Ambos sabían que los primeros meses viviendo juntos serían escabrosos. Sus parejas amigas los habían prevenido, advirtiéndoles que así como el enamoramiento dura unos meses y el amor a lo sumo cuatro años, las mieles de la convivencia son más azarosas y no hay cálculo estructural para preparar al castillo de naipes cuando arremeta el torbellino del tedio. El problema es que Mara y Felipe habían desoido aquella álgebra sentimental, mezclando los papeles, y comenzaron a convivir a los cuatro años de relación.
Los primeros días, los días de desembalaje (material y sentimental) todo fue viento en popa. Alguna que otra escaramuza que se resolvía en el colchón, aún huérfano de cama, que yacía en el chirriante piso de madera del dormitorio principal. El conflicto comenzó luego del primer mes, y no por culpa de ninguno, más bien por un factor externo.
Una noche de su tercer semana de convivencia, Felipe encendió la televisión que acababa de conectar. El aparato había sido de las últimas cosas en traer en flete y desembalar. Hasta entonces se habían mantenidos desnudos de noticias, ajenos a lo que pasaba en el resto del mundo, fuera de su paraiso de Salguero.
El noticiero arrojaba datos alarmantes acerca de una amenazante pandemia proveniente de china y recomendaban aislación total.
Que bueno, pensaron ambos en un principio. Tendrían tiempo de ordenar todo y aprovechar al máximo aquel idílico lugar, lo que durara aquello. Sin embargo, al pasar los primeros días no tardaron en llegar las discusiones. Los destratos en susurros con miradas esquivas mutaron en insultos a viva voz en un abrir y cerrar de ojos. Los motivos eran de lo más variados y estúpidos, sin embargo cuando el mundo se reduce a cuátro paredes también lo hacen las jerarquías de importancia y no hace falta mucho para desatar una guerra.
Fue así como harto del tedio bélico, Felipe optó por irse. Tras percatarse inmediatamente que aquello de la cuarentena se había vuelto asunto serio y de carácter estatal, advirtió que no podría ir a ningún lado. Su única opción era el hall de acceso del edificio. El portero había regresado a su casa al anunciarse el virus dejando desprovisto el lugar. Agarró una manta, dos remeras, un viejo Ipod que encontró en algún cajón, algunas latas de conserva y un abre latas, y se fue sin hacer ruido.
Como ya era de noche, se acomodó en la silla de computadora tras el escritorio del encargado, tapándose con la manta, y se dispuso a dormir. Pasados unos minutos, un ruido lo sobresaltó, pensando que serían ladrones. Abrió los ojos y la vió a Mara:
- Te olvidaste el cepillo, gil.- le dijo ella.- Vení, vamos a la cama.
No hay comentarios:
Publicar un comentario