martes, 5 de diciembre de 2017

25.- YO TENGO UN BATMAN

Durante toda mi infancia tuve dos heroes. El primero era la persona mas inteligente que conocí, ávido lector, sagaz, ágil y a pesar de no tener ninguna habilidad superhumana podía (a mi infantil entender) contra cualquier cosa. El segundo era Batman.

Desde chico siempre me generó incomodidad el trabajo de mi viejo. Cuando mis amigos me preguntaban, me resultaba tan ajeno decirles que dibujaba. Lo irónico es que compartiéramos aquella pasión que por entonces... le negaba como oficio.

Con el tiempo fui asumiendo aquello, caratulándolo en un afán de solemnidad como humorista gráfico. Seguramente esto se debió a que por entonces el me presentó a su amigo de tinta, como solía llamarlo.

Ya durante mi infancia me prestaba temerosamente ediciones de Hamburgo de los números mas recientes de Detective Comics. A medida que fui creciendo, creyó prudente que pudiera ponerle palabras a aquel sujeto vestido de murciélago que deambulaba por las cornizas de los edificios y me fue acercando re-ediciones nacionales.

En un principio no lograba entender bien cual era la gracia de aquellas historietas, la fórmula era siempre la misma. Había un conflicto y el bueno en un pleno estadístico ganaba. Pero todo cambió cuando me regaló "The Killing Joke". Ahí empezó mi madurez.

La fórmula había cambiado, el paradigma se había roto en infinito. "Basta un solo día malo para que el hombre mas cuerdo pierda el juicio" sentenciaba el guasón en una de las páginas de aquel documento cuasi histórico. Ni los malos eran tan malos, ni los buenos tan buenos. Aquellas páginas eran la vida misma.

Descubrí en aquel murciélago la fuerza de voluntad. No hacían falta rayos por los ojos, ni velocidades extraordinarias. Simplemente viveza y saber imponer respeto.

Una tarde de mis seis años, en una de mis habituales visitas a la ortopedia Vallejos por el pie plano, me puse a jugar con un chico que tenía aproximádamente mi edad. Respondió a mi saludo inicial con la frase "yo tengo un country en Pilar, vos?".

Miré mi mano y lo vi. El caballero oscuro.

"Yo tengo un Batman" respondí.

Quizás, el peor error de mi padre fue haberme mostrado al caballero de la noche. Haber realizado inconcientemente el arrojo de abdicar a lo mas preciado que tiene un padre, que es el respeto y la admiración de su hijo. Haber, siquiera por un instante, apostado todo su potencial al poker imaginario de mis voluntades. O quizás no, conociéndolo en el poco tiempo que pude, elijo creer que las cartas estaban marcadas y que tenía la mano ganadora. El sabía que ese podio no se lo quitaría nadie, por mas capa que tuviera.
B.K.

24.- ENCUENTRO CERCANO DE NINGÚN TIPO

Desde hacía unas semanas, el ambiente en las profundidades de la central de Houston había sido alterado por el comportamiento de la cúpula de investigación. Los informes del Centro Kennedy en Cabo Cañaveral habían resultado satisfactorios meses atrás y por fin había llegado el día. Finalmente habría llegado el último de los tres satélites a su destino, justo a tiempo para la fecha de transmisión. Después de tanto tiempo podrían tener contacto con las primeras tres civilizaciones que habían logrado decodificar a distancia.

El Coronel John Callaghan, primero al mando en investigación espacial dentro de las instalaciones de Houston, había acordado una cena de festejo con su mujer, su hija y una familia amiga. Habían estado preparando aquella velada con aproximadamente un mes de antelación. La comida y la bebida estaban listas para ser disfrutadas aquella noche. La decoración en la casa anfitriona ya se encontraba dispuesta desde hacía un par de días. Lo único que faltaba para aquel momento eran las presencias físicas.

La primera civilización por proximidad se encontraba en una de las lunas de Saturno, más precisamente en Titán, el mayor de sus satélites. Los titanes, como habían sido bautizados los habitantes de aquel cuerpo, eran el caballo ganador a la hora de hacer apuestas. Todas las fichas estaban depositadas en aquel primer contacto. Según estudios, las características físicas de ese lugar propiciaban el avance genético para lograr contactar con una civilización emparentada a la nuestra.
En la base de investigación del núcleo húmedo de Titán, donde se encontraba la Ciudad Capital, los Akardeanos (verdadero gentilicio de los Titanes), intentaban resolver un desperfecto técnico en el acelerador de partículas que les facilitaría el viaje interdimencional. Atrás había quedado aquel satélite y la emoción pueril que habían sentido durante los primeros eclocios (medición ajena a nuestro sistema de horas y días) por contactar con nosotros.
Al llegar a su casa, Callaghan se sacó los zapatos haciendo un ruido ensordecedor contra una de las paredes del hall. Envuelto en furia se dirigió a la cocina para agarrar una cerveza fría de la heladera. Su mujer apareció advirtiendo en su mirada el fracaso de la misión en la que tantas esperanzas habían depositado durante meses. Luego de discutir unos minutos acerca de la continuidad de la velada de aquella noche, el cabo subió a la habitación para intentar dormir.

La segunda civilización con la que tuvo contacto el satélite se encontraba en Ganimedes, la mayor luna de Júpiter. Habitat inhóspito y helado en el que vivía la colonia de los Znatat, unos seres abominablemente grandes, de pieles húmedas y resbalosas y apariencia aterradora. Su capacidad de soportar el frio les había permitido trascender durante milenios. Sin embargo, el desarrollo de sus capacidades físicas había mermado sus habilidades intelectuales. Luego de la caída del satélite, utilizaron el artefacto como un objeto de culto, venerándolo durante meses.

La base de Texas había detectado ciertos movimientos hostiles en el satélite Vollage 2, destinado a Ganimedes, pero los habían pasado por alto. Sin embargo, el día del esperado contacto algo sucedió. La titilante luz roja de la consola, que correspondía al transmisor de esta luna, había dejado de parpadear. Los Znatats habían enterrado kilómetros bajo tierra el objeto a modo de culto religioso.
Una vez que Susan Callaghan pudo aplacar la resignación que le había causado la discusión con su pareja, quiso agarrar el auto de su marido para ir junto con su hija pequeña a la cena en casa de los Dunhill. Sin embargo, al buscar entre el manojo de llaves que siempre descansaba en la mesa de entrada del hall, no encontró las del auto de su esposo. Ignoró por completo que estas estaban en el pantalón de John, que dormía vestido en su habitación. Resignada se echó a llorar en el sillón del living con una botella de whiskey hasta quedarse profundamente dormida.

El vollage 3 tenía todas las de perder. De hecho se había enviado luego de la fiesta de fin de año de la estación, en un juego de ebrios por ver quién tenía mas poder sobre las consolas. Era un prototipo de pruebas que había sido anulado la tarde anterior pero que tenía en regla cada mínimo mecanismo para su accionar. El destino fue un planeta exogaláctico, ubicado en la corriente de Helmi, un grupo de estrellas que originalmente pertenecieron a una galaxia enana que fue devorada por nuestra galaxia, la Vía Láctea, en un acto de canibalismo galáctico que ocurrió hace unos nueve mil millones de años atrás.

Los habitantes, si es que puede llamárseles habitantes, del recorrido Helminiano, eran unas especies de amebas amorfas que saltaban aleatoriamente entre estrellas, así como a través de dimensiones, como si todo fuera parte de un mismo papel blanco y plano. Carecían de información genética y prescindían de cualquier tipo de inteligencia racional. Solo permanecían y trascendían. Ni se alimentaban, ni se cuestionaban, ni se enriquecían, ni se suicidaban. Simplemente vivían.

Collie Callaghan tenía apenas cuatro años cuando agarró el teléfono celular de su madre y marcó a Dora Dunhill para advertirle con monosílabos que su familia no se haría presente aquella noche en la reunión. Dora entendió las frases cortas de la niña y la tranquilizó.

Luego, la pequeña Collie se puso a jugar con sus muñecas.

B.K.

23.- LO MALO DE LOS REALITYS

Resulta que donde yo vivo existe un reality que lleva al aire varias generaciones. Según entiendo, consiste en meter en una isla a un grupo de aproximadamente quince personas. Siempre se proclaman dos líderes, uno alfa y otro beta. Sin embargo, uno de los dos suele tomar el mando verdaderamente.
Son contadas las veces que ocurren anomalías, aunque me contaron que hace un par de ediciones ocurrió una. Un grupo cerrado se autoproclamó fuera del libreto como líder alfa, tomando el poder por las armas, hasta que el beta logró finalmente derribarlos.

Pero hoy voy a hablar de la edición que tuvo relevancia en mi generación. Ocurrió por primera vez en el formato que la líder alfa electa fuera una mujer, Carolina. Decidida, inteligente, locuaz, pero también verborrágica y con ciertos aires de grandeza que no a todos agradaba. En la otra costa de la isla se encontraba Marcos, un tipo de guita que había decidido meterse en el reality con la intención de expandir el producto y comprar otra isla. A pesar de que también era inteligente como su colega, carecía del carisma y el ímpetu de la primera. Su flaqueza lo desacreditaba como líder generando descontento en los espectadores. Los adeptos a la alfa detestaban al beta y viceversa.

Como en todas las versiones del programa, surgían incipientemente otros personajes que alimentaban a la fauna del reality dándole variedad a los espectadores. En mi edición, algunos de los más relevantes eran Nazareno, un joven idealista que proponía distribuir los cocos para que, sin importar el esfuerzo o desempeño de los participantes, todos pudieran tener la misma cantidad. También estaba Liliana, una chica un tanto excedida de peso que siempre decía lo que pensaba, a pesar de que muchas veces cambiaba rápido de pensamiento. Su frontalidad muchas veces la había hecho pasar malos tragos y le costó mucho hacerse lugar en el panorama de popularidad de la isla.

Dentro de los alfa de Carolina estaba Armando, un músico frustrado devenido en mano derecha e Ismael, un deportista que quedó en el olvido. Sin embargo, el carisma de ambos distaba años luz de su líder. Por el lado de los beta, Graciela y Mariela. La primera era la mano derecha de Marcos y la segunda tenía un optimismo que muchas veces resultaba irritante.

No todo marchaba bien en la isla, y los espectadores se quejaban continuamente. Pero parecía que los reclamos no lograban traspasar la pantalla. Los protagonistas jamás se enteraban de lo que el público quería y seguían las estrategias que se habían trazado. A nadie le importaba el rating, ni que tanto gustaba el programa. Lo único que les interesaba era el poder.

Como en todas las ediciones, sucedieron episodios trágicos que tocaban al público y hacían arder los teléfonos del estudio de televisión. Una vez, las balsas destinadas a la pesca se rompieron, por culpa de la negligencia de aquel que había sido designado carpintero, generando muchas víctimas. En otra ocasión, un joven que reclamaba lo que a él le parecía justo, estuvo ausente de la pantalla durante mucho tiempo y lo que se terminó sabiendo de él fue incierto.

Como en cada versión, que salía al aire cada cuatro años, la isla terminaba siendo un pandemónium y prendida fuego. Sin embargo al terminar cada edición venía producción y pagaba los platos rotos para que hubiera una próxima vez.

Lo malo de los realitys, como este, es que reflejan la realidad. Y no siempre la realidad es una sitcom de comedia en el prime time, muchas veces el programa es telebasura.

B.K.


22.- QUIÉN MUERE UN 29 DE FEBRERO

"Realmente hay que tener mala leche eh... hay que estar mal parado en la vida..." reflexionaba Mauro junto con Juan y Tonga mientras daban batalla a tres cervezas artesanales en un bar derruido de San Telmo, que olía a meo de gato y parecía decorado por un Charly García entre Yendo de la cama al living y Piano Bar.

Después de pasarse unos minutos discutiendo acerca del dudoso fair play del mercado de la birra auto gestionada, que cada vez se alejaba mas del utópico fin de refinar el sabor y llegar a la combinación perfecta de lúpulo y malta, Juan encaró el tema que los había reunido después de un año de enemistad a los tres. En verdad a los cuatro.

"El hijo de un tonel de putas de Gambini se cagó muriendo en año bisiesto el muy pelotudo..." recordó Juan a los otros dos con una rabia contenida que ocultaba otros enojos del pasado.
Sebastián Gambini siempre había sido el último Guaymallen del verano en el kiosco. Ese que se derrite en el ostracismo mas cruel de no ser elegido nunca para nada. Pero lejos de ser resentido, siempre trataba con una amabilidad y cariño irrefutable a sus seres queridos. En verdad a cuanto ser se cruzara en su vida.

Al pibe lo elegían al último en un partido y trasca lo mandaban al arco. Y el buenudo de Gambo - porque decirle Gamba a Gambini ya era una mojada de oreja a las circunstancias - traía al día siguiente su mejor pelota. Siempre desenvainaba una sonrisa de 32 dientes que dejaba ver hasta el sarro de las muelas.

Resulta que un año antes de morir, Gambini había pegado - involuntariamente - un volantazo a su vida. Los muchachos habían arrastrado al pobre cristiano a un casino y en la primera vez en una de esas maquinolas con trampa que están siempre marcadas para que la casa gane, saltó la banca.
"Tres palos Gambo!" Le remarcó Juan con una felicidad mas propia que prestada. Mauro, el mas sensato de los cuatro, creyó mas oportuno hablar con los dueños del local para evitar malentendidos. Tonga estaba malviajando con el girar de la ruleta por un porro de dudosa procedencia que había fumado minutos antes de entrar.

Sin embargo, en el transcurso de aquel año en apariencia glorioso y basto, Gambini no había tocado siquiera la tinta de uno de esos billetes. Con el correr de los meses las palabras entre sus tres amigos se fueron tornando mas amargas y densas. Sin decirlo cada uno esperaba recibir una porción de la chocotorta financiera del bueno de Gambo.

"Te juro que es un hijo de puta" repitió en cólera Juan a Mauro mientras Tonga comparaba los piropos del reverso de los sobrecitos de azúcar. "El escribano dice que hay un bache... te juro negro, hablé con el esta mañana..."

"Un año bisiesto tiene 366 días, extendiendo la duración de Febrero en un día. Se repite cada cuatro años...o sea que el próximo... es en 2020." Reflexionaba a la par Mauro.

"Exacto... faltan cuatro años. La reputísima madre. El escribano jura y perjura que Gambo dejó expresamente escrito que la guita se nos iba a repartir en el primer aniversario de su muer- la reputa que te parió Gambini!" gritó Juan.

"Bueno muchachos... pero si quieren nos vemos antes, para el mundial. Es en Rusia esta vez no?" propuso Tonga.

B.K.

21.- QUÉ HACER CON EL FELIZ CUMPLEAÑOS

El cuchillo grande, el de cortar las verduras, cayó con un sonido sordo sobre el piso prístino de la cocina de la familia Alcorta. Durante toda la tarde, Elena había destinado su ser completo a aprontar todo para la noche y ya casi estaban por llegar los invitados. Al rededor de las ocho menos cuarto sonó por primera vez el arrollador ruido del timbre. El tiempo de descuento había terminado. Manos arriba.

Rodolfo, el padre del cumpleañero abrió la puerta de calle y recibió cordialmente a los invitados. El primero en llegar fue el matrimonio Duarte, Estelita y Raul. Amigos entrañables de la familia desde hace añares.

Luego se pronunció la familia Montes Castro - Ortiz. Don Ezequiel, señora e hijos.
Pasaron minutos incalculables, en los que continuó haciéndose presente un sinfín de gente que nada tenía que hacer allí, hasta que comenzaron a llegar los primeros amigos del cumpleañero.
Iván, que a sus 18 años creía innecesario el festejo auspiciado por sus padres, se encontraba sumamente incómodo y abochornado. Y aún no había llegado la peor parte.

Promediando las vísperas de su cumpleaños, a las doce menos cinco, Rodolfo apagó las luces del comedor con una decidia que parecía empatizar con su hijo y Elena ingresó lentamente con la torta mas opulosa que jamás se vió, cantando la canción que siempre se canta en esos casos y que tan parecida es a la fel payaso aquel al que se le pinchó la nariz.

El momento decisivo había llegado. La cara de feliz cumpleaños. Simular o reventar. Nunca en todos sus años de vida, Iván había sabido que cara poner o hacia donde mirar en esta situación. La expectativa de tanta gente puesta en la felicidad propia parecía cada vez mas una caricatura burda de la vida. Sin embargo ese año algo cambiaría.

Justo antes de tener que completar a gusto y piaccere con alguna variante aleatoria del nombre del agasajado, Iván sacó el teléfono celular de su bolsillo. A los segundos de atender su cara se deformó completamente, entrando en un rictus. Se disculpó y salió corriendo para la cocina. Su padre encendió las luces con la misma desidia con la que las había apagado, quizás aquello no era empatía con su hijo sino simplemente asco por su propia y miserable vida.

A los cinco minutos Iván volvió al comedor, anunció que habían atropellado a un ser querido que la familia no conocía aún. Compungidos por el hecho los invitados fueron abandonando la casa paulatinamente.

Elena limpió los resabios de fin de fiesta con un aire cansino y saturado a muerte que sobrevolaba la casa. Iván por su parte se tiró en el sillón del living a ver la televisión, con una media sonrisa colgándole de los pómulos y haciéndolo feliz como hacía tiempo no lo era. Había salido bien el chasco.

B.K.

20.- EL ÚLTIMO SÁBADO DE LA HUMANIDAD

Los diarios y canales informativos presagiaban aquel viernes, como una cachetada resentida de la muerte, el ominoso e indeclinable final de nuestros días. La razón aún era incierta (al menos para el status quo de la población, que venimos a ser nosotros y que nos enteramos de todo siempre al último) sin embargo aquello poco importaba, si total para qué. Del polvo venimos y al polvo vamos y en polvo se convirtió todo aquello.

Como si todo hubiese estado premeditado con meses de antelación, con el compromiso y la minuciosidad de una fiesta de casamiento, la aldea global había organizado a través de las ya sobredimensionadas redes sociales un jolgorio magno, un agape como nunca antes se había visto. La envidia de los romanos y los griegos, una fiesta que haría agachar la cabeza a cualquier monarquía de jamás nunca.

Durante las primeras horas del sábado, aún el panorama era leve e inocente, comparado con lo que vendría después. Saqueos a mercados, a los que la sociedad ya estaba acostumbrada. Manjares y brevajes de todo tipo rebalsaban por cada calle y avenida de cada país del globo. Las drogas aparecieron a eso de las once del mediodía. En un principio droga blanda, inofensiva. Al rato ya todo era el acabose. La ética y moral colectiva se sumergió en un lapsus interruptus del que jamás volvería.

Pasado el mediodía con los estómagos repletos de egoismo y miseria disfrazada, arrancaron las orgías. La lujuria invadió cada renegrido recoveco de la humanidad, que en paz descanse. Algunos, los mas púdicos, apenas asomaban sus narices para copular con sus parejas en la vía pública. Los osados -que por entonces eran mayoría indiscutida- resolvían todo tipo de fechorías que en otro tiempo escaparían incluso al imaginario legal y harían temblar a cualquier corte.

Para promediar la tarde, cuando el sol parecía decir ya basta, todo aquello era finisterre. Para entonces ya habían olvidado por completo sus lenguas maternas y se comunicaban exclusivamente por medio de gemidos y jadeos, el lenguaje del pecado. Aquellos que creían en algo se tornaron agnósticos y los que ya lo eran revalidaron sus votos con una soberbia descomunal.

Cuando asomó la luna todos durmieron de forma desfachatada. Los ronquidos inundaron la atmósfera como graznidos de un ser inmundo y cruel. Pero al pasar una hora comenzaron a despertarse, todos. Un calor insoportable sofocó a cada ente con vida. Quizás la culpa. Quizás el calor era tangible en verdad y aquello era el infierno.

Pero aún quedaba lo peor. Los sobrantes del día después. La resaca del domingo. Y ahí si, se iban a pagar los platos rotos, como cada fin de semana.

B.K.

19.- EL GOL A OSCURAS

Desde los palcos y plateas no había llegado a captarse nada. Un refucilo enceguecedor había mermado el fulgor de aquel partido de final de la copa del mundo. Elias Suárez, un defensor cuyos pies rara vez habían dañado césped contrario, vislumbró la oportunidad de su vida y la agarró como un sapo agarra una mosca al vuelo: rápida, desagradable e imperceptiblemente. La redonda había caído mansa a la suela puercoespín de sus bo...tines segunda línea -porque la primera estaba ocupada por los realmente duchos en la materia- y el joven tomó envión desde el área propia abalanzándose como guerrero maorí sobre el codiciado arco rival. Sorteó penosamente al nueve, que lo siguió con mira teledirigida, hasta que éste se rindió creyendo inútil el intento de ambos. Luego sobrepasó zigzagueante a los dos zagueros ensañados, que quedaron tendidos en el suelo mirándose las caras. Sin embargo, a pesar de su considerable desempeño, al llegar a área contraria Elías comenzó a temblar. Le brotaron lágrimas incontenibles que le nublaron la vista. Pateó errante, dirigiendo el balón a uno de los palos.

Por una de esas tretas del destino fue adentro y Suárez se desplomó en llanto luego de un grito ahogado. Pero también por ese mismo destino, había ocurrido lo del refucilo incandescente. El público entero había quedado ignorante, huérfano del gol del defensor. Las cámaras apenas habían captado sus pies de manera interrumpida. Ambos equipos habían quedado atrás, ajenos a la escena del crimen. Los únicos que sabían la verdad eran el arquero rival y el. Ambos compartían un secreto que por razones opuestas se llevarían a la tumba. El arquero receloso de la victoria contraria, el defensor insulso sin poder de influencia.

A la noche siguiente los dirigentes de la FIFA habían dado por anulado el gol. La burocracia del balón pie había resuelto caratular el "crimen deportivo" como falto de pruebas. Mas tarde fueron a la habitación de hotel de Suárez, que no contó el cuento. La cúpula canceló el mundial, que volvió a jugarse cuatro años después con los mismos resultados arbitrariamente pactados desde siempre.

B.K.

ACERCA DE LOS USOS -microrelato-

A la mañana siguiente el embajador de EEUU preguntó extrañado a su guía acerca de un error -seguramente de carácter arquitectónico- que había advertido en el baño de habitación. Resulta que en el había dos inodoros. Lo extraño era que uno de ellos venía con pequeñas modificaciones y parecía la versión reducida del otro.

Mas tarde, al visitar las oficinas de los mas altos funcionarios del gobierno, advirtió perplejo la presencia de dos escritorios. Al preguntarle a su guía este le respondió:

"Funciona igual que los inodoros: uno para la mierda y otro para limpiarla".

B.K.

18.- OJALÁ NUNCA MUERAS EN RECREO

Pobre Ricardito. No hablo del nombre, que dicho sea de paso resultaba ajeno y extraño para cada persona que se cruzara en su camino. Un purrete de seis años con un nombre que -diminutivos aparte- resonaba viejo y de cincuenta para cualquier oído ducho. Era lo abultado de sus bolsillos y las "B" que encabezaban los nombres de las islas en las que depositaban su pedazo de paraíso fiscal, lo que dotaba a sus padres de la potestad para maldecir la identidad y el rasgo mas singular de su hijo, para siempre.

Digo pobre y utilizo ese apelativo mas bien porque Ricardito había estrenado por aquellos días de su sexto cumpleaños, una grave y extraña enfermedad que lo desvanecía casi instantáneamente. Lo realmente anómalo y rebuscado eran los síntomas (o mas bien lo asintomático) del padecimiento. Antes de colapsar, Ricardo-ito podía estar haciendo cualquier cosa. Reír. Llorar. Correr. Jugar. Incluso dormir. Era por esto que incluso el diagnóstico de la patología resultaba enrevesado.
Aquella mañana en el segundo recreo antes del almuerzo, se desató mas grave y con mas caudal que nunca el caos. Ricardo-pequeño había resultado desde siempre un ávido negociador, en ese momento se encontraba intercambiando figuritas de algún mundial que habría sido mejor olvidar. Mientras efectuaba el pase del arquero titular, el delantero estrella y dos zagueros medio pelo de un equipo que quedó olvidado en cuartos de finales por la plateada esfinge de la copa fulgurante que encabezaba la colección, comenzó la debacle.

La conciencia de Ricardo-sin diminutivos se encontraba mas despierta que nunca mientras yacía inmóvil en el frio suelo del patio escolar. Pensó primero en sus amigos, creyó oportuno que salieran corriendo a avisar a las maestras de su curso acerca del imprevisto. Sin embargo, se apoderaron de su basto pilón se coleccionables como propias. Otorgándose un poder que creían suyo, dándole la diestra a Marx y defenestrando todo concepto de propiedad privada.

Resignado, Ricardo -el de el nombre que debiera apocoparse- optó por la vana esperanza de creer en la espontánea llegada de sus maestras. Lejos de eso, éstas se encontraban en la sala de profesores. Dos pisos sobre la muerte que rondaba al niño, dialogando amenamente acerca de los mancebos de veintilargos a los que habían logrado captar el fin de semana anterior. Habrá sido aquello, sumado al humo de cigarrillo prohibido que colmaba el lugar, lo que les impidió advertir la tragedia.

Ricar advirtió mágicamente aquello y comenzó a llamar con la mente a sus padres. Imaginó el BMW de su padre quemando motores hacia el colegio. Sin embargo el auto permanecía estacionado en el garage privado del edificio de oficinas y su padre en el piso diecisiete presidiendo una junta. Celulares apagados al igual que su madre.

Por último rogó al cielo que por allí pasara algún satélite que captara el infortunio y lo transmitiera por cadena nacional, incluso global... quizás después de todo aquello el presidente le daría un abrazo y un sin fin de caramelos.

Una hora después todo era llanto. Sus amiguitos recordaron el sin fin de risas y recreos compartidos. Las maestras alegaban que el joven era una promesa, una luminaria, adelantado para su curso. Sus padres lamentaron no poder verlo crecer, ni antes ni después (ya nunca mas). El presidente por su parte seguía ocupado, como siempre.

B.K.

LA SOMBRA DE UNO MISMO -microrelato-

Con el correr del tiempo, se dio cuenta de que se había convertido en un párrafo insulso que narraba las grotescas aventuras de los desalmados y de el, que ni siquiera en su dolor se sentía protagonista. Era solo un pasar del tren, una flecha errante a ningún lado, el rincón a oscuras de un comedor durante la noche, cuando todo el mundo sueña cosas mejores y más relevantes.

Era en suma una hilera de oportunidades desperdiciadas, el racconto de las cosas en las que nadie casi nunca piensa cuando está bailando la vida.

B.K.


17.- ENCONTRARNOS CON LA NADA

Quién hubiera pensado que en el eterno sinsentido de las casualidades podríamos cambiar el irrefrenable transcurso del destino para siempre. Es seguro que el, en su pequeña mente en monocromo de tres semanas, jamás lo hubiera visto venir.

Sus últimos rastros de cordura se habían desvanecido en la fría soledad de la noche, recostado en el suelo húmedo de una estación de servicio de la localidad de Azul. La perdida de su madre y el despiece paulatino y ...agónico de sus hermanos como extremidades que le fueron arrebatadas de su propio cuerpo, pesaban más que la inmensidad del cielo negro repleto de pecas blancas que yacía sobre sus orejas.

El irremediable correr del tiempo pasaba, como era habitual en los de su tipo, siete veces más rápido que para los demás. Sin embargo aquellos días resumieron años y parecieron siglos para su pequeña y sucia cabeza. Si hubiera sabido como, habría tratado de comunicar su malestar a viva voz, pero aún era muy pronto.

Al sentir las manos cálidas de una joven que apareció en la estación de servicio junto con su novio y un amigo, supo que aquel día cambiaría su vida. Recorrió durante un tiempo que no supo determinar un camino que pasó por sus ojos a velocidades exageradas. Al llegar a Tandil, fue recibido como un Dios, todos los que ahí se encontraban estaban pendientes de el. Madrugadas eternas jugando, pasto verde y húmedo entre sus pies y un sol que devolvía el aliento que creía perdido. Por un segundo, creyó que era el paraíso.

Quizás su cuerpo seguía allí, en la estación.

Sin embargo, algo le recordó que aún estaba vivo, y coleando por qué no. Los jóvenes que lo encontraron les informaron a los demás que él tenía nombre, de ahora en más era Titino. La identidad le recorrió por el diminuto cuerpo como un suero intravenoso, colmándolo de alma una vez mas.
Titino vivió alegre el resto del tiempo, sin embargo las horas y los días iban pasando y aquel fin de semana de descanso que para el significaba el paraíso estaba llegando a su fin. Sabía que el no corría la misma suerte que sus colegas los gatos y que no lo esperaban seis oportunidades más al final del camino. Quizás, seguramente, aquella sería la antesala del fin.

Pensaba esto al subir al mismo auto que lo había resucitado días atrás. A medida que pasaban los minutos y kilómetros, su corazón de pelota de ping-pong volvía a acelerarse cada vez más. Aquella adrenalina le generaba una inexplicable sensación de sentirse a un paso de la muerte, pero más vivo que nunca a la vez. Sabía que estaba acercándose al espantoso útero del que lo habían sacado apenas unos días atrás. Estaba a minutos de encontrarse, nuevamente, con la nada.

Fue cuando el joven conductor apretó el acelerador que el pequeño Titino vió el cartel tan familiar de la YPF de Azul desvanecerse a una descomunal velocidad. Fue entonces cuando pudo sentirse a salvo, para siempre.

B.K.


Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...