domingo, 11 de junio de 2017

9.- EL CONSUELO DE LOS AHOGADOS

Ambos sabían inconscientemente que tarde o temprano deberían encontrarse para desdibujar las líneas trazadas por el destino y quebrar por fin el espejo que reflejaba ambas realidades como una sola. Sus vidas se reducían a ser cazador o convertirse en una presa. Aunque en aquel momento no eran conscientes del infortunio que les esperaba y del que no podrían escapar aunque quisieran, ambos mantenían vidas relativamente cómodas y sin mayores inconvenientes. Santiago era estudiante de física en Barcelona, tenía un conocimiento admirable acerca de cualquier asunto referido al conocimiento de la materia y sus cambios constantes. En otro lugar del mundo llamado New York vivía Jack, trabajaba como cadete en una empresa de seguros y su vida era irremediablemente monótona.
Sin embargo estas dos personas compartían un vínculo indescifrable del que aún no eran conscientes. Estaban unidos por un lazo más fuerte que la sangre, pero imperceptible como el aire. Durante toda su vida Santiago estuvo interesado en las realidades alternativas y en los posibles quiebres del Universo como si se tratara de una mitosis a gran escala. Había investigado incansablemente la posibilidad de coexistir en distintos planos con versiones alternativas de uno mismo sin estar enterados. Sin embargo era consciente de que jamás su generación, ni posiblemente la de sus hijos llegaría a comprobar lo que las interminables pilas de libros que había estudiado teorizaban y daban por sentado en un absurdo vaivén de autoconvencimientos.
No tenía más remedio que conformarse con la creencia insulsa y chata de que cada ser humano tiene un ser idéntico en aspecto, un sosías, esperándolo en alguna parte del globo, pero que sin embargo son de uno en un millón las probabilidades de que coexistan en el mismo período histórico y ni que hablar en el mismo lugar geográfico. A pesar de eso el catalán no perdía las esperanzas de encontrar a lo que el llamaba “su otra mitad celular” en referencia al proceso de multiplicación a nivel microscópico de estas unidades anatómicas. Lo que el joven no sabía es que aquello finalmente terminaría ocurriendo más temprano que tarde.
Mientras tanto en el país de las franjas, estrellas y armonía cívica el inexperto cadete estaba cumpliendo su primer mes de prueba en la empresa de seguros más importante de todo el estado. Esta tenía grandes proyecciones y un increíble potencial para convertirse en puntera a nivel nacional. Por eso Jack vivía como un manojo de nervios, pendiente del reloj y atareado por mil responsabilidades que jamás se le hubieran siquiera cruzado por la cabeza cuando terminó la secundaria, con uno de los peores promedios de su curso.
Fue por esta irrefrenable dependencia del tiempo y sus mediciones que no reparó al chocar con Santiago cuando ambos bordeaban en direcciones opuestas el Central Park. El joven catalán estaba de paso por la ciudad, a unos días de asistir a un congreso sobre Física Cuántica en el MIT, por lo que había decidido recorrer la ciudad del insomnio que había escuchado hasta el hartazgo en el disco de Sinatra de su padre.
Al reparar en la existencia de Jack, el joven catalán se sobresaltó. Sin embargo ya era demasiado tarde, el yankee había cruzado 5th. Ave perdiéndose entre la muchedumbre. Pero por suerte Santiago se caracterizaba por una memoria fotográfica alucinante y recordó el nombre de la empresa que delataba una etiqueta en el sobre que llevaba bajo su brazo.
Los siguientes días fueron todos de persecuciones incansables que llevaban a ningún lado por parte del joven físico. Nadie en aquella empresa sabía darle información, ya que los aspirantes en etapa de prueba no figuraban aún en los registros del banco de datos. Sin embargo el desconocía esto y su cólera aumentaba cada vez más.
Preso de la rabia de los obstinados, se decidió a regresar al punto exacto en donde había sido el choque de manera sagrada y regular, día tras día durante lo que durara su estadía en la Gran Manzana. Jamás había perdido en ningún aspecto vinculado con la astucia y el intelecto y aquella no sería la primera vez, de eso estaba seguro.
Faltando un día para tener que partir hacia su próximo destino, el joven del antiguo continente se encontraba en prodigiosa rutina, esperando por su presa como un guardia sin relevo. Media hora antes de las dos de la tarde el hambre era insoportable. El físico abandonó su puesto de vigilancia improvisado para comprar un pancho en uno de los incontables puestos ambulantes que recibían al público con los brazos abiertos y los bolsillos llenos. Fue en ese instante cuando Jack atravesó con un parsimonia y dejadez inigualables la exacta baldosa que Santiago había estado pisando durante horas.
Ambos se miraron, incrédulos. Sin embargo como en un chasquido del tiempo, todo transcurrió en cámara rápida y el yankee retomó su trayecto obnubilado, negando lo que había visto como si se tratara de un sueño o un espejismo cruel. Santiago finalmente asumió resignado su derrota, en parte porque se sabía también esclavo de sus obligaciones. Era impropio de él evadir un compromiso, romper las reglas establecidas. Le significaba un arrojo de rebeldía que no estaba dispuesto a asumir, apabullado como estaba en aquel momento.
Sin embargo, tenía por seguro que ambos morirían tarde o temprano por la asfixia. Aquello era inevitable, solo era cuestión de tiempo. Eran dos fuerzas iguales actuando en simultáneo, con el mismo interés. Ahí no había margen de error. Sin embargo vivirían lo que les quedaba tranquilos de saberse conocedores el uno del otro y unidos por la invisible tela de las casualidades, como nunca. Como siempre debió haber sido.
B.K.



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