Fue por eso que ganó aquella tarde. Nos dijimos adiós a la
vez, sin embargo mis palabras tardaron meses e incluso años en cobrar sentido.
Entonces calaron en lo más profundo de mis huesos y me di cuenta que estaba
vacío como un globo lleno de nada.
Sentí brotar toda la porquería que había estado acumulando
dentro de mí por años que ahora parecían siglos como si fuera una cloaca
atascada. Un manantial de desperdicios que rebalsaba a borbotones por cada uno
de mis poros. Me sentí sucio, inferior. Me sentí en parte el problema.
Retrocedí sobre mis pasos minuciosamente intentando
encontrar el error, la mínima grieta en aquel plan que hasta el momento era
perfecto, que había ocasionado la eclosión. Por qué lastimamos lo que queremos
y nos arrepentimos al perderlo. Por qué las personas son tan cercanas a los
animales, instintivos, y sin embargo se creen superiores. Somos a fin de
cuentas la misma cosa pero con la capacidad de refregarnos unos a otro lo
superiores que nos creemos.
Aquella noche, cuando la cerveza ya había hecho de las suyas
para eliminar aunque fuera por un instante, un breve paréntesis de horas, el
vacío que me carcomía las entrañas, entendí que quizás el error había estado
justamente ahí. En no haber hecho nada, ni bueno ni malo, durante todo el
último tiempo que estuvimos jugando a querernos.
Malgasté lo que me quedaba de dinero en más alcohol, como
tratando de tapar una represa con una carilina, hasta olvidarme de mi nombre.
Sin embargo aún no podía borrar aquella mancha en las paredes dentro mio.
Recordaba las palabras resonando como tambores que cada vez se hacían más y más
intensos.
Comprendí que ya no habría más canciones por escuchar, más
vacaciones por planear, ni más libros que leer. Por lo menos en ese universo en
el que me había sumergido y malacostumbrado. Si, quizás habría más canciones,
vacaciones y libros pero con otra, u otras mujeres a lo largo de mi vida. Pero
jamás volvería a aquellos puntos específicos del destino que por un infame
error había decidido saltear.
Retumbaban ahora como si fuera mi propia conciencia, con la
fuerza de mil planetas chocando entre si, las palabras que me dijo antes de
cerrar la puerta de mi cuarto y despedirse de mi vida y mis miserias para
siempre. Comprendí que había ganado el juego, mucho antes de que le pidiera la
última revancha aquella noche:
“No sabés estar solo”
“No sabés estar solo”
B.K.
Exelente
ResponderEliminarMuchas gracias !
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