martes, 31 de marzo de 2020

16.- Calígula.

 Después de varios éxitos rotundos, Nicanor Paz había tenido su primer traspié en el mundillo editorial. Más temprano que tarde la dudosa calidad de su última obra comenzó a hacerse eco, primero entre críticos especializados, esparciéndose lentamente y llegando por fin a oídos del pueblo.

El joven laureado había sido una promesa para el mundo de las letras desde sus más pueriles párrafos. Sus primeros ejemplares colmaron las marquesinas y se escurrieron de las manos de los libreros como agua de manantial. Por eso aquel fracaso era visto como una anomalía para la prensa, que no tardó en correr la bola.
A los pocos días la noticia ya era de ámbito nacional. Fuera donde fuera, el eximio letrado era juzgado en sus dones por cualquiera: tanto aquellos doctorados en literatura hispana como otros que a duras penas leían los prospectos de la pasta de dientes cuando se aburrían en el baño. Es bien sabido que juzgar es un deporte nacional.
Una tarde el joven se paseaba por un parque cercano a su casa, cuando oyó a dos viejas comentar sobre su obra con cierta repulsión.
- Cayó en lo más bajo de su carrera. - concluía una de ellas.
Situaciones similares se repitieron las siguientes semanas. Un domingo, el joven fue a visitar a sus padres en busca de cobijo. Impávido quedó Nicanor cuando al cruzar la puerta de calle escuchó desde la cocina a su madre hablando por teléfono con una amiga:
- Siempre estuve tan orgullosa de el, pero la verdad es que ahora...
No hacía falta completar la frase. Ante aquella conjunción, acaso la más temida de las conjunciones, en su mente las piezas restantes fueron cayendo en un tetris gris y demoledor. El pobre Nicanor rompió en llanto y se alejó de la casa de sus padres farfullando entre sollozos:
- ¿Et tú, Brute?

lunes, 30 de marzo de 2020

15.- Los perros de Montalván.

 En una vieja quinta repleta de algarrobos y juncales, que cubrían el extensísimo prado junto a la galería que remataba el frente de la casa, vivía Montalván con sus dos sabuesos. De pocas palabras, tenía escaso contacto con los habitantes del pueblo. Eran contadas las veces que alguien se arrimaba a su portal, generalmente en busca de donaciones o para informarlo acerca de alguna asamblea comunal a las que jamás iba.

Cada noche, el hombre salía a la galería junto a sus dos animales -uno a cada lado- y se dejaba caer en una vieja mecedora para fumar un habano. Resulta que Montalván era ciego y por eso dependía constantemente de ellos.
Sus problemas de visión comenzaron en su juventud, pero fue luego de quedar viudo que se acentuaron. La pareja había encontrado a los dos cachorros en la ruta y desde entonces habían formado parte de su vida.
Una mañana, dos hermanos se escabulleron entre los arbustos para intentar jugarle una sucia broma a Montalván. Pensaban poner delante de su puerta una bolsa llena de excremento, tocar el timbre y escapar. Sin embargo, al ingresar en su terreno, ambos perros alertas detectaron a los intrusos y corrieron tras ellos. Uno logró alcanzar al menor, mordiéndole la pierna. Repentinamente, se escuchó el ruido de la escopeta del viejo para separarlos.
Luego de una semana, los hermanos volvieron por venganza a la hora de la siesta y mientras ambos perros dormían envenenaron su comida.
El sabueso más joven murió días después. Los niños creyeron que el viejo no se daría cuenta, pero lo cierto es que jamás volvió a ver el mundo completo, le faltaba la mitad derecha.

domingo, 29 de marzo de 2020

14.- Debimos preguntar dos veces.

 Andar por un pueblo ajeno requiere pericia y un sentido de la localización desarrollado. Luis y Esteban sabían esto, sin embargo no pudieron evitar perderse a las pocas cuadras de haber bajado de la ruta.

A medida que se adentraban por aquellas calles, las casas comenzaban a lucir más derruidas y el asfalto de la calle cada vez estaba más agrietado. Resultaba complicado identificar la altura de la calle en la que se encontraban ya que los números gastados por el tiempo y el descuido apenas lograban diferenciarse.
Resignado, Luis decidió frenar a un local que circulaba por ahí y le preguntó:
- Disculpe... Buscamos el hotel Solar de Monts. ¿Podría indicarnos cómo ir?
- Claro, vea. Siga diez cuadras por acá, doble en el bulevar y retome por la tercera cuatro cuadras...
- ¡Muy amable! - le agradecieron ambos.
Siguieron las indicaciones y desembocaron en un descampado. Esteban, furioso, increpó a su compañero.
- Debimos preguntar dos veces...
Avanzaron unos metros y descubrieron, oculta entre unos árboles, una casucha modesta. Se acercaron para pedir indicaciones a sus habitantes y aplaudieron a falta de timbre. Abrió la puerta un robusto hombre, de aspecto desalineado y sucio. Cargaba un chillo afilado y repleto de sangre, que escondió inmediatamente de la vista de los intrusos.
- Disculpe... Buscamos el hotel Solar de Monts. Estamos un poco perdidos...
Esteban no llegó a completar la frase y el hombre lo interrumpió.
- No sé de que hablan.- respondió con una voz profunda.
Escucharon un grito desgarrador proveniente del fondo de la casa.
- ¿Todo bien? - preguntó Luis.
El hombre cerró la puerta en sus narices y tras dudar si volver a llamarlo, ambos subieron al auto. En el camino Luis permaneció sobresaltado. Al llegar al Solar de Monts miró a Esteban y le dijo:
- Debimos preguntar dos veces...

sábado, 28 de marzo de 2020

13.- Cumplir con la cuarentena.

 Estamos esclavos de algo invisible y que sin embargo nos genera pavor. Pero no debería extrañarnos tanto, siempre vivimos con miedo a cosas invisibles.

Desde nuestras creencias más personales hasta el dinero en nuestros bolsillos, que en su forma más primaria es intangible y más conceptual que otra cosa. Nadie puede tocar a Dios, pero tampoco al Capital. No le tenemos miedo al virus, le tememos a estar encerrados con nuestras miserias.
Quedarse en cuarentena, encerrado y en parte privado de tu libertad, es en cierta forma como jugar a estar preso. Cuando jugábamos a la guerra de chicos, tamizábamos la experiencia y rescatábamos la adrenalina, descartando la sangre y los tiros. Acá es lo mismo. Es pero no es estar preso.
26 años después vuelvo a estar en un útero. Espero que al salir, como la primera vez, descubra un mundo nuevo y mil cosas que aprender. Y espero que a todos nos pase lo mismo.

viernes, 27 de marzo de 2020

12.- Dinámica de encierro.

 Aquel otoño fue distinto para la familia Soler. Cuando las primeras hojas del roble viejo fuera de la casa comenzaron a adornar el suelo de la galería, el pájaro marrón entró a su hogar y a sus vidas.

Logró inmiscuirse una tarde, luego de que la familia hubiera tomado té en el comedor principal. Los niños jugaban frente a la chimenea y el padre leía el diario en el gran sillón. La madre había comenzado a tejer, de puro aburrimiento.
De repente, el bicho se posó sobre el alféizar de la ventana del comedor. Ludmila, con la inocencia propia de los once años corrió maravillada, pues jamás había visto una criatura tan magnífica. Abrió los paños para tocarla, pero esta se escabulló entre sus dedos y arremetió en la casa.
Susana, la madre, saltó inquieta arrojando el ovillo, la aguja y la maraña de hilo que fingía ser una rebequita para Ludmila. El padre, Antonio, agarró el diario y enrolló para echar a golpes al animalejo. Pero el intruso esquivaba cada golpe que el hombre intentaba acertarle con una majestuosidad macabra. Resignados y agotados, asumieron como mascota al peculiar visitante, intentando convivir de la mejor manera posible.
Las siguientes semanas resultaron agobiantes. El pájaro se apoderó de la cocina y el comedor, destrozando todo con su aleteo. A medida que pasaban los días, iba copando una a una el resto de las estancias de la casa, obligando a la familia Soler a recluirse en el cuarto de los padres durante días.
Cuando el pájaro embistió la puerta del dormitorio, la familia supo que para acabar con aquello debían realizar un sacrificio. Antonio agarró fuertemente a Ludmila, ante la mirada obediente del resto. El pájaro la tomó fuertemente y desaparecieron por la misma ventana.
Dicen que los pájaros de mal agüero advierten sobre las desgracias venideras. Quizás fue eso, o el karma, lo que salvó a la pequeña Ludmila que miraba desde lo alto como su casa comenzaba lentamente a incendiarse.

jueves, 26 de marzo de 2020

11.- Los muertos también lloran.

 La ronda al rededor del ataud durante el velorio del viejo Sinclaire fue en principio silenciosa. Ninguno de los allí presentes tenía demasiado contacto con el hombre pero todos querían sacar tajada de su jugosa herencia.

Fue así como poco a poco comenzaron a desnudar anécdotas inventadas, tan desabridas y falsas como el tabaco mojado. Marcial Dugan, uno de los mozos del bar que el viejo solía frecuentar, pidiendo siempre un café con dos medialunas a medio tostar, fue el primero en romper el sigilo reinante:
- Recuerdo la primera vez que ví al viejo Sinclaire.- comenzó.- Siempre de porte elegante con aquel sobretodo beige...
- ¡Fabulador! - lo interrumpió Clemencia Ortiz, la modista del barrio, a la cual el viejo había consultado alguna vez acerca de unos botones para un saco.- Sinclaire jamás habría usado un sobretodo beige. Coincidimos siempre en que tiene más clase el azul marino. El hombre tenía buen gusto, no como usted, embustero...
- ¡Déjense de joder! - interrumpió el tano Carranza, carnicero del barrio, que le molía la carne al viejo Sinclaire cuando en sus últimos años ya no podía masticar.- Si el viejo me contó una vez que era daltónico...
De repente, el barullo cromático se interrumpió abruptamente. Todos se quedaron estupefactos en torno al cajón abierto cuando el pequeño Diego llevado por su padre, el barbero del barrio que le hacía el service al viejo, advirtió que de su ojo derecho salía una lágrima. El viejo Sinclaire, solo en la soledad de su muerte, se dio cuenta que nadie lo conocía realmente y se sintió solo.
Acto seguido, el escribano entró y anunció que la fortuna había sido dilapidada por completo en los burros. El médico, que también se encontraba allí y hasta el momento había permanecido en silencio decretó que aquella anomalía lacrimógena podía suceder como reacción tardía en los cadáveres y todos comenzaron a irse de a poco, apagando las luces de la sala y dejando al viejo y su tristeza solos para siempre.

miércoles, 25 de marzo de 2020

10.- Aquellos infortunios, nuestros propios miedos.

 Salimos de las cuevas, creamos códigos. Establecimos jerarquías de contacto para identificar a quienes había que proteger de las fieras. Descubrimos los miedos, dormimos bajo techos creados por nosotros. Dominamos las fieras, cultivamos nuestra propia comida.

Creamos imperios, descubrimos nuevas tierras. Inventamos nuevas formas de comunicarnos. Inventamos la poesía, las historias narradas. Escribimos para anclar la imaginación. Levantamos monumentos y grandes edificaciones, nació la arquitectura. Decretamos leyes y descubrimos inventos trascendentales.
Declaramos causas para justificar las guerras, profundizamos conflictos, abrimos grietas. Inventamos dioses, buscamos respuestas, creamos y creímos.
Politizamos la tierra, cercamos lo nuestro. Instauramos el capitalismo y el comunismo como puntas de la cuerda de la estupidez que terminan por tocarse. Nos fuimos alejando cada vez más de los demás.
Surgieron las redes, rejuveneció la tecnología. Subimos stories, reescribimos la historia. Postulamos manifiestos en 140 caracteres. Viajamos por el mundo sin movernos de casa.
Nos dominó una fiera invisible, acumulamos comida. Redescubrimos los miedos, volvimos a encerrarnos bajo nuestros techos. Establecimos jerarquías de contacto para protegernos de la peste. Creamos códigos nuevos, salimos de las cuevas.

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...