Se reunieron en la sala como cada domingo, ni bien terminaban de almorzar. Mientras Tía y Madre preparaban el café, Padre había salido a comprar facturas para la tarde. El joven Tomás no sabía aún el tenor de la situación que aquejaba, no solo a sus familiares, sino a muchas mas personas.
El abuelo Tato parecía ser el que mas conocía acerca de las implicancias del conflicto. Mientras todos daban vueltas absortos en el engranaje de los quehaceres, llamó a su nieto y lo sentó en su regazo.
- Tengo que contarte una cosa, porque ya sos grande.- explicó al chico.- Pero no te angusties ni tengas miedo.
Tomás lo miró absorto. Adoraba sus anécdotas, aunque algunas sobrepasaban el límite de su atención y a veces se le escapaba algún bostezo. Sin embargo, el semblante serio de abuelo lo asustó.
- Estamos por entrar en una guerra. Va a ser difícil sonreír y jugar durante los próximos días, o semanas...- continuó el Abuelo intentando no sobresaltar a su nieto.
Los ojos de Tomás comenzaban a tornarse vidriosos, imaginó aquello que tantas veces había visto a escondidas, a altas horas de la noche y con el volumen bajito para que Padre y Madre no lo retaran al pasar por fuera de su cuarto.
- No te preocupes Tomi, yo estuve en la guerra. También estaba metido todo el mundo, como en esta. Aunque era diferente, ésta es rara. Porque tiene un enemigo mas difícil, no lo vamos a ver. Pero la solución es más fácil...
Mientras su Abuelo le contaba aquello, Tomás sintió dentro suyo que algo, también invisible, lo obligaba a crecer. Entendió antes de que su abuelo se lo dijera el remate de aquello que le contaba y comenzó a sentirse adulto. Ambos compartían un secreto y una responsabilidad. Lo escuchó atentamente.
- Quedate en casa, Tomi.- suplicó tiernamente con una sonrisa y los ojos colmados de cariño.
BK.
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