacatando las órdenes de su padre. Encontró allí manuscritos de tiempos ancestrales, pertenecientes a las generaciones que lo precedían, en los cuales se narraban contiendas épicas para obtener las riquezas de las que él y su familia disfrutaban. Página tras página veía pasar ante sus ojos centenares de antepasados muertos en combate y aquello le generó un malestar inigualable que derivó en una irrefrenable repulsión. Llegado a cierto punto, le era imposible contener el desagrado y terminó vomitando el piso entero de aquel altillo.

Resultó ser que el fétido aroma llegó hasta la planta baja, donde transcurría el constante jolgorio. Allí había una enorme televisión que permanecía prendida desde quién sabe cuándo hacía décadas. A pesar de su funcionamiento nadie reparaba en ella, preocupados de ocultar sus propias miserias, ya con eso tenían bastante. El joven sin embargo bajó y permaneció obnubilado contemplando el sinfín de desgracias que exponía el noticiero. Se percató entonces que en el resto del mundo – del cual no había tenido real conocimiento hasta ese preciso momento – estaban pasando cosas.

Enseguida su padre lo llamó encendido en cólera para que exhibiera sus profundas y más sinceras disculpas para con el centenar de huéspedes que allí se encontraban, perplejos ante tal desagradable e inconcebible situación.

Ernesto acató las órdenes de su padre sin decir ni una sola palabra. Durante toda su vida había estado acostumbrado a no cuestionar las órdenes de sus mayores por más absurdas e irracionales que éstas parecieran. Siempre desde que el mundo era mundo la autoridad reinante en esa casa había sido su progenitor y nadie pareciera tener intenciones de que eso cambiara alguna vez.

Quizás, y me atrevo a decir seguramente, fue por esto que Ernesto detonó aquella noche. Ya no podía aguantar un minuto más en ese infame lugar, rodeado de todo lo bueno que podía ofrecerle el mundo alguna vez en su vida.

Desquiciado, Ernesto agarró unos fibrones que había encontrado en el escritorio del estudio abandonado durante siglos, en el que alguna vez algún antepasado suyo seguramente hubiera hecho algo en ese momento inconcebible, trabajar. Se dispuso de manera certera e indeclinable a redactar un tratado en todas y cada una de las paredes de todas las habitaciones de su casa. En el alegaba una profunda disconformidad y postulaba una a una las cláusulas de convivencia y buena relación que había redactado en su mente minutos antes.

Permaneció satisfecho durante unos segundos, contemplando lo que él creía que era la más parcial justicia. Sin embargo su padre lo agarró de la oreja y le propinó un sinfín de insultos sumamente desagradables y escatológicos que desentonaban del clima ameno y pacífico de aquel lugar. Aquella era la primera vez en décadas que se había caldeado el ambiente, habían pasado años desde la última vez que alguna persona en ese núcleo de confort ameno había emitido una palabra de disconformidad o desagrado.

Afectado por la mirada displicente de los que alguna vez se habían sentado a su mesa y bebido de su vino, Ernesto Rivera proclamó las que serían sus últimas palabras en sociedad:

“Me cago en todos.”


Para recluirse en el más puro auto-ostracismo y permanecer encerrado en su habitación por el resto de la eternidad. Afuera, la fiesta siguió como de costumbre, hasta que todos murieron asfixiados por los excesos del alcohol y demás menesteres.


Eventualmente Rivera tuvo que salir de su exilio para limpiar los restos.

Luego volvió a dormir.

B.K.

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