Después de pasarse unos minutos discutiendo acerca del dudoso fair play del mercado de la birra auto gestionada, que cada vez se alejaba mas del utópico fin de refinar el sabor y llegar a la combinación perfecta de lúpulo y malta, Juan encaró el tema que los había reunido después de un año de enemistad a los tres. En verdad a los cuatro.
"El hijo de un tonel de putas de Gambini se cagó muriendo en año bisiesto el muy pelotudo..." recordó Juan a los otros dos con una rabia contenida que ocultaba otros enojos del pasado.
Sebastián Gambini siempre había sido el último Guaymallen del verano en el kiosco. Ese que se derrite en el ostracismo mas cruel de no ser elegido nunca para nada. Pero lejos de ser resentido, siempre trataba con una amabilidad y cariño irrefutable a sus seres queridos. En verdad a cuanto ser se cruzara en su vida.
Al pibe lo elegían al último en un partido y trasca lo mandaban al arco. Y el buenudo de Gambo - porque decirle Gamba a Gambini ya era una mojada de oreja a las circunstancias - traía al día siguiente su mejor pelota. Siempre desenvainaba una sonrisa de 32 dientes que dejaba ver hasta el sarro de las muelas.
Resulta que un año antes de morir, Gambini había pegado - involuntariamente - un volantazo a su vida. Los muchachos habían arrastrado al pobre cristiano a un casino y en la primera vez en una de esas maquinolas con trampa que están siempre marcadas para que la casa gane, saltó la banca.
"Tres palos Gambo!" Le remarcó Juan con una felicidad mas propia que prestada. Mauro, el mas sensato de los cuatro, creyó mas oportuno hablar con los dueños del local para evitar malentendidos. Tonga estaba malviajando con el girar de la ruleta por un porro de dudosa procedencia que había fumado minutos antes de entrar.
Sin embargo, en el transcurso de aquel año en apariencia glorioso y basto, Gambini no había tocado siquiera la tinta de uno de esos billetes. Con el correr de los meses las palabras entre sus tres amigos se fueron tornando mas amargas y densas. Sin decirlo cada uno esperaba recibir una porción de la chocotorta financiera del bueno de Gambo.
"Te juro que es un hijo de puta" repitió en cólera Juan a Mauro mientras Tonga comparaba los piropos del reverso de los sobrecitos de azúcar. "El escribano dice que hay un bache... te juro negro, hablé con el esta mañana..."
"Un año bisiesto tiene 366 días, extendiendo la duración de Febrero en un día. Se repite cada cuatro años...o sea que el próximo... es en 2020." Reflexionaba a la par Mauro.
"Exacto... faltan cuatro años. La reputísima madre. El escribano jura y perjura que Gambo dejó expresamente escrito que la guita se nos iba a repartir en el primer aniversario de su muer- la reputa que te parió Gambini!" gritó Juan.
"Bueno muchachos... pero si quieren nos vemos antes, para el mundial. Es en Rusia esta vez no?" propuso Tonga.
B.K.
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