martes, 31 de marzo de 2020

16.- Calígula.

 Después de varios éxitos rotundos, Nicanor Paz había tenido su primer traspié en el mundillo editorial. Más temprano que tarde la dudosa calidad de su última obra comenzó a hacerse eco, primero entre críticos especializados, esparciéndose lentamente y llegando por fin a oídos del pueblo.

El joven laureado había sido una promesa para el mundo de las letras desde sus más pueriles párrafos. Sus primeros ejemplares colmaron las marquesinas y se escurrieron de las manos de los libreros como agua de manantial. Por eso aquel fracaso era visto como una anomalía para la prensa, que no tardó en correr la bola.
A los pocos días la noticia ya era de ámbito nacional. Fuera donde fuera, el eximio letrado era juzgado en sus dones por cualquiera: tanto aquellos doctorados en literatura hispana como otros que a duras penas leían los prospectos de la pasta de dientes cuando se aburrían en el baño. Es bien sabido que juzgar es un deporte nacional.
Una tarde el joven se paseaba por un parque cercano a su casa, cuando oyó a dos viejas comentar sobre su obra con cierta repulsión.
- Cayó en lo más bajo de su carrera. - concluía una de ellas.
Situaciones similares se repitieron las siguientes semanas. Un domingo, el joven fue a visitar a sus padres en busca de cobijo. Impávido quedó Nicanor cuando al cruzar la puerta de calle escuchó desde la cocina a su madre hablando por teléfono con una amiga:
- Siempre estuve tan orgullosa de el, pero la verdad es que ahora...
No hacía falta completar la frase. Ante aquella conjunción, acaso la más temida de las conjunciones, en su mente las piezas restantes fueron cayendo en un tetris gris y demoledor. El pobre Nicanor rompió en llanto y se alejó de la casa de sus padres farfullando entre sollozos:
- ¿Et tú, Brute?

lunes, 30 de marzo de 2020

15.- Los perros de Montalván.

 En una vieja quinta repleta de algarrobos y juncales, que cubrían el extensísimo prado junto a la galería que remataba el frente de la casa, vivía Montalván con sus dos sabuesos. De pocas palabras, tenía escaso contacto con los habitantes del pueblo. Eran contadas las veces que alguien se arrimaba a su portal, generalmente en busca de donaciones o para informarlo acerca de alguna asamblea comunal a las que jamás iba.

Cada noche, el hombre salía a la galería junto a sus dos animales -uno a cada lado- y se dejaba caer en una vieja mecedora para fumar un habano. Resulta que Montalván era ciego y por eso dependía constantemente de ellos.
Sus problemas de visión comenzaron en su juventud, pero fue luego de quedar viudo que se acentuaron. La pareja había encontrado a los dos cachorros en la ruta y desde entonces habían formado parte de su vida.
Una mañana, dos hermanos se escabulleron entre los arbustos para intentar jugarle una sucia broma a Montalván. Pensaban poner delante de su puerta una bolsa llena de excremento, tocar el timbre y escapar. Sin embargo, al ingresar en su terreno, ambos perros alertas detectaron a los intrusos y corrieron tras ellos. Uno logró alcanzar al menor, mordiéndole la pierna. Repentinamente, se escuchó el ruido de la escopeta del viejo para separarlos.
Luego de una semana, los hermanos volvieron por venganza a la hora de la siesta y mientras ambos perros dormían envenenaron su comida.
El sabueso más joven murió días después. Los niños creyeron que el viejo no se daría cuenta, pero lo cierto es que jamás volvió a ver el mundo completo, le faltaba la mitad derecha.

domingo, 29 de marzo de 2020

14.- Debimos preguntar dos veces.

 Andar por un pueblo ajeno requiere pericia y un sentido de la localización desarrollado. Luis y Esteban sabían esto, sin embargo no pudieron evitar perderse a las pocas cuadras de haber bajado de la ruta.

A medida que se adentraban por aquellas calles, las casas comenzaban a lucir más derruidas y el asfalto de la calle cada vez estaba más agrietado. Resultaba complicado identificar la altura de la calle en la que se encontraban ya que los números gastados por el tiempo y el descuido apenas lograban diferenciarse.
Resignado, Luis decidió frenar a un local que circulaba por ahí y le preguntó:
- Disculpe... Buscamos el hotel Solar de Monts. ¿Podría indicarnos cómo ir?
- Claro, vea. Siga diez cuadras por acá, doble en el bulevar y retome por la tercera cuatro cuadras...
- ¡Muy amable! - le agradecieron ambos.
Siguieron las indicaciones y desembocaron en un descampado. Esteban, furioso, increpó a su compañero.
- Debimos preguntar dos veces...
Avanzaron unos metros y descubrieron, oculta entre unos árboles, una casucha modesta. Se acercaron para pedir indicaciones a sus habitantes y aplaudieron a falta de timbre. Abrió la puerta un robusto hombre, de aspecto desalineado y sucio. Cargaba un chillo afilado y repleto de sangre, que escondió inmediatamente de la vista de los intrusos.
- Disculpe... Buscamos el hotel Solar de Monts. Estamos un poco perdidos...
Esteban no llegó a completar la frase y el hombre lo interrumpió.
- No sé de que hablan.- respondió con una voz profunda.
Escucharon un grito desgarrador proveniente del fondo de la casa.
- ¿Todo bien? - preguntó Luis.
El hombre cerró la puerta en sus narices y tras dudar si volver a llamarlo, ambos subieron al auto. En el camino Luis permaneció sobresaltado. Al llegar al Solar de Monts miró a Esteban y le dijo:
- Debimos preguntar dos veces...

sábado, 28 de marzo de 2020

13.- Cumplir con la cuarentena.

 Estamos esclavos de algo invisible y que sin embargo nos genera pavor. Pero no debería extrañarnos tanto, siempre vivimos con miedo a cosas invisibles.

Desde nuestras creencias más personales hasta el dinero en nuestros bolsillos, que en su forma más primaria es intangible y más conceptual que otra cosa. Nadie puede tocar a Dios, pero tampoco al Capital. No le tenemos miedo al virus, le tememos a estar encerrados con nuestras miserias.
Quedarse en cuarentena, encerrado y en parte privado de tu libertad, es en cierta forma como jugar a estar preso. Cuando jugábamos a la guerra de chicos, tamizábamos la experiencia y rescatábamos la adrenalina, descartando la sangre y los tiros. Acá es lo mismo. Es pero no es estar preso.
26 años después vuelvo a estar en un útero. Espero que al salir, como la primera vez, descubra un mundo nuevo y mil cosas que aprender. Y espero que a todos nos pase lo mismo.

viernes, 27 de marzo de 2020

12.- Dinámica de encierro.

 Aquel otoño fue distinto para la familia Soler. Cuando las primeras hojas del roble viejo fuera de la casa comenzaron a adornar el suelo de la galería, el pájaro marrón entró a su hogar y a sus vidas.

Logró inmiscuirse una tarde, luego de que la familia hubiera tomado té en el comedor principal. Los niños jugaban frente a la chimenea y el padre leía el diario en el gran sillón. La madre había comenzado a tejer, de puro aburrimiento.
De repente, el bicho se posó sobre el alféizar de la ventana del comedor. Ludmila, con la inocencia propia de los once años corrió maravillada, pues jamás había visto una criatura tan magnífica. Abrió los paños para tocarla, pero esta se escabulló entre sus dedos y arremetió en la casa.
Susana, la madre, saltó inquieta arrojando el ovillo, la aguja y la maraña de hilo que fingía ser una rebequita para Ludmila. El padre, Antonio, agarró el diario y enrolló para echar a golpes al animalejo. Pero el intruso esquivaba cada golpe que el hombre intentaba acertarle con una majestuosidad macabra. Resignados y agotados, asumieron como mascota al peculiar visitante, intentando convivir de la mejor manera posible.
Las siguientes semanas resultaron agobiantes. El pájaro se apoderó de la cocina y el comedor, destrozando todo con su aleteo. A medida que pasaban los días, iba copando una a una el resto de las estancias de la casa, obligando a la familia Soler a recluirse en el cuarto de los padres durante días.
Cuando el pájaro embistió la puerta del dormitorio, la familia supo que para acabar con aquello debían realizar un sacrificio. Antonio agarró fuertemente a Ludmila, ante la mirada obediente del resto. El pájaro la tomó fuertemente y desaparecieron por la misma ventana.
Dicen que los pájaros de mal agüero advierten sobre las desgracias venideras. Quizás fue eso, o el karma, lo que salvó a la pequeña Ludmila que miraba desde lo alto como su casa comenzaba lentamente a incendiarse.

jueves, 26 de marzo de 2020

11.- Los muertos también lloran.

 La ronda al rededor del ataud durante el velorio del viejo Sinclaire fue en principio silenciosa. Ninguno de los allí presentes tenía demasiado contacto con el hombre pero todos querían sacar tajada de su jugosa herencia.

Fue así como poco a poco comenzaron a desnudar anécdotas inventadas, tan desabridas y falsas como el tabaco mojado. Marcial Dugan, uno de los mozos del bar que el viejo solía frecuentar, pidiendo siempre un café con dos medialunas a medio tostar, fue el primero en romper el sigilo reinante:
- Recuerdo la primera vez que ví al viejo Sinclaire.- comenzó.- Siempre de porte elegante con aquel sobretodo beige...
- ¡Fabulador! - lo interrumpió Clemencia Ortiz, la modista del barrio, a la cual el viejo había consultado alguna vez acerca de unos botones para un saco.- Sinclaire jamás habría usado un sobretodo beige. Coincidimos siempre en que tiene más clase el azul marino. El hombre tenía buen gusto, no como usted, embustero...
- ¡Déjense de joder! - interrumpió el tano Carranza, carnicero del barrio, que le molía la carne al viejo Sinclaire cuando en sus últimos años ya no podía masticar.- Si el viejo me contó una vez que era daltónico...
De repente, el barullo cromático se interrumpió abruptamente. Todos se quedaron estupefactos en torno al cajón abierto cuando el pequeño Diego llevado por su padre, el barbero del barrio que le hacía el service al viejo, advirtió que de su ojo derecho salía una lágrima. El viejo Sinclaire, solo en la soledad de su muerte, se dio cuenta que nadie lo conocía realmente y se sintió solo.
Acto seguido, el escribano entró y anunció que la fortuna había sido dilapidada por completo en los burros. El médico, que también se encontraba allí y hasta el momento había permanecido en silencio decretó que aquella anomalía lacrimógena podía suceder como reacción tardía en los cadáveres y todos comenzaron a irse de a poco, apagando las luces de la sala y dejando al viejo y su tristeza solos para siempre.

miércoles, 25 de marzo de 2020

10.- Aquellos infortunios, nuestros propios miedos.

 Salimos de las cuevas, creamos códigos. Establecimos jerarquías de contacto para identificar a quienes había que proteger de las fieras. Descubrimos los miedos, dormimos bajo techos creados por nosotros. Dominamos las fieras, cultivamos nuestra propia comida.

Creamos imperios, descubrimos nuevas tierras. Inventamos nuevas formas de comunicarnos. Inventamos la poesía, las historias narradas. Escribimos para anclar la imaginación. Levantamos monumentos y grandes edificaciones, nació la arquitectura. Decretamos leyes y descubrimos inventos trascendentales.
Declaramos causas para justificar las guerras, profundizamos conflictos, abrimos grietas. Inventamos dioses, buscamos respuestas, creamos y creímos.
Politizamos la tierra, cercamos lo nuestro. Instauramos el capitalismo y el comunismo como puntas de la cuerda de la estupidez que terminan por tocarse. Nos fuimos alejando cada vez más de los demás.
Surgieron las redes, rejuveneció la tecnología. Subimos stories, reescribimos la historia. Postulamos manifiestos en 140 caracteres. Viajamos por el mundo sin movernos de casa.
Nos dominó una fiera invisible, acumulamos comida. Redescubrimos los miedos, volvimos a encerrarnos bajo nuestros techos. Establecimos jerarquías de contacto para protegernos de la peste. Creamos códigos nuevos, salimos de las cuevas.

martes, 24 de marzo de 2020

9.- Convivencia.

 Ambos sabían que los primeros meses viviendo juntos serían escabrosos. Sus parejas amigas los habían prevenido, advirtiéndoles que así como el enamoramiento dura unos meses y el amor a lo sumo cuatro años, las mieles de la convivencia son más azarosas y no hay cálculo estructural para preparar al castillo de naipes cuando arremeta el torbellino del tedio. El problema es que Mara y Felipe habían desoido aquella álgebra sentimental, mezclando los papeles, y comenzaron a convivir a los cuatro años de relación.

Los primeros días, los días de desembalaje (material y sentimental) todo fue viento en popa. Alguna que otra escaramuza que se resolvía en el colchón, aún huérfano de cama, que yacía en el chirriante piso de madera del dormitorio principal. El conflicto comenzó luego del primer mes, y no por culpa de ninguno, más bien por un factor externo.
Una noche de su tercer semana de convivencia, Felipe encendió la televisión que acababa de conectar. El aparato había sido de las últimas cosas en traer en flete y desembalar. Hasta entonces se habían mantenidos desnudos de noticias, ajenos a lo que pasaba en el resto del mundo, fuera de su paraiso de Salguero.
El noticiero arrojaba datos alarmantes acerca de una amenazante pandemia proveniente de china y recomendaban aislación total.
Que bueno, pensaron ambos en un principio. Tendrían tiempo de ordenar todo y aprovechar al máximo aquel idílico lugar, lo que durara aquello. Sin embargo, al pasar los primeros días no tardaron en llegar las discusiones. Los destratos en susurros con miradas esquivas mutaron en insultos a viva voz en un abrir y cerrar de ojos. Los motivos eran de lo más variados y estúpidos, sin embargo cuando el mundo se reduce a cuátro paredes también lo hacen las jerarquías de importancia y no hace falta mucho para desatar una guerra.
Fue así como harto del tedio bélico, Felipe optó por irse. Tras percatarse inmediatamente que aquello de la cuarentena se había vuelto asunto serio y de carácter estatal, advirtió que no podría ir a ningún lado. Su única opción era el hall de acceso del edificio. El portero había regresado a su casa al anunciarse el virus dejando desprovisto el lugar. Agarró una manta, dos remeras, un viejo Ipod que encontró en algún cajón, algunas latas de conserva y un abre latas, y se fue sin hacer ruido.
Como ya era de noche, se acomodó en la silla de computadora tras el escritorio del encargado, tapándose con la manta, y se dispuso a dormir. Pasados unos minutos, un ruido lo sobresaltó, pensando que serían ladrones. Abrió los ojos y la vió a Mara:
- Te olvidaste el cepillo, gil.- le dijo ella.- Vení, vamos a la cama.

lunes, 23 de marzo de 2020

8.- Emancipado.

 Luego de aquella fuerte pelea con mamá para ir a bañarse, Santi decidió de una vez por todas irse de casa. Agarró una selección de sus más preciados juguetes, digna de un verdadero sibarita. Decidió, por cuestiones de espacio y gusto, llevar solo los de las bodegas más viejas. Guardó todo envuelto en una manta encabezando la punta de una vieja escoba y se dirigió a la puerta de casa.

El plan estaba perfectamente trazado. Llevaría un banquito hasta la puerta de calle y giraría la perilla. Papá había ido al almacén de enfrente y siempre se olvidaba de cerrar con llave cuando iba. Luego, iría hasta la esquina al bar de Tito y comería algo porque ya sería hora de merendar. Al terminar, cruzaría la calle hasta lo de los Galuzzi y jugaría toda la tarde con su amigo Tobías.
Al salir a la calle miró para arriba y vio un cielo enorme y despejado. Advirtió que para el las nubes estaban un poquito más lejos que para los adultos y sintió miedo. Sin embargo, encaró para la esquina con paso firme y decidido.
Al llegar al bar, entró y se trepó a una silla en una mesa solitaria del fondo. El mozo, que conocía a la familia, se acercó a él y dulcemente lo increpó:
- ¿Nene cómo andás? - preguntó.- ¿Papá y mamá ya te dejan andar solo por el barrio? ¡Qué grande, eso merece un premio!
- Te pido un tostado y algo para tomar.- respondió con soberbia y sin mirar al mozo, en un vano intento de madurez.
Pasados unos minutos el hombre volvió con una gran bandeja. Apoyó el plato y el vaso alto en la mesa y despeinó tiernamente al niño con la mano.
Mientras batía con el chocolate la leche caliente, le preguntó al mozo si podía traerle la sección de humor del diario. Al volver, éste se la dejó en la silla de al lado y el niño lo detuvo en seco antes de irse:
- Mi mamá los hace más ricos. Les pone ketchup y los llama Carlitos. Dice que cuando vaya a Uruguay a visitar a los abuelos lo voy a entender.- recriminó al mozo mientras se bebía de un sorbo lo que quedaba de aquel submarino tibio, a punto de romper en llanto.
Se fue cargando todo a la cuenta de su padre y encaró para lo de su amigo. Cuando estaba por llegar comenzó a llover y el también llovió. Tocó el timbre de los Galuzzi y abrió la madre de Tobías. Inmediatamente y sin apartarse de la puerta agarró el celular y marcó a su madre.
Al abrir los ojos, el niño se encontraba en su habitación. Se convenció de que el banco era muy pesado, de que papá quizás esta vez si había cerrado con llave. Se dio cuenta que los tostados más ricos los hace mamá porque es de Colonia y que la página de chistes del diario solo es divertida si la lee con papá. Entendió que caer a lo de los Galuzzi sin aviso es una molestia y que a veces es mejor hacer caso e irse a bañar, que no es el fín del mundo.

7.- Cuando termine todo esto.

 Habremos aprendido a significar cada desgracia en su justa medida. Derramaremos saludos cordiales con el otro en vez de tanta agua, aunque no lo conozcamos. Usaremos el apretón de manos como signo de confianza, el abrazo como contrato y el beso como pacto.

Disfrutaremos cada baldosa como si pisáramos el campo, conscientes de lo que es en serio ser bichos de ciudad. Percibiremos en la mirada del otro el reflejo de nuestros miedos, sabiendo que en algún momento el haberlos compartido nos hizo más cercanos.
Conquistaremos de nuevo las plazas, pasearemos a los perros, romperemos los espejos porque sabremos que no hay mala suerte a la que temerle. Vibraremos con la música, pintaremos sonrisas en nuestras caras a pesar de las desgracias. Bailaremos solos en casa, conscientes de que podemos volver afuera cuando nos plazca. Fumaremos en el balcón, como ahora, pero sin miedo a quedarnos sin puchos.
Volveremos a ver el riachuelo y lo veremos cristalino. Pensaremos que comer en unas horas con la libertad de poder cruzar al chino. Buscaremos videoclubs extintos por deporte, cansados ya de tanto Netflix. Curaremos los rencores, dispararemos halagos. Prometeremos menos de lo que podemos cumplir.
Escribiremos a aquellos que están lejos, reconfortados de que serán buenas noticias y no tragedias que disfracen todo el mundo. Respetaremos lo prestado y entenderemos que esto no es del todo nuestro, sino un alquiler. Sabremos que estamos de paso y que el tiempo puede ser más corto si jodemos mucho.
Pasarán estas cosas cuando termine todo esto, o no habremos aprendido nada.

domingo, 22 de marzo de 2020

6.- Simulación.

 Cerró su libreta y se acercó entre las filas de aquel teatrucho derruido de San Telmo hacia el escenario. Reunió dispuestos en corro a todos sus alumnos, deteniendo en seco las actividades que meticulosamente había escrito para ellos y fielmente replicaban. Los rostros, cansados por el trajín de la interpretación, reflejaban una incertidumbre y expectativa propias de un niño al advertir la llegada de sus padres luego del trabajo, a la espera de algún chocolatín.

- Temo informarles, mis queridos, que algunas acciones en el acto dos he tenido que variar. - comentó despreocupado, sin despegar el vidrio de sus lentes de la hoja y blandiendo el cigarro de su mano derecha como un director de orquesta con su batuta.
- Vos Tomás, en lugar de agarrar por detrás a Claudia…- dijo señalando a un joven de rulos disfrazado de campechano medieval. - Vas detrás de Juan sigilosamente y…-continuó narrando la situación mientras escribía raudamente sobre los folios de aquel gastado bloc.
A medida que las palabras salían de la boca del director, cada uno de los participantes reproducían como un calco las acciones descriptas. Se movían veloces a través del escenario, describiendo una coreografía que en principio parecía armoniosa y volátil, pero que paulatinamente fue tornándose cada vez más gris y aterradora. Aquello comenzó a transformarse en una danza caótica con cuerpos entrelazados bailando al compás de la pluma del guía, que miraba obnubilado su creación.
De repente, el hombre advirtió como sus manos iban independizándose cada vez más de su pensamiento y las palabras que esgrimía sobre las hojas escapaban a sus voluntades. Comenzó a sentir pavor con el pasar de las sílabas, aterrado por lo que aquellas sentencias describían. No quiso ni mirar hacia arriba, temiendo ver replicadas en el accionar de sus discípulos, aquellas tétricas órdenes.
Cuando hubo acabado el último párrafo, cerró los ojos por completo apretándolos fuertemente como intentando escapar de aquella situación y abstraerse en el oculto mundo de la imaginación donde sentirse a salvo. Sin embargo, la presión ocular lo obligó por reflejo a abrirlos y leer la última frase que había escrito. Fue entonces cuando sintió el frío metal de la navaja de utilería deslizarse por su cuello dócil, sellando el fin del último acto.

sábado, 21 de marzo de 2020

5.- Ridículo.

 Aquella mañana nadie pudo hacerlo cambiar de parecer a Ivancito. Bajó a tomar el desayuno para ir al colegio y cuando sus padres lo vieron se quedaron perplejos. Su madre le aconsejó que se cambiara, ya que esa ropa no era la adecuada para el. Su padre, sin mediar palabra solo bajó la vista, negando con la cabeza en un gesto de resignación y escondiéndose detrás del diario, más preocupado por lo que pasaba en el resto del mundo.

Iván, que desde hacía unos meses había empezado a ir solo al colegio, camino las tres cuadras hasta llegar con una sonrisa. Los vecinos que se lo cruzaban lo miraban estupefactos. Algunos corrían la vista para evitar que el niño se pusiera mal y otros no despegaban los ojos de encima. Ninguna de las dos actitudes, sin embargo, hicieron mella en el chico.
Al llegar al patio de la primaria, la directora lo agarró furiosa de la mano amenazando con desenfundar alguna reprimenda. Ivancito comenzó a hacer como que iba a llorar y tomó ventaja de la situación. La mujer lo soltó de inmediato, invitándolo a que se formara en fila para el himno. Los primeros compañeros comenzaban a juntarse en grupitos observándolo y hablaban por lo bajo.
Una vez que entraron todos a clase, la profesora comenzó a pasar lista y al llegar a su nombre levantó la vista, quedando estupefacta. Fue entonces cuando toda la clase, a coro, rompió en carcajadas. Iván se unió a ellos, riendo aún más fuerte. Todos se callaron, asombrados.
- ¡Ridículos! - sentenció el pibe. - ¡Al menos a mí no me visten mis papás!

viernes, 20 de marzo de 2020

4.- Paranoia

Jazar conoció las paredes del zoológico de Av. Las Heras antes siquiera de que comenzaran a crecerle las garras. Desde que podía recordar, su madre y padre le habían dicho que aquel lugar no era su hábitat natural, pero que el ser humano los había encerrado allí para protegerlos de las amenazas de otras bestias más grandes. Lo que no sabía es que aquellas eran patrañas, ya que su familia era lugarteniente de toda la sabana africana. Aquello escondía, lamentablemente, algo más sucio.

Lo cierto era que su padre tenía un convenio tácito - imposible de concretarse formalmente por cuestiones de lenguaje - con los dueños del predio. Para ellos, la presencia de aquellas majestuosas bestias significaba la principal fuente de ingresos y para la familia del pequeño león, una aceptable forma de subsistir luego de haber sido capturados contra su voluntad. El orgullo y la soberbia de la familia leonina les impedía saberse para sí mismos y para los demás, derrotados.
Así fue como el león se transformó en un joven fuerte y ágil. dominaba el habitáculo donde moraba con su familia saltando de piedra en piedra y haciendo morisquetas a las crías humanas que en condiciones normales de presión y temperatura le hubieran servido de aperitivo.
Una mañana, un visitante lo sorprendió del otro lado del vidrio. Era un gato siamés que exploraba tierras lejanas desde el Jardín vecino. Se presentó ante la bestia contándole hazañas y anécdotas que el león juzgaba asombrosas, cuando lo cierto es que lo más osado que había realizado aquel felino había sido comer una rata indigestándose por una semana.
Entre aquellas historias, el gato le contó acerca de una noche en la que había tenido que sobrevivir a un sinfín de explosiones coloridas, rodeado de un ensordecedor ruido y el estridente maullido de sus familiares y amigos.
Pasaron las noches y Jazar escuchaba atentamente historia tras historia de su particular colega. Una de las tantas veladas, el gato miró al cielo como contando minutos. Parecía ser consciente de que se aproximaba algún peligro. Inmediatamente, el cielo se llenó de fuegos coloridos que estallaban y desaparecían a velocidades desorbitantes. El león miró asombrado, jamás había visto algo igual. Sonrió e intentó a los saltos seguir las formas que estos fuegos describían en el cielo. Sin embargo, el gato lo detuvo advirtiéndole que aquel espectáculo era en verdad cruel y peligroso.
Así fueron transcurriendo los meses, y éstos se convirtieron en años. Paulatinamente, el joven Jazar fue transformándose en adulto y también, adquiriendo nuevos miedos y nuevas mañas. Rehuía ante la presencia de los niños, escapaba atemorizado al advertir la llegada de algún perro y evitaba cada vez más frecuentemente el contacto con el agua. En suma, había hecho suyos los miedos del gato, rechazando su legado como rey de la selva. Lamentablemente no se dio cuenta de esto hasta muy entrado en la adultez, cuando se estremeció al estornudar por la presencia de un mosquito.

jueves, 19 de marzo de 2020

3.- Dios.

 Llegado el momento de su muerte, el último hombre sobre la tierra se sentó frente a Dios para su entrevista. Tras pensarlo bien, formuló la única pregunta que tenía permitido hacerle según reglamento.

Al mirar abajo, vio todos los cadáveres que yacían en la tierra seca y agrietada que alguna vez había estado verde y colmada de vida. No había rastro de animal alguno y el aire estaba cubierto por un polvo espeso que había llenado sus pulmones desde que tenía memoria. Recordó las enfermedades, todas: aquellas que tuvo que padecer, otras tantas que había estudiado a lo largo de su vida y las pocas que comenzaban a descubrirse en los últimos tiempos.
Cuando finalmente se acercó Él, miró fijamente al último como un padre mira a un hijo luego de una travesura, con una extraña mezcla de ternura y seriedad.
- ¿Por qué, si es que nos amás tanto, no hiciste nada para revertir esto? - preguntó el hombre compungido mirando el páramo desolado que solía ser su planeta.
- ¿Qué hiciste vos para revertirlo? - respondió Él.
BK.

miércoles, 18 de marzo de 2020

2.- Pandemia

Todo comenzó con la levedad de un estornudo. La primer persona, la patada en el medio campo que desencadenó aquel partido, pasó desapercibida con la inocencia propia de los niños. Hasta ahí, no había culpables. Todo el mundo seguía sumido en el contrato tácito de que vos tenés el derecho de estornudar y la obligación de taparte la boca por cuestiones de decoro. Pero como todos sabemos, desde que el mundo es mundo los contratos están hechos para romperse.
Comenzaron a haber culpables, en todo caso, en los ejemplares posteriores. Como un dominó de piezas que se tropiezan por boludas, cayeron exponencialmente cada vez mas fichas. Dos, cuatro, dieciséis... Las únicas potencias relevantes a nivel mundial, resultaron ser las aprendidas en la temprana adultez, para poder dimensionar la anomalía de la pandemia.
De a poco, los países comenzaron a cerrar sus puertas al vecino. El Norte, intentando demostrar una empatía desmedida como el marido arrepentido con el ramo de flores. El Sur, siguió jugando en el baldío al 5 contra 5 haciendo oídos sordos a mamá, que lo llamaba a comer. Europa, siempre mas experimentada, intentaba aconsejar de buena fe como el abuelo al que lo toman por boludo los nietos aunque vivió demasiado.
El concepto de cuarentena se extravió en los diccionarios entre las palabras que definían vacaciones. Únicamente comenzó a respetarse la medida cuando, como último manotazo de ahogado, los gobiernos sacaron los datos del smog de las calles. Ahí sí, fue imperante volver a casa para poder conectarse con el mundo a través del abono mensual.

BK.

martes, 17 de marzo de 2020

1.- Cuarentena

Se reunieron en la sala como cada domingo, ni bien terminaban de almorzar. Mientras Tía y Madre preparaban el café, Padre había salido a comprar facturas para la tarde. El joven Tomás no sabía aún el tenor de la situación que aquejaba, no solo a sus familiares, sino a muchas mas personas.
El abuelo Tato parecía ser el que mas conocía acerca de las implicancias del conflicto. Mientras todos daban vueltas absortos en el engranaje de los quehaceres, llamó a su nieto y lo sentó en su regazo.
- Tengo que contarte una cosa, porque ya sos grande.- explicó al chico.- Pero no te angusties ni tengas miedo.
Tomás lo miró absorto. Adoraba sus anécdotas, aunque algunas sobrepasaban el límite de su atención y a veces se le escapaba algún bostezo. Sin embargo, el semblante serio de abuelo lo asustó.
- Estamos por entrar en una guerra. Va a ser difícil sonreír y jugar durante los próximos días, o semanas...- continuó el Abuelo intentando no sobresaltar a su nieto.
Los ojos de Tomás comenzaban a tornarse vidriosos, imaginó aquello que tantas veces había visto a escondidas, a altas horas de la noche y con el volumen bajito para que Padre y Madre no lo retaran al pasar por fuera de su cuarto.
- No te preocupes Tomi, yo estuve en la guerra. También estaba metido todo el mundo, como en esta. Aunque era diferente, ésta es rara. Porque tiene un enemigo mas difícil, no lo vamos a ver. Pero la solución es más fácil...
Mientras su Abuelo le contaba aquello, Tomás sintió dentro suyo que algo, también invisible, lo obligaba a crecer. Entendió antes de que su abuelo se lo dijera el remate de aquello que le contaba y comenzó a sentirse adulto. Ambos compartían un secreto y una responsabilidad. Lo escuchó atentamente.
- Quedate en casa, Tomi.- suplicó tiernamente con una sonrisa y los ojos colmados de cariño.

BK.

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...