Cuando Jackie regresó del baño a la mesa que compartía con su marido Tom en aquella pizzería de Nashville, su rostro cambió por completo. Dejó a la pequeña Lucy en la silla especial para bebés a su lado y miró fijamente el papel que declaraba la cuenta, pedida por su marido en su ausencia.
Jackie sabía que no era una mujer fácil de llevar. Ex voluntaria de la armada estadounidense, no parecía una chica a la que tomar en broma. Los primeros años de maternidad le habían borrado la juventud y aquella noche había hecho lo imposible para ponerse linda y salir, a pesar del cansancio. No habían logrado contactar con la niñera, por lo que debieron llevar a Lucy a su cita.
Tom era neuro-cirujano, un tipo muy bien parecido. No era extraño que las chicas se acercaran a él, de hecho, solían bromear acerca de esto con su mujer. Seguramente la mesera le habría anotado su número en aquel papel. Sin embargo, Jackie no recordó esto, ni nada en particular; cuando con los ojos colmados de lágrimas y ante la mirada incrédula de su marido leyó aquella nota:
- Su mujer debe estar muy orgullosa de estar casada con el hombre que salvó a mi padre. Las pizzas van por mi cuenta.
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