lunes, 13 de abril de 2020

30.- Dicen los vecinos.

 Cuando el encargado del edificio subió las escaleras de emergencia para comenzar el aseo diario de los núcleos, se llevó una sorpresa que jamás olvidaría en su vida. El cadáver de Gabriel Acosta, propietario del segundo “A” y jefe de consorcio desde hacía diez años, yacía sobre el rellano de la escalera cubierto de sangre. Alarmado, salió hacia el acceso de seguridad del tercer piso en busca de algún oído que pudiera escuchar su testimonio a modo de descargo.

La segunda persona en ver el cadáver fue Mari, la señora del tercero “C” que vivía únicamente en compañía de tres gatos. Cuando el encargado llamó a su puerta la señora abrió con cierto recelo y temor. Sin quitar el seguro, asomó su ojo derecho por la rendija de la puerta preguntando quién era.
- Mari, disculpe las molestias. Le habla el encargado, hay un temita… Necesito que salga un segundito.
// Dicen los vecinos que no saben quién fue, la señora Mari asegura que el encargado avisó de lo ocurrido a las seis de la mañana. Fueron a ver el cadáver y minutos más tarde apareció Claudia, una chica que vive con una amiga en el quinto "B". //
Bajando con un equipo deportivo y auriculares por las escaleras de servicio, apareció Claudia. Todas las mañanas salía a correr a la plaza de enfrente antes de ir a la facultad. Debido a sus horarios y a la poca relación que tenía con sus vecinos, poco sabían Mari y el encargado de ella.
Miró horrorizada el cadáver que yacía enfrente de ella, obstruyéndole el paso y soltó un grito ahogado mientras sus ojos comenzaban a humedecerse. Comenzó a temblar incontrolablemente hasta que Mari le pegó un grito seco:
- Nena... ¡Nena! ¿Vos sos la chiquita del quinto "C", no? ¿Estabas estudiando medicina, verdad? - preguntó la vieja con un tono seco y apagado.
- Bueno... Recién estoy empezando las prácticas...- respondió la joven intentando evadir el tema.
- Suficiente entonces... Tomale el pulso a ver si está vivo. Vení, vení...
Claudia se acercó al cadáver aún con el estómago revuelto y le tomó la muñeca derecha por unos segundos hasta dar la inevitable y previsible sentencia final.
// Luego, según aclara Claudia, entró Horacio el dueño del cuarto "D". Un hombre robusto, de aspecto escandinavo. Comentan que por las noches es común oírlo golpear un saco de boxeo. El encargado declaró también que recuerda haber ido a dejar unas boletas a su unidad y haber visto sobre una mesilla al costado de la puerta un revólver 38' descargado. //
Horacio irrumpió en la escena desconsolado, llorando desgarradamente y se arrodilló junto al cuerpo sin vida de Gabriel. Mari, Claudia y el encargado lo miraban extrañados. Él levantó la vista y aún con la voz agitada confesó:
- Lo amaba... Nos amábamos... Me prometió que la dejaría. Esa hija de puta lo debe haber matado. Estoy seguro. Seguro...
// Horacio declara con seguridad que la culpable fue Dora, esposa y copropietaria del departamento del difunto. Dos hijos, ambos se encontraban camino al colegio a la hora del crimen.//
Dora apareció con lentes negros en la escena y miró con una extraña paz el cadáver de su marido. Esquivó el cuerpo con gracia y docilidad y se detuvo detrás de los presentes con una mirada de repulsión difícil de ocultar.
- ¡Hija de puta, fuiste vos! - la increpó Horacio.- Lo tenías todo pensado y ahora tenés el descaro de bajar con lentes como la viuda desgraciada...
- No saben el sol que hace afuera...- replicó monótona Dora.- Horacio no caigo aún, bajar y encontrarme con ésto... Creeme que me duele más a mí que a vos...
// Dora alega haber comenzado una relación extra matrimonial con Justo, propietario del sexto "E". Sostiene que ambos comenzaron su relación luego de que ella se enterara de lo de Horacio. Sin embargo jura no saber quién puede haber cometido el crimen.//
Justo salió del ascensor con un jersey atado al cuello, lentes oscuros y una pulcritud envidiable. Se sorprendió al encontrar tanta gente, pero incitó a Dora a abandonar la escena:
- Bueno, veo que hay una reunión de consorcio y nadie me notificó.- soltó con una risa irónica que se transformó en una mueca de desagrado al ver el cadáver.- Dora, vamos que llegamos tarde al golf querida... Voy a vomitar...
// La policía llegó inmediatamente después, reuniendo en el hall de planta baja a los seis testigos indirectos. Se les tomó declaración por separado y ninguno pudo dar un cabo suelto del cual tirar. Dicen los vecinos que ninguno fue, pero tampoco saben a quién culpar...
- ¿Qué es esto, Galotti? ¿Fuenteovejuna? ¡Quiero un culpable y lo quiero ya, me cago en todos sus muertos!
- La causa estaba por cerrarse caratulada como suicidio... si quiere la reabrimos...
Luis llevaba diez años como encargado de aquel edificio sobre Scalabrini Ortiz, sin embargo nunca había presenciado un episodio igual. Volvió a su pequeña unidad de planta baja tras despedir a los forenses que se llevaron el cuerpo y limpiar la sangre del pasillo. Luego de tomar una ducha se dispuso lentamente y con sumo cuidado a limpiar con un trapito húmedo la sangre del cuchillo, mientras miraba con nostalgia la foto de Horacio.

sábado, 11 de abril de 2020

29.- El otro lado del tapiz.

 Llegó una calurosa mañana un comerciante foráneo al mercado de Agrabbah. El extraño hombre traía consigo alforjas, vasijas y guijarros repletos de piedras preciosas, néctares medicinales para cualquier tipo de dolencia o enfermedad y hiervas de todas las especies. El extranjero traía también consigo un enorme tapiz al lomo de su camello, cuidadosamente envuelto en telas gruesas que impedían ver su diseño.

La gente del pueblo y los comerciantes del lugar fueron agolpándose en torno al extraño visitante, a medida que este iba ubicando cada una de sus mercancías estratégicamente en un mostrador vacío. Ordenó las alforjas, colgándolas meticulosamente en la cara frontal de la estructura, colgando de los travesaños de la lona que cubría la tienda. Luego, dispuso las vasijas y guijarros en la parte inferior del puesto, de cara al público. Una vez estuvo todo el puesto repleto de sus productos, celosamente volteó de espaldas al público y desplegó el tapiz, ocultando su contenido.
La excéntrica y afable personalidad del vendedor, generaba un automático deseo de comprar en los clientes. Se amontonaban unos sobre otros, sacándole los productos de las manos. Los ungüentos medicinales fueron los primeros en irse, seguidos por hiervas curativas y por último piedras preciosas. Sin embargo, había un ítem que por más que el vendedor se esmerase en ubicar, nadie compraba debido a su elevado costo.
- Este tapiz viene de Persia, es la pieza más bella del mundo. Confeccionada con los más finos hilos de Asia.- comunicaba a viva voz el vendedor.- Quien lo tenga, replicará en sí su belleza.
Repentinamente, uno tras otro fueron yéndose y volviendo con todo lo que poseían para adquirir aquel objeto. El comerciante realizó un remate improvisado, dando por ganador a un hombre que anotó la palabra fe en un papel.
- ¡Tenemos un ganador! - exclamó el comerciante.- Este hombre está dispuesto a cambiar su fe por este hermoso tapiz.
De detrás del puesto, una voz aguda y dulce comenzó a hablar. Algunos presentes se comenzaron a acercar y advirtieron la presencia de un niño con mirada tierna y sonrisa ingenua, que miraba fijamente el reverso del tapiz.
- No venda su fe, señor.- aconsejó el niño inocente.- ¿No ve que este tapiz no es el más bello, sino que detrás está repleto de nudos como todos los demás?

28.- Su verdadero rostro.

 El bullicio en las calles comenzaba a hacerse cada vez más estridente, pues se celebraría en el castillo real la boda de la princesa Lucía. La guardia del rey había empapelado la noche anterior cada recoveco de cada muro construido del reino, informando a todo el mundo acerca de la velada. Todos estaban invitados a compartir la ceremonia, en espíritu desde sus hogares.

A la mañana siguiente, en las principales plazas se congregarían las multitudes a oír los testimonios ficticios inventados por los juglares acerca del magno evento. Éstos recorrerían, canturreando a viva voz con sus liras, entre la gente ávida de noticias que no les incumbían.
La boda se celebraría al caer la tarde, con un banquete nupcial luego de la ceremonia y baile toda la noche. El protocolo acordado era una mascarada. Nadie que tuviera desnudo el rostro podría ingresar al palacio a compartir aquel grato momento.
Las había de todas las formas y colores. Algunas eran más llamativas que otras, con plumas, ornamentos de artificio, rozando el barroquismo más absurdo y ostentoso. Pero era una en particular la que destacaba del resto, por su composición armónica y la sutileza de sus trazos y facciones angelicales. Los detalles en oro no hacían más que resaltar los gestos estáticos, apenas interrumpidos por una abertura que dejaba entrever la boca desnuda, dotándolos de una divinidad sacra.
Benjamín era el último hijo de Ezequiel, uno de los más reconocidos herreros del pueblo. También era el juglar más aclamado por el vulgo. Todo mundo se congregaba a oír sus relatos, sin importar si éstos eran noticias verídicas o las más absurdas habladurías inventadas por el joven. Sin embargo, Benjamín tenía un defecto íntimo y dañino: su resentimiento.
Desde niño había soñado con recorrer los interiores del palacio, formar parte del círculo íntimo de los reyes, pertenecer. A medida que fue creciendo, el joven juglar fue sintiendo cada vez más vergüenza por el vulgar oficio de su padre, llegando incluso a negarlo en público.
La mañana de la ceremonia, Benjamín no pudo evitar advertir las manos rojas y entumesidas del hombre, por manejar los forjados durante toda la noche, cuando éste le entregó la máscara más espectacular y maravillosa que sus ojos jamás habían visto. En la cena había comentado que su deseo más profundo era el de infiltrarse en el palacio, para tener la primicia fresca a la mañana siguiente y Ezequiel no pudo traicionar su amor de padre al ver el deseo encendido en los ojos de su hijo.
Durante toda la noche, Benjamín fue el centro de atención. Los más prodijiosos cortesanos, adiestrados en armas y versados en letras, aprobaban con cortesía al muchacho. Las doncellas caían rendidas a sus pies, enamoradas todas. Incluso la princesa desvió una o dos veces la atención de los ojos de su príncipe, para dejarla volar como una golondrina al rostro ficticio de aquel extraño. Benjamín sintió por fín lo que tanto había anhelado, el sabor de la nobleza.
A la mañana siguiente, todo el pueblo se congregó en la plaza central y sus alrededores, parándose sobre carretas, cajones de fruta e incluso montando animales de carga, con tal de oír al joven trovador. Benjamín se presentó ante ellos aún con la máscara puesta, emulando a una divinidad. Su oratoria era espléndida, las palabras fluían de su boca, como el agua en un río de conocimiento del que todos los presentes querían paladear.
Pasó las semanas siguientes con el disfraz intacto, como incrustado para siempre sobre sus verdaderas facciones. El pueblo lo ovacionaba, vitores arrolladores se desataban a su paso. Las tiendas le ofrecían mercancía gratis y el negocio familiar tuvo las mayores ventas de su vida. Sin embargo, su padre entristeció cada vez más, hasta caer en una depresión abrumadora.
Con el correr de los meses, Ezequiel empeoraba cada vez más. Comía lo justo para subsistir y enmudecía durante jornadas enteras. Una noche, cuando Benjamín fue a visitarlo a su habitación, éste lo miró perplejo y le preguntó atónito quién era. El joven enmudeció. Aquella misma noche, su padre murió con esa pregunta en los labios.
Abrumado ante aquel episodio trágico, el joven enmascarado corrió al baño y se miró al espejo. A esas alturas el y la máscara eran uno. Se concebía con ella como un todo. Sin embargo, hizo un esfuerzo considerable y léntamente se la fue despegando del rostro. El tiempo de uso, los calores sofocados por contacto con el metal y la poca ventilación habían hecho de él y la pieza, carne y uña. Dió el último tirón, sintiendo un ardor incontenible. Luego, tras pensarselo dos veces, levantó la vista hacia el espejo.
Al ver aquel retrato sintió pavor. Un completo extraño lo observaba fijamente, con una mirada enajenada. Las facciones se habían contraido, otorgándole un aspecto demoníaco. El mismo pavor que sentía se reflejaba en el espejo, devolviéndole un espectáculo aterrador.
Entró en pánico, gritando a viva voz, clamando por auxilio. Se arañaba los pómulos como buscando escapar de aquella pesadilla inusitada, desterrar de su existencia su verdadero rostro. Golpeaba desesperádamente la puerta, hasta que sus puños se entumecieron de dolor y rabia.
Pasados unos minutos, la madre y la hermana de Benjamín llegaron en su ayuda. Desgraciadamente no pudieron hacer mucho, se encontraron solo con el viento de la ventana abierta golpeándoles la cara y la máscara fabricada por Ezequiel, sonriendo con aquella expresión pacífica y artificial, diabólica.

viernes, 10 de abril de 2020

27.- Rimel en los codos.

 La vida nunca fue fácil para Sabrina. Quiso ser enfermera, pero los apuntes cada vez fueron más dificiles de comprar. Tuvo que buscar nuevos caminos, nuevas formas de curar.

Sus horarios no le permiten tener una familia. Los chicos suelen ser más demandantes por las noches. Tampoco puede comenzar una relación, no es fácil que empaticen con su trabajo. Cuando Sabrina escucha a sus amigas quejarse de sus jefes, se dibuja en su boca una media sonrisa que no es de felicidad, sino de nostalgia y amargura como el café sin azúcar. Ellas no conocen el infierno.
Su cuerpo solo es suyo por momentos. Su alma se fue en falsos jadeos hace mucho tiempo. Quiere volver a creer en algo, o en alguien. Pero la fe solo está en las estampitas.
La calle hoy estuvo difícil, más de lo que siempre está. Cada día cuesta un poco más que el anterior. Piensa en esto, agarrándose con las manos el pelo morocho, intentando que no le caiga en la cara para que no se manche mientras las lágrimas le caen por los brazos, llenándola de rímel en los codos.

miércoles, 8 de abril de 2020

26.- Pañuelo rojo.

 El frío viento de otoño congelaba los huesos de los tres, aquella mañana de Marzo en el inhóspito predio a las afueras de la ciudad. Marcel Dugan y Franco Ducat habían sido amigos desde niños, pero el amor había distanciado los afectos, abriendo una incurable herida que jamás podría cicatrizar.

La noche anterior, el estridente sonido del teléfono en la planta baja había despertado a Franco y Josefina. Él bajó rápidamente, encontrándose del otro lado de la bocina una voz que conocía desde siempre, trayendo un mensaje que jamás hubiera imaginado.
- Duelo entre caballeros, pistolas al amanecer.- sentenció con una voz seca a través del teléfono a disco Marcel Dugan.
Años atrás, los tres niños solían jugar todos los veranos en la casona vieja en el campo de los padres de Marcel. Entre sus actividades favoritas estaban las representaciones del Far West. A pesar de que la dinámica siempre era un calco exacto de la vez anterior, las risas nunca se discontinuaban. La joven Josefina, con las manos atadas detrás de la espalda con una corbata de don Ducan, gritaba con una voz aguda impostada rogando por su salvador. Ahí entraban en acción los dos amigos con las pistolas de corcho, enmarañándose en un tiroteo interminable.
La resolución del conflicto siempre sentenciaba la victoria de alguno de los dos. Sin embargo, el espectáculo resultaba más asombroso cuando la víctima era Franco, porque realizaba un truco sorprendente para esa edad. Del bolsillo de su camisa desplegaba un enorme pañuelo rojo a modo de sangre mientras fingía su muerte con la lengua afuera. Josefina solía reír a carcajadas con aquel pase de magia, desarmando el nudo débil con el que Marcel la había aprisionado.
El joven Ducan detestaba aquellas escenas, que remataban en interminables paseos entre Franco y Josefina a la orilla del lago, mientras él los miraba enfurecido desde el umbral de la galería del caserón. Vez tras vez, comenzaron a surgir los primeros besos tímidos. Las manos entrelazadas eternamente. La cabeza de ella descansando en el hombro de él hasta dormirse delicada y dulce como siempre.
Marcel recorrió los diez pasos lentamente, con una pesadez que le agobiaba el cuerpo y el alma. Cayó derrumbado en el pasto húmedo aferrando el pañuelo blanco, con el que había osado desafiar a su eterno hermano mayor, húmedo de sangre.
Franco se acercó corriendo hacia su amigo moribundo, con los ojos empapados. Se arrodilló, agarrándole la mano y con la otra sacó su pañuelo rojo.
- Mirá, el truco siempre fue que el bolsillo estaba roto... Estaba roto...- confesó con la voz quebrada, entregándole el desgastado pañuelo a Marcel.
- Si tengo que guardarme un objeto tuyo para recordarte, significa que te voy a olvidar...- citó Marcel las palabras de Romeo y Julieta, aguantando la sangre que recorría su garganta.- siempre fuiste vos, te amo.

martes, 7 de abril de 2020

25.- Cuestión de piel.

 Cuando el matrimonio Moore murió en aquel trágico accidente automovilístico, Duncan Walker no tuvo más opción que apadrinar al joven. Dion Moore y su esposa Ayana habían trabajado para la familia Walker durante décadas y el afecto mutuo no permitía a Duncan, bajo aquellas circunstancias, dejar a su bebé desprotegido.

Ante la inminente llegada, Walker había mandado todos los espejos de su hogar al sótano, en un inocente intento de ocultar al joven aquello que los diferenciaba. Al abrir la puerta, la conexión fue inmediata. Parecía que se conocían de toda la vida.
Laurence creció como un niño tranquilo y de un excepcional sentido del humor. Sin embargo, algunas tardes veía a su padre llorando en la sala, con una foto de una pareja desconocida apretujada entre sus manos. Una noche, el niño se escabulló hasta el despacho del padre y tras revolver todos los cajones del escritorio, retiró la magullada fotografía. La inspeccionó cuidadosamente. Una enamorada pareja de piel oscura le sonría con unos enormes dientes blancos como el marfil. Un retorcijón en el estómago de Laurence lo tomó por sorpresa, apoderándose de él. Esa pareja feliz era la causante de los tormentos de su padre, la única persona que tenía en el mundo.
Poco a poco fue desarrollando un odio racista injustificado, no podía siquiera encender el televisor de la sala por si aparecía en la imagen una persona de color. Duncan, sin embargo, no era capaz de advertir aquello. Alguna vez había presenciado destellos de las extrañas reacciones de Laurence, como aquella tarde en la que se encontraban viendo una película de guerra y ante la aparición de un afroamericano, el joven apagó el televisor enfurecido y se fue de la sala.
Pero todo cambió esa tarde en la nueva escuela. Al salir al patio de recreo, Laurence advirtió como un grupo golpeaba a un niño indefenso. Se acercó preocupado a la ronda, con cautela. Observó a la víctima, su piel era oscura. Súbitamente su actitud dio un vuelco radical, pasando de la preocupación a la arenga y sumándose a la golpiza infundada. El joven comenzó a proferir una caterva de insultos racistas, reproduciendo cosas espantosas que había oido en la televisión. Los demás jovenes paulatinamente detuvieron sus patadas para mirarlo, interpretando aquello como una burla. Incluso la víctima de la golpiza lo miró con los ojos desorbitados y extrañado.
Instantáneamente el foco de atención se centró en él, direccionando todas las agresiones a su persona. Fue tan sorpresivo el cambio que no tuvo tiempo de escapar, ni siquiera llegó a reaccionar para defenderse de los primeros golpes. Tras unos minutos, la paliza mermó. Magullado, la directora los llevó a él y a los agresores a dirección.
El camino a pie de Duncan y Laurence fue silencioso. Agarrados de la mano, ninguno de los dos dijo nada las cinco cuadras hasta llegar a la casa. Una vez dentro, Laurence bajó al sótano para estar solo por primera vez en su vida. Duncan esperó paciente en la sala, mientras escuchaba uno a uno el crujir de los escalones, contando los minutos, con la garganta seca.

lunes, 6 de abril de 2020

24.- Canto Pri.

 - ¡Tierra a la vista! - dijo el joven grumete desde el carajo de la Santa María a Cristobal Colón.

Aquella información desconcertó en sobremanera a la tripulación, que dudó en avisar a las otras dos carabelas que venían detrás. El destino estaba previsto para ser alcanzado hasta dentro de dos meses en la bitácora de navegación. Hasta aquí, fue lo que llegó a plasmarse para siempre en los libros de Historia Latino Americana.
- ¡Capitán, hay un objeto extraño en la costa! - continuó informando el joven.
Cristóbal Colón desenfundó su periscopio y logró avistar en la orilla un coloso metálico indescriptible. Parecía una montaña de acero ovalada, con unos cristales en la parte superior que ocultaban más información de la que revelaban.
Al bajar a tierra firme rodearon el enorme objeto, blandiendo inútilmente sus espadas cortas de asalto y apuntando sus arcabuces hacia el titán plateado. A medida que Colón y los suyos comprobaban que aquel objeto era inofensivo, sus ojos iban abriéndose cada vez más, apoderados por la codicia. Volverían al Puerto de Palos con aquel gigante botín y se lo presentarían a sus majestades los Reyes Católicos.
Seguramente la reina Isabel lo condecoraría en recompensa, nombrándolo noble. Ya podía imaginarse la ceremonia de congratulación. Distinguía las fanfarreas sonando y la multitud vitoreando su nombre, mientras la reina posaba la espada en su hombro derecho volviéndolo importante ante los ojos de Dios y del mundo.
Se adentraron en la maleza, luego de que llegara la Santa Clara -apodada La Niña- la última de las carabelas, buscando ampliar el botín. Luego de caminar algunas horas en una interminable humedad verde repleta de mosquitos, llegaron a un enorme predio con una hoguera gigante en el centro. Cuando el genovés y los suyos advirtieron lo que allí pasaba, quedaron perplejos.
Primero, vieron como una nave considerablemente más pequeña que la anterior pero similar, se trasladaba de un lado al otro llevando incalculables cantidades de oro y piedras preciosas. Se percataron de que unos seres indescriptibles, con ciertas características antropomorfas, doblegaban a unos hombres desnudos. Los obligaban a arrodillarse ante una enorme figura brillante, de colores que jamás habían visto en sus vidas. Uno de los hombres intentó rebelarse, pero fue doblegado por uno de los seres.
Colón pudo distinguir al líder y se acercó a él cautelosamente. Se percató de que el idioma con el que se comunicaban era ininteligible y prácticamente inaudible. Al llegar junto a él, éste comenzó a comunicarse con todos los españoles telepáticamente y al unísono. Una a una las palabras iban decodificándose en el cerebro de Cristóbal Colón, así como en el de los demás, como un mensaje claro y concreto.
- Soy Canto Pri. No tienen nada que hacer en estas tierras. ¡Váyanse al carajo!
Volvieron todos a las carabelas atemorizados, dejando atrás al coloso de metal. Al llegar a España informaron acerca de lo ocurrido a los reyes, que no pudieron contener las carcajadas.
- Canto Pri...- repetía la reina sollozando de la risa.
Desde entonces, cada vez que alguien quiere sacar ventaja de alguna situación u obtener algo antes que los demás, clama a viva voz el nombre del líder de los cantoprisadores.

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...