No hay lugar donde esconderse cuando la prosa encandila los ojos con historias ajenas y revienta las venas con un algo que no se sabe que es pero quema como el fuego. No hay excusa ni pretexto con el que negarle un café y una buena charla al espíritu de la narración. Quizás algunos, en un descuido desafortunado, sometan al olvido aquel irrecuperable momento. Probablemente por un imprevisto, quizás no había con que escribir, con que plasmar en el opresivo y despótico papel el sinfín de recovecos transitados. Me atrevo a decir que la mente incluso se duele por la pérdida estéril de la idea malformada.
Pero afortunadamente algunos pocos enjaularon el frágil y salvaje espíritu en un formato palpable para que la llama se propagara en otros tantos. Algunos pocos lograron apresar la fiera indomable de la trama en lo que conformaría la jauría de la literatura. Es en vano y fuera de margen comenzar a citar cazadores célebres. Quizás incluso algunos sean menos conocidos que sus personajes.
En ese punto es donde me quisiera detener si me permiten. El personaje, cuando se crió en cautiverio y con la debida preocupación, trasciende al creador. Para esto es ineludible concederle todo lo que pida. El más mínimo capricho es menester para su sano y prudente desarrollo. De lo contrario, la bestia –ahora bestia- muere o cae en el olvido, que es peor. Una vez que el personaje crece bajo nuestra tutela debemos dejarlo correr libre.
De todas formas, lo realmente relevante aquí es la inspiración. Sin ella el personaje queda encapsulado en una idea triste, entre la lista imaginaria de las compras y el llamado telefónico imperante de las cuatro de la tarde. Esto es realmente lo trágico, que el personaje – que puede comerse el mundo si realmente se desarrolla en el esfuerzo – muera sin pena ni gloria, así sin más.
Probablemente los aquí presentes me juzguen de enfermo, que desvarío. Pero seguramente jamás sintieron la experiencia, ese carbón que quema entre las manos pero que hay que poner a salvo porque no puede tocar el suelo. Sin embargo están a tiempo, escriba quién escriba los personajes aparecerán. Considero que viven en lo que llamamos “inconsciente colectivo” y que basta una mínima voluntad y algo de ingenio para activar sus alarmas y hacer que vengan a nuestra ayuda como bomberos a un incendio. Elijo creer esto, para así hacer de la vida algo un poco menos gris.
Y antes de que me manden al calabozo de los descreídos y me sometan a las inyecciones de olvido y las pastillas mata-memoria, es decir, antes de que me conviertan en un loco al que puedan manejar, déjenme redactar lo que creo correcto y hacer justicia por el relato. Quizás a alguien le sirva de precedente.
B.K.
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