- ¡Tierra a la vista! - dijo el joven grumete desde el carajo de la Santa María a Cristobal Colón.
Aquella información desconcertó en sobremanera a la tripulación, que dudó en avisar a las otras dos carabelas que venían detrás. El destino estaba previsto para ser alcanzado hasta dentro de dos meses en la bitácora de navegación. Hasta aquí, fue lo que llegó a plasmarse para siempre en los libros de Historia Latino Americana.
Cristóbal Colón desenfundó su periscopio y logró avistar en la orilla un coloso metálico indescriptible. Parecía una montaña de acero ovalada, con unos cristales en la parte superior que ocultaban más información de la que revelaban.
Al bajar a tierra firme rodearon el enorme objeto, blandiendo inútilmente sus espadas cortas de asalto y apuntando sus arcabuces hacia el titán plateado. A medida que Colón y los suyos comprobaban que aquel objeto era inofensivo, sus ojos iban abriéndose cada vez más, apoderados por la codicia. Volverían al Puerto de Palos con aquel gigante botín y se lo presentarían a sus majestades los Reyes Católicos.
Seguramente la reina Isabel lo condecoraría en recompensa, nombrándolo noble. Ya podía imaginarse la ceremonia de congratulación. Distinguía las fanfarreas sonando y la multitud vitoreando su nombre, mientras la reina posaba la espada en su hombro derecho volviéndolo importante ante los ojos de Dios y del mundo.
Se adentraron en la maleza, luego de que llegara la Santa Clara -apodada La Niña- la última de las carabelas, buscando ampliar el botín. Luego de caminar algunas horas en una interminable humedad verde repleta de mosquitos, llegaron a un enorme predio con una hoguera gigante en el centro. Cuando el genovés y los suyos advirtieron lo que allí pasaba, quedaron perplejos.
Primero, vieron como una nave considerablemente más pequeña que la anterior pero similar, se trasladaba de un lado al otro llevando incalculables cantidades de oro y piedras preciosas. Se percataron de que unos seres indescriptibles, con ciertas características antropomorfas, doblegaban a unos hombres desnudos. Los obligaban a arrodillarse ante una enorme figura brillante, de colores que jamás habían visto en sus vidas. Uno de los hombres intentó rebelarse, pero fue doblegado por uno de los seres.
Colón pudo distinguir al líder y se acercó a él cautelosamente. Se percató de que el idioma con el que se comunicaban era ininteligible y prácticamente inaudible. Al llegar junto a él, éste comenzó a comunicarse con todos los españoles telepáticamente y al unísono. Una a una las palabras iban decodificándose en el cerebro de Cristóbal Colón, así como en el de los demás, como un mensaje claro y concreto.
- Soy Canto Pri. No tienen nada que hacer en estas tierras. ¡Váyanse al carajo!
Volvieron todos a las carabelas atemorizados, dejando atrás al coloso de metal. Al llegar a España informaron acerca de lo ocurrido a los reyes, que no pudieron contener las carcajadas.
- Canto Pri...- repetía la reina sollozando de la risa.
Desde entonces, cada vez que alguien quiere sacar ventaja de alguna situación u obtener algo antes que los demás, clama a viva voz el nombre del líder de los cantoprisadores.
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