El bullicio en las calles comenzaba a hacerse cada vez más estridente, pues se celebraría en el castillo real la boda de la princesa Lucía. La guardia del rey había empapelado la noche anterior cada recoveco de cada muro construido del reino, informando a todo el mundo acerca de la velada. Todos estaban invitados a compartir la ceremonia, en espíritu desde sus hogares.
La boda se celebraría al caer la tarde, con un banquete nupcial luego de la ceremonia y baile toda la noche. El protocolo acordado era una mascarada. Nadie que tuviera desnudo el rostro podría ingresar al palacio a compartir aquel grato momento.
Las había de todas las formas y colores. Algunas eran más llamativas que otras, con plumas, ornamentos de artificio, rozando el barroquismo más absurdo y ostentoso. Pero era una en particular la que destacaba del resto, por su composición armónica y la sutileza de sus trazos y facciones angelicales. Los detalles en oro no hacían más que resaltar los gestos estáticos, apenas interrumpidos por una abertura que dejaba entrever la boca desnuda, dotándolos de una divinidad sacra.
Benjamín era el último hijo de Ezequiel, uno de los más reconocidos herreros del pueblo. También era el juglar más aclamado por el vulgo. Todo mundo se congregaba a oír sus relatos, sin importar si éstos eran noticias verídicas o las más absurdas habladurías inventadas por el joven. Sin embargo, Benjamín tenía un defecto íntimo y dañino: su resentimiento.
Desde niño había soñado con recorrer los interiores del palacio, formar parte del círculo íntimo de los reyes, pertenecer. A medida que fue creciendo, el joven juglar fue sintiendo cada vez más vergüenza por el vulgar oficio de su padre, llegando incluso a negarlo en público.
La mañana de la ceremonia, Benjamín no pudo evitar advertir las manos rojas y entumesidas del hombre, por manejar los forjados durante toda la noche, cuando éste le entregó la máscara más espectacular y maravillosa que sus ojos jamás habían visto. En la cena había comentado que su deseo más profundo era el de infiltrarse en el palacio, para tener la primicia fresca a la mañana siguiente y Ezequiel no pudo traicionar su amor de padre al ver el deseo encendido en los ojos de su hijo.
Durante toda la noche, Benjamín fue el centro de atención. Los más prodijiosos cortesanos, adiestrados en armas y versados en letras, aprobaban con cortesía al muchacho. Las doncellas caían rendidas a sus pies, enamoradas todas. Incluso la princesa desvió una o dos veces la atención de los ojos de su príncipe, para dejarla volar como una golondrina al rostro ficticio de aquel extraño. Benjamín sintió por fín lo que tanto había anhelado, el sabor de la nobleza.
A la mañana siguiente, todo el pueblo se congregó en la plaza central y sus alrededores, parándose sobre carretas, cajones de fruta e incluso montando animales de carga, con tal de oír al joven trovador. Benjamín se presentó ante ellos aún con la máscara puesta, emulando a una divinidad. Su oratoria era espléndida, las palabras fluían de su boca, como el agua en un río de conocimiento del que todos los presentes querían paladear.
Pasó las semanas siguientes con el disfraz intacto, como incrustado para siempre sobre sus verdaderas facciones. El pueblo lo ovacionaba, vitores arrolladores se desataban a su paso. Las tiendas le ofrecían mercancía gratis y el negocio familiar tuvo las mayores ventas de su vida. Sin embargo, su padre entristeció cada vez más, hasta caer en una depresión abrumadora.
Con el correr de los meses, Ezequiel empeoraba cada vez más. Comía lo justo para subsistir y enmudecía durante jornadas enteras. Una noche, cuando Benjamín fue a visitarlo a su habitación, éste lo miró perplejo y le preguntó atónito quién era. El joven enmudeció. Aquella misma noche, su padre murió con esa pregunta en los labios.
Abrumado ante aquel episodio trágico, el joven enmascarado corrió al baño y se miró al espejo. A esas alturas el y la máscara eran uno. Se concebía con ella como un todo. Sin embargo, hizo un esfuerzo considerable y léntamente se la fue despegando del rostro. El tiempo de uso, los calores sofocados por contacto con el metal y la poca ventilación habían hecho de él y la pieza, carne y uña. Dió el último tirón, sintiendo un ardor incontenible. Luego, tras pensarselo dos veces, levantó la vista hacia el espejo.
Al ver aquel retrato sintió pavor. Un completo extraño lo observaba fijamente, con una mirada enajenada. Las facciones se habían contraido, otorgándole un aspecto demoníaco. El mismo pavor que sentía se reflejaba en el espejo, devolviéndole un espectáculo aterrador.
Entró en pánico, gritando a viva voz, clamando por auxilio. Se arañaba los pómulos como buscando escapar de aquella pesadilla inusitada, desterrar de su existencia su verdadero rostro. Golpeaba desesperádamente la puerta, hasta que sus puños se entumecieron de dolor y rabia.
Pasados unos minutos, la madre y la hermana de Benjamín llegaron en su ayuda. Desgraciadamente no pudieron hacer mucho, se encontraron solo con el viento de la ventana abierta golpeándoles la cara y la máscara fabricada por Ezequiel, sonriendo con aquella expresión pacífica y artificial, diabólica.
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