Los diarios y canales informativos presagiaban aquel viernes, como una cachetada resentida de la muerte, el ominoso e indeclinable final de nuestros días. La razón aún era incierta (al menos para el status quo de la población, que venimos a ser nosotros y que nos enteramos de todo siempre al último) sin embargo aquello poco importaba, si total para qué. Del polvo venimos y al polvo vamos y en polvo se convirtió todo aquello.
Como si todo hubiese estado premeditado con meses de antelación, con el compromiso y la minuciosidad de una fiesta de casamiento, la aldea global había organizado a través de las ya sobredimensionadas redes sociales un jolgorio magno, un agape como nunca antes se había visto. La envidia de los romanos y los griegos, una fiesta que haría agachar la cabeza a cualquier monarquía de jamás nunca.
Durante las primeras horas del sábado, aún el panorama era leve e inocente, comparado con lo que vendría después. Saqueos a mercados, a los que la sociedad ya estaba acostumbrada. Manjares y brevajes de todo tipo rebalsaban por cada calle y avenida de cada país del globo. Las drogas aparecieron a eso de las once del mediodía. En un principio droga blanda, inofensiva. Al rato ya todo era el acabose. La ética y moral colectiva se sumergió en un lapsus interruptus del que jamás volvería.
Pasado el mediodía con los estómagos repletos de egoismo y miseria disfrazada, arrancaron las orgías. La lujuria invadió cada renegrido recoveco de la humanidad, que en paz descanse. Algunos, los mas púdicos, apenas asomaban sus narices para copular con sus parejas en la vía pública. Los osados -que por entonces eran mayoría indiscutida- resolvían todo tipo de fechorías que en otro tiempo escaparían incluso al imaginario legal y harían temblar a cualquier corte.
Para promediar la tarde, cuando el sol parecía decir ya basta, todo aquello era finisterre. Para entonces ya habían olvidado por completo sus lenguas maternas y se comunicaban exclusivamente por medio de gemidos y jadeos, el lenguaje del pecado. Aquellos que creían en algo se tornaron agnósticos y los que ya lo eran revalidaron sus votos con una soberbia descomunal.
Cuando asomó la luna todos durmieron de forma desfachatada. Los ronquidos inundaron la atmósfera como graznidos de un ser inmundo y cruel. Pero al pasar una hora comenzaron a despertarse, todos. Un calor insoportable sofocó a cada ente con vida. Quizás la culpa. Quizás el calor era tangible en verdad y aquello era el infierno.
Pero aún quedaba lo peor. Los sobrantes del día después. La resaca del domingo. Y ahí si, se iban a pagar los platos rotos, como cada fin de semana.
B.K.