martes, 5 de diciembre de 2017

20.- EL ÚLTIMO SÁBADO DE LA HUMANIDAD

Los diarios y canales informativos presagiaban aquel viernes, como una cachetada resentida de la muerte, el ominoso e indeclinable final de nuestros días. La razón aún era incierta (al menos para el status quo de la población, que venimos a ser nosotros y que nos enteramos de todo siempre al último) sin embargo aquello poco importaba, si total para qué. Del polvo venimos y al polvo vamos y en polvo se convirtió todo aquello.

Como si todo hubiese estado premeditado con meses de antelación, con el compromiso y la minuciosidad de una fiesta de casamiento, la aldea global había organizado a través de las ya sobredimensionadas redes sociales un jolgorio magno, un agape como nunca antes se había visto. La envidia de los romanos y los griegos, una fiesta que haría agachar la cabeza a cualquier monarquía de jamás nunca.

Durante las primeras horas del sábado, aún el panorama era leve e inocente, comparado con lo que vendría después. Saqueos a mercados, a los que la sociedad ya estaba acostumbrada. Manjares y brevajes de todo tipo rebalsaban por cada calle y avenida de cada país del globo. Las drogas aparecieron a eso de las once del mediodía. En un principio droga blanda, inofensiva. Al rato ya todo era el acabose. La ética y moral colectiva se sumergió en un lapsus interruptus del que jamás volvería.

Pasado el mediodía con los estómagos repletos de egoismo y miseria disfrazada, arrancaron las orgías. La lujuria invadió cada renegrido recoveco de la humanidad, que en paz descanse. Algunos, los mas púdicos, apenas asomaban sus narices para copular con sus parejas en la vía pública. Los osados -que por entonces eran mayoría indiscutida- resolvían todo tipo de fechorías que en otro tiempo escaparían incluso al imaginario legal y harían temblar a cualquier corte.

Para promediar la tarde, cuando el sol parecía decir ya basta, todo aquello era finisterre. Para entonces ya habían olvidado por completo sus lenguas maternas y se comunicaban exclusivamente por medio de gemidos y jadeos, el lenguaje del pecado. Aquellos que creían en algo se tornaron agnósticos y los que ya lo eran revalidaron sus votos con una soberbia descomunal.

Cuando asomó la luna todos durmieron de forma desfachatada. Los ronquidos inundaron la atmósfera como graznidos de un ser inmundo y cruel. Pero al pasar una hora comenzaron a despertarse, todos. Un calor insoportable sofocó a cada ente con vida. Quizás la culpa. Quizás el calor era tangible en verdad y aquello era el infierno.

Pero aún quedaba lo peor. Los sobrantes del día después. La resaca del domingo. Y ahí si, se iban a pagar los platos rotos, como cada fin de semana.

B.K.

19.- EL GOL A OSCURAS

Desde los palcos y plateas no había llegado a captarse nada. Un refucilo enceguecedor había mermado el fulgor de aquel partido de final de la copa del mundo. Elias Suárez, un defensor cuyos pies rara vez habían dañado césped contrario, vislumbró la oportunidad de su vida y la agarró como un sapo agarra una mosca al vuelo: rápida, desagradable e imperceptiblemente. La redonda había caído mansa a la suela puercoespín de sus bo...tines segunda línea -porque la primera estaba ocupada por los realmente duchos en la materia- y el joven tomó envión desde el área propia abalanzándose como guerrero maorí sobre el codiciado arco rival. Sorteó penosamente al nueve, que lo siguió con mira teledirigida, hasta que éste se rindió creyendo inútil el intento de ambos. Luego sobrepasó zigzagueante a los dos zagueros ensañados, que quedaron tendidos en el suelo mirándose las caras. Sin embargo, a pesar de su considerable desempeño, al llegar a área contraria Elías comenzó a temblar. Le brotaron lágrimas incontenibles que le nublaron la vista. Pateó errante, dirigiendo el balón a uno de los palos.

Por una de esas tretas del destino fue adentro y Suárez se desplomó en llanto luego de un grito ahogado. Pero también por ese mismo destino, había ocurrido lo del refucilo incandescente. El público entero había quedado ignorante, huérfano del gol del defensor. Las cámaras apenas habían captado sus pies de manera interrumpida. Ambos equipos habían quedado atrás, ajenos a la escena del crimen. Los únicos que sabían la verdad eran el arquero rival y el. Ambos compartían un secreto que por razones opuestas se llevarían a la tumba. El arquero receloso de la victoria contraria, el defensor insulso sin poder de influencia.

A la noche siguiente los dirigentes de la FIFA habían dado por anulado el gol. La burocracia del balón pie había resuelto caratular el "crimen deportivo" como falto de pruebas. Mas tarde fueron a la habitación de hotel de Suárez, que no contó el cuento. La cúpula canceló el mundial, que volvió a jugarse cuatro años después con los mismos resultados arbitrariamente pactados desde siempre.

B.K.

ACERCA DE LOS USOS -microrelato-

A la mañana siguiente el embajador de EEUU preguntó extrañado a su guía acerca de un error -seguramente de carácter arquitectónico- que había advertido en el baño de habitación. Resulta que en el había dos inodoros. Lo extraño era que uno de ellos venía con pequeñas modificaciones y parecía la versión reducida del otro.

Mas tarde, al visitar las oficinas de los mas altos funcionarios del gobierno, advirtió perplejo la presencia de dos escritorios. Al preguntarle a su guía este le respondió:

"Funciona igual que los inodoros: uno para la mierda y otro para limpiarla".

B.K.

18.- OJALÁ NUNCA MUERAS EN RECREO

Pobre Ricardito. No hablo del nombre, que dicho sea de paso resultaba ajeno y extraño para cada persona que se cruzara en su camino. Un purrete de seis años con un nombre que -diminutivos aparte- resonaba viejo y de cincuenta para cualquier oído ducho. Era lo abultado de sus bolsillos y las "B" que encabezaban los nombres de las islas en las que depositaban su pedazo de paraíso fiscal, lo que dotaba a sus padres de la potestad para maldecir la identidad y el rasgo mas singular de su hijo, para siempre.

Digo pobre y utilizo ese apelativo mas bien porque Ricardito había estrenado por aquellos días de su sexto cumpleaños, una grave y extraña enfermedad que lo desvanecía casi instantáneamente. Lo realmente anómalo y rebuscado eran los síntomas (o mas bien lo asintomático) del padecimiento. Antes de colapsar, Ricardo-ito podía estar haciendo cualquier cosa. Reír. Llorar. Correr. Jugar. Incluso dormir. Era por esto que incluso el diagnóstico de la patología resultaba enrevesado.
Aquella mañana en el segundo recreo antes del almuerzo, se desató mas grave y con mas caudal que nunca el caos. Ricardo-pequeño había resultado desde siempre un ávido negociador, en ese momento se encontraba intercambiando figuritas de algún mundial que habría sido mejor olvidar. Mientras efectuaba el pase del arquero titular, el delantero estrella y dos zagueros medio pelo de un equipo que quedó olvidado en cuartos de finales por la plateada esfinge de la copa fulgurante que encabezaba la colección, comenzó la debacle.

La conciencia de Ricardo-sin diminutivos se encontraba mas despierta que nunca mientras yacía inmóvil en el frio suelo del patio escolar. Pensó primero en sus amigos, creyó oportuno que salieran corriendo a avisar a las maestras de su curso acerca del imprevisto. Sin embargo, se apoderaron de su basto pilón se coleccionables como propias. Otorgándose un poder que creían suyo, dándole la diestra a Marx y defenestrando todo concepto de propiedad privada.

Resignado, Ricardo -el de el nombre que debiera apocoparse- optó por la vana esperanza de creer en la espontánea llegada de sus maestras. Lejos de eso, éstas se encontraban en la sala de profesores. Dos pisos sobre la muerte que rondaba al niño, dialogando amenamente acerca de los mancebos de veintilargos a los que habían logrado captar el fin de semana anterior. Habrá sido aquello, sumado al humo de cigarrillo prohibido que colmaba el lugar, lo que les impidió advertir la tragedia.

Ricar advirtió mágicamente aquello y comenzó a llamar con la mente a sus padres. Imaginó el BMW de su padre quemando motores hacia el colegio. Sin embargo el auto permanecía estacionado en el garage privado del edificio de oficinas y su padre en el piso diecisiete presidiendo una junta. Celulares apagados al igual que su madre.

Por último rogó al cielo que por allí pasara algún satélite que captara el infortunio y lo transmitiera por cadena nacional, incluso global... quizás después de todo aquello el presidente le daría un abrazo y un sin fin de caramelos.

Una hora después todo era llanto. Sus amiguitos recordaron el sin fin de risas y recreos compartidos. Las maestras alegaban que el joven era una promesa, una luminaria, adelantado para su curso. Sus padres lamentaron no poder verlo crecer, ni antes ni después (ya nunca mas). El presidente por su parte seguía ocupado, como siempre.

B.K.

LA SOMBRA DE UNO MISMO -microrelato-

Con el correr del tiempo, se dio cuenta de que se había convertido en un párrafo insulso que narraba las grotescas aventuras de los desalmados y de el, que ni siquiera en su dolor se sentía protagonista. Era solo un pasar del tren, una flecha errante a ningún lado, el rincón a oscuras de un comedor durante la noche, cuando todo el mundo sueña cosas mejores y más relevantes.

Era en suma una hilera de oportunidades desperdiciadas, el racconto de las cosas en las que nadie casi nunca piensa cuando está bailando la vida.

B.K.


17.- ENCONTRARNOS CON LA NADA

Quién hubiera pensado que en el eterno sinsentido de las casualidades podríamos cambiar el irrefrenable transcurso del destino para siempre. Es seguro que el, en su pequeña mente en monocromo de tres semanas, jamás lo hubiera visto venir.

Sus últimos rastros de cordura se habían desvanecido en la fría soledad de la noche, recostado en el suelo húmedo de una estación de servicio de la localidad de Azul. La perdida de su madre y el despiece paulatino y ...agónico de sus hermanos como extremidades que le fueron arrebatadas de su propio cuerpo, pesaban más que la inmensidad del cielo negro repleto de pecas blancas que yacía sobre sus orejas.

El irremediable correr del tiempo pasaba, como era habitual en los de su tipo, siete veces más rápido que para los demás. Sin embargo aquellos días resumieron años y parecieron siglos para su pequeña y sucia cabeza. Si hubiera sabido como, habría tratado de comunicar su malestar a viva voz, pero aún era muy pronto.

Al sentir las manos cálidas de una joven que apareció en la estación de servicio junto con su novio y un amigo, supo que aquel día cambiaría su vida. Recorrió durante un tiempo que no supo determinar un camino que pasó por sus ojos a velocidades exageradas. Al llegar a Tandil, fue recibido como un Dios, todos los que ahí se encontraban estaban pendientes de el. Madrugadas eternas jugando, pasto verde y húmedo entre sus pies y un sol que devolvía el aliento que creía perdido. Por un segundo, creyó que era el paraíso.

Quizás su cuerpo seguía allí, en la estación.

Sin embargo, algo le recordó que aún estaba vivo, y coleando por qué no. Los jóvenes que lo encontraron les informaron a los demás que él tenía nombre, de ahora en más era Titino. La identidad le recorrió por el diminuto cuerpo como un suero intravenoso, colmándolo de alma una vez mas.
Titino vivió alegre el resto del tiempo, sin embargo las horas y los días iban pasando y aquel fin de semana de descanso que para el significaba el paraíso estaba llegando a su fin. Sabía que el no corría la misma suerte que sus colegas los gatos y que no lo esperaban seis oportunidades más al final del camino. Quizás, seguramente, aquella sería la antesala del fin.

Pensaba esto al subir al mismo auto que lo había resucitado días atrás. A medida que pasaban los minutos y kilómetros, su corazón de pelota de ping-pong volvía a acelerarse cada vez más. Aquella adrenalina le generaba una inexplicable sensación de sentirse a un paso de la muerte, pero más vivo que nunca a la vez. Sabía que estaba acercándose al espantoso útero del que lo habían sacado apenas unos días atrás. Estaba a minutos de encontrarse, nuevamente, con la nada.

Fue cuando el joven conductor apretó el acelerador que el pequeño Titino vió el cartel tan familiar de la YPF de Azul desvanecerse a una descomunal velocidad. Fue entonces cuando pudo sentirse a salvo, para siempre.

B.K.


lunes, 4 de septiembre de 2017

16.- ENFERMAR DE DUDA METODICA

Abrió los ojos y contempló los mechones despeinados que le caían sobre la frente y se precipitaban como chaparrones húmedos de lluvia sobre sus ojos. Quizás todo había sido un mal sueño, una pesadilla más que con el correr del día terminaría olvidando.

Sin embargo, cuando bajó las escaleras, dirigiéndose al comedor y la cocina, comenzó realmente el calvario del sinsentido y la duda. Cada escalón que pisaba era un grito imperante reclamando certezas que nunca llegarían. Estaría realmente pisando aquella áspera madera con sus pies todavía descalzos, o todo eso era una alucinación, una de las tantas trampas que le jugaba su mente en el engaño colectivo al que llamamos vida? El chirriante sonido de las tablas que entraba y colmaba sus oídos, acaso sería el transcurrir de las ondas chocando con las paredes de aquella casa o simplemente un ilusorio playlist cuidadosamente ordenado para activarse ante determinadas situaciones "sonidodeescalón.mp3" que alguien quién sabe donde accionaría cuando fuera preciso.

Al untar la manteca en las tostadas a medio quemar (debido al arrebato causado por un cuestionamiento previo acerca del accionar de la tostadora) se percató del brillo del producto al pasar del estado sólido al liquido, entrando en contacto con la tibia superficie de la rebanada de pan. Aquella imagen colmó sus ojos, sería acaso el gusto salado de aquella combinación otra de las tantas trampas tendidas en su camino? Una cabriola más del destino para demostrar que no somos superiores a nada?

Decidió tomar un sorbo de café, para contrarrestar aquel sentimiento de vacío con algo aún mas amargo. Pero al levantar su taza se percató de la inscripción. Su nombre se erguía en letras de un azul intenso profanando el blanco puro de aquel objeto. Inspeccionó cada letra con cautela, con la fría pericia de los detectives que tanto había leído durante su infancia. Analizó la sonoridad de cada una de ellas por separado, y luego el conjunto. Por qué tenía ese nombre? Se reconocía acaso detrás de aquellas letras que había sido obligado a usar como escudo ante el mundo durante toda su vida? Su boca se empastaba cada vez mas al tratar de pronunciarlo. Pensó en el nombre de todos sus seres queridos, sorprendiéndose al no poder vincular los rostros con las palabras que los nombraban. El significado había quedado huérfano de significante. Sintió un vacío horrible. Pero al menos era lo único verdaderamente suyo.

Decidió finalmente faltar al trabajo. Resolvió inútil llamar e informar acerca de su ausencia ya que probablemente aquel lugar sería otra ilusión vacua de la maquinaria mayor. Otros tantos piolines del titiritero detrás de la cortina.

Se recostó en la cama que apenas unas horas atrás había sido testigo de su nuevo renacer, dudando aún si estaba levitando en el aire dentro de una simulación o si realmente aquel colchón estaba soportando su peso. Para dormirse y quizás, al cerrar los ojos, volver a sentirse verdadero. Al menos hasta mañana.

B. K.

Un millón de óperas primas

Te invito a ver desde lo alto todo lo que hicimos. ¿Qué opinás, Edrien? Miralo, contemplalo, pero no lo hagas con la mirada humana que todo ...