domingo, 22 de marzo de 2020

6.- Simulación.

 Cerró su libreta y se acercó entre las filas de aquel teatrucho derruido de San Telmo hacia el escenario. Reunió dispuestos en corro a todos sus alumnos, deteniendo en seco las actividades que meticulosamente había escrito para ellos y fielmente replicaban. Los rostros, cansados por el trajín de la interpretación, reflejaban una incertidumbre y expectativa propias de un niño al advertir la llegada de sus padres luego del trabajo, a la espera de algún chocolatín.

- Temo informarles, mis queridos, que algunas acciones en el acto dos he tenido que variar. - comentó despreocupado, sin despegar el vidrio de sus lentes de la hoja y blandiendo el cigarro de su mano derecha como un director de orquesta con su batuta.
- Vos Tomás, en lugar de agarrar por detrás a Claudia…- dijo señalando a un joven de rulos disfrazado de campechano medieval. - Vas detrás de Juan sigilosamente y…-continuó narrando la situación mientras escribía raudamente sobre los folios de aquel gastado bloc.
A medida que las palabras salían de la boca del director, cada uno de los participantes reproducían como un calco las acciones descriptas. Se movían veloces a través del escenario, describiendo una coreografía que en principio parecía armoniosa y volátil, pero que paulatinamente fue tornándose cada vez más gris y aterradora. Aquello comenzó a transformarse en una danza caótica con cuerpos entrelazados bailando al compás de la pluma del guía, que miraba obnubilado su creación.
De repente, el hombre advirtió como sus manos iban independizándose cada vez más de su pensamiento y las palabras que esgrimía sobre las hojas escapaban a sus voluntades. Comenzó a sentir pavor con el pasar de las sílabas, aterrado por lo que aquellas sentencias describían. No quiso ni mirar hacia arriba, temiendo ver replicadas en el accionar de sus discípulos, aquellas tétricas órdenes.
Cuando hubo acabado el último párrafo, cerró los ojos por completo apretándolos fuertemente como intentando escapar de aquella situación y abstraerse en el oculto mundo de la imaginación donde sentirse a salvo. Sin embargo, la presión ocular lo obligó por reflejo a abrirlos y leer la última frase que había escrito. Fue entonces cuando sintió el frío metal de la navaja de utilería deslizarse por su cuello dócil, sellando el fin del último acto.

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