martes, 5 de diciembre de 2017

18.- OJALÁ NUNCA MUERAS EN RECREO

Pobre Ricardito. No hablo del nombre, que dicho sea de paso resultaba ajeno y extraño para cada persona que se cruzara en su camino. Un purrete de seis años con un nombre que -diminutivos aparte- resonaba viejo y de cincuenta para cualquier oído ducho. Era lo abultado de sus bolsillos y las "B" que encabezaban los nombres de las islas en las que depositaban su pedazo de paraíso fiscal, lo que dotaba a sus padres de la potestad para maldecir la identidad y el rasgo mas singular de su hijo, para siempre.

Digo pobre y utilizo ese apelativo mas bien porque Ricardito había estrenado por aquellos días de su sexto cumpleaños, una grave y extraña enfermedad que lo desvanecía casi instantáneamente. Lo realmente anómalo y rebuscado eran los síntomas (o mas bien lo asintomático) del padecimiento. Antes de colapsar, Ricardo-ito podía estar haciendo cualquier cosa. Reír. Llorar. Correr. Jugar. Incluso dormir. Era por esto que incluso el diagnóstico de la patología resultaba enrevesado.
Aquella mañana en el segundo recreo antes del almuerzo, se desató mas grave y con mas caudal que nunca el caos. Ricardo-pequeño había resultado desde siempre un ávido negociador, en ese momento se encontraba intercambiando figuritas de algún mundial que habría sido mejor olvidar. Mientras efectuaba el pase del arquero titular, el delantero estrella y dos zagueros medio pelo de un equipo que quedó olvidado en cuartos de finales por la plateada esfinge de la copa fulgurante que encabezaba la colección, comenzó la debacle.

La conciencia de Ricardo-sin diminutivos se encontraba mas despierta que nunca mientras yacía inmóvil en el frio suelo del patio escolar. Pensó primero en sus amigos, creyó oportuno que salieran corriendo a avisar a las maestras de su curso acerca del imprevisto. Sin embargo, se apoderaron de su basto pilón se coleccionables como propias. Otorgándose un poder que creían suyo, dándole la diestra a Marx y defenestrando todo concepto de propiedad privada.

Resignado, Ricardo -el de el nombre que debiera apocoparse- optó por la vana esperanza de creer en la espontánea llegada de sus maestras. Lejos de eso, éstas se encontraban en la sala de profesores. Dos pisos sobre la muerte que rondaba al niño, dialogando amenamente acerca de los mancebos de veintilargos a los que habían logrado captar el fin de semana anterior. Habrá sido aquello, sumado al humo de cigarrillo prohibido que colmaba el lugar, lo que les impidió advertir la tragedia.

Ricar advirtió mágicamente aquello y comenzó a llamar con la mente a sus padres. Imaginó el BMW de su padre quemando motores hacia el colegio. Sin embargo el auto permanecía estacionado en el garage privado del edificio de oficinas y su padre en el piso diecisiete presidiendo una junta. Celulares apagados al igual que su madre.

Por último rogó al cielo que por allí pasara algún satélite que captara el infortunio y lo transmitiera por cadena nacional, incluso global... quizás después de todo aquello el presidente le daría un abrazo y un sin fin de caramelos.

Una hora después todo era llanto. Sus amiguitos recordaron el sin fin de risas y recreos compartidos. Las maestras alegaban que el joven era una promesa, una luminaria, adelantado para su curso. Sus padres lamentaron no poder verlo crecer, ni antes ni después (ya nunca mas). El presidente por su parte seguía ocupado, como siempre.

B.K.

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