Llegó una calurosa mañana un comerciante foráneo al mercado de Agrabbah. El extraño hombre traía consigo alforjas, vasijas y guijarros repletos de piedras preciosas, néctares medicinales para cualquier tipo de dolencia o enfermedad y hiervas de todas las especies. El extranjero traía también consigo un enorme tapiz al lomo de su camello, cuidadosamente envuelto en telas gruesas que impedían ver su diseño.
La gente del pueblo y los comerciantes del lugar fueron agolpándose en torno al extraño visitante, a medida que este iba ubicando cada una de sus mercancías estratégicamente en un mostrador vacío. Ordenó las alforjas, colgándolas meticulosamente en la cara frontal de la estructura, colgando de los travesaños de la lona que cubría la tienda. Luego, dispuso las vasijas y guijarros en la parte inferior del puesto, de cara al público. Una vez estuvo todo el puesto repleto de sus productos, celosamente volteó de espaldas al público y desplegó el tapiz, ocultando su contenido.
La excéntrica y afable personalidad del vendedor, generaba un automático deseo de comprar en los clientes. Se amontonaban unos sobre otros, sacándole los productos de las manos. Los ungüentos medicinales fueron los primeros en irse, seguidos por hiervas curativas y por último piedras preciosas. Sin embargo, había un ítem que por más que el vendedor se esmerase en ubicar, nadie compraba debido a su elevado costo.
- Este tapiz viene de Persia, es la pieza más bella del mundo. Confeccionada con los más finos hilos de Asia.- comunicaba a viva voz el vendedor.- Quien lo tenga, replicará en sí su belleza.
Repentinamente, uno tras otro fueron yéndose y volviendo con todo lo que poseían para adquirir aquel objeto. El comerciante realizó un remate improvisado, dando por ganador a un hombre que anotó la palabra fe en un papel.
- ¡Tenemos un ganador! - exclamó el comerciante.- Este hombre está dispuesto a cambiar su fe por este hermoso tapiz.
De detrás del puesto, una voz aguda y dulce comenzó a hablar. Algunos presentes se comenzaron a acercar y advirtieron la presencia de un niño con mirada tierna y sonrisa ingenua, que miraba fijamente el reverso del tapiz.
- No venda su fe, señor.- aconsejó el niño inocente.- ¿No ve que este tapiz no es el más bello, sino que detrás está repleto de nudos como todos los demás?
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