jueves, 26 de marzo de 2020

11.- Los muertos también lloran.

 La ronda al rededor del ataud durante el velorio del viejo Sinclaire fue en principio silenciosa. Ninguno de los allí presentes tenía demasiado contacto con el hombre pero todos querían sacar tajada de su jugosa herencia.

Fue así como poco a poco comenzaron a desnudar anécdotas inventadas, tan desabridas y falsas como el tabaco mojado. Marcial Dugan, uno de los mozos del bar que el viejo solía frecuentar, pidiendo siempre un café con dos medialunas a medio tostar, fue el primero en romper el sigilo reinante:
- Recuerdo la primera vez que ví al viejo Sinclaire.- comenzó.- Siempre de porte elegante con aquel sobretodo beige...
- ¡Fabulador! - lo interrumpió Clemencia Ortiz, la modista del barrio, a la cual el viejo había consultado alguna vez acerca de unos botones para un saco.- Sinclaire jamás habría usado un sobretodo beige. Coincidimos siempre en que tiene más clase el azul marino. El hombre tenía buen gusto, no como usted, embustero...
- ¡Déjense de joder! - interrumpió el tano Carranza, carnicero del barrio, que le molía la carne al viejo Sinclaire cuando en sus últimos años ya no podía masticar.- Si el viejo me contó una vez que era daltónico...
De repente, el barullo cromático se interrumpió abruptamente. Todos se quedaron estupefactos en torno al cajón abierto cuando el pequeño Diego llevado por su padre, el barbero del barrio que le hacía el service al viejo, advirtió que de su ojo derecho salía una lágrima. El viejo Sinclaire, solo en la soledad de su muerte, se dio cuenta que nadie lo conocía realmente y se sintió solo.
Acto seguido, el escribano entró y anunció que la fortuna había sido dilapidada por completo en los burros. El médico, que también se encontraba allí y hasta el momento había permanecido en silencio decretó que aquella anomalía lacrimógena podía suceder como reacción tardía en los cadáveres y todos comenzaron a irse de a poco, apagando las luces de la sala y dejando al viejo y su tristeza solos para siempre.

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