Andar por un pueblo ajeno requiere pericia y un sentido de la localización desarrollado. Luis y Esteban sabían esto, sin embargo no pudieron evitar perderse a las pocas cuadras de haber bajado de la ruta.
A medida que se adentraban por aquellas calles, las casas comenzaban a lucir más derruidas y el asfalto de la calle cada vez estaba más agrietado. Resultaba complicado identificar la altura de la calle en la que se encontraban ya que los números gastados por el tiempo y el descuido apenas lograban diferenciarse.
Resignado, Luis decidió frenar a un local que circulaba por ahí y le preguntó:
- Disculpe... Buscamos el hotel Solar de Monts. ¿Podría indicarnos cómo ir?
- Claro, vea. Siga diez cuadras por acá, doble en el bulevar y retome por la tercera cuatro cuadras...
- ¡Muy amable! - le agradecieron ambos.
Siguieron las indicaciones y desembocaron en un descampado. Esteban, furioso, increpó a su compañero.
- Debimos preguntar dos veces...
Avanzaron unos metros y descubrieron, oculta entre unos árboles, una casucha modesta. Se acercaron para pedir indicaciones a sus habitantes y aplaudieron a falta de timbre. Abrió la puerta un robusto hombre, de aspecto desalineado y sucio. Cargaba un chillo afilado y repleto de sangre, que escondió inmediatamente de la vista de los intrusos.
- Disculpe... Buscamos el hotel Solar de Monts. Estamos un poco perdidos...
Esteban no llegó a completar la frase y el hombre lo interrumpió.
- No sé de que hablan.- respondió con una voz profunda.
Escucharon un grito desgarrador proveniente del fondo de la casa.
- ¿Todo bien? - preguntó Luis.
El hombre cerró la puerta en sus narices y tras dudar si volver a llamarlo, ambos subieron al auto. En el camino Luis permaneció sobresaltado. Al llegar al Solar de Monts miró a Esteban y le dijo:
- Debimos preguntar dos veces...
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