domingo, 5 de abril de 2020

23.- El concierto de Mikaru.

 Ikei Mikaru era uno de los más galardonados directores de orquesta de su tiempo. Cuando las noticias informaron que volvería junto a su orquesta para dar un concierto en su ciudad natal, la gente enloqueció. Los palcos se agotaron a los quince minutos de haberse puesto a la venta y para cuando se cumplió la media hora no quedaba metro cuadrado en aquel teatro sin venderse.

Las semanas siguientes, previas al evento, la algarabía no había mermado entre los futuros asistentes. El júbilo era tal que no se hablaba de otra cosa en las conversaciones cotidianas de fila de supermercado o charlas de café. El alcalde, que había sido el primero en reservar palco preferencial en linea recta con la nuca del director de orquesta, había ordenado a la subsecretaría de mantenimiento urbano poner en cada avenida importante enormes afiches con el sonriente rostro oriental del buen Mikaru.
El día finalmente llegó y el eximio músico ingresó en una limusina opulenta. A su vera, una multitud colmaba ambas veredas gatillando el disparador de las cámaras fotográficas a mansalva. Sin embargo, nadie pudo ver ni un solo pelo de Mikaru, que entró rodeado de guardaespaldas al anfiteatro.
Una vez adentro, solicitó que se le llevara al camarín los más exquisitos manjares. Con más piezas de sushi que figuras en todas las partituras de todos los músicos que lo acompañarían aquella noche y un champagne más caro que el sudor de Dios.
Llegada la hora y con cada miembro de la orquesta ya dispuesto en su lugar, entró Mikaru sonriente. Se paró, regalando una reverencia al público, para luego darles la espalda y comenzar la función.
Pasaron los primeros dos minutos en silencio. Mikaru permanecía inmóvil de espaldas al público. Las primeras miradas comenzaron a sobrevolar las plateas. Al cumplirse los primeros diez minutos sonaron las primeras toses de inconformidad. A los quince, los mismos miembros de la orquesta, completamente bañados en sudor, se acribillaban a miradas los unos a los otros. Mikaru, inmóvil. Ni una sola nota había salido de ninguno de los instrumentos.
Cuando la gente comenzó a impacientarse y refunfuñaba improperios contra el músico y toda su orquesta e incluso algunos amenazaron con levantarse e irse, el director volteó con una parcimonia que lo único que hizo fue enfurecer más al público, cuya diatriba ganaba cada vez más y más fuerza.
Los rostros furiosos, regordetes y colorados de los viejos más acaudalados del lugar parecían un cuadro de Botero bañado en sangre. Ikei Mikaru advirtió esto, y tras sonreir absorto mirando aquella escena sentenció:
- Mi regalo para ustedes es este silencio. - dijo calmadamente. Luego se fue despacio, mutis por el foro.

sábado, 4 de abril de 2020

22.- Su visión de las cosas.

Su señoría, el Juez Zamboni, ingresó al estrado para presidir la audiencia oral en el tribunal número catorce de San Martín, con motivo de la denuncia por parte de Luis Galerti representado por el doctor Juan Manuel Lovato al acusado Jonathan Motti representado por el abogado defensor ofrecido por el Estado, el doctor Ricardo Fonacetti.
Todos los presentes en la sala se pusieron de pie, a medida que su señoría subía a las tablas. Luego de informar la fecha del juicio, el caso a tratarse, las partes intervinientes y la documentación de la sesión mediante grabación, conforme a lo estipulado por ley, dio inicio a los testimonios.
Primero dio bandera verde al acusado para que presentara su defensa. Sin embargo, eran tales los nervios del joven Jonathan de diecisiete años, que no pudo evitar titubear y tropezarse con sus palabras. Antes de que continuara embarrando la cancha, su abogado tomó las riendas:
- Mi cliente es un joven humilde, su señoría. No es aceptable que se lo estigmatice por su condición social. No fue un ataque, mucho menos un intento de asesinato. Simplemente intentó ayudar...
La taquígrafa a un costado de la sala, en un escritorio minúsculo, anotaba en una vieja Olivetti cada una de las palabras que el doctor Fonacetti profería, dejándolas asentadas eternamente en aquellos folios tamaño carta, que no servirían mucho para hacer justicia, sino que dormirían archivados para dejar constancia de que el bien siempre prevalece.
- Su señoría, es inadmisible lo que aquí profesa mi contraparte. Mirelo nada más, es un negrito.- exclamó el doctor Lovato, mirando luego al jurado. Honorables miembros del jurado, piensen cuantas veces se han cruzado con un negrito como éste. ¿Cuántas veces han cruzado de vereda? Es fácil distinguirlos, vamos...
Los miembros del jurado comenzaron a mirarse entre si con cierta incomodidad. Las miradas flotaban en el aire buscándose y esquivándose unas a otras. Algunos, tímidamente, asentían intentando que nadie los viera.
El primero en subir a dar su testimonio fue Luis Galerti, el defendido. Un hombre de cincuenta años, empresario. Su ajetreada vida laboral lo había distanciado de su familia y lo mantenia últimamente al borde del colapso.
Se sentó en el banco testimonial y tras poner la palma sobre la biblia y jurar por la patria y las sagradas escrituras, abrió la boca para comenzar a vomitar la acusación que durante las tardes de aquella última semana había practicado con el doctor Fonacetti.
Sin embargo, al levantar la vista y ver los ojos empañados de Jonathan, llegaron a él como un film repleto de detalle todas las secuencias acontecidas aquella tarde. Recordó la reunión con la sucursal estadounidense de una importante marca con la que se asociaría. El peso del maletín en su mano. Los pasos acercándose a la torre, a ese último piso donde se llevaría a cabo la reunión. Recordó salir del taxi, el agobio. Como el nudo de la corbata lo agobiaba. La asfixia. El desvanecimiento. Aquel carrito repleto de cartones que se acercaba borroso a lo lejos. El negrito, me va a robar la puta madre...
De repente, abrió los ojos como nunca en su vida y miró fijamente a Jonathan, luego se dirigió al juez con voz firme e inconfundible:

- Lo único que hizo el joven fue salvarme de un infarto, su señoría. No tengo más para declarar. 

viernes, 3 de abril de 2020

21.- Cuero quemado.

 Durante una de las heladas mañanas de la Edad Glaciar, Tolek separó a su hijo Tuluk del resto de la tribu, que se encontraba agrupada en torno a la gran hoguera que vinculaba las rudimentarias viviendas de todas las familias.

- Hijo, has crecido hasta llegar a tu plenitud. Eres todo un hombre. Por lo tanto, deberás ganarte el abrigo apropiado para salir a cazar con el grupo. - sentenció Tolek.
El joven lo miró atontado, toda su vida había esperado aquel momento.
- Deberás tú mismo elegir y matar al búfalo y sacarle el cuero. - explicó el padre. - Luego, deberás curar el cuero al fuego durante todo un día hasta que prácticamente se queme.
Tuluk miró a su padre aterrorizado. Cada palabra le generaba más rechazo.
- Por último, deberás cargar el cuero sobre tus carnes para moldearlo y que te sea cómodo durante las travesías. Dolerá mucho... el dolor incluso será inso-...
Tuluk interrumpió a su padre:
- Papá... papá.... cht! ¡Papá! Creo... creo que prefiero quedarme a cuidar a las crías si no te enojás...

jueves, 2 de abril de 2020

20.- Malos entendidos.

 Cuando Jackie regresó del baño a la mesa que compartía con su marido Tom en aquella pizzería de Nashville, su rostro cambió por completo. Dejó a la pequeña Lucy en la silla especial para bebés a su lado y miró fijamente el papel que declaraba la cuenta, pedida por su marido en su ausencia.

Saliendo del baño había descubierto a la distancia como la camarera que los había asistido aquella noche se acercaba con el papel, entregándoselo a Tom con una sonrisa. Éste lo observó y no pudo impedir que se dibujara otra en su rostro, devolviéndosela integramente a la chica.
Jackie sabía que no era una mujer fácil de llevar. Ex voluntaria de la armada estadounidense, no parecía una chica a la que tomar en broma. Los primeros años de maternidad le habían borrado la juventud y aquella noche había hecho lo imposible para ponerse linda y salir, a pesar del cansancio. No habían logrado contactar con la niñera, por lo que debieron llevar a Lucy a su cita.
Tom era neuro-cirujano, un tipo muy bien parecido. No era extraño que las chicas se acercaran a él, de hecho, solían bromear acerca de esto con su mujer. Seguramente la mesera le habría anotado su número en aquel papel. Sin embargo, Jackie no recordó esto, ni nada en particular; cuando con los ojos colmados de lágrimas y ante la mirada incrédula de su marido leyó aquella nota:
- Su mujer debe estar muy orgullosa de estar casada con el hombre que salvó a mi padre. Las pizzas van por mi cuenta.

19.- Los cuatro comensales.

 Una tarde llegó el cargamento mensual de alimentos al reino. Dependían de aquellos ingresos ya que habían sufrido una arrasadora peste, contaminando todo cultivo y ganado. El gobierno del otro lado del río, en un arrojo de solidaridad, había tomado medidas extremas para propiciar la supervivencia de sus hermanos, abriendo redes de comercio exclusivas con sus mejores producciones.

Sucedió que una de las partidas se había malogrado en el trayecto, enfermando a toda la comarca de uno de los condes más influyentes. Fue por esto que el rey decretó una solución práctica ante la desconfianza que aquel infortunio generó. Designó a cuatro de sus más avezados catadores, miembros de la nobleza, educados en los modales más refinados, para que comprobaran el estado de una muestra de cada una de las partidas, infiriendo así el estado total de las mismas.
Los primeros días, la medida resultó oportuna. Cada cargamento era minuciosamente inspeccionado por los cuatro comensales del rey, plato por plato, hoja por hoja, legumbre por legumbre. Sin embargo, con el pasar de los días la situación se tornó incontrolable. Los comensales engullían vorazmente hasta el más mínimo tallo o cartílago.
Pasados dos meses, el pueblo moría de hambre. La languidez había logrado apoderarse de cada una de las casas del reino.
La reina, tanto más en contacto con sus súbditos que su marido, intentó advertirle de la debacle. Sin embargo, el monarca desoía las sugerencias de su mujer. Fue hasta que su hija menor cayó enferma, producto de la falta de comida que también había alcanzado al palacio real, que el rey bajó a las mazmorras en las que se realizaban los controles, para castigar a los comensales.
Al llegar quedó perplejo, viendo a aquellos seres que habían perdido todo rastro de humanidad y se asemejaban cada vez más a fieras que lo miraban fijamente, con los platos vacíos y las bocas bañadas en saliva. Fue inútil cualquier intento de escape, no alcanzó siquiera a gritar. Ya tenía cuatro pares de colmillos perforándolo, en una agonía insoportable.

miércoles, 1 de abril de 2020

18.- Cada vez más lejos de Bresalia.

 Durante toda su vida adulta, Thomas Cunninham había buscado un lugar que en los manuscritos de su difunto padre era nombrado como Bresalia. Según narraba, allí se encontraba la respuesta a todo y las preguntas que aún nadie había formulado. Dejaba también documentado allí que aún no había podido llegar, pero que para hacerlo, quien quisiera, debía despojarse de todo tipo de prejuicios y concepciones. Quien quisiera llegar solo podría hacerlo con el alma liviana.

Lo cierto es que el joven no tenía mayor información sobre la tesis de su padre. Carecía de documentación que validara la existencia física de aquel lugar, salvo por aquel diario. Sin embargo, con el correr de los años fue obsesionándose cada vez más con aquella tierra prometida. A tal punto de vender todos sus bienes, embarcándose en una odisea que lo llevó por todos los continentes.
Fue recién en su lecho de muerte, intentando recordar un cuadro que jamás había visto en su vida, que Cunninham pudo verlo claro. Frente a él se abrieron como invitándolo pasadizos insondables, calles jamás profanadas por la huella humana y construcciones que escapaban a la lógica. Supo entonces que el único mapa para llegar a Bresalia era una hoja en blanco.

17.- Las razones de Codeland.

 Sucede que Wilbur Codeland II era un viejo hacendado del sur de Cardiff, en Gales. Para su fortuna y la de su familia, el hombre había heredado de su padre Wilbur Codeland I una vasta extensión de tierras, cubiertas por sendos hangares destinados a la fabricación de repuestos para aeronaves. La vida de su joven y despreocupado hijo Will, heredero natural del negocio familiar, así como la de su esposa e hijos, estaba resuelta. Sin embargo, la ambición desmedida se apoderó de él con el correr de los años.

A pesar de no tener hermanos, toda su vida había crecido a la sombra de sus primos, asiduos trabajadores dentro de la empresa familiar y legítimos herederos del imperio. Mientas ellos madrugaban saliendo antes que el sol para abrir los talleres, revisar inventarios y echar a andar las maquinarias, Will se perdía cada noche en los vejámenes del alcohol.
No era extraño encontrarlo deambulando, botella en mano, entre los hangares a la hora del fichaje. Esto abochornaba a su padre a tal punto que muchas veces le esquivaba, sin animarse a mantenerle la mirada.
Las discusiones y los gritos comenzaron a transformarse cada vez más en moneda corriente dentro de aquella extraña relación filial. El tenor de los gritos fue in crescendo hasta devenir en amenazas alarmantes.
Fue por eso, quizás, que aquella tarde que encontraron muerto a Wilbur padre, todas las miradas aterrizaron en Will. Entre llantos y jadeos, el joven juraba y perjuraba su inocencia ante la mirada inquisidora de sus parientes.
Las sirenas no tardaron en hacerse oír a lo lejos, marcando como un cruel reloj de arena rojo y azul, la sentencia irreversible. Dos uniformados bajaron del móvil y sin mediar palabra esposaron al impávido Will. Entre sollozos, detrás de la ventanilla miraba como se alejaba todo aquello que podría haberle correspondido por derecho, de habérselo ganado, así como también se alejaba -metafórica y físicamente- su familia de él.
El juicio fue breve, ya que nadie testificó a su favor. Sus primos parecieron olvidarse de la infancia compartida jugando en los hangares dentro de las naves en construcción, su madre no pudo mirarlo a los ojos siquiera durante la sentencia y su esposa e hijos empacaron los recuerdos dispuestos a rehacer sus vidas contando con alguna tajada de la herencia.
Su única salvación, aquel manuscrito en
el que el viejo Codeland explicaba las razones de su suicidio: una infidelidad difícil de sanar, una vida sexual tapada por tantos años en una sociedad castrante y un hijo que jamás había logrado sentir como suyo; ahora se encontraba dentro de una de las alas guardadas en el reparto de repuestos que Will había prometido revisar minuciosamente aquella mañana, rumbo a Gran Bretaña.

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...