Habremos aprendido a significar cada desgracia en su justa medida. Derramaremos saludos cordiales con el otro en vez de tanta agua, aunque no lo conozcamos. Usaremos el apretón de manos como signo de confianza, el abrazo como contrato y el beso como pacto.
Conquistaremos de nuevo las plazas, pasearemos a los perros, romperemos los espejos porque sabremos que no hay mala suerte a la que temerle. Vibraremos con la música, pintaremos sonrisas en nuestras caras a pesar de las desgracias. Bailaremos solos en casa, conscientes de que podemos volver afuera cuando nos plazca. Fumaremos en el balcón, como ahora, pero sin miedo a quedarnos sin puchos.
Volveremos a ver el riachuelo y lo veremos cristalino. Pensaremos que comer en unas horas con la libertad de poder cruzar al chino. Buscaremos videoclubs extintos por deporte, cansados ya de tanto Netflix. Curaremos los rencores, dispararemos halagos. Prometeremos menos de lo que podemos cumplir.
Escribiremos a aquellos que están lejos, reconfortados de que serán buenas noticias y no tragedias que disfracen todo el mundo. Respetaremos lo prestado y entenderemos que esto no es del todo nuestro, sino un alquiler. Sabremos que estamos de paso y que el tiempo puede ser más corto si jodemos mucho.
Pasarán estas cosas cuando termine todo esto, o no habremos aprendido nada.
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