martes, 5 de diciembre de 2017

17.- ENCONTRARNOS CON LA NADA

Quién hubiera pensado que en el eterno sinsentido de las casualidades podríamos cambiar el irrefrenable transcurso del destino para siempre. Es seguro que el, en su pequeña mente en monocromo de tres semanas, jamás lo hubiera visto venir.

Sus últimos rastros de cordura se habían desvanecido en la fría soledad de la noche, recostado en el suelo húmedo de una estación de servicio de la localidad de Azul. La perdida de su madre y el despiece paulatino y ...agónico de sus hermanos como extremidades que le fueron arrebatadas de su propio cuerpo, pesaban más que la inmensidad del cielo negro repleto de pecas blancas que yacía sobre sus orejas.

El irremediable correr del tiempo pasaba, como era habitual en los de su tipo, siete veces más rápido que para los demás. Sin embargo aquellos días resumieron años y parecieron siglos para su pequeña y sucia cabeza. Si hubiera sabido como, habría tratado de comunicar su malestar a viva voz, pero aún era muy pronto.

Al sentir las manos cálidas de una joven que apareció en la estación de servicio junto con su novio y un amigo, supo que aquel día cambiaría su vida. Recorrió durante un tiempo que no supo determinar un camino que pasó por sus ojos a velocidades exageradas. Al llegar a Tandil, fue recibido como un Dios, todos los que ahí se encontraban estaban pendientes de el. Madrugadas eternas jugando, pasto verde y húmedo entre sus pies y un sol que devolvía el aliento que creía perdido. Por un segundo, creyó que era el paraíso.

Quizás su cuerpo seguía allí, en la estación.

Sin embargo, algo le recordó que aún estaba vivo, y coleando por qué no. Los jóvenes que lo encontraron les informaron a los demás que él tenía nombre, de ahora en más era Titino. La identidad le recorrió por el diminuto cuerpo como un suero intravenoso, colmándolo de alma una vez mas.
Titino vivió alegre el resto del tiempo, sin embargo las horas y los días iban pasando y aquel fin de semana de descanso que para el significaba el paraíso estaba llegando a su fin. Sabía que el no corría la misma suerte que sus colegas los gatos y que no lo esperaban seis oportunidades más al final del camino. Quizás, seguramente, aquella sería la antesala del fin.

Pensaba esto al subir al mismo auto que lo había resucitado días atrás. A medida que pasaban los minutos y kilómetros, su corazón de pelota de ping-pong volvía a acelerarse cada vez más. Aquella adrenalina le generaba una inexplicable sensación de sentirse a un paso de la muerte, pero más vivo que nunca a la vez. Sabía que estaba acercándose al espantoso útero del que lo habían sacado apenas unos días atrás. Estaba a minutos de encontrarse, nuevamente, con la nada.

Fue cuando el joven conductor apretó el acelerador que el pequeño Titino vió el cartel tan familiar de la YPF de Azul desvanecerse a una descomunal velocidad. Fue entonces cuando pudo sentirse a salvo, para siempre.

B.K.


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