Su señoría, el Juez Zamboni, ingresó al estrado para presidir la audiencia oral en el tribunal número catorce de San Martín, con motivo de la denuncia por parte de Luis Galerti representado por el doctor Juan Manuel Lovato al acusado Jonathan Motti representado por el abogado defensor ofrecido por el Estado, el doctor Ricardo Fonacetti.
Primero dio bandera verde al acusado para que presentara su defensa. Sin embargo, eran tales los nervios del joven Jonathan de diecisiete años, que no pudo evitar titubear y tropezarse con sus palabras. Antes de que continuara embarrando la cancha, su abogado tomó las riendas:
- Mi cliente es un joven humilde, su señoría. No es aceptable que se lo estigmatice por su condición social. No fue un ataque, mucho menos un intento de asesinato. Simplemente intentó ayudar...
La taquígrafa a un costado de la sala, en un escritorio minúsculo, anotaba en una vieja Olivetti cada una de las palabras que el doctor Fonacetti profería, dejándolas asentadas eternamente en aquellos folios tamaño carta, que no servirían mucho para hacer justicia, sino que dormirían archivados para dejar constancia de que el bien siempre prevalece.
- Su señoría, es inadmisible lo que aquí profesa mi contraparte. Mirelo nada más, es un negrito.- exclamó el doctor Lovato, mirando luego al jurado. Honorables miembros del jurado, piensen cuantas veces se han cruzado con un negrito como éste. ¿Cuántas veces han cruzado de vereda? Es fácil distinguirlos, vamos...
Los miembros del jurado comenzaron a mirarse entre si con cierta incomodidad. Las miradas flotaban en el aire buscándose y esquivándose unas a otras. Algunos, tímidamente, asentían intentando que nadie los viera.
El primero en subir a dar su testimonio fue Luis Galerti, el defendido. Un hombre de cincuenta años, empresario. Su ajetreada vida laboral lo había distanciado de su familia y lo mantenia últimamente al borde del colapso.
Se sentó en el banco testimonial y tras poner la palma sobre la biblia y jurar por la patria y las sagradas escrituras, abrió la boca para comenzar a vomitar la acusación que durante las tardes de aquella última semana había practicado con el doctor Fonacetti.
Sin embargo, al levantar la vista y ver los ojos empañados de Jonathan, llegaron a él como un film repleto de detalle todas las secuencias acontecidas aquella tarde. Recordó la reunión con la sucursal estadounidense de una importante marca con la que se asociaría. El peso del maletín en su mano. Los pasos acercándose a la torre, a ese último piso donde se llevaría a cabo la reunión. Recordó salir del taxi, el agobio. Como el nudo de la corbata lo agobiaba. La asfixia. El desvanecimiento. Aquel carrito repleto de cartones que se acercaba borroso a lo lejos. El negrito, me va a robar la puta madre...
De repente, abrió los ojos como nunca en su vida y miró fijamente a Jonathan, luego se dirigió al juez con voz firme e inconfundible:
- Lo único que hizo el joven fue salvarme de un infarto, su señoría. No tengo más para declarar.
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