Desde los palcos y plateas no había llegado a captarse nada. Un refucilo enceguecedor había mermado el fulgor de aquel partido de final de la copa del mundo. Elias Suárez, un defensor cuyos pies rara vez habían dañado césped contrario, vislumbró la oportunidad de su vida y la agarró como un sapo agarra una mosca al vuelo: rápida, desagradable e imperceptiblemente. La redonda había caído mansa a la suela puercoespín de sus bo...tines segunda línea -porque la primera estaba ocupada por los realmente duchos en la materia- y el joven tomó envión desde el área propia abalanzándose como guerrero maorí sobre el codiciado arco rival. Sorteó penosamente al nueve, que lo siguió con mira teledirigida, hasta que éste se rindió creyendo inútil el intento de ambos. Luego sobrepasó zigzagueante a los dos zagueros ensañados, que quedaron tendidos en el suelo mirándose las caras. Sin embargo, a pesar de su considerable desempeño, al llegar a área contraria Elías comenzó a temblar. Le brotaron lágrimas incontenibles que le nublaron la vista. Pateó errante, dirigiendo el balón a uno de los palos.
Por una de esas tretas del destino fue adentro y Suárez se desplomó en llanto luego de un grito ahogado. Pero también por ese mismo destino, había ocurrido lo del refucilo incandescente. El público entero había quedado ignorante, huérfano del gol del defensor. Las cámaras apenas habían captado sus pies de manera interrumpida. Ambos equipos habían quedado atrás, ajenos a la escena del crimen. Los únicos que sabían la verdad eran el arquero rival y el. Ambos compartían un secreto que por razones opuestas se llevarían a la tumba. El arquero receloso de la victoria contraria, el defensor insulso sin poder de influencia.
A la noche siguiente los dirigentes de la FIFA habían dado por anulado el gol. La burocracia del balón pie había resuelto caratular el "crimen deportivo" como falto de pruebas. Mas tarde fueron a la habitación de hotel de Suárez, que no contó el cuento. La cúpula canceló el mundial, que volvió a jugarse cuatro años después con los mismos resultados arbitrariamente pactados desde siempre.
B.K.
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