miércoles, 8 de abril de 2020

26.- Pañuelo rojo.

 El frío viento de otoño congelaba los huesos de los tres, aquella mañana de Marzo en el inhóspito predio a las afueras de la ciudad. Marcel Dugan y Franco Ducat habían sido amigos desde niños, pero el amor había distanciado los afectos, abriendo una incurable herida que jamás podría cicatrizar.

La noche anterior, el estridente sonido del teléfono en la planta baja había despertado a Franco y Josefina. Él bajó rápidamente, encontrándose del otro lado de la bocina una voz que conocía desde siempre, trayendo un mensaje que jamás hubiera imaginado.
- Duelo entre caballeros, pistolas al amanecer.- sentenció con una voz seca a través del teléfono a disco Marcel Dugan.
Años atrás, los tres niños solían jugar todos los veranos en la casona vieja en el campo de los padres de Marcel. Entre sus actividades favoritas estaban las representaciones del Far West. A pesar de que la dinámica siempre era un calco exacto de la vez anterior, las risas nunca se discontinuaban. La joven Josefina, con las manos atadas detrás de la espalda con una corbata de don Ducan, gritaba con una voz aguda impostada rogando por su salvador. Ahí entraban en acción los dos amigos con las pistolas de corcho, enmarañándose en un tiroteo interminable.
La resolución del conflicto siempre sentenciaba la victoria de alguno de los dos. Sin embargo, el espectáculo resultaba más asombroso cuando la víctima era Franco, porque realizaba un truco sorprendente para esa edad. Del bolsillo de su camisa desplegaba un enorme pañuelo rojo a modo de sangre mientras fingía su muerte con la lengua afuera. Josefina solía reír a carcajadas con aquel pase de magia, desarmando el nudo débil con el que Marcel la había aprisionado.
El joven Ducan detestaba aquellas escenas, que remataban en interminables paseos entre Franco y Josefina a la orilla del lago, mientras él los miraba enfurecido desde el umbral de la galería del caserón. Vez tras vez, comenzaron a surgir los primeros besos tímidos. Las manos entrelazadas eternamente. La cabeza de ella descansando en el hombro de él hasta dormirse delicada y dulce como siempre.
Marcel recorrió los diez pasos lentamente, con una pesadez que le agobiaba el cuerpo y el alma. Cayó derrumbado en el pasto húmedo aferrando el pañuelo blanco, con el que había osado desafiar a su eterno hermano mayor, húmedo de sangre.
Franco se acercó corriendo hacia su amigo moribundo, con los ojos empapados. Se arrodilló, agarrándole la mano y con la otra sacó su pañuelo rojo.
- Mirá, el truco siempre fue que el bolsillo estaba roto... Estaba roto...- confesó con la voz quebrada, entregándole el desgastado pañuelo a Marcel.
- Si tengo que guardarme un objeto tuyo para recordarte, significa que te voy a olvidar...- citó Marcel las palabras de Romeo y Julieta, aguantando la sangre que recorría su garganta.- siempre fuiste vos, te amo.

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