Jazar conoció las paredes del zoológico de Av. Las Heras antes siquiera de que comenzaran a crecerle las garras. Desde que podía recordar, su madre y padre le habían dicho que aquel lugar no era su hábitat natural, pero que el ser humano los había encerrado allí para protegerlos de las amenazas de otras bestias más grandes. Lo que no sabía es que aquellas eran patrañas, ya que su familia era lugarteniente de toda la sabana africana. Aquello escondía, lamentablemente, algo más sucio.
Lo cierto era que su padre tenía un convenio tácito - imposible de concretarse formalmente por cuestiones de lenguaje - con los dueños del predio. Para ellos, la presencia de aquellas majestuosas bestias significaba la principal fuente de ingresos y para la familia del pequeño león, una aceptable forma de subsistir luego de haber sido capturados contra su voluntad. El orgullo y la soberbia de la familia leonina les impedía saberse para sí mismos y para los demás, derrotados.
Así fue como el león se transformó en un joven fuerte y ágil. dominaba el habitáculo donde moraba con su familia saltando de piedra en piedra y haciendo morisquetas a las crías humanas que en condiciones normales de presión y temperatura le hubieran servido de aperitivo.
Una mañana, un visitante lo sorprendió del otro lado del vidrio. Era un gato siamés que exploraba tierras lejanas desde el Jardín vecino. Se presentó ante la bestia contándole hazañas y anécdotas que el león juzgaba asombrosas, cuando lo cierto es que lo más osado que había realizado aquel felino había sido comer una rata indigestándose por una semana.
Entre aquellas historias, el gato le contó acerca de una noche en la que había tenido que sobrevivir a un sinfín de explosiones coloridas, rodeado de un ensordecedor ruido y el estridente maullido de sus familiares y amigos.
Pasaron las noches y Jazar escuchaba atentamente historia tras historia de su particular colega. Una de las tantas veladas, el gato miró al cielo como contando minutos. Parecía ser consciente de que se aproximaba algún peligro. Inmediatamente, el cielo se llenó de fuegos coloridos que estallaban y desaparecían a velocidades desorbitantes. El león miró asombrado, jamás había visto algo igual. Sonrió e intentó a los saltos seguir las formas que estos fuegos describían en el cielo. Sin embargo, el gato lo detuvo advirtiéndole que aquel espectáculo era en verdad cruel y peligroso.
Así fueron transcurriendo los meses, y éstos se convirtieron en años. Paulatinamente, el joven Jazar fue transformándose en adulto y también, adquiriendo nuevos miedos y nuevas mañas. Rehuía ante la presencia de los niños, escapaba atemorizado al advertir la llegada de algún perro y evitaba cada vez más frecuentemente el contacto con el agua. En suma, había hecho suyos los miedos del gato, rechazando su legado como rey de la selva. Lamentablemente no se dio cuenta de esto hasta muy entrado en la adultez, cuando se estremeció al estornudar por la presencia de un mosquito.
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