martes, 6 de junio de 2017

4.- EL ESPEJO DE ADAN Y EVA


Zen y Kyat eran los últimos humanos sobre la faz de la tierra. Mientras él había salido del precario refugio en el que vivían en busca de alguna presa, ya que la comida como tal no abundaba precisamente por ese entonces; ella recababa información en la inmensa biblioteca que habían ido construyendo con ejemplares de obras cumbres, pertenecientes a cualquier género y subgénero literario alrededor del mundo. Al ser los únicos seres pensantes sobre el globo no reparaban en cuestionamientos morales o éticos a la hora de apropiarse y hacer uso de lo ajeno.

Las teorías arrojadas por las culturas más antiguas de la tierra se habían alineado con el despreocupado avance tecnológico y la desidia del nuevo mundo. Pareciera como si años e incluso siglos de ciencia avanzada y desdoblamientos teóricos del ovillo del conocimiento hubieran sido lerdos. Los mayas los estaban esperando a la vuelta de la esquina, mirando el reloj con una disimulada impaciencia. Sin embargo Kyat no daría jamás el brazo a torcer.
Ya de chica había sido una ávida lectora y curioseaba cuanto postulado científico se cruzara por sus narices.

Había investigado sobre teoría de cuerdas, sobre relatividad, campos magnéticos y un sinfín de cosas sumamente importantes que en ese preciso momento eran insignificantes hasta el punto de perecer en el olvido de la humanidad. Lo que había escapado a su curiosidad y a la del mundo en si era algo mucho más genuino y aparentemente nimio. La sociedad se auto-fagocitó como mecanismo de defensa contra sí misma. El hombre finalmente se convirtió en lobo del hombre, y en uno que distaba años luz de los cuentos infantiles. Ya no había ningún chiste que contar, ya no había de que reir.

Cuando un cansado Zen volvió al refugio con malas noticias, ya que era inútil pretender conseguir algo más que morder en ese páramo en el que se había convertido la ciudad de Manhattan, Kyat rompió en llanto. Primero comenzó a temblar con un profundo sentimiento de impotencia que lentamente fue convirtiéndose en rabia. Finalmente una irrefrenable cólera se apoderó de todo su ser. Su único anhelo era revertir los errores de milenios de antepasados. Comenzó a gritarle a su compañero con un enojo que pareciera contener el de generaciones enteras. Su grito se escuchó posiblemente por todo el globo, pero lamentablemente ya no había nadie para comprobarlo. Zen, que jamás había dejado que nada ni nadie lo amedrentara, redobló la apuesta volviendo más eufórica la discusión.

Pelearon por horas e incluso días con un profundo e irreparable odio, ya no había noción del tiempo. Todos los relojes de todas las casas, en todas partes del mundo se habían detenido hacía tiempo. Algo en ellos se había cortado definitivamente y ya no había vuelta atrás. Los únicos dos seres que quedaban sobre la faz de la tierra se habían convertido cada uno en el único ser que quedaba sobre la faz de la tierra y aquello era más aterrador aún que cualquier guerra pasada o cualquier arma inventada jamás. Comprendieron entonces por qué estaban donde estaban. Comprendieron por que ya no habría jamás humanidad y se sintieron ínfimos a medida que se alejaban el uno del otro.

B.K.


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