miércoles, 1 de abril de 2020

17.- Las razones de Codeland.

 Sucede que Wilbur Codeland II era un viejo hacendado del sur de Cardiff, en Gales. Para su fortuna y la de su familia, el hombre había heredado de su padre Wilbur Codeland I una vasta extensión de tierras, cubiertas por sendos hangares destinados a la fabricación de repuestos para aeronaves. La vida de su joven y despreocupado hijo Will, heredero natural del negocio familiar, así como la de su esposa e hijos, estaba resuelta. Sin embargo, la ambición desmedida se apoderó de él con el correr de los años.

A pesar de no tener hermanos, toda su vida había crecido a la sombra de sus primos, asiduos trabajadores dentro de la empresa familiar y legítimos herederos del imperio. Mientas ellos madrugaban saliendo antes que el sol para abrir los talleres, revisar inventarios y echar a andar las maquinarias, Will se perdía cada noche en los vejámenes del alcohol.
No era extraño encontrarlo deambulando, botella en mano, entre los hangares a la hora del fichaje. Esto abochornaba a su padre a tal punto que muchas veces le esquivaba, sin animarse a mantenerle la mirada.
Las discusiones y los gritos comenzaron a transformarse cada vez más en moneda corriente dentro de aquella extraña relación filial. El tenor de los gritos fue in crescendo hasta devenir en amenazas alarmantes.
Fue por eso, quizás, que aquella tarde que encontraron muerto a Wilbur padre, todas las miradas aterrizaron en Will. Entre llantos y jadeos, el joven juraba y perjuraba su inocencia ante la mirada inquisidora de sus parientes.
Las sirenas no tardaron en hacerse oír a lo lejos, marcando como un cruel reloj de arena rojo y azul, la sentencia irreversible. Dos uniformados bajaron del móvil y sin mediar palabra esposaron al impávido Will. Entre sollozos, detrás de la ventanilla miraba como se alejaba todo aquello que podría haberle correspondido por derecho, de habérselo ganado, así como también se alejaba -metafórica y físicamente- su familia de él.
El juicio fue breve, ya que nadie testificó a su favor. Sus primos parecieron olvidarse de la infancia compartida jugando en los hangares dentro de las naves en construcción, su madre no pudo mirarlo a los ojos siquiera durante la sentencia y su esposa e hijos empacaron los recuerdos dispuestos a rehacer sus vidas contando con alguna tajada de la herencia.
Su única salvación, aquel manuscrito en
el que el viejo Codeland explicaba las razones de su suicidio: una infidelidad difícil de sanar, una vida sexual tapada por tantos años en una sociedad castrante y un hijo que jamás había logrado sentir como suyo; ahora se encontraba dentro de una de las alas guardadas en el reparto de repuestos que Will había prometido revisar minuciosamente aquella mañana, rumbo a Gran Bretaña.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...