Luego de aquella fuerte pelea con mamá para ir a bañarse, Santi decidió de una vez por todas irse de casa. Agarró una selección de sus más preciados juguetes, digna de un verdadero sibarita. Decidió, por cuestiones de espacio y gusto, llevar solo los de las bodegas más viejas. Guardó todo envuelto en una manta encabezando la punta de una vieja escoba y se dirigió a la puerta de casa.
El plan estaba perfectamente trazado. Llevaría un banquito hasta la puerta de calle y giraría la perilla. Papá había ido al almacén de enfrente y siempre se olvidaba de cerrar con llave cuando iba. Luego, iría hasta la esquina al bar de Tito y comería algo porque ya sería hora de merendar. Al terminar, cruzaría la calle hasta lo de los Galuzzi y jugaría toda la tarde con su amigo Tobías.
Al salir a la calle miró para arriba y vio un cielo enorme y despejado. Advirtió que para el las nubes estaban un poquito más lejos que para los adultos y sintió miedo. Sin embargo, encaró para la esquina con paso firme y decidido.
Al llegar al bar, entró y se trepó a una silla en una mesa solitaria del fondo. El mozo, que conocía a la familia, se acercó a él y dulcemente lo increpó:
- ¿Nene cómo andás? - preguntó.- ¿Papá y mamá ya te dejan andar solo por el barrio? ¡Qué grande, eso merece un premio!
- Te pido un tostado y algo para tomar.- respondió con soberbia y sin mirar al mozo, en un vano intento de madurez.
Pasados unos minutos el hombre volvió con una gran bandeja. Apoyó el plato y el vaso alto en la mesa y despeinó tiernamente al niño con la mano.
Mientras batía con el chocolate la leche caliente, le preguntó al mozo si podía traerle la sección de humor del diario. Al volver, éste se la dejó en la silla de al lado y el niño lo detuvo en seco antes de irse:
- Mi mamá los hace más ricos. Les pone ketchup y los llama Carlitos. Dice que cuando vaya a Uruguay a visitar a los abuelos lo voy a entender.- recriminó al mozo mientras se bebía de un sorbo lo que quedaba de aquel submarino tibio, a punto de romper en llanto.
Se fue cargando todo a la cuenta de su padre y encaró para lo de su amigo. Cuando estaba por llegar comenzó a llover y el también llovió. Tocó el timbre de los Galuzzi y abrió la madre de Tobías. Inmediatamente y sin apartarse de la puerta agarró el celular y marcó a su madre.
Al abrir los ojos, el niño se encontraba en su habitación. Se convenció de que el banco era muy pesado, de que papá quizás esta vez si había cerrado con llave. Se dio cuenta que los tostados más ricos los hace mamá porque es de Colonia y que la página de chistes del diario solo es divertida si la lee con papá. Entendió que caer a lo de los Galuzzi sin aviso es una molestia y que a veces es mejor hacer caso e irse a bañar, que no es el fín del mundo.
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