En una vieja quinta repleta de algarrobos y juncales, que cubrían el extensísimo prado junto a la galería que remataba el frente de la casa, vivía Montalván con sus dos sabuesos. De pocas palabras, tenía escaso contacto con los habitantes del pueblo. Eran contadas las veces que alguien se arrimaba a su portal, generalmente en busca de donaciones o para informarlo acerca de alguna asamblea comunal a las que jamás iba.
Sus problemas de visión comenzaron en su juventud, pero fue luego de quedar viudo que se acentuaron. La pareja había encontrado a los dos cachorros en la ruta y desde entonces habían formado parte de su vida.
Una mañana, dos hermanos se escabulleron entre los arbustos para intentar jugarle una sucia broma a Montalván. Pensaban poner delante de su puerta una bolsa llena de excremento, tocar el timbre y escapar. Sin embargo, al ingresar en su terreno, ambos perros alertas detectaron a los intrusos y corrieron tras ellos. Uno logró alcanzar al menor, mordiéndole la pierna. Repentinamente, se escuchó el ruido de la escopeta del viejo para separarlos.
Luego de una semana, los hermanos volvieron por venganza a la hora de la siesta y mientras ambos perros dormían envenenaron su comida.
El sabueso más joven murió días después. Los niños creyeron que el viejo no se daría cuenta, pero lo cierto es que jamás volvió a ver el mundo completo, le faltaba la mitad derecha.
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