Aquel otoño fue distinto para la familia Soler. Cuando las primeras hojas del roble viejo fuera de la casa comenzaron a adornar el suelo de la galería, el pájaro marrón entró a su hogar y a sus vidas.
Logró inmiscuirse una tarde, luego de que la familia hubiera tomado té en el comedor principal. Los niños jugaban frente a la chimenea y el padre leía el diario en el gran sillón. La madre había comenzado a tejer, de puro aburrimiento.
Susana, la madre, saltó inquieta arrojando el ovillo, la aguja y la maraña de hilo que fingía ser una rebequita para Ludmila. El padre, Antonio, agarró el diario y enrolló para echar a golpes al animalejo. Pero el intruso esquivaba cada golpe que el hombre intentaba acertarle con una majestuosidad macabra. Resignados y agotados, asumieron como mascota al peculiar visitante, intentando convivir de la mejor manera posible.
Las siguientes semanas resultaron agobiantes. El pájaro se apoderó de la cocina y el comedor, destrozando todo con su aleteo. A medida que pasaban los días, iba copando una a una el resto de las estancias de la casa, obligando a la familia Soler a recluirse en el cuarto de los padres durante días.
Cuando el pájaro embistió la puerta del dormitorio, la familia supo que para acabar con aquello debían realizar un sacrificio. Antonio agarró fuertemente a Ludmila, ante la mirada obediente del resto. El pájaro la tomó fuertemente y desaparecieron por la misma ventana.
Dicen que los pájaros de mal agüero advierten sobre las desgracias venideras. Quizás fue eso, o el karma, lo que salvó a la pequeña Ludmila que miraba desde lo alto como su casa comenzaba lentamente a incendiarse.
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