Después de varios éxitos rotundos, Nicanor Paz había tenido su primer traspié en el mundillo editorial. Más temprano que tarde la dudosa calidad de su última obra comenzó a hacerse eco, primero entre críticos especializados, esparciéndose lentamente y llegando por fin a oídos del pueblo.
El joven laureado había sido una promesa para el mundo de las letras desde sus más pueriles párrafos. Sus primeros ejemplares colmaron las marquesinas y se escurrieron de las manos de los libreros como agua de manantial. Por eso aquel fracaso era visto como una anomalía para la prensa, que no tardó en correr la bola.
A los pocos días la noticia ya era de ámbito nacional. Fuera donde fuera, el eximio letrado era juzgado en sus dones por cualquiera: tanto aquellos doctorados en literatura hispana como otros que a duras penas leían los prospectos de la pasta de dientes cuando se aburrían en el baño. Es bien sabido que juzgar es un deporte nacional.
Una tarde el joven se paseaba por un parque cercano a su casa, cuando oyó a dos viejas comentar sobre su obra con cierta repulsión.
- Cayó en lo más bajo de su carrera. - concluía una de ellas.
Situaciones similares se repitieron las siguientes semanas. Un domingo, el joven fue a visitar a sus padres en busca de cobijo. Impávido quedó Nicanor cuando al cruzar la puerta de calle escuchó desde la cocina a su madre hablando por teléfono con una amiga:
- Siempre estuve tan orgullosa de el, pero la verdad es que ahora...
No hacía falta completar la frase. Ante aquella conjunción, acaso la más temida de las conjunciones, en su mente las piezas restantes fueron cayendo en un tetris gris y demoledor. El pobre Nicanor rompió en llanto y se alejó de la casa de sus padres farfullando entre sollozos:
- ¿Et tú, Brute?
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