El cuchillo grande, el de cortar las verduras, cayó con un sonido sordo sobre el piso prístino de la cocina de la familia Alcorta. Durante toda la tarde, Elena había destinado su ser completo a aprontar todo para la noche y ya casi estaban por llegar los invitados. Al rededor de las ocho menos cuarto sonó por primera vez el arrollador ruido del timbre. El tiempo de descuento había terminado. Manos arriba.
Rodolfo, el padre del cumpleañero abrió la puerta de calle y recibió cordialmente a los invitados. El primero en llegar fue el matrimonio Duarte, Estelita y Raul. Amigos entrañables de la familia desde hace añares.
Luego se pronunció la familia Montes Castro - Ortiz. Don Ezequiel, señora e hijos.
Pasaron minutos incalculables, en los que continuó haciéndose presente un sinfín de gente que nada tenía que hacer allí, hasta que comenzaron a llegar los primeros amigos del cumpleañero.
Iván, que a sus 18 años creía innecesario el festejo auspiciado por sus padres, se encontraba sumamente incómodo y abochornado. Y aún no había llegado la peor parte.
Promediando las vísperas de su cumpleaños, a las doce menos cinco, Rodolfo apagó las luces del comedor con una decidia que parecía empatizar con su hijo y Elena ingresó lentamente con la torta mas opulosa que jamás se vió, cantando la canción que siempre se canta en esos casos y que tan parecida es a la fel payaso aquel al que se le pinchó la nariz.
El momento decisivo había llegado. La cara de feliz cumpleaños. Simular o reventar. Nunca en todos sus años de vida, Iván había sabido que cara poner o hacia donde mirar en esta situación. La expectativa de tanta gente puesta en la felicidad propia parecía cada vez mas una caricatura burda de la vida. Sin embargo ese año algo cambiaría.
Justo antes de tener que completar a gusto y piaccere con alguna variante aleatoria del nombre del agasajado, Iván sacó el teléfono celular de su bolsillo. A los segundos de atender su cara se deformó completamente, entrando en un rictus. Se disculpó y salió corriendo para la cocina. Su padre encendió las luces con la misma desidia con la que las había apagado, quizás aquello no era empatía con su hijo sino simplemente asco por su propia y miserable vida.
A los cinco minutos Iván volvió al comedor, anunció que habían atropellado a un ser querido que la familia no conocía aún. Compungidos por el hecho los invitados fueron abandonando la casa paulatinamente.
Elena limpió los resabios de fin de fiesta con un aire cansino y saturado a muerte que sobrevolaba la casa. Iván por su parte se tiró en el sillón del living a ver la televisión, con una media sonrisa colgándole de los pómulos y haciéndolo feliz como hacía tiempo no lo era. Había salido bien el chasco.
B.K.
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